Los gitanos
La música y el baile
Evidentemente, el oso no es el único animal que los gitanos han sabido amaestrar
para exhibir. En Europa Central, y especialmente en el Próximo Oriente, son
numerosos todavía los amaestradores de monos. En Europa Occidental, el animal que
más éxito ha tenido ha sido la cabra. Actualmente no quedan ya más que algunas
pequeñas compañías de provincias para animar estas diversiones populares. La bella
Zorka, de la familia de los kostich, domadores y amaestradores desde varias
generaciones, continúa apasionando a la muchedumbre de los alrededores de Lyon
con su «Margarita».
Los gitanos han aprendido a domar leones, tigres y panteras desde que se han
relacionado con el ambiente circense. En París vemos cada año, en sus fiestas, la
célebre colección de fieras de Lambert. En cuanto a los famosos Bouglione, son los
representantes de una antiquísima familia de sinti italianos.
LA MÚSICA Y EL BAILE
Como se recuerda, los gitanos más conocidos y más antiguos son los diez mil
luri, músicos que el rey Sankal mandó buscar para solazar a su yerno Behram-Gur.
Estos luri, según dice el poeta Firdusi, tocaban el laúd con mucha habilidad. El
término «laúd», deformación del francés antiguo leüt (siglo XIII), es originario del
árabe al’oud (literalmente, madera), a través del provenzal laut. El laúd se llama
también der Laut en alemán, y creo que hay que ver en este vocablo el origen del
nombre de los lautari, gitanos esencialmente músicos (uno de los violonistas gitanos
más célebres de Moldavia se llamaba Barbu Lautaru). Este instrumento musical
proviene, sin duda, de Oriente. Figura en numerosas miniaturas indias y persas, pero
no es seguro que hayan sido los gitanos los que le han hecho franquear el Bósforo.
La mayoría de los músicos que tocan en público, de Irán a Egipto, son todavía
gitanos, según Jules Bloch. Pero carecemos de detalles sobre este tema. Hasta su
llegada a las llanuras de Hungría, los gitanos no adquirieron realmente la reputación
de virtuosos en esta materia.
Y aquí se plantea el difícil problema de la música gitana. Desde hace más de un
siglo, los eruditos vacilan en otorgar a los húngaros o a los gitanos el derecho a
reivindicarla. A los partidarios de ambas hipótesis, como veremos, no les faltan
buenos argumentos.
Los que creen en la primacía gitana, tienen a su favor documentos antiguos, los
que, en una época en que los cronistas no dicen ni media palabra sobre otros músicos,
señalan la presencia en Hungría de músicos gitanos con reputación suficiente para ser
invitados por los nobles y señores. Los registros de cuentas de la reina Beatriz de
Aragón, esposa de Matías Corvino (a fines del siglo XV), nos revelan que esta reina
tenía ya músicos gitanos a su servicio[313]. Estos músicos visitan los castillos, y
pronto toman parte en todas las fiestas. Todo señor tiene a gala poseer su propia
orquesta. El beg Ulman protege a un virtuoso llamado Karman. Desde el siglo XVII, lo mismo en las cortes señoriales que en los bailes pueblerinos, son los gitanos los que
acompañan los cantos de kuruc (kouroutz) con sus címbalos, caramillos y violines.
Gracias a sus cantos ritmados muy populares, los gitanos, como Miguel Varna y su
nieta Panna Cinka, se harán célebres en toda Europa[314].
No solamente los gitanos abrirán de ahora en adelante la marcha de las grandes
procesiones y otras festividades, sino que se les invita a guiar con sus violines a las
tropas que van al combate. Al final del siglo XVIII, se especializan en tocar el
verbunkos, la famosa danza de los reclutadores con la que los sargentos animaban su
delicada empresa. Violines, címbalos y contrabajos gitanos hacían destellar ante los
ojos de los reclutas los fastos de una guerra de encaje. «Caracterizado por una figura
métrica muy destacada, de ritmo punzante, este baile se componía de dos partes: una
lenta, de una arrogancia indomable; otra, impetuosa, de una retozona alegría. Húsares
y gitanos embellecían la melodía y el paso, acompañados por el martilleo de los
tacones y el tintineo de las espuelas[315]». El verbunkos marcó el renacimiento de la
música húngara, y convirtió en ilustre a un jefe de tribu húngara, Jean Bihari, del cual
hablará Liszt con emoción.
