Los monstruos

Dave Eggers · Capítulo 21 de 49

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Los monstruos

Capítulo 21

21

 

L as bestias gritaron entusiasmadas. Luego esperaron a que Max les dijera lo que hacer. Sabían montar jaleo, pero querían tener la seguridad de que lo hacían de un modo que agradara a su rey.

Max bajó bailoteando por el torso del Toro y empezó a girar como un derviche.

—¡Haced lo mismo que yo! —pidió.

Y lo hicieron. Las bestias eran pésimos derviches, de giros torpes y lentos, pero así resultaba más entretenido para Max. Las miró y se rió mientras giraban formando una masa mareante de pieles y pies que acabó por los suelos.

Durante las cinco o seis horas siguientes, Max pensó en todas las cosas divertidas que se le ocurrieron y se aseguró de que las bestias las hicieran con él.

Se sentó a lomos de Ira y le hizo hacer de caballo (aunque Ira nunca había oído hablar de caballos). Las puso en fila a todas como fichas de dominó y les ordenó que se tiraran unas a otras. Las hizo formar una pirámide y trepó a lo más alto y la desmoronó a propósito. Las bestias eran excelentes excavadoras, así que Max les mandó excavar docenas de agujeros, agujeros inmensos, sin ninguna razón. Luego tocó volver a derribar árboles, los diez o doce que quedaban. La tarea de Max consistía en idear todas las maneras posibles de derribar un árbol y hacer cuanto más ruido mejor.

Luego a Max le pareció buena idea subir corriendo la colina más cercana y bajar rodando como peludas bolas de tierra gigantes. De modo que echó a correr y las bestias lo siguieron colina arriba. En la cima, les enseñó cómo había que hacerlo. Bajó dando volteretas por la ladera cubierta de hierba y al acabar vio que Douglas y Alexander seguían su ejemplo y ya rodaban montaña abajo. Pero al triple de velocidad que él, de modo que iban directos a por Max.

Max se apartó de un salto justo a tiempo y anotó mentalmente que debía recordarles que la próxima vez que rodaran por la montaña y él anduviera cerca, tuviesen más cuidado. Pero mientras estaban limpiándose el polvo, Carol y Judith bajaron como bólidos, todavía más rápido que sus predecesores y, de nuevo, directos a Max. Una vez más, el niño tuvo que apartarse de un salto, pero esta vez la bola-Judith le pisó un pie y Max aulló de dolor.

—¿Qué pasa? —preguntó Judith, desenrollándose a los pies de la colina.

—¡Me has pasado por encima del pie!

Judith le miró sin comprender.

—¿Y?

—¡No deberías hacerlo!

Judith le miró como si acabara de soltar la mayor de las locuras. Max pensó por un momento en darle un porrazo en la cabeza con un palo o una piedra. Buscó alrededor algo que le sirviera. Pero Carol intervino antes de que lo encontrara.

—Judith, ¿has rodado por encima del pie del rey? —preguntó Carol.

—No sé lo que he hecho —replicó ella, secamente—. No me acuerdo. Un momento, ¿dónde estoy?

—Sabes perfectamente lo que has hecho —repuso Carol, acercándosele más—. Y si vuelves a hacerlo, te juro que me como tu cabeza.

Max, halagado por el hecho de que Carol hubiera salido en su defensa pero asustado por la amenaza, le dio unas palmaditas en el brazo.

—No pasa nada, Carol. Pero gracias.

Judith estaba horrorizada.

—¿Gracias? ¿Le das las gracias porque amenaza con comerse mi cabeza? ¿Le das las gracias por eso? ¿Qué clase de rey agradece que amenacen con comerse la cabeza de uno de sus súbditos?

Mientras Max intentaba confeccionar una respuesta, Ira trataba de deducir el punto de vista del rey.

—¿O sea que deberíamos intentar no rodar por encima de tus pies cuando nos hacemos una bola pero, si lo hacemos, alguien se come nuestra cabeza?

—Sí —contestó Carol, aliviado porque por fin alguien entendía lo evidente.

—¡No! —gritó Max—. No. Nada de rodar sobre mis pies y nade de comer cabezas. Ni ninguna otra parte de los demás. Es la norma principal, ¿de acuerdo?

—¿Y si queremos? —preguntó Douglas.

—¿Qué quieres decir?

—A ver, no deberíamos comer cabezas, eso tiene sentido. Pero ¿qué ocurre si nos encontramos en una situación en la que de verdad queremos comernos la cabeza o el brazo de alguien?

De nuevo se extendió un amplio murmullo de apoyo ante una pregunta tan meritoria.

A Max le estaba costando no exasperarse. Respiró hondo varias veces y explicó, todo lo despacio y cuidadosamente que supo, las normas por las que quería que se rigieran sus súbditos. No se comerían unos a otros bajo ninguna circunstancia —ni aunque quisieran— y no se arrollarían unos a otros de ninguna manera y no…

Alexander interrumpió.

