Los gitanos

Jean-Paul Clébert · Capítulo 35 de 70

Páginas del PDF

Los gitanos

La música y el baile

Evidentemente, el oso no es el único animal que los gitanos han sabido amaestrar

para exhibir. En Europa Central, y especialmente en el Próximo Oriente, son

numerosos todavía los amaestradores de monos. En Europa Occidental, el animal que

más éxito ha tenido ha sido la cabra. Actualmente no quedan ya más que algunas

pequeñas compañías de provincias para animar estas diversiones populares. La bella

Zorka, de la familia de los kostich, domadores y amaestradores desde varias

generaciones, continúa apasionando a la muchedumbre de los alrededores de Lyon

con su «Margarita».

Los gitanos han aprendido a domar leones, tigres y panteras desde que se han

relacionado con el ambiente circense. En París vemos cada año, en sus fiestas, la

célebre colección de fieras de Lambert. En cuanto a los famosos Bouglione, son los

representantes de una antiquísima familia de sinti italianos.

 

LA MÚSICA Y EL BAILE

 

Como se recuerda, los gitanos más conocidos y más antiguos son los diez mil

luri, músicos que el rey Sankal mandó buscar para solazar a su yerno Behram-Gur.

Estos luri, según dice el poeta Firdusi, tocaban el laúd con mucha habilidad. El

término «laúd», deformación del francés antiguo leüt (siglo XIII), es originario del

árabe al’oud (literalmente, madera), a través del provenzal laut. El laúd se llama

también der Laut en alemán, y creo que hay que ver en este vocablo el origen del

nombre de los lautari, gitanos esencialmente músicos (uno de los violonistas gitanos

más célebres de Moldavia se llamaba Barbu Lautaru). Este instrumento musical

proviene, sin duda, de Oriente. Figura en numerosas miniaturas indias y persas, pero

no es seguro que hayan sido los gitanos los que le han hecho franquear el Bósforo.

La mayoría de los músicos que tocan en público, de Irán a Egipto, son todavía

gitanos, según Jules Bloch. Pero carecemos de detalles sobre este tema. Hasta su

llegada a las llanuras de Hungría, los gitanos no adquirieron realmente la reputación

de virtuosos en esta materia.

Y aquí se plantea el difícil problema de la música gitana. Desde hace más de un

siglo, los eruditos vacilan en otorgar a los húngaros o a los gitanos el derecho a

reivindicarla. A los partidarios de ambas hipótesis, como veremos, no les faltan

buenos argumentos.

Los que creen en la primacía gitana, tienen a su favor documentos antiguos, los

que, en una época en que los cronistas no dicen ni media palabra sobre otros músicos,

señalan la presencia en Hungría de músicos gitanos con reputación suficiente para ser

invitados por los nobles y señores. Los registros de cuentas de la reina Beatriz de

Aragón, esposa de Matías Corvino (a fines del siglo XV), nos revelan que esta reina

tenía ya músicos gitanos a su servicio[313]. Estos músicos visitan los castillos, y

pronto toman parte en todas las fiestas. Todo señor tiene a gala poseer su propia

orquesta. El beg Ulman protege a un virtuoso llamado Karman. Desde el siglo XVII, lo mismo en las cortes señoriales que en los bailes pueblerinos, son los gitanos los que

acompañan los cantos de kuruc (kouroutz) con sus címbalos, caramillos y violines.

Gracias a sus cantos ritmados muy populares, los gitanos, como Miguel Varna y su

nieta Panna Cinka, se harán célebres en toda Europa[314].

No solamente los gitanos abrirán de ahora en adelante la marcha de las grandes

procesiones y otras festividades, sino que se les invita a guiar con sus violines a las

tropas que van al combate. Al final del siglo XVIII, se especializan en tocar el

verbunkos, la famosa danza de los reclutadores con la que los sargentos animaban su

delicada empresa. Violines, címbalos y contrabajos gitanos hacían destellar ante los

ojos de los reclutas los fastos de una guerra de encaje. «Caracterizado por una figura

métrica muy destacada, de ritmo punzante, este baile se componía de dos partes: una

lenta, de una arrogancia indomable; otra, impetuosa, de una retozona alegría. Húsares

y gitanos embellecían la melodía y el paso, acompañados por el martilleo de los

tacones y el tintineo de las espuelas[315]». El verbunkos marcó el renacimiento de la

música húngara, y convirtió en ilustre a un jefe de tribu húngara, Jean Bihari, del cual

hablará Liszt con emoción.