Liszt es el gran defensor de la originalidad gitana. Ferviente gitanólogo, nos
cuenta en [316] Los bohemios y su música en Hungría, qué gran época de oro fue el
siglo XVIII para la música gitana, y precisa que «al encuentro fortuito de estas dos
razas, la magiar y la rommy, debemos esta rama del arte llamada música bohemia».
Liszt es apoyado en su punto de vista por uno de sus últimos biógrafos, Claude
Rostand[317], que emite un juicio preciso y formal sobre este problema. Hablando de
las Rapsodias, dice que «no son en forma alguna húngaras, sino auténticamente
gitanas, como lo son las célebres Danzas de Brahms. Pero esto Liszt lo ignoraba. En
su época, la música magiar, magiar auténtica, casi se había perdido; no subsistía más
que en el fondo de algunos pueblos. Por lo menos es lo que nos demostrarán, al
principio del siglo XX, dos músicos como Béla Bartók y Zoltán Kodály, desenterrando
estas melodías y estos ritmos auténticamente húngaros, y cuyo encanto es
profundamente distinto del de la música gitana que nos presenta Liszt en sus
Rapsodias y del estilo instrumental de las mismas. Anotemos, para mayor exactitud,
que en la música gitana no está totalmente ausente el hungarismo: ésta, en particular,
apela a la escala pentatónica húngara, en la medida en que los gitanos asimilan, en
parte, ciertas particularidades de los países en que viven. Pero eso es todo. Y si los
intervalos son parecidos a los de la música húngara de origen magiar, no se
encuentran ni sus melodías ni sus ritmos, ni, sobre todo, su estilo instrumental, que es
esencialmente sobrio, lo que no es, ni por asomo, el caso de la música gitana».
Contra la opinión de Liszt, se han levantado musicólogos modernos, y, en cierto
modo, hasta los propios gitanólogos. Los historiadores de la música Vigué y Gergely
nos advierten que lo que se toma habitualmente por música gitana no es más que una
música engañosa, hasta tal punto que ha sido considerada como perteneciente al patrimonio nacional por los propios húngaros.
En realidad, este problema de la música gitana en Hungría está mal planteado.
Parece que los dos elementos, húngaros y gitanos, se ensamblan efectivamente, al
margen mismo de la cronología histórica. Se olvida, en particular, que el grupo
llamado ugrofinés, del cual ha nacido el pueblo húngaro, tenía un origen ural-altaico.
Y que, así, los caracteres originales de la música húngara, no gitana, presentan unas
concordancias evidentes con las de la música mogol, o, para generalizar, con las
músicas asiáticas. Así, por ejemplo, se han podido encontrar en el fondo antiguo del
folklore húngaro los nenies, cuyo parentesco con los «cantos de osos» y los cantos
épicos chámameos de los ugrofineses parece indiscutible[318].
Considerar, pues, a los gitanos como simples adaptadores, aún dotados de un gran
virtuosismo, sería injusto si se tiene en cuenta que han vuelto a encontrar, en el
folklore de las llanuras de Hungría, los elementos musicales que ya habían oído sus
antepasados.
Este problema de musicología no debe disminuir la importancia extrema de la
música en la vida gitana. Sea cual sea su oficio, el gitano sabe tocar el violín, no
puede vivir sin este instrumento, y, como muy bien lo ha recalcado la imaginería
romántica, es el alma del nómada. Las leyendas gitanas no han dejado de explicar el
origen maravilloso del violín. Entre las que relata Wlislocki, damos aquí dos
particularmente originales:
En un bosque, antaño, vivía una joven en compañía de su padre, de su madre y de
sus cuatro hermanos. La bella Mará estaba enamorada de un cazador extranjero; y, a
pesar de su belleza y de su poder de seducción, no conseguía atraer la atención del
valeroso gachó. Entonces recurrió al Diablo. Éste, más que contento, prometió
ayudarla, pero con la condición de que ella le entregase a sus cuatro hermanos, a los
que convirtió en cuatro cuerdas; luego a su padre, del que hizo una caja de
resonancia, y luego a su madre, de la que hizo un arco de violín. De estas cinco almas
vendidas nació el violín. Mará aprendió a tocarlo, y pronto la música fascinó al
cazador, que no pudo resistirse a los encantos de la bella. Pero el Diablo, no siempre
satisfecho, reapareció de repente y se los llevó a los dos. Únicamente quedó en el
suelo el violín abandonado. Un día, un pobre gitano que pasaba por allí, lo recogió, lo
acarició y fue, de pueblo en pueblo, a sembrar risas y llantos.
