Los gitanos

Jean-Paul Clébert · Capítulo 45 de 70

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Los gitanos

Sara, la virgen negra

 

En realidad, existen dos Saras: la de la Iglesia católica y la de los gitanos. La

primera, sirvienta de las tres Marías, María-Salomé, María de Santiago y María

Magdalena, habría venido con sus amas, expulsadas de Tierra Santa, y así habría

desembarcado en el pueblo de Saintes-Maries-de-la-Mer. Esta tradición data del rey

Rene (1448). Esta Sara no mereció la canonización, queda en la cripta y está proscrita

de la Iglesia. La Sara de los gitanos, por el contrario, sería una gitana que vivía a

orillas del Ródano con su tribu que acogería a las tres Marías cuando desembarcaron.

 

«Una de las nuestras que recibió primero la Revelación fue Sarala-Kâli. Era de raza noble y

mandaba en su tribu de la orilla del Ródano. Conocía los secretos que le habían sido transmitidos. Cerca del Ródano, las tribus trabajaban los metales y comerciaban con ellos. Los rom, en esta época,

practicaban una religión politeísta y, una vez al año, paseaban la estatua de [370] Ishtari (Astarté) sobre los hombros, y entraban en el mar para extender su bendición. Un día, Sara tuvo unas visiones que la informaron de que las Santas que habían asistido a la muerte de Jesús vendrían, y que ella debería socorrerlas. Sara las vio llegar en una barca. Había mala mar; la embarcación corría peligro de naufragar. Sara tiró su traje sobre las olas, y, utilizándolo como una balsa, navegó hacia las Santas y las ayudó a tomar tierra. Las Santas bautizaron a Sara y predicaron el Evangelio entre los gaché y los

rom[371]».

 

Pero antes de proseguir, es preciso recordar lo esencial de la famosa

peregrinación de las Saintes-Maries-de-la-Mer. Los días 24 y 25 de mayo de cada

año, los gitanos han adquirido la costumbre de seguir esta peregrinación católica.

Porque fue la Iglesia quien instituyó primero la conmemoración del desembarco de

las tres Marías después de que el rey Rene, en 1448, mandó hacer excavaciones. Una

tradición más antigua hablaba del desembarco de las tres Marías, pero no había

seguridad del lugar en el que tomaron tierra. El lugar que nos ocupa llevó los

nombres de Notre-Dame-de-Ratis, Trois-Maries y Sainte-Marie-de-la-Barque (ratis

parece designar una isla poblada de árboles, del celta rads —a menos que se trate del

latín ratis, balsa)—. Las excavaciones tuvieron éxito, ya que se descubrieron, bajo el

coro de la iglesia primitiva (de la cual se desconoce la fecha de su creación), las

presuntas reliquias de las Santas. Afirmada desde el siglo XV, la peregrinación pronto

fue muy concurrida.

La aparición oficial de Sara tiene lugar un poco más tarde, y encontramos en el

Autor de la última vida de M. Olier la siguiente frase: «Se recogieron desde entonces

en una caja de bronce… varios huesos que se cree eran de Sara, acompañante de las

Santas Marías». En 1521, Vincent Philippon, en su novelita piadosa La Légende des

Saintes Manes Jacobé et Salomé, señala la presencia de Sara, especificando su papel:

Para ayudar a sus amas, se iba a pedir a través de la Camarga[372]. Habiéndose

escogido el día 24 de mayo para honrar a las Santas, los gitanos (presentes en Arles desde el 1438) toman parte en la peregrinación. Pero primero sólo reconocen a Sara-

la-Kâli. Según otros autores, los huesos de la «sirvienta» no fueron hallados hasta

1496.

¿Por qué los gitanos han escogido a Sara? Quizás por su papel modesto. Quizás

también por su apodo, la «egipcia». Pero, si nos atenemos a la tradición gitana, que

pretende que Sara forma parte de ellos, y que fue jefe de tribu, puede pensarse en

identificarla con una Virgen Negra.

El nombre dado por los gitanos a Sara, Kâli, significa, en su lengua, la Negra y la

Gitana a la vez. En cuanto al nombre de Sara, si para la Iglesia es el de la esposa de

Abraham[373], se le puede relacionar con toda una serie de diosas-madre, entre las que

está [374] Saräi , del Cáucaso, la misma que ha podido dar su nombre a la Sara bíblica.

El culto gitano rendido a Sara es muy interesante, y, sobre todo, es uno de los

únicos al que los gaché pueden asistir fácilmente. Hasta 1912, únicamente los gitanos

podían entrar en la cripta. Pasaban juntos toda una noche, y aquella velada no dejaba

de rodearse de misterio, particularmente a los ojos del cura de las Santas, que

consiguió que lo admitiesen en aquella fecha. Ya sabemos que la cripta, generalmente

inundada por aguas de infiltración, contiene tres elementos; entrando a la izquierda,

un altar antiguo, el altar pagano (algunos lo califican de taurobólico, pero sin

pruebas); en el centro, el altar cristiano del siglo m, y a la derecha la estatua de Sara.