Liszt es el gran defensor de la originalidad gitana. Ferviente gitanólogo, nos

cuenta en [316] Los bohemios y su música en Hungría, qué gran época de oro fue el

siglo XVIII para la música gitana, y precisa que «al encuentro fortuito de estas dos

razas, la magiar y la rommy, debemos esta rama del arte llamada música bohemia».

Liszt es apoyado en su punto de vista por uno de sus últimos biógrafos, Claude

Rostand[317], que emite un juicio preciso y formal sobre este problema. Hablando de

las Rapsodias, dice que «no son en forma alguna húngaras, sino auténticamente

gitanas, como lo son las célebres Danzas de Brahms. Pero esto Liszt lo ignoraba. En

su época, la música magiar, magiar auténtica, casi se había perdido; no subsistía más

que en el fondo de algunos pueblos. Por lo menos es lo que nos demostrarán, al

principio del siglo XX, dos músicos como Béla Bartók y Zoltán Kodály, desenterrando

estas melodías y estos ritmos auténticamente húngaros, y cuyo encanto es

profundamente distinto del de la música gitana que nos presenta Liszt en sus

Rapsodias y del estilo instrumental de las mismas. Anotemos, para mayor exactitud,

que en la música gitana no está totalmente ausente el hungarismo: ésta, en particular,

apela a la escala pentatónica húngara, en la medida en que los gitanos asimilan, en

parte, ciertas particularidades de los países en que viven. Pero eso es todo. Y si los

intervalos son parecidos a los de la música húngara de origen magiar, no se

encuentran ni sus melodías ni sus ritmos, ni, sobre todo, su estilo instrumental, que es

esencialmente sobrio, lo que no es, ni por asomo, el caso de la música gitana».

Contra la opinión de Liszt, se han levantado musicólogos modernos, y, en cierto

modo, hasta los propios gitanólogos. Los historiadores de la música Vigué y Gergely

nos advierten que lo que se toma habitualmente por música gitana no es más que una

música engañosa, hasta tal punto que ha sido considerada como perteneciente al patrimonio nacional por los propios húngaros.

En realidad, este problema de la música gitana en Hungría está mal planteado.

Parece que los dos elementos, húngaros y gitanos, se ensamblan efectivamente, al

margen mismo de la cronología histórica. Se olvida, en particular, que el grupo

llamado ugrofinés, del cual ha nacido el pueblo húngaro, tenía un origen ural-altaico.

Y que, así, los caracteres originales de la música húngara, no gitana, presentan unas

concordancias evidentes con las de la música mogol, o, para generalizar, con las

músicas asiáticas. Así, por ejemplo, se han podido encontrar en el fondo antiguo del

folklore húngaro los nenies, cuyo parentesco con los «cantos de osos» y los cantos

épicos chámameos de los ugrofineses parece indiscutible[318].

Considerar, pues, a los gitanos como simples adaptadores, aún dotados de un gran

virtuosismo, sería injusto si se tiene en cuenta que han vuelto a encontrar, en el

folklore de las llanuras de Hungría, los elementos musicales que ya habían oído sus

antepasados.

Este problema de musicología no debe disminuir la importancia extrema de la

música en la vida gitana. Sea cual sea su oficio, el gitano sabe tocar el violín, no

puede vivir sin este instrumento, y, como muy bien lo ha recalcado la imaginería

romántica, es el alma del nómada. Las leyendas gitanas no han dejado de explicar el

origen maravilloso del violín. Entre las que relata Wlislocki, damos aquí dos

particularmente originales:

En un bosque, antaño, vivía una joven en compañía de su padre, de su madre y de

sus cuatro hermanos. La bella Mará estaba enamorada de un cazador extranjero; y, a

pesar de su belleza y de su poder de seducción, no conseguía atraer la atención del

valeroso gachó. Entonces recurrió al Diablo. Éste, más que contento, prometió

ayudarla, pero con la condición de que ella le entregase a sus cuatro hermanos, a los

que convirtió en cuatro cuerdas; luego a su padre, del que hizo una caja de

resonancia, y luego a su madre, de la que hizo un arco de violín. De estas cinco almas

vendidas nació el violín. Mará aprendió a tocarlo, y pronto la música fascinó al

cazador, que no pudo resistirse a los encantos de la bella. Pero el Diablo, no siempre

satisfecho, reapareció de repente y se los llevó a los dos. Únicamente quedó en el

suelo el violín abandonado. Un día, un pobre gitano que pasaba por allí, lo recogió, lo

acarició y fue, de pueblo en pueblo, a sembrar risas y llantos.

