Los gitanos

Jean-Paul Clébert · Capítulo 36 de 70

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Los gitanos

Las artes adivinatorias

La danza clásica de las mujeres gitanas es la de la serpiente, que, evidentemente,

se ha confundido con la «danza del vientre». Las ondulaciones de las caderas y

ríñones, a nosotros, los occidentales, nos ha parecido que poseían un carácter erótico,

que de ninguna manera ellas pensaban crear. En España, por ejemplo, el padre

Mariana[327], desde el principio del siglo XVII, condenaba al infierno las zarabandas

«tan lascivas en palabras, tan odiosas en sus movimientos que hacen ruborizar a las

personas honestas». Ya veremos en el capítulo dedicado a la sexualidad que esta

lascivia no existe más que en nuestra mente. Como lo subraya Martin Block, la

gitana, al contrario de las bailarinas árabes, no baila nunca sin velo.

En la actualidad, las bailarinas gitanas de España son harto conocidas para que

necesiten ser descritas. En cambio, aquí tenemos un relato del siglo pasado que

subraya el exotismo de aquella época y el descubrimiento de un folklore casi nuevo:

 

«Las bailarinas, espléndidas y desenvueltas bajo sus miserables andrajos, hacían restallar sus

castañuelas, impacientes en espera de las guitarras y panderetas que se habían ido a buscar en las cercanas cuevas. Pronto las guitarras empezaron a sonar bajo los dedos de los cantantes, que entonaron, con voz de falsete y nasal, las más raras melodías. Una vieja gitana, prototipo de una bruja, y que, en efecto, figuraba entre las más célebres del Sacromonte, se sentó al pie de un muro sobre el cual se extendía el esqueleto de un enorme murciélago, detalle que todavía acentuaba más su aire

satánico. Cogió un gran pandero[328], cuya bronceada piel pronto resonó bajo sus dedos, acompañado del tintineo de las láminas de cobre…

»Una muchacha alta, admirablemente formada, y a la que llamaban “la Perla”, empezó a bailar el

zorongo con una flexibilidad y una gracia encantadoras; sus pies desnudos rozaban el suelo lleno de guijarros como si bailase sobre una alfombra. Las guitarras aceleraban el movimiento y los gritos de: ¡Juy!, ¡ole!, ¡ole!, ¡alza! Retumbaban por todas partes acompañados de entusiastas aplausos y palmeados, ruido producido con las palmas de las manos. De sobra sabía la gitanilla que obtendría bonitas monedas de plata en recompensa a su talento…

»Un momento después llegó el turno a dos pequeñas gitanas de ocho a diez años, que, envidiosas

del éxito de sus hermanas, empezaron a imitarlas; una de ellas, apenas vestida con unos andrajos agujereados, describía círculos con sus bracitos y hacía sonar, al compás, sus castañuelas, mientras la otra, levantando con una mano el vuelo de su falda, se erguía orgullosamente adoptando las poses más audaces, con la cabeza erguida, las corvas en tensión, el puño en la cadera, a la que imprimía este movimiento de vaivén horizontal que se llama el zarandeo, porque se parece al de una zaranda a la que

se agite…»[329].

 

LAS ARTES ADIVINATORIAS

 

Cuando los maridos son herreros, chalanes o músicos, las mujeres gitanas (sólo

ellas) suelen decir la buenaventura, la buena ferie. Según la mayoría de los

especialistas, y, en particular François de la Noe[330], las mujeres (y no sólo las

gitanas) poseen una cualidad especial para la quiromancia. Es un privilegio femenino

el de poseer una sensibilidad, una receptividad mayor que la del hombre. «La mujer

piensa como emotiva y razona como sensitiva».

Las gitanas no sólo practican la quiromancia, arte de pronosticar el porvenir, sino

también la quirología, que pretende descubrir en la mano «las predisposiciones

naturales y las tendencias psicológicas». Si bien tanto la quiromancia como la quirología ya eran conocidas por los asirios, su origen parece situarse en la India.

Pero no son conocidas hasta el siglo X. Esta fecha nos recuerda extrañamente la de la

marcha probable de oleadas de gitanos hacia el Oeste. En nuestro mundo occidental,

la quiromancia ha sido durante mucho tiempo una ciencia de iniciados, pero desde el

siglo XV tomó una importancia considerable, incluso inquietante para la Iglesia, que

lanzó sobre ella su anatema. Hoy día me atrevo a decir que está al alcance de

cualquiera.