—¿Y si a alguien se le cae la cabeza? A veces ocurre. Entonces ¿nos la podemos comer? —preguntó suscitando un coro de murmullos de aprobación.

—¡Nada de comerse! —rugió Max—. No se comen partes de otro bajo ninguna circunstancia. Nunca. Ni siquiera si se cae una cabeza.

Max quería dejar de hablar y ponerse a aullar, de modo que echó a correr y los guió a todos al borde de la isla.

—¡Vamos! —ordenó, y todos le siguieron.

Fue dando volteretas por el camino y los demás también las dieron. Brincó y ellos también brincaron… o lo intentaron. Imitó el sonido de una metralleta y ellos lo intentaron. Y pronto llegaron a lo que debía de ser el punto más elevado de la isla, un acantilado con vistas al mar, a cientos de metros por encima del océano. Cuando todos se hubieron reunido al borde del acantilado, Max supo que no había nada más apropiado que aullar.

De modo que aulló. Las bestias también aullaron, más alto y mejor que Max, pero a él no le importó. Nada podía superar aquel momento, ni estropearlo. Max aulló y aulló y se sintió más él —en parte viento y en parte lobo— de lo que jamás se había sentido.

Nada podía estropear aquel momento, ni siquiera cuando Alexander se unió al grupo, los empujó a todos por detrás y casi mata a Max. Cuando Alexander chocó con el grupo, la colisión continuó hasta que alguien golpeó con fuerza a Max y de pronto el suelo desapareció bajo sus pies. Max miró abajo una fracción de segundo y solo vio el revoltijo blanco del mar encontrándose con las rocas calcáreas del fondo. Pero justo cuando comprendió que estaba en el aire, que estaba a punto de caer al océano desde ciento veinte metros de altura, algo tiró de él y lo depositó en tierra firme. Había sido Carol. Lo atrapó justo a tiempo y rápidamente lo devolvió al suelo. Max estaba demasiado impresionado, demasiado incrédulo, para asimilar lo cerca que había estado de desaparecer del mundo de los vivos. En cambio, plantó los pies separados en el suelo y aulló al mar al que habían privado de sus carnes.

El resto de las bestias se sumó al grito. Aullaron muy fuerte, como locas. Aullaron hasta quedarse roncas. Y cuando ya no pudieron aullar más, Max oyó unas risillas provenientes de un lado del grupo.

Se volvió y vio a Katherine, la del pelo greñudo, sonriéndole con expresión de suficiencia, cómplice.

—¿Qué? —preguntó Max.

—Nada —contestó ella.

Tenía voz de mujer joven y dejada. Una voz grave y áspera, pero atractiva, incluso musical.

Max la miró sin comprender. Le intimidaba su sonrisita.

—¿Qué?

—Nada. Te diviertes —dijo ella.

—¿Qué quieres decir?

—Nada.

—¿Nada?

—Quiero decir lo que digo. Es bonito.

Justo entonces Max oyó un golpetazo en el bosque. Miró entre los árboles, entre lo que quedaba de ellos, y vio a Carol saltando en el aire, como un canguro pero mucho más fuerte. Cada salto mandaba a Carol a unos doce metros de altura y cada vez que aterrizaba se oía un golpe atronador.

Katherine parecía intuir que Max quería irse con Carol.

—Vete —le dijo—. Nos vemos luego.

—Vale —dijo Max, y se adentró corriendo en el bosque en pos de Carol, tratando de llamar su atención—. ¡Eh! —chilló—. ¡Eh!

Carol fue aminorando el ritmo y al final paró. Max le alcanzó. La bestia sonrió, resoplando por las narices.

—Saltas muy bien —dijo Max.

—¡Sí, ya lo sé! Mejor de lo que crees. ¡Mejor incluso de lo que pienso!

Max se había fijado en una rama grande y recta por encima de ellos y tuvo una idea.

—¿Podrías saltar a ese árbol y engancharte con los dientes?

Carol hizo una mueca.

—Pues claro.

La bestia saltó unos seis metros con la enorme bocaza abierta y, cuando alcanzó la rama, calculó mal. En lugar de atrapar la rama con los dientes, la golpeó con la nariz y cayó al suelo torpemente. La tierra tembló.

—Ay —se quejó.

Max se disponía a disculparse y poner fin al experimento, pero Carol estaba decidido a hacer lo que Max le había pedido. Volvió a saltar, gruñendo durante toda la subida, y esta vez atrapó la rama entre los dientes. Se quedó colgando de la rama y miró a Max con orgullo.

—¿Así? —preguntó. Con el árbol en la boca, sonó como «¿Afí?».

—Sí, muy bien —contestó Max, sinceramente impresionado.