En otro bosque y en otra época, vivía una mujer casada que no podía tener hijos.

Por casualidad, encontróse con una vieja hechicera que le aconsejó que hiciera un

agujero en una calabaza, la llenara de leche y bebiese aquel líquido. La operación

tuvo éxito. Nueve meses después, la mujer dio a luz a un hermoso varón. Cuando éste

tuvo veinte años se quedó huérfano y decidió irse a correr mundo en busca de la

felicidad. Viajó mucho tiempo sin encontrarla. Por fin se detuvo en una gran ciudad.

Allá oyó decir que el rey entregaría a su hija, maravillosamente bella, al hombre que

consiguiese hacer lo que nadie hubiera hecho antes. El joven gitano se presentó en la

corte y tuvo la osadía de preguntar al rey qué tenía que hacer para merecer a su hija. El rey, furioso ante tanta audacia, lo hizo encarcelar. Pero, en su calabozo, el héroe

recibió la visita de Mautya, la reina de las hadas, protectora de los pobres y

desheredados[319]. Para consolarle, Mautya le mostró una caja y un palito: Luego le

dijo: «Arráncame algunos cabellos y extiéndelos sobre la caja…». Así fue fabricado

el primer violín. El muchacho pidió le concediesen la merced de ser recibido de

nuevo por el rey, y, afortunadamente, su petición fue atendida. Gracias a su nuevo

instrumento, el gitano hizo reír y llorar a Su Majestad, cosa que nadie había

conseguido jamás. Así obtuvo la mano de la muchacha, y un éxito que desde

entonces nunca ha cesado.

Muchas canciones gitanas de Europa Central expresan una verdadera veneración

por el violín. Aquí transcribimos una, también de Wlislocki[320]:

 

Na janav ko dad M’ro has Nunca conocí a mi padre,

nik mallen mange has; No tengo amigos; Miro guie dai merdyas, Mi madre murió hace tiempo, Pirani man pregelyas; Y mi amada se fue enojada;

Uva tú, oh hegedive, Tú solo, ¡oh, mi violín!,

Tut sai minding pash mange. Me acompañas en este mundo.

 

The m’re vodyi man dukhal, Que se rompa de dolor mi corazón,

Posici cuces tu sal, No oigo sonar dinero en mi bolsillo.

Pápele ma bashavav, Toco una canción con mi violín,

Paletunes pashlyovav, Y acallo el hambre y el dolor.

 

M'ra shatrako hin duy malla Mi violín tiene dos cantaradas

Mange pera, vodyi cavlya; Que me sorben la médula,

Kamaviben te piben Amor y Sed se llaman

Taysa hin bashapen… Y me acompañan a mí, músico.

 

A propósito del violín, debemos mencionar la industria delictiva en la que se

distinguen los gitanos de Alemania: la hábil transformación de un instrumento vulgar

en «auténtico Stradivarius». Esta moda ya ha pasado, pero un gran número de

coleccionistas se dejaron engañar, ya que los gitanos tenían hasta la delicadeza de

pegar en la caja una etiqueta de origen (la revista Problemas ha dado los detalles de

esta falsificación).

Evidentemente, el violín no es el único instrumento que gusta a los músicos

gitanos. Éstos han adoptado un buen número de ellos, pero se advierte con asombro

que no son nunca «de viento». No he podido encontrar explicación a este hecho, pero

¿por qué no relacionarlo con la repulsión que sienten los gitanos por el viento en

todas sus manifestaciones?

En los Balcanes, en Bulgaria especialmente, los gitanos han adoptado la cobza,

una especie de laúd de cuerda, tensadas por una pinza, y el naiou o flauta de Pan. En

Rumania utilizan el tsimbal, piano portátil rudimentario. Este instrumento, que Liszt llama zymbala, parece ser de origen asiático, y se cree que son los «bohemios» los

que lo han llevado al Sur de Europa desde el siglo XV. A pesar de su nombre,

corresponde al tympanon francés y no al címbalo.