Aquellos que han mantenido trato asiduo con los gitanos han reconocido que

éstos nunca apelan a la quiromancia para sí mismos. Para ellos continúa siendo una

industria exclusivamente dirigida hacia los gaché. No es que los gitanos no «crean»

en ella, pero son lo bastante supersticiosos como para desconfiar de la misma. Sus

creencias fundamentales comportan, como veremos, una manda manual y digital. Los

dedos, en particular, son objeto de creencias especiales. Pero entre estas creencias y la

quiromancia aplicada existe una evidente diferencia. Tenemos que considerar, pues,

por una parte, lo que representa simbólicamente la mano para los distintos grupos de

gitanos, y, por otra, cuáles son las técnicas de predicción mediante el examen de la

palma de la mano.

El significado secreto de los dedos en los gitanos ha sido especialmente estudiado

por Wlislocki y por la revista [331] Ciba.

Un folklore abundante, prácticamente mundial, presta a las uñas, a los cabellos, a

los dientes una vida propia, independiente del cuerpo. En el origen de esta creencia

hay, sin duda, el hecho de que estos elementos continúan viviendo, o, por lo menos,

no mueren inmediatamente después de la defunción del sujeto. A esta tríada, los

gitanos, como algunos otros pueblos, añaden los dedos. Todo un folklore casi

inagotable los considera como «seres» dotados de personalidad propia.

Para los gitanos de Europa Central (kalderas), el pulgar es el dedo de la mala

suerte. El ángulo que forma con el índice se llama «la silla del diablo». El pulgar

izquierdo tiene un papel más importante: si se arranca el de un muerto que ha pasado

nueve días en su tumba, tiene el poder de iluminar a los ladrones en sus expediciones

y sumir en un profundo sueño a los habitantes de la casa donde roban. El mismo

pulgar izquierdo, pero del cadáver de un niño, elimina las verrugas. Y, por fin, cuando

la uña del pulgar de una mujer encinta cambia de color o se cubre de manchas, la

quiromántica asegura que el niño que lleva será raquítico. (Es muy posible, en efecto,

que una toxemia producida por el embarazo sea realmente revelada por el estado de

las uñas).

Al contrario del pulgar, el índice es el dedo de la suerte. Si un gitano tiene la

desgracia de herirse en este dedo y cae de él una sola gota de sangre al suelo, los

nivaschi o espíritus de las aguas, se apoderarán de ella y el herido morirá ahogado.

Pero esta misma sangre, mezclada con agua, es un remedio contra la hidropesía.

El dedo medio está relacionado con la nigromancia. Efectivamente, si un niño

muere sin este dedo, se transforma en vampiro. Los adultos que se vean privados de él, a su muerte, errarán sin encontrar jamás reposo. Así pues, los parientes, cuando

celebran los funerales, tienen la precaución de colocar sobre el pecho un dedo medio

de madera. Dejando caer tres gotas de sangre del dedo cordial sobre la uña del cordial

derecho, surgen unas manchas que indican claramente (¿?) el lugar donde se

encuentra un objeto o una persona perdidos.

El anular desempeña un papel pseudomédico. En caso de fiebre, se le rodea con

un hilo rojo: «La fiebre ya no podrá salir en forma de sudor», y el enfermo sanará.

(En los indios norteamericanos es el dedo de la salud).

Y, por fin, el meñique, llamado la «urraca» (pájaro ladrón por excelencia), sirve

para tocar los objetos de los cuales uno se quiere apoderar sin soltar un céntimo.

No siempre resulta fácil descubrir el tránsito de estas creencias a su utilización

quiromántica. De un ser maléfico, el pulgar se convierte, para el quiromántico, en

«dedo maestro», probablemente porque es oponible a los otros. El ángulo que forma

con el índice, diabólico, se convierte en signo de voluntad e independencia. El índice

ya no es índice de felicidad, sino de decisión. El cordial nigromántico significa la

vocación luchando contra el destino. El anular, el digitus medicus de Plinio, expresa

los estados del corazón, físicos y psíquicos. En cuanto al meñique, si ya no permite

robar, es un signo de fantasía y de curiosidad, lo que nos lleva de nuevo a la urraca.

