Los gitanos
Sara, la virgen negra
En realidad, existen dos Saras: la de la Iglesia católica y la de los gitanos. La
primera, sirvienta de las tres Marías, María-Salomé, María de Santiago y María
Magdalena, habría venido con sus amas, expulsadas de Tierra Santa, y así habría
desembarcado en el pueblo de Saintes-Maries-de-la-Mer. Esta tradición data del rey
Rene (1448). Esta Sara no mereció la canonización, queda en la cripta y está proscrita
de la Iglesia. La Sara de los gitanos, por el contrario, sería una gitana que vivía a
orillas del Ródano con su tribu que acogería a las tres Marías cuando desembarcaron.
«Una de las nuestras que recibió primero la Revelación fue Sarala-Kâli. Era de raza noble y
mandaba en su tribu de la orilla del Ródano. Conocía los secretos que le habían sido transmitidos. Cerca del Ródano, las tribus trabajaban los metales y comerciaban con ellos. Los rom, en esta época,
practicaban una religión politeísta y, una vez al año, paseaban la estatua de [370] Ishtari (Astarté) sobre los hombros, y entraban en el mar para extender su bendición. Un día, Sara tuvo unas visiones que la informaron de que las Santas que habían asistido a la muerte de Jesús vendrían, y que ella debería socorrerlas. Sara las vio llegar en una barca. Había mala mar; la embarcación corría peligro de naufragar. Sara tiró su traje sobre las olas, y, utilizándolo como una balsa, navegó hacia las Santas y las ayudó a tomar tierra. Las Santas bautizaron a Sara y predicaron el Evangelio entre los gaché y los
rom[371]».
Pero antes de proseguir, es preciso recordar lo esencial de la famosa
peregrinación de las Saintes-Maries-de-la-Mer. Los días 24 y 25 de mayo de cada
año, los gitanos han adquirido la costumbre de seguir esta peregrinación católica.
Porque fue la Iglesia quien instituyó primero la conmemoración del desembarco de
las tres Marías después de que el rey Rene, en 1448, mandó hacer excavaciones. Una
tradición más antigua hablaba del desembarco de las tres Marías, pero no había
seguridad del lugar en el que tomaron tierra. El lugar que nos ocupa llevó los
nombres de Notre-Dame-de-Ratis, Trois-Maries y Sainte-Marie-de-la-Barque (ratis
parece designar una isla poblada de árboles, del celta rads —a menos que se trate del
latín ratis, balsa)—. Las excavaciones tuvieron éxito, ya que se descubrieron, bajo el
coro de la iglesia primitiva (de la cual se desconoce la fecha de su creación), las
presuntas reliquias de las Santas. Afirmada desde el siglo XV, la peregrinación pronto
fue muy concurrida.
La aparición oficial de Sara tiene lugar un poco más tarde, y encontramos en el
Autor de la última vida de M. Olier la siguiente frase: «Se recogieron desde entonces
en una caja de bronce… varios huesos que se cree eran de Sara, acompañante de las
Santas Marías». En 1521, Vincent Philippon, en su novelita piadosa La Légende des
Saintes Manes Jacobé et Salomé, señala la presencia de Sara, especificando su papel:
Para ayudar a sus amas, se iba a pedir a través de la Camarga[372]. Habiéndose
escogido el día 24 de mayo para honrar a las Santas, los gitanos (presentes en Arles desde el 1438) toman parte en la peregrinación. Pero primero sólo reconocen a Sara-
la-Kâli. Según otros autores, los huesos de la «sirvienta» no fueron hallados hasta
1496.
¿Por qué los gitanos han escogido a Sara? Quizás por su papel modesto. Quizás
también por su apodo, la «egipcia». Pero, si nos atenemos a la tradición gitana, que
pretende que Sara forma parte de ellos, y que fue jefe de tribu, puede pensarse en
identificarla con una Virgen Negra.
El nombre dado por los gitanos a Sara, Kâli, significa, en su lengua, la Negra y la
Gitana a la vez. En cuanto al nombre de Sara, si para la Iglesia es el de la esposa de
Abraham[373], se le puede relacionar con toda una serie de diosas-madre, entre las que
está [374] Saräi , del Cáucaso, la misma que ha podido dar su nombre a la Sara bíblica.
El culto gitano rendido a Sara es muy interesante, y, sobre todo, es uno de los
únicos al que los gaché pueden asistir fácilmente. Hasta 1912, únicamente los gitanos
podían entrar en la cripta. Pasaban juntos toda una noche, y aquella velada no dejaba
de rodearse de misterio, particularmente a los ojos del cura de las Santas, que
consiguió que lo admitiesen en aquella fecha. Ya sabemos que la cripta, generalmente
inundada por aguas de infiltración, contiene tres elementos; entrando a la izquierda,
un altar antiguo, el altar pagano (algunos lo califican de taurobólico, pero sin
pruebas); en el centro, el altar cristiano del siglo m, y a la derecha la estatua de Sara.
