Los gitanos
Magia
hora tenebrosa del mediodía? En todo caso, los españoles son muy sensibles a este
momento crucial. Para los gitanos, en este instante fugaz, los árboles, el camino, los
menores objetos pertenecen a los mulé.
Al mediodía cesan de viajar, de la misma manera que les está prohibido viajar
después del ocaso. El mediodía es la hora en la que la sombra no existe; debe verse
en esta creencia una relación no solamente con el papel psychopompe del sol sino con
el problema del Doble. El mulo parece ser, efectivamente, el Doble del muerto. Zanko
lo precisa bien:
«La sede del mulo, su punto de fijación, es el hombre muerto. Su morada es la tumba del difunto.
Pero no está pegado al cuerpo. La muerte lo ha liberado; puede errar, viajar, ir y venir partiendo de esta base. No es el cadáver. Es el hombre mismo bajo la forma de su doble».
Así, al canto del gallo, el mido vuelve a su tumba. Pero no por ello es un vampiro
del tipo clásico. Si bien es capaz de sentir todavía apetitos sexuales y de contactos
carnales, no chupa la sangre de sus víctimas como un vulgar «coco» de las películas
de miedo. La gran abundancia de bibliografía consagrada al vampiro me impide
buscar las relaciones exactas entre éste y el mulo de los gitanos. Sin embargo, es
evidente que la importancia pasmosa del vampiro, casi podríamos decir su culto en
toda la Europa Central, no podía dejar indiferentes a los gitanos. Sin embargo, como
lo ha hecho notar Kamill Erdös, se han encontrado huellas claras de la creencia en la
metempsicosis entre los gitanos de los Cárpatos, y es en el sentido del spiritus latino
y del pneuma griego en el que debe buscarse el significado de mulo.
¿Cómo atormenta el mulo a los vivos? Esto depende esencialmente del grupo
gitano con el que trata. Entre los kalderas de Zanko, el fantasma del marido muerto
reaparece por la noche a la puerta del campamento y reclama su viuda. Pasa la noche
con ella, y después de todo, nada prueba que para ella sea un tormento tan grande. En
las novelas de Maximoff, bajo el aspecto de una muchacha voluptuosa, lleva al
suicidio a un buen muchacho. Aunque habitualmente se hable del papel terrible del
mulo, no he podido hallar ningún ejemplo de prácticas monstruosas o criminales. A
título de curiosidad, citaré lo que puede leerse a propósito del mulo en la
Enciclopedia de Pallas:
«El mulo es una figura vampírica. El niño que muere al nacer se convierte en mulo, crece hasta su
octavo año, y entonces es cuando vuelve al país de los muertos. En su cuerpo no hay huesos, y sus manos carecen del dedo medio, que debe dejar en su tumba. Una vez al año, en su aniversario, sus compañeros lo cuecen, a fin de que recobre la fuerza. La noche de Año Nuevo, los mulé raptan a mujeres, a las que hacen cocer en grandes calderas para que pierdan los huesos y se conviertan en
mujeres-mulo sin huesos [390]».
Magia
Ya hemos visto que, durante el período histórico, los gitanos habían sido
considerados como verdaderos brujos. Lo mismo ocurre hoy en día en la mayoría de
parajes aislados. Existen, en efecto, pueblos magos por excelencia, en función de su
vida sin civilizar, de su calidad de extranjeros, de la elección de su profesión, y, por
otra parte, de ciertas predisposiciones naturales. Éste fue el caso de los judíos en la
Edad Media, y el de los lapones y fineses en el norte de Europa. Esta atribución
colectiva a grupos étnicos ha sido recogida por Marcel Mauss[391]:
«Todas las tribus desarraigadas que viven en el seno de una población sedentaria tienen fama de
brujas; ése es todavía actualmente el caso de los gitanos y de numerosas castas errantes de la India».
Las predisposiciones naturales de los nómadas son las de unos hombres que viven
todavía según el ritmo de las estaciones, de las plantas, de los elementos. Su
desprecio por la técnica ha conservado intactos unos sentidos que hoy en día están
embotados en el hombre civilizado, en el ciudadano. Inculto, es decir, desembarazado
del enorme bagaje de conocimientos con el que nos embarcamos para la travesía de la
vida, el gitano sabe todavía mirar a su alrededor y sacar lecciones del mundo exterior.