Ésta no parece ser anterior al siglo XVIII. André Delage, que tuvo ocasión de

examinarla varias veces, ya que a él es debida su restauración y conservación, dice:

«Esta estatua, de yeso y no de madera como se ha dicho algunas veces, no es muy

antigua. Ha sido construida poniendo sobre un cuerpo, que llamaré tipo “estándar”,

una cabeza que evidentemente no está hecha ni a la misma escala ni por la misma

mano que ha moldeado el cuerpo. Creo que ha debido reemplazar una estatua de

madera mucho más antigua». De esta última no queda ningún rastro. La actual ha

sido visiblemente pintada de negro. Si presenta muchas manchas claras en la cara, es

porque, a fuerza de tocarla continuamente, ha desaparecido poco a poco la pintura.

En su velada, los gitanos no celebran (¿o ya no celebraban?) ritos especiales. Se

contentan con montar guardia, en general descalzos y con la cabeza descubierta.

Algunos dormitan a lo largo de las paredes. Asistiendo a esta escena, he vuelto a

encontrar las imágenes exactas que he visto en los templos de la India, donde los

fieles permanecen a veces indiferentes, otras apasionados, a los pies mismos de los

ídolos.

Los recién llegados celebran sobre Sara dos actos rituales: tocarla y la suspensión

de vestiduras. Las mujeres, en particular, acarician respetuosamente la estatua, o

besan los bordes de sus múltiples trajes. Después cuelgan a su lado diversas prendas

de vestir, desde el pañuelo al slip y al sostén. A veces sólo son fragmentos. Y por fin

hacen tocar a la santa diversos objetos que son representación de los ausentes o

enfermos (fotografías, medallas… o de nuevo trajes). En realidad, este tocar es más

bien un frotamiento. Ceremonial que, desde luego, no es original. El rito de la suspensión de trajes se celebra también por los drávidas del norte de la India, que

«creen, en efecto, que la ropa o los vestidos de un enfermo se impregnan de su

enfermedad, y que el paciente se cura si su ropa es purificada al contacto de un árbol

sagrado; así vemos entre ellos árboles o imágenes cubiertas de andrajos, a los que

llaman [375] Chitraiya Bhavani , Nuestra Señora de los Harapos». También existe un

Árbol de los Harapos (sinderich ogateh) entre los kirguises del mar de Aral.

Fácilmente se encontrarían otros ejemplos de esta profilaxia mágica.

La segunda parte de la peregrinación consiste en la procesión al mar, y en la

inmersión[376] simbólica, comunes a todos los cultos de las grandes diosas de la

fecundidad. La magia de la inmersión provocaba la lluvia[377]. Evidentemente, la

obtención de la lluvia parece menos importante para los nómadas que para los

sedentarios agricultores. Sin embargo, y aparte el hecho de que los nómadas

necesitan hierba para sus caballos, los gitanos parecen haber servido antaño de

intermediarios en este ritual de la fecundidad. En efecto, recientemente, en Bulgaria y

en los países de Europa Central, «las gitanas participaban en ciertas fiestas de fecha

fija, una de las cuales se sitúa un poco antes del Domingo de Ramos…, y en los

períodos de gran sequía. Iban en grupos a las casas de los propietarios ricos, a las

plazas públicas…, y allí ejecutaban danzas, mientras pedían que una lluvia benéfica

cayera sobre los sembrados. Entonces, los espectadores avanzaban con recipientes

llenos de agua que derramaban sobre la cabeza de las bailarinas…»[378]. El autor

precisa que las mujeres quedaban completamente empapadas. Una vez terminado su

«trabajo», cobraban algún dinero y se iban a repetirlo en otro lugar.

Es evidente que la inmersión simbólica de las Saintes-Maries-de-la-Mer, ya no

está destinada a provocar la lluvia. El ritual de la fecundidad (en el que hemos visto

que tomaba parte aquí hasta la propia Ishtar Astarté) se ha convertido en bendición

del mar por una sutil adaptación de la Iglesia. Los gitanos han seguido esta

transformación. Pero en esta evolución han conservado el arquetipo de la tradicional

diosa-madre y el de la Virgen Negra.

Ruth Partington[379] recuerda que las tres Marías todavía son honradas por los

gitanos en Francia, en el pueblecito de Miguières, cerca de Chartres, y que hay

constancia de curaciones mágicas o milagrosas. Pero Sara, dice, ha desaparecido de

este culto. Sin embargo, examinando los trabajos de Saillens sobre las Vírgenes

Negras, se ve cómo no solamente Chartres tiene una Virgen Negra desde los tiempos

más remotos, sino que ésta es Santa Ana, protectora de los nacimientos y de las minas

(mundo subterráneo). Veremos dentro de un momento la importancia de Santa Ana en

la demonología gitana. Nerval relata en Octavie su visita a una dama gitana de Italia

que tenía colocada en el mejor lugar una virgen negra. No es sueño de un poeta. Hoy

en día, todavía se descubre en ciertos carromatos, sobre el altar de los iconos, la

estatua de Kâli. Tita Parni, la esposa de Mateo Maximoff, ha conseguido una gran

reputación pintando y esculpiendo efigies de la diosa negra. Pero el estudio

profundizado del culto de Sara-Kâli entre los gitanos quedó aún por hacer.