Los gitanos
Los gitanos en España
últimos.
Fuera de los koramengré y de los tinkers, otros nómadas han llevado en Inglaterra
una vida «bohemia». Por ejemplo, los irlandeses que después de las terribles carestías
de 1845 fueron a vivir como nómadas al País de Gales, subsistiendo con los mismos
métodos de los gypsies, desde estañar a traficar con caballos; desde decir la
buenaventura hasta el robo sin fractura.
Dejemos ahora los países del Norte para volver a los grupos de gitanos que,
salidos de Rumania y Hungría, prosiguieron su marcha hacia el oeste. Atravesaron
Burgenland, pequeño país lindante con Hungría, donde se establecieron
definitivamente algunas familias, hoy sedentarias. En 1701, Austria declaró a los
gitanos fuera de la ley. En Suiza son expulsados del territorio a partir de 1514. Hemos
visto brevemente cómo se presentaron en Italia. Los documentos son poco explícitos
acerca de sus ocupaciones y sus disgustos con las autoridades. Se sabe, sin embargo,
que el papa Pío V los expulsó brutalmente, en 1568, de los territorios de la Iglesia.
Los gitanos en España
Pero España constituye una etapa mucho más importante en el camino de la
gitanología. Recuerdo que los Anales de Cataluña revelan la presencia de gitanos en
Barcelona en el año 1447. Se trata de verdaderos cíngaros europeos (y no de gitanos
llegados de África del Norte), ya que son portadores de cartas papales. Sin embargo,
un autor moderno[266] no los hace aparecer en el litoral catalán hasta el 1452.
De todas formas, en España se encuentran gitanos en la segunda mitad del
siglo XV. Pero tropezamos de nuevo con el problema de la discriminación. Estos
primeros gitanos (repito que el calificativo de gitanos durante el transcurso de esta
obra define el conjunto de poblaciones cíngaras y otras clases de románigos, y no
exclusivamente el grupo definido), ¿son realmente gitanos? Aquí se plantea
igualmente la cuestión del origen de los gitanos y de su emigración a través de
África.
Los gitanos difieren, en efecto, notablemente de los cíngaros, y los dos grupos se
toleran a duras penas. Sus dialectos están lo suficientemente alejados el uno del otro
para que consigan entenderse: los gitanos hablan un idioma de base romaní, el caló,
plagado de vocablos castellanos, pero sin rastro de términos germánicos. Tampoco
físicamente se parecen los gitanos y los cíngaros en cuanto a sus hábitos y
costumbres; más adelante ya veremos sus diferencias.
El origen de los gitanos, como el de los cíngaros, ha hecho correr mucha tinta, y
ha dado lugar a la creación de fantasías etnológicas. La tesis más en boga hasta la
aparición de las obras del siglo XIX, era la de que descendían de los guanches, últimos
supervivientes de la Atlántida. Blaise Cendrars, que se ha relacionado, y con mucha ternura, con los gitanos durante toda su vida, sostiene esta opinión que, a decir
verdad, es más propia de un poeta errante que de un hombre de estudios: «Opino que
son originarios de las islas Canarias; que son los antiguos guanches. No soy el único
en opinar así. El doctor Capistán, director del Museo, el hombre que ha pasado su
vida estudiando la civilización de los guanches, los últimos atlantes, estaba casi
convencido de ello».
Los guanches han excitado durante mucho tiempo la curiosidad de los eruditos.
Su origen es, efectivamente, de lo más misterioso. Vivían en madrigueras excavadas
directamente en el suelo; eran pastores y hablaban un dialecto beréber. Cultivaban un
baile típico que los españoles introdujeron en su país. El único punto, sin embargo,
que parece relacionar los guanches con los gitanos es la fobia al mar. Los primeros,
en efecto, a pesar de ser nadadores expertos (lo que no ocurre con los segundos),
ignoraban la navegación en una época en la que todos los pueblos del Mediterráneo
afrontaban desde hacía mucho tiempo la alta mar. Según Devigne, el biógrafo de Juan
de Bethencourt, rey de Canarias, podría verse en esta extraña laguna un tabú
religioso. Pero una relación posible entre guanches y gitanos continúa siendo muy
problemática.
