Los gitanos

Jean-Paul Clébert · Capítulo 2 de 70

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Los gitanos

I. Los Orígenes

I

LOS ORÍGENES

 

Los «gitanólogos» están hoy en día de acuerdo en reconocer como muy probable el

origen indio de los gitanos. Pero, para llegar a esta relativa certeza, ha sido preciso

desautorizar innumerables leyendas, a cual más sospechosa, emitir una gran cantidad

de hipótesis, desde las más plausibles hasta las más fantásticas, e intentar, en fin,

ordenar los datos más recientes de la etnología moderna. El resultado está aún lejos

de ser satisfactorio, como se verá sobradamente en el curso de esta obra. Sin

embargo, estas tres etapas de nuestra investigación no dejan de presentar al

historiador terrenos aún vírgenes, y al lector la forma de soñar en el tiempo y en el

espacio.

 

LAS LEYENDAS

 

Habiendo permanecido en el misterio el origen y la dispersión primitiva de los

gitanos incluso para ellos mismos, era preciso hallar la fuente de esta fatalidad que

los empuja hacia delante sin cesar. Y para ello recurrir a los mitos ya establecidos.

Así nacieron las leyendas, gitanas y no gitanas, que situaron el origen de esta

diáspora unas veces en el mundo de la Biblia y otras en el mundo de Oriente.

 

Los gitanos y la biblia

 

La Biblia ofrece una selección siempre nueva de interpretaciones, sea cual sea el

objeto de la investigación. Acerca de los gitanos, hay quien no ha dudado en ver en

ellos la descendencia maldita de Caín. Los textos del Génesis en particular,

subrayando la maldición caída sobre el hermano de Abel, evocan muy acertadamente

el nacimiento de un pueblo nómada lanzado al viento de las cizañas.

«Si cultivas la tierra, no te dará ningún fruto; serás un vagabundo errante por la

tierra (errante y vagabundo: na’we nad) (4, 12)… y Yahvé le señaló para que nadie le

golpeara (4, 15)». Sabemos ahora que la famosa marca, probablemente el tau, no es

un estigma que condena a su portador a la reprobación general, sino un signo de

reconocimiento que lo señala como miembro de un clan en el que la venganza de la

sangre es ejercida de una forma terrible: rasgo que se encuentra en los gitanos.

El Génesis precisa las ocupaciones a las que serán condenados los hijos de Caín,

y el lector ya conoce suficientemente los oficios de los gitanos para poderlos reconocer aquí: «Lamek (quinto descendiente de Caín) tomó dos esposas: el nombre

de la primera era Ada y el nombre de la segunda, Cilla. Ada dio a luz a Yabal: fue el

antepasado de los que viven bajo las tiendas… El nombre de su hermano fue Yubal:

fue el antepasado de los que tocan la lira y el caramillo. Por su parte, Cilla dio a luz a

Túbal-Caín[132]: fue el antepasado de todos los forjadores de hierro y cobre… (4, 19-

20-21-22)».

Estudiando las creencias religiosas de los gitanos, veremos reaparecer a menudo

el recuerdo de esta maldición original. Pero esta maldición era demasiado vaga o

insuficiente. Es en la Crucifixión donde las leyendas han intentado circunscribir el

problema.

Varias de estas leyendas, conservadas en la tradición gitana, se refieren a los

obreros que forjaron los clavos de la cruz. Era normal que en el tema del suplicio de

Jesús, los descendientes de Caín pretendieran identificarse con las personas de

aquellos herreros culpables. La más importante de estas leyendas[133] es bastante

significativa sobre este punto, y el lector nos perdonará su extensión así como su

estilo recitativo.

 

«Cuando Yeshua ben Miriam, que el mundo llamará Jesús, fue entregado a los carceleros romanos

para ser crucificado, dos soldados romanos recibieron el encargo de procurarse cuatro sólidos clavos. Los soldados recibieron ochenta kreutzers para comprar clavos en casa de un herrero; pero se detuvieron en una taberna y se gastaron la mitad del dinero en beber el vino que los griegos vendían en Jerusalén… Luego se precipitaron tambaleándose fuera de la taberna, y al llegar a la casa del primer herrero que encontraron, le dijeron con voz recia para asustarle: “Necesitamos cuatro clavos gruesos fabricados ahora mismo para crucificar a Yeshua ben Miriam”. El herrero era un viejo judío, y saliendo tras de su fragua, repuso: “No forjaré clavos para crucificar a Yeshua ben Miriam…”. Entonces, los soldados le traspasaron con su lama después de haberle prendido fuego a la barba.

»Un poco más lejos se hallaba el taller de otro herrero. Los soldados fueron allí y ordenaron:

“Fabrícanos cuatro clavos gruesos y te daremos cuarenta kreutzers. Aterrorizado, el judío se dirigió a su fragua y empezó su trabajo. Uno de los soldados, deseoso de ayudarle, se inclinó hacia él y le dijo: ‘Que Sean buenos y sólidos, judío, porque al amanecer vamos a crucificar a Yeshua ben Miriam’. Cuando oyó pronunciar este nombre, el judío se quedó inmóvil, con la mano en alto sosteniendo el martillo. Y la voz del primer herrero que los soldados habían matado, musitó débilmente, sin aliento: ‘Aria, no fabriques los clavos; son para un hombre de nuestra raza, un hombre inocente.’ Aria tiró el martillo al lado de la fragua y dijo: ‘No haré los clavos’. Los soldados también estaban asustados, porque habían oído la débil voz del hombre al que habían matado. Pero estaban furiosos y borrachos y atravesaron al herrero a lanzadas…”.

»Si los soldados no se hubieran gastado cuarenta kreutzers en beber, hubieran podido regresar a su

campamento y explicar lo que había ocurrido, salvando así la vida de Yeshua ben Miriam. Pero les faltaban cuarenta kreutzers. Por esto salieron del recinto de Jerusalén. Se encontraron con un gitano que acababa de levantar su tienda e instalar su yunque. Los soldados le ordenaron que forjara cuatro gruesos clavos y depositaron ante él los cuarenta kreutzers. El gitano, ante todo se embolsó el dinero, y luego se dispuso a trabajar. Cuando el primer clavo estuvo forjado, los soldados lo metieron en una bolsa. Cuando el segundo estuvo terminado, lo metieron también en una bolsa. Hicieron lo mismo cuando el tercero estuvo a punto. Y cuando el gitano se disponía a forjar el cuarto clavo, uno de los soldados dijo: “Gracias, gitano. Con estos clavos vamos a crucificar a Yeshua ben Miriam”. Apenas había terminado de hablar, cuando las voces trémulas de los herreros asesinados suplicaron al gitano que no terminase de fabricar los clavos. Había anochecido. Los soldados, aterrorizados, huyeron antes de que el gitano terminara el cuarto clavo.

»El gitano, contento por haberse embolsado los cuarenta kreutzers antes de empezar su trabajo,

terminó el cuarto clavo. Entonces aguardó a que el clavo se enfriara. Vertió agua sobre el hierro