Los gitanos

Jean-Paul Clébert · Capítulo 47 de 70

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Los gitanos

Magia

hora tenebrosa del mediodía? En todo caso, los españoles son muy sensibles a este

momento crucial. Para los gitanos, en este instante fugaz, los árboles, el camino, los

menores objetos pertenecen a los mulé.

Al mediodía cesan de viajar, de la misma manera que les está prohibido viajar

después del ocaso. El mediodía es la hora en la que la sombra no existe; debe verse

en esta creencia una relación no solamente con el papel psychopompe del sol sino con

el problema del Doble. El mulo parece ser, efectivamente, el Doble del muerto. Zanko

lo precisa bien:

 

«La sede del mulo, su punto de fijación, es el hombre muerto. Su morada es la tumba del difunto.

Pero no está pegado al cuerpo. La muerte lo ha liberado; puede errar, viajar, ir y venir partiendo de esta base. No es el cadáver. Es el hombre mismo bajo la forma de su doble».

 

Así, al canto del gallo, el mido vuelve a su tumba. Pero no por ello es un vampiro

del tipo clásico. Si bien es capaz de sentir todavía apetitos sexuales y de contactos

carnales, no chupa la sangre de sus víctimas como un vulgar «coco» de las películas

de miedo. La gran abundancia de bibliografía consagrada al vampiro me impide

buscar las relaciones exactas entre éste y el mulo de los gitanos. Sin embargo, es

evidente que la importancia pasmosa del vampiro, casi podríamos decir su culto en

toda la Europa Central, no podía dejar indiferentes a los gitanos. Sin embargo, como

lo ha hecho notar Kamill Erdös, se han encontrado huellas claras de la creencia en la

metempsicosis entre los gitanos de los Cárpatos, y es en el sentido del spiritus latino

y del pneuma griego en el que debe buscarse el significado de mulo.

¿Cómo atormenta el mulo a los vivos? Esto depende esencialmente del grupo

gitano con el que trata. Entre los kalderas de Zanko, el fantasma del marido muerto

reaparece por la noche a la puerta del campamento y reclama su viuda. Pasa la noche

con ella, y después de todo, nada prueba que para ella sea un tormento tan grande. En

las novelas de Maximoff, bajo el aspecto de una muchacha voluptuosa, lleva al

suicidio a un buen muchacho. Aunque habitualmente se hable del papel terrible del

mulo, no he podido hallar ningún ejemplo de prácticas monstruosas o criminales. A

título de curiosidad, citaré lo que puede leerse a propósito del mulo en la

Enciclopedia de Pallas:

 

«El mulo es una figura vampírica. El niño que muere al nacer se convierte en mulo, crece hasta su

octavo año, y entonces es cuando vuelve al país de los muertos. En su cuerpo no hay huesos, y sus manos carecen del dedo medio, que debe dejar en su tumba. Una vez al año, en su aniversario, sus compañeros lo cuecen, a fin de que recobre la fuerza. La noche de Año Nuevo, los mulé raptan a mujeres, a las que hacen cocer en grandes calderas para que pierdan los huesos y se conviertan en

mujeres-mulo sin huesos [390]».

 

Magia

Ya hemos visto que, durante el período histórico, los gitanos habían sido

considerados como verdaderos brujos. Lo mismo ocurre hoy en día en la mayoría de

parajes aislados. Existen, en efecto, pueblos magos por excelencia, en función de su

vida sin civilizar, de su calidad de extranjeros, de la elección de su profesión, y, por

otra parte, de ciertas predisposiciones naturales. Éste fue el caso de los judíos en la

Edad Media, y el de los lapones y fineses en el norte de Europa. Esta atribución

colectiva a grupos étnicos ha sido recogida por Marcel Mauss[391]:

 

«Todas las tribus desarraigadas que viven en el seno de una población sedentaria tienen fama de

brujas; ése es todavía actualmente el caso de los gitanos y de numerosas castas errantes de la India».

 

Las predisposiciones naturales de los nómadas son las de unos hombres que viven

todavía según el ritmo de las estaciones, de las plantas, de los elementos. Su

desprecio por la técnica ha conservado intactos unos sentidos que hoy en día están

embotados en el hombre civilizado, en el ciudadano. Inculto, es decir, desembarazado

del enorme bagaje de conocimientos con el que nos embarcamos para la travesía de la

vida, el gitano sabe todavía mirar a su alrededor y sacar lecciones del mundo exterior.