Llevando la hipótesis todavía más lejos, el difunto marqués de Baroncelli, que fue
amigo íntimo de tantos gitanos de Provenza, había recogido analogías sorprendentes
entre ellos y los indios de América, sioux e iroqueses. Antes de la guerra invitó al
coronel Cody, más conocido por el nombre de «Búfalo Bill», a las romerías gitanas
de Camarga:
«Lo más imprevisto de la aventura fueron los parecidos de tipo, de color y de costumbres que el
coronel Cody y su anfitrión descubrieron entre los pieles rojas y los gitanos. Además, muchas palabras son las mismas en sus respectivos idiomas, y ambos practican la religión del fuego (¿?). Lo que da pie a la firme creencia de que son originarios de un linaje común, y apuntan hacia la hipótesis de una raza de nómadas de piel rojiza que marchaban en dirección al sol poniente, y que la hecatombe de la Atlántida desmembró en la Edad de Piedra o del Bronce. Los supervivientes de esta catástrofe, en la vertiente oriental, serían los fellahs refluidos de Egipto, los gitanos, cuya reunión tiene lugar cada año en la Camarga el día en que el sol está más alto en el horizonte, y los vascos, que se visten con plumas
como los iroqueses, para llorar su perdida libertad al pie del árbol de Guernica…»[267].
Por lo menos, esto es poético. En cuanto a los gitanólogos, están de acuerdo ahora
en reconocerles un origen común a los gitanos y a los cíngaros. Ambos grupos
partieron de las Indias. Pero mientras los segundos penetraban en Europa por los
Balcanes, los primeros siguieron la costa meridional del Mediterráneo, por España y
África del Norte. La longitud de la ruta recorrida, sin contacto posible entre ellos,
bastaría para explicar sus diferencias. Popp Serboianu precisa «que este último grupo
pertenecía a los gitanos nubios y egipcios, los ragari, los elebj y los muri, que
Simeón Simeonis encontró en la isla de Creta en 1422». Por su parte, De Ville dice
que «es cierto que unas tribus nómadas (gitanas) entraron en Egipto en una época
remota, y que, incluso, avanzaron más hacia el sur hasta el Sudán, donde todavía en
la actualidad se encuentran algunos gitanos. Muy remotamente, también algunas de estas tribus abandonaron Egipto para atravesar el Norte de África y penetrar en
España[268]».
Todo esto parece muy razonable, y podría explicar el hecho de que un viajero que
encontró a unos gitanos en España en el año 1540 pudiese conversar con ellos en
griego vulgar[269]. Pero ¿dónde hallar pruebas evidentes de la presencia de los gitanos
en África? Fuera de Egipto, se les señala en Etiopía, en Sudán, en Mauritania y en
África del Norte. Pero, al parecer, nadie los ha estudiado. Y otra vez nos vemos
reducidos a las hipótesis.
Sea como sea, debemos admitir que los gitanos llegaron a España por África. Los
españoles se apresuraron a darles el nombre de gitanos. Este calificativo es
posiblemente una deformación de egiptanos, y esta vez sí que estos nómadas venían
de Egipto. Pero como la fantasía aún reina en este terreno de la etnología, no resisto
la tentación de soñar con una etimología improbable, pero curiosa: Tánger, por donde
tuvieron que pasar forzosamente los futuros gitanos, se llamaba antaño Tingis, y era
la capital de la Mauritania tingitana. Sus habitantes llevan todavía el nombre de
tingilanos.
Se ignora también en qué fecha los gitanos atravesaron el Estrecho. Quizá por un
azar difícil de admitir, fue en el mismo momento en que los gitanos europeos pasaban
los Pirineos hacia el sur. ¿Dónde y cuándo tuvo lugar aquel encuentro? Tampoco se
sabe. La dificultad de la tesis «africana» aumenta más aún por el hecho de que los
documentos españoles no mencionan nunca dos grupos nómadas distintos.
Mencionan simplemente a los gitanos.
A mi juicio, es imposible que las fechas coincidan. Recordamos que los gitanos
del Norte llegaron a Barcelona en 1447 (o, en rigor, en 1452). La llegada de los
gitanos del Sur tuvo que efectuarse antes. Las gitanerías, colonias gitanas del sur de
la Península, parecen haber arraigado antes que las del norte; los montes de Sierra
Nevada han debido de albergar a las primeras tribus, y las gitanerías de Andalucía
(Granada, Cádiz, Sevilla…) han existido en «todo tiempo».
