Los gitanos
IV. La Tradición
IV
LA TRADICIÓN
LA ORGANIZACIÓN TRIBAL
Si bien es difícil determinar exactamente los «límites» de su raza, no por ello los
gitanos dejan de constituir un conjunto homogéneo. Ante todo, en su mentalidad, ya
que se denominan los rom (hombres, arquetipos de la especie), y porque para ellos
todos los que no son rom no son hombres dignos para ostentar este nombre. Esta
forma de considerar a la humanidad es, además, común en muchos pueblos llamados
primitivos. Así también los esquimales, que en realidad se llaman los innuit, es decir,
los «hombres». «Los gitanos se consideran un pueblo único, a pesar de la dispersión
de los grupos y de la falta de uniformidad de muchas costumbres», dijo Jules Bloch,
quien añade: «Se es gitano por derecho de nacimiento».
La adopción y la exclusión
Se han visto casos de adopción no sólo en los textos históricos y literarios, sino
también en conversaciones mantenidas con jefes gitanos. Recientemente, Jacques
Verrière, autor de la canción de gran éxito, Mon pote le Citan (Mi amigo gitano),
dedicada a la memoria de Django Reinhardt, ha sido «adoptado» por la tribu de los
Reinhardt (que son manuches). José Reinhardt, el hermano de Django, le colgó
personalmente, en la oreja, el aro de oro tradicional. Sin embargo, a mi modo de ver,
y después de haber efectuado investigaciones personalmente, estas adopciones son
puramente simbólicas, y no creo que Verrière sea considerado de ahora en adelante
como un auténtico manuche, aunque tenga derecho al título de phral (hermano).
No le será posible, por ejemplo, casarse con una gitana ni tener descendencia con
derecho a ese nombre.
Jules Bloch explica los detalles de una adopción de un tal Charles Payne por un
grupo gitano del condado de Kent, en Inglaterra, a principios de siglo. Habiendo
participado activamente en la curación de una muchacha de la tribu, que quiso que le
recompensaran, Payne sólo pidió amistad y hospitalidad.
«El novio de la muchacha declaró, como es costumbre: “Gachó, te debo la vida de mi rommi, y no
puede pagarse con dinero. Pero ningún gachó puede compartir mi campamento y mi comida; sólo pueden hacerlo los hermanos y las hermanas. Tendrás, pues, que ser mi hermano”.
»Entonces llega el jefe, que convoca a un miembro de la familia de la muchacha. Hace unas
incisiones en los brazos del gachó y de los representantes de las dos familias, atando el brazo del
primero al de cada uno de los otros, de forma que la sangre es mezcle [337]. Luego proclama con un pequeño discurso el nuevo parentesco y el deber de Payne de vivir de ahora en adelante según la ley gitana, sin revelar lo que llegará a saber mientras sus hermanos y hermanas de las dos familias vivan (hay que notar este plazo restrictivo). Recibe el juramento del neófito tocando los tres pechos con la punta de su cuchillo. Y al final, la novia, que le había sostenido sus muñecas, las suelta después de haber dado a Payne un nombre gitano, y parte en tres trozos la cinta dorada que la unía con su novio, y da un trozo a cada hombre, quedándose uno para ella. Una mujer de edad, perteneciente a la otra familia, repite, más o menos, la misma ceremonia, pero en forma festiva, y reparte con el nuevo gitano el lazo blanco que ataba su brazo al del que representaba a los suyos, convirtiendo el trozo guardado en una liga para ella».
Ceremonia que resulta fácil de describir, pero que es muy seria para los
interesados, según añade el autor, quien, en 1949, se considera libre de su juramento,
ya que todos los participantes en la ceremonia habían muerto.
Se trata, pues, de una adopción temporal, y yo de buena gana calificaría de
«gitanos de honor» a estos adoptados, porque, para que un gachó se convierta
realmente en un gitano, debería, por lo menos, casarse con una gitana. Y el
matrimonio entre gitanos y no gitanos está formalmente reprobado. La mayoría de las
veces lleva consigo la exclusión de la tribu, y el proscrito no tiene ya derecho al
nombre de gitano. (Es indiferente que sea hombre o mujer el que contraiga «injustas»
nupcias). Algunas veces, este ostracismo se extiende a toda su familia y a la
descendencia del culpable.
La proscripción está considerada como el castigo más severo que la justicia
gitana, el kriss, pueda infligir a un miembro de la comunidad. Es peor que la muerte.
Esta excomunión milenaria, cuyo origen encontramos en las Leyes de Manú, está
descrita con toda su crudeza por el escritor gitano Mateo Maximoff:
«Basta que, a una orden de la tribu, una mujer casada arranque un trozo de su traje y lo arroje a la
cabeza del [338] rom condenado. Entonces, éste se encuentra desterrado para siempre de todas las tribus. Nadie en el mundo, ni su mujer ni su madre, ni sus hijos, le dirigirá nunca más la palabra. Nadie le aceptará a su mesa. Si toca un objeto, aunque éste sea muy valioso, la ley sagrada exige que dicho objeto sea destruido o quemado. Para todos es peor que un leproso. Nadie tendría siquiera el valor de matarlo para abreviar su desdicha, porque el solo hecho de acercársele podría convertir en marimé (impuro, mancillado) al que lo ha intentado. Cuando muera, nadie se cuidará de sus funerales; nadie le acompañará hasta su última morada, y se olvidará de prisa al maldito».
Sin embargo, en ciertas tribus, la exclusión es menos severa. Según Jules Bloch,
algunas veces, el condenado está autorizado a vivir en el campamento, pero entonces
está obligado a efectuar todos los trabajos desagradables e impuros.
«Entre los sinti de Viena, en la taberna, un vaso está marcado con una cinta roja para evitar que los
otros gitanos se manchen usándolo».
Y, en fin, puede producirse la rehabilitación, decidida después del consejo que
celebran los de más edad. Entonces, ésta da lugar a un festín de reconciliación, cuya
descripción es parecida a la que encontraremos en el capítulo sobre la justicia.