Los gitanos

Jean-Paul Clébert · Capítulo 40 de 70

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Los gitanos

La justicia

una familia: el dinero se guarda en común. Como dice Jules Bloch, «la propiedad es,

en realidad, familiar y no individual».

Pero la familia no se limita a la pareja padre-madre y a sus hijos. Se extiende y

engloba a tíos, tías y primos. El primazgo gitano puede revestir proporciones

inesperadas. Me sentí bastante desconcertado un día en que unos gitanos amigos me

presentaban la población entera de un campamento, al oírles decir delante de cada

individuo: es un primo. En realidad, el vocablo «primo», como el de «hermano»

(phral), ya no sirve para designar a un amigo, sino a un pariente lejano. Dicho sea de

paso, algunos gitanos me honran con este título. Ya es sabido que, en la «mentalidad

primitiva», el término hermano sobrepasa con mucho la noción estrecha del

parentesco. Designa a aquel sobre el cual recaería el daño hecho al primer individuo.

Jules Bloch subraya la «predilección marcada por los matrimonios entre primos,

los cuales son preferentemente paralelos en las familias tradicionalistas, y, más

generalmente, los hijos de hermanas en las familias matriarcales, y los hijos de

hermanos en las otras».

 

La justicia

 

En lo que concierne al respeto de sus leyes particulares, los gitanos prefieren

arreglar ellos mismos sus diferencias. Por nada del mundo se dirigirían a la policía ni

a la justicia oficial del país en el que viven.

Su sistema interior de justicia se llama el [348] kriss. Esta expresión designa

primero el derecho en general; después la asamblea o consejo de ancianos encargados

de aplicar este derecho. Los asuntos que requieren la reunión de un kriss son, desde

luego, muy variados. Por ejemplo, le concierne los conflictos entre dos grupos o

tribus: el rapto de una muchacha, una pelea con golpes y heridas (a veces crimen),

celos o rivalidad a propósito de un territorio o de un comercio, injurias y la no

observancia de las leyes gitanas…

Una vez decidido el kriss, los ancianos se reúnen. Las mujeres no son admitidas

en las deliberaciones, como no sea a título de testigos, pero alguna vez piden la

opinión de la [349] phuri dai. Los jóvenes pueden asistir, pero desde luego no les

conceden la palabra.

El presidente de la kriss (el krisinitorí) se sienta sobre una silla, a veces sobre un

simple caldero vuelto del revés, que hace de trono de Justicia. Los miembros del

consejo se ponen en cuclillas en el suelo. Los testigos desfilan, y cada cual tiene

derecho a expresarse libremente. Cuando el asunto es delicado, el krisinitorí solicita

el consejo de los ancianos y jefes de tribu. Pero únicamente a él incumbe decidir la

culpabilidad y luego el castigo. Si los testigos tienen que prestar juramento, montan el

altar de la Justicia, compuesto por los iconos de las tribus presentes. (En su novela Savina, Mateo Maximoff ha relatado o descrito prolijamente una ceremonia de esta