Otro grupo de instrumentos muy apreciados por los gitanos es el de los tambores

y tamboriles. Es probable que éstos vengan también del Oriente indio. Ya es sabido

que el tamboril es uno de los objetos esenciales en los rituales chámameos de toda

Asia. Kai Donner[321] nos lo describe de forma harto significativa: «Detrás del

tambor, hay una empuñadura vertical de madera o de hierro, que el chamán sostiene

con la mano izquierda. Hilos de metal o astillas de madera horizontales sostienen

innumerables trozos de metal tintineantes, campanillas, cascabeles, esquilas,

imágenes de hierro que representan espíritus, diversos animales…». Si bien la

empuñadura ha desaparecido en el tamboril gitano, permanecen los cascabeles y

cintas de colores, probables vestigios de los elementos metálicos del ritual. Entre los

tártaros y los lapones las dos caras del tamboril están pintadas con imágenes

simbólicas: caballo, sol, luna… También ciertos instrumentos que han sido

encontrados en manos de gitanos han conservado esta imaginería. En el tambor vasco

o pandero de los gitanos españoles, y cuyo uso estaba reservado a las mujeres, éstas

hacían pintar sobre una de las caras el retrato de su amado, y en la otra un corazón

inflamado atravesado por una flecha. Este tamboril no es exclusivamente gitano, ya

que lo encontramos también en todo el territorio mediterráneo. Pero es notable que

todavía esté reservado o a las mujeres, para acompañar las danzas, o a los

amaestradores de osos, para ritmar las evoluciones del animal.

Los gitanos, que en su mayoría son analfabetos y no tienen escritura propia,

lógicamente ignoraban el uso de las partituras. Ésta es una de las mayores razones de

la ausencia de música gitana en la época histórica. Pero esto no obstaba para que su

fama se extendiese por toda Europa, y que músicos como Haydn, Beethoven,

Schubert (para no mencionar de nuevo a Liszt) y Brahms no han vacilado en utilizar

temas gitanos. Y todavía es más significativa la atracción que ejercieron sobre un

personaje cuyo nombre es célebre en la historia de la música. Un día del año 1770, en

medio de una tribu gitana que acampaba a las puertas de Darmstadt, un joven

violinista llamó particularmente la atención; su talento era tan asombroso, según

decían los aficionados, que el burgomaestre tomóse la molestia de interrogarle. Con

gran asombro, se enteró de que el virtuoso no era otro que Wilhelm-Friedrich Bach,

hijo mayor de Juan Sebastián. Exprofesor de matemáticas y organista de Notre-Dame

de Halle, lo había abandonado todo hacía unos años para seguir a una tribu de gitanos

músicos. El burgomaestre de Darmstadt le ofreció el cargo de maestro de capilla y

W. F. Bach lo ejerció durante varios años, pero, dominado por la nostalgia al recordar

sus libres vagabundeos, volvióse a vivir con sus compañeros de fortuna.

Un hecho que a primera vista parece singular es el parecido entre la música, los

cantos y las danzas de los gitanos de Europa extremo-oriental y el de los gitanos de la

Península Ibérica. En un relato de un viaje a Rusia del siglo pasado, podía ya

leerse[322]: «Escuchad los cantos nacionales de los pueblos caucásicos sometidos

actualmente a los rusos, los armenios, georgianos, baschkires, kirguises, tcherkeses,

etcétera: nada puede parecerse más a los cantos árabes conservados en Andalucía, y

toda la música rusa que de ellos proviene, ha conservado, como la música española,

el carácter de su origen oriental. En Moscú especialmente, en el barrio popular de

Zamoskvaretchié (más allá del Moscova), uno podría figurarse que se halla en el

barrio de Triana de Sevilla, que está más allá del Guadalquivir. Y es que en Moscú

viven también un gran número de bohemios… Son los músicos del pueblo; forman

grupos bastante numerosos de cantores, que hacen excursiones hasta San

Petersburgo, en donde la gente invita a sus amistades para escuchar a los bohemios al

igual que para tomar el té o bailar. Lo que más llama la atención en sus cantos

nacionales es la singular relación, la similitud que tienen con los de los bohemios de

España. Hay fragmentos lentos y tiernos, que recuerdan las tiranas y los polos de

Andalucía; otros son animados, vivarachos y bulliciosos como las seguidillas de La

Mancha o la jota de Aragón».

Esto sólo es un ejemplo de este armazón constituido por el folklore gitano, y que

ya he querido subrayar en mi introducción.

Con Hungría, España es, en el otro extremo de Europa, el segundo polo de

atracción de los gitanos músicos. Y, según Manuel de Falla, han sido ciertamente los

gitanos, instalados en el Sacromonte de Granada, desde el siglo XV, los que han

introducido en la antigua música andaluza, ya saturada de influencias árabes, este

nuevo elemento llamado cante jondo.