Además, su calidad de paria ha aumentado considerablemente su potencial nervioso,
su susceptibilidad, su facultad de conmoverse con imágenes cotidianas, y se ha vuelto
(o ha permanecido) sumamente sensible a unas «longitudes de onda» que a nosotros
no nos llegan. Así, vive en un universo esencialmente mágico.
El sociólogo Lehmann ha definido la magia como «la puesta en práctica de
supersticiones, es decir, de creencias que ni son religiosas ni científicas». A lo largo
de esta obra se encontrarán estas supersticiones muy diseminadas. Sólo indicaré aquí
las que no intervienen en el capítulo de la vida cotidiana, o las que todavía no han
sido mencionadas, en particular las de la magia maléfica.
De la misma manera que hay magia negra y magia blanca, hay un brujo y un
mago. Los gitanos conocen por una parte la cohani, cuyos actos destructores son muy
temidos, y por otra la drabarni, la mujer de las hierbas (de drab, que significa a la
vez hierba, planta mágica y tabaco[392]), que presta apreciables servicios, y que ya
veremos cuáles son.
La magia negra de los gitanos conoce los maleficios habituales destinados a hacer
sufrir o morir a los enemigos o también a su ganado. La lista es inmensa. Los
instrumentos y los procedimientos son los de la magia clásica: muñecas o figuritas
pinchadas con un alfiler en el sitio deseado (gitanos de Hungría), pero utilizadas en
nueve ejemplares y fabricadas con estearina (de velas fundidas); contienen el
inevitable fragmento de traje, de uña o pelo de la víctima. Algunas veces depositan
hierba arrancada en una encrucijada en el umbral de la tienda o del carromato. Menos
banal parece la técnica que consiste en regar durante nueve días una rama de sauce
llorón y verter este agua delante de la vivienda de la persona condenada[393]
(simbolismo sauce llorón-lágrimas).
El mal de ojo es especialmente vivaz entre los gitanos (iachalav, echar mal de ojo, de iach, ojo-iachalipé, acto de fascinación, táchalo, emocionado por el encanto).
Esta creencia en parte es original. En efecto, «esta superstición, que podría creerse es
la más extendida de todas, no se encuentra expresamente ni en Australia, ni en
Melanesia, ni en América del Norte, ni siquiera bajo una forma clara en la India
antigua y moderna no islámica[394] [395] ». (Sin embargo, Henry emplea varias veces
esta expresión. De hecho, la noción precisa del mal de ojo no ha sido nunca
claramente definida. Sería preciso contentarse con recoger únicamente bajo esta
etiqueta los procedimientos de fascinación en los que la mirada fija es esencial).
Entre los gitanos, los ritos de protección contra el iaehalipé son numerosos. Pero
la mayoría de ellos están destinados a proteger a los niños de corta edad. Así, en toda
la Europa Central y Sudorienta, se les vierte encima el agua de su baño, haciéndola
correr a lo largo de la hoja de una hoz. En efecto, los demonios no podrían soportar el
contacto del hierro (¿simbolismo del metal o del fulgor? Antaño, en Provenza, las
aberturas de los palomares estaban rodeadas de ladrillos de mayólica, cuyo brillo
estaba destinado a impedir que se acercasen los demonios-enfermedades).
Entre los gitanos de los Cárpatos, Erdös ha recogido las supersticiones siguientes
contra el mal de ojo que afectaba a un niño. Se les ata a la muñeca, ya sea una cuerda
de violín usada, ya un cordel rojo. O se les lame por tres veces el ojo, escupiendo
cada vez. O se les escupe directamente al ojo. Otra técnica está en relación con las
prácticas de adivinación: se ponen tres brasas de madera y dos briznas de paja sobre
el agua de una palangana; si una de las brasas, por lo menos, desciende al fondo del
agua, es señal de que el niño está bajo una influencia maligna.
La magia gitana emplea, evidentemente, un gran número de plantas, animales y
minerales. Pero aquí es imposible citarlos todos. Notemos que los animales más
frecuentemente utilizados son el sapo, la serpiente, la comadreja y los pájaros (el
gallo, el pavo real, palomo, urraca…). Podría escribirse todo un volumen sobre el
sapo y su empleo mágico. Ya recordamos que en la leyenda de las Keshalyi, es el
consejero del rey de los demonios, gracias al cual puede poseer a su mujer, Ana. Y
que Ana reaparece al final del relato bajo la forma de un sapo dorado. La relación
sapo-útero-lujuria es universal (conocida hasta en los ritos brasileños).
