Los gitanos

Jean-Paul Clébert · Capítulo 5 de 70

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Los gitanos

Los gitanos y los judíos

resultado fue que, de buena fe, creyó que podía atribuir a los gitanos la nacionalidad

fenicia, luego la «pelasgana». En realidad, uno se pierde más en las explicaciones que

da que en los documentos que cita.

Según Baudrimont[140], los gitanos fueron primero unos babilonios condenados al

éxodo después de la destrucción de su capital. Los eruditos con mayor imaginación

prefirieron mirar hacia Egipto, siguiendo el ejemplo del propio Voltaire, que opinaba

que los bohemios no eran sino los descendientes degenerados de los sacerdotes de

Isis mezclados con los sectarios de la diosa asiría. «… Y, en efecto, al leer en

Apuleyo la descripción de las costumbres y las ceremonias de estos sacerdotes o

profetas vagabundos, no puede evitarse el encontrarles un gran parecido con los

bohemios de Europa. Sus castañuelas y sus tambores vascos son evidentemente los

címbalos y los crótalos de los sacerdotes de Isis y de Siria[141]». ¡Y eso es todo!

A decir verdad, para escribir la historia de la gitanología, tendríamos que empezar

por seguir las huellas de este calificativo bohemios que designó a los gitanos desde el

siglo XV. Dejemos a un lado la opinión de Belon y del sabio Moren, autor del

inagotable Diccionario, que hacen proceder este vocablo del bretón antiguo boëm,

embrujar.

La Bohemia de Europa debe su nombre a los galos boii, que fueron expulsados de

ella por los marcomanos hacia la época de Augusto. En el siglo vil, los checoslavos

se apoderaron del país y fundaron varios pequeños Estados que Carlomagno sometió

a tributo. Algunos de estos auténticos bohemios vinieron a Francia y formaron un

grupo vivaz entre los goliards y gente innominada que seguía a los ejércitos

carolingios. En 1265, Surranus puede todavía escribir estos versos:

 

Nuestra orden admite

A justos e injustos…

A bohemios y a teutones…

 

Unido al de los goliardos, el nombre de bohemios no tardó en designar a

éstos[142], y, cuando en el siglo XV se presentaron los primeros gitanos llegados de la

Europa Central, con un vestuario muy parecido al de dichos nómadas, fueron

lógicamente bautizados con este nombre. La primera mención escrita de esta palabra,

y que sin duda designa a los gitanos, parece encontrarse en el pequeño libro de

Pechón de Ruby, la Vie Genérense des Gueux, Mercelots et Boesmiens (La vida

generosa de los mendicantes, mesnaderos y bohemios), sobre el cual volveremos a

hablar más adelante.

Pero la hipótesis más curiosa fue la que asimiló los gitanos al pueblo judío.

 

Los gitanos y los judíos

En efecto, los autores no dejaron de notar evidentes y desconcertantes semejanzas

entre la diáspora judía y la dispersión gitana. Unos y otros llevaban la marca de una

maldición inicial, y ambos pueblos se veían obligados a errar entre las demás

naciones por un «tiempo indeterminado», según reza la tradición.

Collin de Plancy, en su célebre [143] Diccionario Infernal, explica la siguiente

creencia:

 

«Los historiadores les han hecho venir (a los bohemios), basándose en simples conjeturas, de

Asiría, de Cilicia, de Nubia, de Abisinia y de Caldea. Belon, incierto acerca de su origen, sostiene que, por lo menos, no eran egipcios, ya que encontró bohemios en El Cairo, donde se les consideraba como extranjeros al igual que en Europa. Lo más sencillo, pues, hubiera sido creer en la palabra de los propios bohemios, y decir con ellos que eran una raza de judíos que luego se mezclaron con vagabundos cristianos… Hacia la mitad del siglo XIV, Europa, y en particular Alemania y Francia, fue asolada por la peste. Se acusó a los judíos, se ignora por qué, de haber envenenado los pozos y las fuentes. Esta acusación provocó la ira pública contra ellos. Muchos judíos huyeron y se refugiaron en los bosques. Para estar más seguros, se reunieron y vivieron en enormes subterráneos. Se cree que fueron ellos quienes cavaron estas amplias cavernas que se encuentran todavía en Alemania y que los indígenas nunca se han molestado en explorar.

»Cincuenta años después, estos proscritos o sus descendientes, teniendo motivos para creer que los

que tanto les habían odiado ya estaban muertos, se arriesgaron a salir de sus madrigueras. Los cristianos estaban entonces ocupados con las guerras de religión suscitadas por la herejía de Juan Huss. Era una oportunidad favorable. Basándose en los informes de sus espías, los judíos abandonaron sus cavernas sin ningún recurso para preservarse contra la miseria. Pero durante medio siglo de aislamiento habían estudiado el arte de la adivinación, y en particular el arte de decir la buenaventura leyendo en la mano, para lo cual no se precisa ni aparatos ni instrumentos ni gasto alguno; confiaban en que la quiromancia les procuraría algún dinero.

»Ante todo, escogieron a un capitán llamado Zundel[144]. Después, como tenían que declarar las

causas que les llevaban a Alemania, quiénes eran y de dónde venían; como posiblemente se les interrogaría acerca de su religión, para no descubrirse demasiado claramente, ni tampoco renegar de ella, convinieron en declarar que sus padres vivían antaño en Egipto, lo que es cierto en los judíos, y que sus antepasados fueron expulsados de su país por no querer recibir a la Virgen María y a su hijo Jesús. De ahí proviene el nombre de “egipcios” que se les dio, y bajo el cual el emperador Segismundo les concedió el pasaporte.

»Se habían creado una jerga desfigurada, mezclada de hebreo y alemán incorrecto, que

pronunciaban con acento extranjero… La multitud de palabras hebreas que han quedado en el lenguaje de los bohemios bastaría por sí sola para traicionar su origen judío…

»Cuando los nuevos egipcios vieron que no se les rechazaba, imploraron piedad de los alemanes.

Para no parecerles una carga, aseguraban que, por un don especial del cielo, que los protegía

castigándolos[145], las casas en las que eran recibidos una vez ya no podían incendiarse. También empezaron a decir la buenaventura basándose en el examen de la cara, de las marcas del cuerpo, y en particular de las líneas de las manos y de los dedos. Anunciaban cosas tan hermosas, y sus adivinadoras derrochaban tanto ingenio, que, entonces, las mujeres y las muchachas los trataron con benevolencia…

»Sin embargo, habiéndose apaciguado la ira contra los judíos, fueron admitidos de nuevo, primero

en los pueblos y luego en las ciudades. Pero quedaron bandas errantes, que continuaron su vida nómada, descubriendo en todas partes el porvenir, y uniendo a esta profesión numerosas bribonadas de orden material. Aunque la nación judía constituía el núcleo de estas bandas, pronto se hizo una mezcla tal de pueblos diversos que no tardaron en carecer de una religión dominante, al igual que se habían quedado sin patria».

 

En este artículo de su Diccionario, Collin de Plancy expresa una opinión corriente

en su época, a principios del siglo XIX. Relaciona estrechamente los rasgos

particulares de los judíos con los que caracterizan a los gitanos. En efecto, aquellos proscritos condenados a «refugiarse en el maquis», eran auténticamente judíos, cómo