En Portugal, las menciones son aún más discretas. Por mi parte, he podido hallar
el relato de cierto Juan-Bautista Venturo, miembro de una delegación eclesiástica de
1571, en misión a Portugal, en la provincia de Alemtejo, aludiendo a las danzas
campesinas «mezcladas con las de los [270] ciganos». De ello puede inferirse que
aquellos gitanos llevaban allí cierto tiempo. A priori nada pudo impedirles pasar, en
el siglo XVI, y quizás en el XV, de Andalucía a Portugal.
Veamos ahora cuál fue la situación de los gitanos de España. La historia se repite
sin grandes variedades. Desde 1499, una pragmática ordena el destierro de todos
aquellos que no tengan ningún oficio reconocido. Un edicto de 1528 ratifica esta
ordenanza, y amenaza con las galeras a los gitanos vagabundos. Treinta años después,
Felipe II quiere obligarlos a abandonar su vida salvaje (vida montaraz), y a que se
instalen en los villorrios y pueblos. Las gitanerías ciudadanas, barrios reservados muy
próximos a los ghettos judíos, datan de esta fecha. Y el final del siglo XVI es marcado por un recrudecimiento de estas medidas. En el siglo siguiente, estos acosos tomarán
el carácter de auténticas persecuciones[271].
En la Península Ibérica, los gitanos, efectivamente, parecen reproducirse como los
conejos en Australia. Un jefe que recorre Aragón y Castilla manda una horda de
ochocientos hombres y viven de lo que encuentran. Es preciso mandar una tropa
contra ellos y cuesta lo suyo dispersarlos. Esto ocurre en 1618. Dos años después,
cuatro gitanos «son capturados y sometidos rápidamente a tortura, sin poderles echar
en cara otra cosa que la de haber sido hechos [272] rommuni por Dios» (cíngaros). Bajo
la tortura, los desgraciados confiesan todo cuanto se les quiere hacer decir, o sea, que
han matado y han comido a un congénere suyo en el bosque de Gamas, y que la
misma suerte han hecho sufrir a un fraile franciscano. Una sentencia de muerte
terminó con su suplicio.
Los gitanos tienen entonces muy mala fama. Una decisión de las Cortes de 1610
evoca «las muy grandes y lastimeras quejas por los daños que causan los gitanos y las
gitanas…». Estas recriminaciones adquieren tal amplitud, que Felipe IV decide dar
un gran golpe. Será con el edicto de 1633, que precisa:
«En vista de que los roms no son gitanos ni de origen ni de naturaleza, sino españoles, y con el fin
de obligarles a perder sus funestas costumbres, a no vestirse como lo hacen y a olvidar su idioma, ordenamos: que se los saque de sus barrios, separados los unos de los otros, con prohibición expresa de reunirse ni públicamente ni en privado; que no recuerden ni sus nombres ni sus vestimentas, ni sus costumbres sobre las danzas y otras, bajo pena de tres años de destierro…».
Partiendo del principio de que en todas partes el crimen es producto de la «masa»,
es a la masa a la que hay que castigar (así se expresa el rey); los doctores de la ley
multiplican sus consejos. Los gitanos pasan oficialmente al rango de falsos cristianos,
ladrones, adivinos, visionarios, envenenadores de ganados, espías y traidores. Y de la
misma forma en que se expulsó a los moros, «infinitamente más numerosos, pero
quizá menos peligrosos», también se expulsará a los gitanos[273].
En 1692, Carlos II prohíbe a los gitanos que vivan en los pueblos de menos de
mil almas. También les prohíbe llevar armas y ejercer otro oficio que no sea el de la
agricultura. Con un edicto más severo, que no contiene menos de 29 artículos,
publicado tres años después, dicho rey les prohíbe en especial ser herreros o poseer
caballos; apenas si les da derecho a poseer una mula o un asno para los trabajos de la
tierra. Los que abandonen los pueblos serán castigados con seis años de galeras. Un
documento, conocido en Madrid el año 1705, demuestra que los caminos y los
villorrios estaban «infestados» de bandas de gitanos que no daban ni reposo ni
seguridad a los campesinos. Los corregidores y otros agentes de la Justicia tenían
permiso para abrir fuego contra ellos como «bandidos públicos», en caso de que
rehusaran entregar sus armas. Incluso se les podía perseguir dentro de las iglesias de
refugio, asilos inviolables por entonces de todos los criminales, los parricidas
inclusive[274].