En otro bosque y en otra época, vivía una mujer casada que no podía tener hijos.
Por casualidad, encontróse con una vieja hechicera que le aconsejó que hiciera un
agujero en una calabaza, la llenara de leche y bebiese aquel líquido. La operación
tuvo éxito. Nueve meses después, la mujer dio a luz a un hermoso varón. Cuando éste
tuvo veinte años se quedó huérfano y decidió irse a correr mundo en busca de la
felicidad. Viajó mucho tiempo sin encontrarla. Por fin se detuvo en una gran ciudad.
Allá oyó decir que el rey entregaría a su hija, maravillosamente bella, al hombre que
consiguiese hacer lo que nadie hubiera hecho antes. El joven gitano se presentó en la
corte y tuvo la osadía de preguntar al rey qué tenía que hacer para merecer a su hija. El rey, furioso ante tanta audacia, lo hizo encarcelar. Pero, en su calabozo, el héroe
recibió la visita de Mautya, la reina de las hadas, protectora de los pobres y
desheredados[319]. Para consolarle, Mautya le mostró una caja y un palito: Luego le
dijo: «Arráncame algunos cabellos y extiéndelos sobre la caja…». Así fue fabricado
el primer violín. El muchacho pidió le concediesen la merced de ser recibido de
nuevo por el rey, y, afortunadamente, su petición fue atendida. Gracias a su nuevo
instrumento, el gitano hizo reír y llorar a Su Majestad, cosa que nadie había
conseguido jamás. Así obtuvo la mano de la muchacha, y un éxito que desde
entonces nunca ha cesado.
Muchas canciones gitanas de Europa Central expresan una verdadera veneración
por el violín. Aquí transcribimos una, también de Wlislocki[320]:
Na janav ko dad M’ro has Nunca conocí a mi padre,
nik mallen mange has; No tengo amigos; Miro guie dai merdyas, Mi madre murió hace tiempo, Pirani man pregelyas; Y mi amada se fue enojada;
Uva tú, oh hegedive, Tú solo, ¡oh, mi violín!,
Tut sai minding pash mange. Me acompañas en este mundo.
The m’re vodyi man dukhal, Que se rompa de dolor mi corazón,
Posici cuces tu sal, No oigo sonar dinero en mi bolsillo.
Pápele ma bashavav, Toco una canción con mi violín,
Paletunes pashlyovav, Y acallo el hambre y el dolor.
M'ra shatrako hin duy malla Mi violín tiene dos cantaradas
Mange pera, vodyi cavlya; Que me sorben la médula,
Kamaviben te piben Amor y Sed se llaman
Taysa hin bashapen… Y me acompañan a mí, músico.
A propósito del violín, debemos mencionar la industria delictiva en la que se
distinguen los gitanos de Alemania: la hábil transformación de un instrumento vulgar
en «auténtico Stradivarius». Esta moda ya ha pasado, pero un gran número de
coleccionistas se dejaron engañar, ya que los gitanos tenían hasta la delicadeza de
pegar en la caja una etiqueta de origen (la revista Problemas ha dado los detalles de
esta falsificación).
Evidentemente, el violín no es el único instrumento que gusta a los músicos
gitanos. Éstos han adoptado un buen número de ellos, pero se advierte con asombro
que no son nunca «de viento». No he podido encontrar explicación a este hecho, pero
¿por qué no relacionarlo con la repulsión que sienten los gitanos por el viento en
todas sus manifestaciones?
En los Balcanes, en Bulgaria especialmente, los gitanos han adoptado la cobza,
una especie de laúd de cuerda, tensadas por una pinza, y el naiou o flauta de Pan. En
Rumania utilizan el tsimbal, piano portátil rudimentario. Este instrumento, que Liszt llama zymbala, parece ser de origen asiático, y se cree que son los «bohemios» los
que lo han llevado al Sur de Europa desde el siglo XV. A pesar de su nombre,
corresponde al tympanon francés y no al címbalo.