Pero en España topamos con el mismo problema planteado acerca del origen de la

música gitana en Hungría. Por ejemplo, el origen del flamenco ha dado lugar a

distintas interpretaciones. Sólo se sabe que este estilo, nacido en el sur de España, se

ha formado a partir de temas populares no todos nacidos en la Península. Algunos de

ellos llegaron de fuera: así vemos cómo los españoles, al oír los cantos de los

soldados que volvían de Flandes, bautizaron este ritmo con el nombre de flamenco, es

decir, de Flandes. Pero muchos de estos cantos también venían de África por el

mismo conducto de los gitanos. Concretar la aportación de los gitanos aquí es muy

difícil. Según el mismo fenómeno de osmosis producido en Hungría, el folklore

español y el folklore gitano se confunden íntimamente.

La guitarra es el instrumento inseparable del músico gitano, como el violín lo es

del cíngaro. Pero es, ante todo, como dice Walter Starkie[323], «el instrumento ideal

de los nómadas. Ni por asomo es española. Las tribus gitanas de Persia, de Siria, y de

Mesopotamia[324], que forman el eslabón que une la música asiática a la española,

tocan siempre instrumentos como el laúd árabe… En la India, el sitar, que posee

trastes de guitarra móviles, y la tambura, que no los tiene, son también una especie de

guitarra».

Y advirtamos, por fin, que las castañuelas ya fueron mencionadas en España

mucho antes de la aparición de los gitanos, y que, según la tradición de ciertos grupos de gitanos, una mujer no puede bailar más que acompañándose con sus manos

desnudas.

Con la música, la danza es una de las primeras actividades atribuidas a los

gitanos, y no ha cesado de tener para ellos una considerable importancia. Es más que

probable que las primeras bailarinas gitanas de la India fueran profesionales. Ya

citamos la descripción de Firdusi y de la corte del rey Sankal. Pero no deja de ser

menos probable que el origen de las danzas gitanas sea también un ritual, que

representaban en cierto modo una banalización de las danzas sagradas de la India

védica. Hallamos en el tiempo y en el espacio rastros de una danza con funciones no

religiosas, sino mágicas. Así las bailarinas gitanas llamadas dodolé, que en

Yugoslavia, con sus ritmos, evitan la esterilidad de los rebaños. Estas mujeres

desempeñan un papel benéfico bastante amplio, ya que basta con tocarlas para que

desaparezca el dolor de garganta. La tierra que han pisado sus pies desnudos cura las

verrugas y los cálculos biliares. En Bulgaria se solía rociar a las bailarinas gitanas

para obtener la lluvia (danza llamada de la paparuda).

En Rumania, desde hace mucho tiempo, las mujeres gitanas han adoptado una

danza local muy antigua que antaño servía para crear un éxtasis colectivo: es la

«danza de los bastones» o de los kalus. Esta palabra parece relacionada con la de

kalu, que era el chantre mágico de los babilonios. Los bailarines «van armados de

bastones y revestidos para dicha circunstancia con un traje especial; en los pies llevan

cascabeles y espuelas. Una muchacha de unos quince años cruza su bastón con el del

jefe. Un aguafiestas intenta sin cesar introducirse en el círculo de los bailarines, pero

se le rechaza continuamente. Al final se entregan a un juego de bastones; después de

una señal convenida, todos los bastones se depositan en el suelo y, después de varias

rondas, y ante otra señal, los recogen. El último en recoger su bastón recibe nueve

golpes en la planta de los pies; luego viene la ronda final. Las madres conducen a sus

hijos cerca del que dirige la danza, y les hacen tocar unas varas allí colocadas en las

que hay ajo o absenta; esto preservará a los niños de las enfermedades. Los bailarines

reciben pequeños obsequios[325]».

El significado exacto de esta danza ritual no está claro. En todo caso, está muy

extendida geográficamente, y yo mismo he podido asistir a ella en el patio del templo

de Birla, en Delhi. En Hungría existe bajo el nombre de «danza de los bastones», que

representan a los antiguos sables de hoja flexible, y parece lógico ver en ella un

simulacro de combate. En Hungría, en general, todavía se acompaña con la danza de

las espuelas[326].

En Rusia, las danzarinas húngaras, convertidas en simples profesionales,

estuvieron muy de moda en la época zarista. Formaban una de las atracciones más en

boga no sólo en los lugares de espectáculos, sino también en las casas particulares.

Era de buen tono, igual entre la nobleza que entre la burguesía rica, tomar a su

servicio una o varias gitanas escogidas por su talento y belleza. Se las retribuía

entregándoles monedas de oro, que ellas se ponían en la frente o en las mejillas.