Ni Max ni Carol tenían muy claro qué hacer a continuación. Carol no quería bajarse tan pronto y Max estaba entretenido mirándolo desde el suelo, viéndolo colgar de la boca.

—¿Qué tal tiempo hace ahí arriba? —preguntó Max.

—Bueno —intentó decir Carol.

Max se rió.

—¿Cuánto pesas?

Carol intentó decir «No lo sé», pero le salió una especie de ladrido apagado. Max se rió aún más.

—¿A qué sabe el árbol? ¿Sabe a paté?

Carol no tenía ni idea de lo que era el paté, pero el sonido tan ridículo de la palabra le hizo reír y, al reírse, los dientes soltaron la rama y volvió a desplomarse contra el suelo.

—¡Au! —gritó.

—Perdona —dijo Max. Se sentía fatal por haber tenido la idea y provocar que Carol se cayera.

—¡No, no! —repuso Carol, bailando de dolor, girando, tapándose la boca y pisoteando con fuerza—. No es culpa tuya. Ha sido divertido. Es solo que se me ha metido algo en la boca o algo así.

Aparecieron entonces Ira y Douglas. Douglas arrastraba a Ira de los pies, como un cavernícola a su mujer pero al revés. Ira parecía extremadamente relajado mientras lo arrastraban, como si estuviera reclinado en una hamaca.

—Hola, chicos —saludó Carol, de pie delante de ellos—. Mirad aquí. ¿Tengo un trozo de rama?

Carol se acercó a Ira y Douglas y abrió su boca gigante y mojada mostrándoles dos centenares de dientes enormes y afiladísimos dispuestos en tres filas concéntricas. Douglas se apartó un poco de Carol.

—Yo no veo nada —dijo—. Limpio como una patena.

Carol bajó la vista hasta Ira, que seguía tumbado en el suelo, en busca de una respuesta.

—Nada. Limpio como una patena —confirmó Ira, aunque en modo alguno podía haber visto algo desde ese ángulo. Miró a Max y le tendió la mano—. Todavía no nos han presentado. Soy Ira. Yo hago los agujeros de los árboles. ¿Los has visto? Puede que no, no sé. En fin, es lo que hago. En realidad no ayuda a nadie, no como tú. No es crucial para el futuro del mundo, no como tú. Y probablemente ya conoces a Douglas. Es el único que trabaja. Indispensable. Constructor. Fabricante. Estabilizador de lo inestable…

—Eh. Céntrate —pidió Carol, señalándose a la boca otra vez—. Tienes que acercarte más.

—Je, je. Tiene buena pinta —dijo Ira—. Limpia. Limpia como una…

—Sí, ya, como una patena —terminó Douglas. Los dos parecían tener muchísima prisa por alejarse de la boca abierta de Carol—. Venga, Ira, tenemos que irnos y… amontonar piedras.

Douglas marchó delante de Ira. Al verlos irse, el rostro de Carol se endureció. Max lo vio todo, preocupado por Carol y por el modo en que Ira y Douglas no parecían confiar en que este no se los comiera. Mientras Max intentaba imaginar por qué dos buenos amigos de Carol no querrían acercarse a su boca, Carol se volvió hacia él.

—Oye, Rey, ¿se me ha metido algo en los dientes? —preguntó.

Se agachó cerca de Max y abrió la boca.

Max se asomó dentro.

—Yo no veo nada.

Carol abrió aún más la boca.

—Tal vez si entras más…

Max, sin pensarlo dos veces, apoyó la rodilla en las encías de Carol y se aventuró dentro de su boca.

—No, no. Más adentro —le animó Carol.

Max entró todavía más, arrodillándose en el borde alveolar de Carol. El interior de la boca estaba mojado y el olor echaba para atrás.

—¡Oooh! ¡Tienes mal aliento!

—Cuidado —dijo Carol, riendo—. Que podría arrancarte la cabeza de un bocado.

Y entonces Max descubrió el problema. Había un fragmento de corteza, del tamaño de un guante de béisbol, atrapado entre dos de los negros dientes de Carol.

—Es un trozo grande —informó Max mientras lo quitaba con cuidado.

Salió de la boca de Carol y le mostró la corteza como si fuese un pez de trofeo.

Carol la miró, sorprendido de que fuera tan grande.

—Vaya, gracias. —Cogió la corteza un momento y la observó con atención—. Gracias, Rey. No sabría explicarte cuánto significa para mí —añadió, y miró a Max como si lo viera por primera vez.

Irrumpieron entonces Judith, el Toro y Alexander, que corrían hacia ellos con los ojos vendados y cargados con una docena de gatitos cada uno. Pasaron de largo junto a Max y Carol riéndose como locos y siguieron colina abajo en dirección a lo que quedaba de bosque. Max supo que tenía que seguirles, que tenía que conseguir una venda para los ojos y algunos gatitos y eso hizo.