Otro grupo de instrumentos muy apreciados por los gitanos es el de los tambores
y tamboriles. Es probable que éstos vengan también del Oriente indio. Ya es sabido
que el tamboril es uno de los objetos esenciales en los rituales chámameos de toda
Asia. Kai Donner[321] nos lo describe de forma harto significativa: «Detrás del
tambor, hay una empuñadura vertical de madera o de hierro, que el chamán sostiene
con la mano izquierda. Hilos de metal o astillas de madera horizontales sostienen
innumerables trozos de metal tintineantes, campanillas, cascabeles, esquilas,
imágenes de hierro que representan espíritus, diversos animales…». Si bien la
empuñadura ha desaparecido en el tamboril gitano, permanecen los cascabeles y
cintas de colores, probables vestigios de los elementos metálicos del ritual. Entre los
tártaros y los lapones las dos caras del tamboril están pintadas con imágenes
simbólicas: caballo, sol, luna… También ciertos instrumentos que han sido
encontrados en manos de gitanos han conservado esta imaginería. En el tambor vasco
o pandero de los gitanos españoles, y cuyo uso estaba reservado a las mujeres, éstas
hacían pintar sobre una de las caras el retrato de su amado, y en la otra un corazón
inflamado atravesado por una flecha. Este tamboril no es exclusivamente gitano, ya
que lo encontramos también en todo el territorio mediterráneo. Pero es notable que
todavía esté reservado o a las mujeres, para acompañar las danzas, o a los
amaestradores de osos, para ritmar las evoluciones del animal.
Los gitanos, que en su mayoría son analfabetos y no tienen escritura propia,
lógicamente ignoraban el uso de las partituras. Ésta es una de las mayores razones de
la ausencia de música gitana en la época histórica. Pero esto no obstaba para que su
fama se extendiese por toda Europa, y que músicos como Haydn, Beethoven,
Schubert (para no mencionar de nuevo a Liszt) y Brahms no han vacilado en utilizar
temas gitanos. Y todavía es más significativa la atracción que ejercieron sobre un
personaje cuyo nombre es célebre en la historia de la música. Un día del año 1770, en
medio de una tribu gitana que acampaba a las puertas de Darmstadt, un joven
violinista llamó particularmente la atención; su talento era tan asombroso, según
decían los aficionados, que el burgomaestre tomóse la molestia de interrogarle. Con
gran asombro, se enteró de que el virtuoso no era otro que Wilhelm-Friedrich Bach,
hijo mayor de Juan Sebastián. Exprofesor de matemáticas y organista de Notre-Dame
de Halle, lo había abandonado todo hacía unos años para seguir a una tribu de gitanos
músicos. El burgomaestre de Darmstadt le ofreció el cargo de maestro de capilla y
W. F. Bach lo ejerció durante varios años, pero, dominado por la nostalgia al recordar
sus libres vagabundeos, volvióse a vivir con sus compañeros de fortuna.
Un hecho que a primera vista parece singular es el parecido entre la música, los
cantos y las danzas de los gitanos de Europa extremo-oriental y el de los gitanos de la
Península Ibérica. En un relato de un viaje a Rusia del siglo pasado, podía ya
leerse[322]: «Escuchad los cantos nacionales de los pueblos caucásicos sometidos
actualmente a los rusos, los armenios, georgianos, baschkires, kirguises, tcherkeses,
etcétera: nada puede parecerse más a los cantos árabes conservados en Andalucía, y
toda la música rusa que de ellos proviene, ha conservado, como la música española,
el carácter de su origen oriental. En Moscú especialmente, en el barrio popular de
Zamoskvaretchié (más allá del Moscova), uno podría figurarse que se halla en el
barrio de Triana de Sevilla, que está más allá del Guadalquivir. Y es que en Moscú
viven también un gran número de bohemios… Son los músicos del pueblo; forman
grupos bastante numerosos de cantores, que hacen excursiones hasta San
Petersburgo, en donde la gente invita a sus amistades para escuchar a los bohemios al
igual que para tomar el té o bailar. Lo que más llama la atención en sus cantos
nacionales es la singular relación, la similitud que tienen con los de los bohemios de
España. Hay fragmentos lentos y tiernos, que recuerdan las tiranas y los polos de
Andalucía; otros son animados, vivarachos y bulliciosos como las seguidillas de La
Mancha o la jota de Aragón».
Esto sólo es un ejemplo de este armazón constituido por el folklore gitano, y que
ya he querido subrayar en mi introducción.
Con Hungría, España es, en el otro extremo de Europa, el segundo polo de
atracción de los gitanos músicos. Y, según Manuel de Falla, han sido ciertamente los
gitanos, instalados en el Sacromonte de Granada, desde el siglo XV, los que han
introducido en la antigua música andaluza, ya saturada de influencias árabes, este
nuevo elemento llamado cante jondo.