Además, su calidad de paria ha aumentado considerablemente su potencial nervioso,

su susceptibilidad, su facultad de conmoverse con imágenes cotidianas, y se ha vuelto

(o ha permanecido) sumamente sensible a unas «longitudes de onda» que a nosotros

no nos llegan. Así, vive en un universo esencialmente mágico.

El sociólogo Lehmann ha definido la magia como «la puesta en práctica de

supersticiones, es decir, de creencias que ni son religiosas ni científicas». A lo largo

de esta obra se encontrarán estas supersticiones muy diseminadas. Sólo indicaré aquí

las que no intervienen en el capítulo de la vida cotidiana, o las que todavía no han

sido mencionadas, en particular las de la magia maléfica.

De la misma manera que hay magia negra y magia blanca, hay un brujo y un

mago. Los gitanos conocen por una parte la cohani, cuyos actos destructores son muy

temidos, y por otra la drabarni, la mujer de las hierbas (de drab, que significa a la

vez hierba, planta mágica y tabaco[392]), que presta apreciables servicios, y que ya

veremos cuáles son.

La magia negra de los gitanos conoce los maleficios habituales destinados a hacer

sufrir o morir a los enemigos o también a su ganado. La lista es inmensa. Los

instrumentos y los procedimientos son los de la magia clásica: muñecas o figuritas

pinchadas con un alfiler en el sitio deseado (gitanos de Hungría), pero utilizadas en

nueve ejemplares y fabricadas con estearina (de velas fundidas); contienen el

inevitable fragmento de traje, de uña o pelo de la víctima. Algunas veces depositan

hierba arrancada en una encrucijada en el umbral de la tienda o del carromato. Menos

banal parece la técnica que consiste en regar durante nueve días una rama de sauce

llorón y verter este agua delante de la vivienda de la persona condenada[393]

(simbolismo sauce llorón-lágrimas).

El mal de ojo es especialmente vivaz entre los gitanos (iachalav, echar mal de ojo, de iach, ojo-iachalipé, acto de fascinación, táchalo, emocionado por el encanto).

Esta creencia en parte es original. En efecto, «esta superstición, que podría creerse es

la más extendida de todas, no se encuentra expresamente ni en Australia, ni en

Melanesia, ni en América del Norte, ni siquiera bajo una forma clara en la India

antigua y moderna no islámica[394] [395] ». (Sin embargo, Henry emplea varias veces

esta expresión. De hecho, la noción precisa del mal de ojo no ha sido nunca

claramente definida. Sería preciso contentarse con recoger únicamente bajo esta

etiqueta los procedimientos de fascinación en los que la mirada fija es esencial).

Entre los gitanos, los ritos de protección contra el iaehalipé son numerosos. Pero

la mayoría de ellos están destinados a proteger a los niños de corta edad. Así, en toda

la Europa Central y Sudorienta, se les vierte encima el agua de su baño, haciéndola

correr a lo largo de la hoja de una hoz. En efecto, los demonios no podrían soportar el

contacto del hierro (¿simbolismo del metal o del fulgor? Antaño, en Provenza, las

aberturas de los palomares estaban rodeadas de ladrillos de mayólica, cuyo brillo

estaba destinado a impedir que se acercasen los demonios-enfermedades).

Entre los gitanos de los Cárpatos, Erdös ha recogido las supersticiones siguientes

contra el mal de ojo que afectaba a un niño. Se les ata a la muñeca, ya sea una cuerda

de violín usada, ya un cordel rojo. O se les lame por tres veces el ojo, escupiendo

cada vez. O se les escupe directamente al ojo. Otra técnica está en relación con las

prácticas de adivinación: se ponen tres brasas de madera y dos briznas de paja sobre

el agua de una palangana; si una de las brasas, por lo menos, desciende al fondo del

agua, es señal de que el niño está bajo una influencia maligna.

La magia gitana emplea, evidentemente, un gran número de plantas, animales y

minerales. Pero aquí es imposible citarlos todos. Notemos que los animales más

frecuentemente utilizados son el sapo, la serpiente, la comadreja y los pájaros (el

gallo, el pavo real, palomo, urraca…). Podría escribirse todo un volumen sobre el

sapo y su empleo mágico. Ya recordamos que en la leyenda de las Keshalyi, es el

consejero del rey de los demonios, gracias al cual puede poseer a su mujer, Ana. Y

que Ana reaparece al final del relato bajo la forma de un sapo dorado. La relación

sapo-útero-lujuria es universal (conocida hasta en los ritos brasileños).