Los gitanos también utilizan los «tarots» (naipes con más figuras que las barajas

ordinarias) como material para reforzar sus predicciones y adivinaciones. El origen

de las barajas y de los «tarots» ha suscitado a menudo paralelismos hipotéticos con

las artes adivinatorias de los gitanos. Vaillant[332] ha sido uno de los primeros en creer

que los «tarots» habían sido introducidos por los gitanos. Más tarde, Philippe

Encausse, más conocido por el nombre de Papus, llegó más lejos todavía al sostener

que «el pueblo encargado de transmitir desde la más remota antigüedad la enseñanza

oculta, es el pueblo bohemio. Los bohemios poseen una Biblia. Esta Biblia les da

para vivir, ya que les permite decir la buenaventura». (Lo que no obsta para que el

autor califique a los gitanos de hombres ignorantes y viciosos). Siempre según su

opinión: «Únicamente los bohemios poseen intacto el juego primitivo». Esta es

también la opinión de varios historiadores, como Chatto[333] [334] y Boiteau d'Ambli.

Jacques Bourget[335], el infatigable animador del Courrier des Chercheurs et des

Curieux (Correo de los Investigadores y de los Curiosos), se ha tomado la molestia de

recoger todos los textos que iluminan esta hipótesis. Cita en particular la Storia della

Cità di Viterbo, de Feliciano Bussi (Roma, 1472), en la que se puede leer lo siguiente:

«En el año 1379 fueron introducidos en Viterbo los juegos de naipes que venían del

país de los sarracenos, que ellos llamaban Naïb». Sin embargo, los gitanos no

aparecen en Italia hasta el 1422. Esta diferencia de unos cuantos años basta para

desacreditar la opinión, según la cual, a ellos se debe la invención de los naipes. Sin

embargo, el debate continúa abierto.

De todas formas, los gitanos se han basado en los «tarots» para apoyar sus

adivinanzas. Es difícil precisar cuál fue el primer juego empleado. Entre el «tarot» egipcio, donde reinaban Salomón, Moisés, Judas…, y el de Marsella, cuyos símbolos

son occidentales, los gitanos han podido elegir según el rumbo de sus migraciones.

No parece, sin embargo, que posean ningún juego propio.

He ahí la manera clásica de tirar los «tarots», empleada corrientemente por las

cartománticas gitanas en el denominado «Gran Juego».

En el centro de un triángulo ficticio, con el vértice hacia abajo, cuyo lado superior

representa el presente, el lado derecho el pasado, y el izquierdo el porvenir, se coloca

una carta: la primera, sacada al azar del paquete barajado por el demandante (la

octava si el demandante es una mujer). Luego se disponen once cartas a la derecha

del triángulo, de arriba a abajo; después once, a la izquierda del triángulo, pero esta

vez de abajo arriba, y once cartas más sobre el triángulo, de derecha a izquierda.

Luego se colocan, en círculo alrededor del triángulo, empezando por la punta y

remontando hacia la derecha, otras tres series de once. Lo que da un total de setenta y

seis cartas expuestas. Las once últimas que no han salido, se colocan en un montón en

el triángulo, bajo la primera carta. Cada vez que el demandante da vuelta a una carta

para colocarla en el exterior del triángulo, la cartomántica explica y comenta la

figura[336]. Este método, llamado de Etteilla, no es, según los ocultistas, conforme a la

tradición, aunque esto, aquí, no nos incumbe.

Los otros aparatos gitanos de adivinación forman parte del catálogo universal,

valedero de Mesopotamia a Irlanda: plomo fundido, espejo, habas, poso de café,

conchas, huesos, cuchillos, etc. Sin embargo, en Hungría, las adivinadoras gitanas

utilizan aún el tambor adivinatorio, sobre cuya piel están trazados tres círculos negros

y tres círculos blancos. Sobre el tambor se echan habas o alubias, y el porvenir se

deduce según la posición en que quedan las semillas. Máximo Bing creyó que el

origen de esta mancia era el tambor que tocaban los guardas rurales húngaros para

anunciar las noticias en las plazas públicas. La hipótesis es seductora. Es fácil

imaginarse la trayectoria del pensamiento de los gitanos asimilando el anuncio de

noticias que «salían» del instrumento municipal con el descubrimiento del porvenir.

Pero ¿no hallamos también un plagio del mundo del chamanismo?