La Edad Media, y antes Roma, veían en este batracio un animal repugnante, por
lo tanto malhechor, ávido de sangre; su forma era considerada como la de un útero
vuelto al revés, o, si se quiere, que el útero tenía forma de sapo. El sexo de la mujer
tenía la facultad de abandonar el cuerpo para irse a misteriosas peregrinaciones
nocturnas, a debatirse en algún baño místico[396]. Este batracio apareció, pues, muy
pronto en forma de exvoto de madera o de hierro. Entre los gitanos, éstos, por
ejemplo, muestran una semejanza notable con los Gebärmutterkröte (sapos de matriz)
del folklore alsaciano.
La serpiente (sap en gitano; sarap en hebreo, raíz sánscrita) da lugar, el 15 de
marzo de cada año, a una fiesta especial de los gitanos kalderas, llamada la fiesta de
la Serpiente. «Si este día alguien consigue matar una serpiente, será feliz todo el
año[397]». En los filtros maléficos, la piel de serpiente se tritura o se pulveriza. Ciertos
amuletos, erizos de mar, fósiles, son llamados en toda Europa ojo-de-serpiente.
La comadreja se llama la phurdini, es decir, la Sopladora. Este animal, de
apariencia tan apacible, es la pesadilla de los gitanos. El hecho de que bufa cuando
tiene miedo o se encoleriza, es el origen de esta aversión. Los gitanos, en efecto,
tienen un terror casi enfermizo al soplo y al viento. El viento, dicen, es el estornudo
del diablo[398]. Todos los nómadas de las estepas temen este elemento que transforma
su «camping». El soplo de la comadreja es signo de desgracia (el aliento
emponzoñado de los dragones clásicos). «Cuando una mujer encinta ve una
comadreja en su camino, puede estar segura de que su parto será difícil y que su hijo
está condenado de antemano a una vida de sufrimientos. Si una caravana de gitanos
se cruza con una comadreja, sobre todo si ésta se pone a resoplar, debe cambiar
inmediatamente de dirección, so pena de verse liada con la gendarmería y las
autoridades. Por esto, los que marchan en cabeza preparan una señal en aquel lugar;
atan a la rama más próxima un mechón de cabellos de mujer y marcan en el suelo la
nueva dirección que hay que tomar. Esta señal consiste en tres rayas paralelas, siendo
la del centro más larga que las otras dos. Cuando una muchacha ve una comadreja y
ésta la amenaza bufando, la joven debe ir a lavarse inmediatamente a la fuente más
próxima: de otra forma su matrimonio no sería feliz. Si, por casualidad, un gitano
mata una comadreja, toda la tribu tendrá mala suerte durante algún tiempo[399]».
Esta superstición es a la vez antigua y vivaz. Era ya conocida por la Grecia
arcaica. Aristófanes, en varias de sus comedias, muestra las asambleas del Pnyx
disueltas ante la aparición de una comadreja. Se encuentra esta creencia hasta en el
Mâconnais y Teofrasto la recoge en sus Caracteres: «Cuando se atraviesa por el
camino una comadreja, el supersticioso no deberá avanzar antes de que otro haya ya
pasado o antes de que tire él mismo tres piedras a lo lejos». Este animal, aborrecido
en la India, sin embargo era adorado en Egipto.
La ardilla, el romen morga o gato gitano, es, por el contrario, un amuleto
especialmente eficaz en el terreno del amor. Pero el animal predilecto de los gitanos
continúa siendo el erizo, el nigló. Lo que no obsta para que la ardilla y el erizo,
guisados de distintas formas, constituyan una de las especialidades más sabrosas de la
cocina gitana. El erizo fue importante en el conjunto de mitos iraníes. Animal sabio,
creador, a veces, del fuego, a veces de la agricultura, su culto se ha extendido por
todo el norte del Próximo Oriente.
En cuanto a las plantas usadas en la cocina «mágica», son demasiado numerosas
para inventariarlas. Evidentemente, son las hierbas clásicas utilizadas por las brujas y
«comadronas» de Europa, cuyo recuento no ha sido intentado todavía. He aquí, a
título de ejemplo, la lista de las que entran en un filtro en uso entre los gitanos de
Yugoslavia: madera de áloe, clavos de especia, jengibre, nuez moscada (todo
reducido a polvo), galio o cuajaleche (una rubiácea, vulgarmente llamada grateron —
amor de hortelano— en Francia), borraja, salvia, ruda, menta (hervidas durante tres horas mientras se recita el Padrenuestro); señalemos, para ser exactos, que a estas