La Edad Media, y antes Roma, veían en este batracio un animal repugnante, por

lo tanto malhechor, ávido de sangre; su forma era considerada como la de un útero

vuelto al revés, o, si se quiere, que el útero tenía forma de sapo. El sexo de la mujer

tenía la facultad de abandonar el cuerpo para irse a misteriosas peregrinaciones

nocturnas, a debatirse en algún baño místico[396]. Este batracio apareció, pues, muy

pronto en forma de exvoto de madera o de hierro. Entre los gitanos, éstos, por

ejemplo, muestran una semejanza notable con los Gebärmutterkröte (sapos de matriz)

del folklore alsaciano.

La serpiente (sap en gitano; sarap en hebreo, raíz sánscrita) da lugar, el 15 de

marzo de cada año, a una fiesta especial de los gitanos kalderas, llamada la fiesta de

la Serpiente. «Si este día alguien consigue matar una serpiente, será feliz todo el

año[397]». En los filtros maléficos, la piel de serpiente se tritura o se pulveriza. Ciertos

amuletos, erizos de mar, fósiles, son llamados en toda Europa ojo-de-serpiente.

La comadreja se llama la phurdini, es decir, la Sopladora. Este animal, de

apariencia tan apacible, es la pesadilla de los gitanos. El hecho de que bufa cuando

tiene miedo o se encoleriza, es el origen de esta aversión. Los gitanos, en efecto,

tienen un terror casi enfermizo al soplo y al viento. El viento, dicen, es el estornudo

del diablo[398]. Todos los nómadas de las estepas temen este elemento que transforma

su «camping». El soplo de la comadreja es signo de desgracia (el aliento

emponzoñado de los dragones clásicos). «Cuando una mujer encinta ve una

comadreja en su camino, puede estar segura de que su parto será difícil y que su hijo

está condenado de antemano a una vida de sufrimientos. Si una caravana de gitanos

se cruza con una comadreja, sobre todo si ésta se pone a resoplar, debe cambiar

inmediatamente de dirección, so pena de verse liada con la gendarmería y las

autoridades. Por esto, los que marchan en cabeza preparan una señal en aquel lugar;

atan a la rama más próxima un mechón de cabellos de mujer y marcan en el suelo la

nueva dirección que hay que tomar. Esta señal consiste en tres rayas paralelas, siendo

la del centro más larga que las otras dos. Cuando una muchacha ve una comadreja y

ésta la amenaza bufando, la joven debe ir a lavarse inmediatamente a la fuente más

próxima: de otra forma su matrimonio no sería feliz. Si, por casualidad, un gitano

mata una comadreja, toda la tribu tendrá mala suerte durante algún tiempo[399]».

Esta superstición es a la vez antigua y vivaz. Era ya conocida por la Grecia

arcaica. Aristófanes, en varias de sus comedias, muestra las asambleas del Pnyx

disueltas ante la aparición de una comadreja. Se encuentra esta creencia hasta en el

Mâconnais y Teofrasto la recoge en sus Caracteres: «Cuando se atraviesa por el

camino una comadreja, el supersticioso no deberá avanzar antes de que otro haya ya

pasado o antes de que tire él mismo tres piedras a lo lejos». Este animal, aborrecido

en la India, sin embargo era adorado en Egipto.

La ardilla, el romen morga o gato gitano, es, por el contrario, un amuleto

especialmente eficaz en el terreno del amor. Pero el animal predilecto de los gitanos

continúa siendo el erizo, el nigló. Lo que no obsta para que la ardilla y el erizo,

guisados de distintas formas, constituyan una de las especialidades más sabrosas de la

cocina gitana. El erizo fue importante en el conjunto de mitos iraníes. Animal sabio,

creador, a veces, del fuego, a veces de la agricultura, su culto se ha extendido por

todo el norte del Próximo Oriente.

En cuanto a las plantas usadas en la cocina «mágica», son demasiado numerosas

para inventariarlas. Evidentemente, son las hierbas clásicas utilizadas por las brujas y

«comadronas» de Europa, cuyo recuento no ha sido intentado todavía. He aquí, a

título de ejemplo, la lista de las que entran en un filtro en uso entre los gitanos de

Yugoslavia: madera de áloe, clavos de especia, jengibre, nuez moscada (todo

reducido a polvo), galio o cuajaleche (una rubiácea, vulgarmente llamada grateron —

amor de hortelano— en Francia), borraja, salvia, ruda, menta (hervidas durante tres horas mientras se recita el Padrenuestro); señalemos, para ser exactos, que a estas