Pero en España topamos con el mismo problema planteado acerca del origen de la
música gitana en Hungría. Por ejemplo, el origen del flamenco ha dado lugar a
distintas interpretaciones. Sólo se sabe que este estilo, nacido en el sur de España, se
ha formado a partir de temas populares no todos nacidos en la Península. Algunos de
ellos llegaron de fuera: así vemos cómo los españoles, al oír los cantos de los
soldados que volvían de Flandes, bautizaron este ritmo con el nombre de flamenco, es
decir, de Flandes. Pero muchos de estos cantos también venían de África por el
mismo conducto de los gitanos. Concretar la aportación de los gitanos aquí es muy
difícil. Según el mismo fenómeno de osmosis producido en Hungría, el folklore
español y el folklore gitano se confunden íntimamente.
La guitarra es el instrumento inseparable del músico gitano, como el violín lo es
del cíngaro. Pero es, ante todo, como dice Walter Starkie[323], «el instrumento ideal
de los nómadas. Ni por asomo es española. Las tribus gitanas de Persia, de Siria, y de
Mesopotamia[324], que forman el eslabón que une la música asiática a la española,
tocan siempre instrumentos como el laúd árabe… En la India, el sitar, que posee
trastes de guitarra móviles, y la tambura, que no los tiene, son también una especie de
guitarra».
Y advirtamos, por fin, que las castañuelas ya fueron mencionadas en España
mucho antes de la aparición de los gitanos, y que, según la tradición de ciertos grupos de gitanos, una mujer no puede bailar más que acompañándose con sus manos
desnudas.
Con la música, la danza es una de las primeras actividades atribuidas a los
gitanos, y no ha cesado de tener para ellos una considerable importancia. Es más que
probable que las primeras bailarinas gitanas de la India fueran profesionales. Ya
citamos la descripción de Firdusi y de la corte del rey Sankal. Pero no deja de ser
menos probable que el origen de las danzas gitanas sea también un ritual, que
representaban en cierto modo una banalización de las danzas sagradas de la India
védica. Hallamos en el tiempo y en el espacio rastros de una danza con funciones no
religiosas, sino mágicas. Así las bailarinas gitanas llamadas dodolé, que en
Yugoslavia, con sus ritmos, evitan la esterilidad de los rebaños. Estas mujeres
desempeñan un papel benéfico bastante amplio, ya que basta con tocarlas para que
desaparezca el dolor de garganta. La tierra que han pisado sus pies desnudos cura las
verrugas y los cálculos biliares. En Bulgaria se solía rociar a las bailarinas gitanas
para obtener la lluvia (danza llamada de la paparuda).
En Rumania, desde hace mucho tiempo, las mujeres gitanas han adoptado una
danza local muy antigua que antaño servía para crear un éxtasis colectivo: es la
«danza de los bastones» o de los kalus. Esta palabra parece relacionada con la de
kalu, que era el chantre mágico de los babilonios. Los bailarines «van armados de
bastones y revestidos para dicha circunstancia con un traje especial; en los pies llevan
cascabeles y espuelas. Una muchacha de unos quince años cruza su bastón con el del
jefe. Un aguafiestas intenta sin cesar introducirse en el círculo de los bailarines, pero
se le rechaza continuamente. Al final se entregan a un juego de bastones; después de
una señal convenida, todos los bastones se depositan en el suelo y, después de varias
rondas, y ante otra señal, los recogen. El último en recoger su bastón recibe nueve
golpes en la planta de los pies; luego viene la ronda final. Las madres conducen a sus
hijos cerca del que dirige la danza, y les hacen tocar unas varas allí colocadas en las
que hay ajo o absenta; esto preservará a los niños de las enfermedades. Los bailarines
reciben pequeños obsequios[325]».
El significado exacto de esta danza ritual no está claro. En todo caso, está muy
extendida geográficamente, y yo mismo he podido asistir a ella en el patio del templo
de Birla, en Delhi. En Hungría existe bajo el nombre de «danza de los bastones», que
representan a los antiguos sables de hoja flexible, y parece lógico ver en ella un
simulacro de combate. En Hungría, en general, todavía se acompaña con la danza de
las espuelas[326].
En Rusia, las danzarinas húngaras, convertidas en simples profesionales,
estuvieron muy de moda en la época zarista. Formaban una de las atracciones más en
boga no sólo en los lugares de espectáculos, sino también en las casas particulares.
Era de buen tono, igual entre la nobleza que entre la burguesía rica, tomar a su
servicio una o varias gitanas escogidas por su talento y belleza. Se las retribuía
entregándoles monedas de oro, que ellas se ponían en la frente o en las mejillas.