Ésta no parece ser anterior al siglo XVIII. André Delage, que tuvo ocasión de
examinarla varias veces, ya que a él es debida su restauración y conservación, dice:
«Esta estatua, de yeso y no de madera como se ha dicho algunas veces, no es muy
antigua. Ha sido construida poniendo sobre un cuerpo, que llamaré tipo “estándar”,
una cabeza que evidentemente no está hecha ni a la misma escala ni por la misma
mano que ha moldeado el cuerpo. Creo que ha debido reemplazar una estatua de
madera mucho más antigua». De esta última no queda ningún rastro. La actual ha
sido visiblemente pintada de negro. Si presenta muchas manchas claras en la cara, es
porque, a fuerza de tocarla continuamente, ha desaparecido poco a poco la pintura.
En su velada, los gitanos no celebran (¿o ya no celebraban?) ritos especiales. Se
contentan con montar guardia, en general descalzos y con la cabeza descubierta.
Algunos dormitan a lo largo de las paredes. Asistiendo a esta escena, he vuelto a
encontrar las imágenes exactas que he visto en los templos de la India, donde los
fieles permanecen a veces indiferentes, otras apasionados, a los pies mismos de los
ídolos.
Los recién llegados celebran sobre Sara dos actos rituales: tocarla y la suspensión
de vestiduras. Las mujeres, en particular, acarician respetuosamente la estatua, o
besan los bordes de sus múltiples trajes. Después cuelgan a su lado diversas prendas
de vestir, desde el pañuelo al slip y al sostén. A veces sólo son fragmentos. Y por fin
hacen tocar a la santa diversos objetos que son representación de los ausentes o
enfermos (fotografías, medallas… o de nuevo trajes). En realidad, este tocar es más
bien un frotamiento. Ceremonial que, desde luego, no es original. El rito de la suspensión de trajes se celebra también por los drávidas del norte de la India, que
«creen, en efecto, que la ropa o los vestidos de un enfermo se impregnan de su
enfermedad, y que el paciente se cura si su ropa es purificada al contacto de un árbol
sagrado; así vemos entre ellos árboles o imágenes cubiertas de andrajos, a los que
llaman [375] Chitraiya Bhavani , Nuestra Señora de los Harapos». También existe un
Árbol de los Harapos (sinderich ogateh) entre los kirguises del mar de Aral.
Fácilmente se encontrarían otros ejemplos de esta profilaxia mágica.
La segunda parte de la peregrinación consiste en la procesión al mar, y en la
inmersión[376] simbólica, comunes a todos los cultos de las grandes diosas de la
fecundidad. La magia de la inmersión provocaba la lluvia[377]. Evidentemente, la
obtención de la lluvia parece menos importante para los nómadas que para los
sedentarios agricultores. Sin embargo, y aparte el hecho de que los nómadas
necesitan hierba para sus caballos, los gitanos parecen haber servido antaño de
intermediarios en este ritual de la fecundidad. En efecto, recientemente, en Bulgaria y
en los países de Europa Central, «las gitanas participaban en ciertas fiestas de fecha
fija, una de las cuales se sitúa un poco antes del Domingo de Ramos…, y en los
períodos de gran sequía. Iban en grupos a las casas de los propietarios ricos, a las
plazas públicas…, y allí ejecutaban danzas, mientras pedían que una lluvia benéfica
cayera sobre los sembrados. Entonces, los espectadores avanzaban con recipientes
llenos de agua que derramaban sobre la cabeza de las bailarinas…»[378]. El autor
precisa que las mujeres quedaban completamente empapadas. Una vez terminado su
«trabajo», cobraban algún dinero y se iban a repetirlo en otro lugar.
Es evidente que la inmersión simbólica de las Saintes-Maries-de-la-Mer, ya no
está destinada a provocar la lluvia. El ritual de la fecundidad (en el que hemos visto
que tomaba parte aquí hasta la propia Ishtar Astarté) se ha convertido en bendición
del mar por una sutil adaptación de la Iglesia. Los gitanos han seguido esta
transformación. Pero en esta evolución han conservado el arquetipo de la tradicional
diosa-madre y el de la Virgen Negra.
Ruth Partington[379] recuerda que las tres Marías todavía son honradas por los
gitanos en Francia, en el pueblecito de Miguières, cerca de Chartres, y que hay
constancia de curaciones mágicas o milagrosas. Pero Sara, dice, ha desaparecido de
este culto. Sin embargo, examinando los trabajos de Saillens sobre las Vírgenes
Negras, se ve cómo no solamente Chartres tiene una Virgen Negra desde los tiempos
más remotos, sino que ésta es Santa Ana, protectora de los nacimientos y de las minas
(mundo subterráneo). Veremos dentro de un momento la importancia de Santa Ana en
la demonología gitana. Nerval relata en Octavie su visita a una dama gitana de Italia
que tenía colocada en el mejor lugar una virgen negra. No es sueño de un poeta. Hoy
en día, todavía se descubre en ciertos carromatos, sobre el altar de los iconos, la
estatua de Kâli. Tita Parni, la esposa de Mateo Maximoff, ha conseguido una gran
reputación pintando y esculpiendo efigies de la diosa negra. Pero el estudio
profundizado del culto de Sara-Kâli entre los gitanos quedó aún por hacer.