Los monstruos
Capítulo 23
23
M ax seguía medio dormido, con los ojos cerrados, cuando notó que rebotaba. Un viento suave le acariciaba la cara y el aire era frío y seco. Dedujo que ya no estaba en la melé: el olor habría sido fuerte, el ambiente habría estado cargado de efluvios a pieles sudadas. Por un momento temió estar de vuelta en el mar embravecido, pero cuando abrió los ojos vio los cuernos inmensos y amarillentos de Carol a izquierda y derecha y comprendió que estaba sobre los hombros de la bestia, que lo transportaban a varios metros del suelo.
—No quería despertarte —dijo Carol—. Pero me alegro de que te hayas despertado. Quiero enseñarte algo.
—Vale —dijo Max, empezando a asimilar lo que le rodeaba. A un lado, el mar se adivinaba al fondo, dorado, resplandeciente e infinito y el cielo era de un llamativo azul cobalto. Allí en la isla, encaramado a los hombros de Carol, todos los colores parecían el triple de claros y luminosos, vibrantes.
Max se llevó la mano a la cabeza.
—¿Dónde está la corona?
—Hoy no la necesitas —explicó Carol—. Te la he guardado debajo de la hoguera.
—Ah. Vale, gracias —contestó Max.
Solo al cabo de un momento cayó en la cuenta de que no sabía qué hacía su corona debajo de la hoguera. Pero para Carol parecía tener sentido y Max no quiso cuestionar sus costumbres.
Se alejaron del acantilado y atravesaron el bosque, de maleza extraña y nueva: helechos naranjas, musgo amarillo y enredaderas blancas como el mármol.
Max intentaba no perderse detalle, pero estaba exhausto. No debía de haber dormido más que unas horas. Y estaba sucio. Olía todavía más que antes a sus secreciones corporales y además ahora sus propios olores se veían intensificados por los hedores mucho más repugnantes de las bestias. No era muy aficionado al aseo personal, pero de verdad que esa mañana se moría de ganas de darse una ducha larga y caliente.
—¿Y cómo has llegado hasta aquí? —preguntó Carol.
—¿Yo? Navegando —contestó Max.
Carol silbó con total naturalidad.
—Uau. Debes de ser un marinero excelente.
—Sí. Pero no me gusta mucho navegar —repuso Max recordando de pronto lo aburrido que había sido, el incesante destello cegador del sol contra el agua.
—Ya, a mí tampoco —convino Carol, emocionado—. ¡Navegar es aburridísimo! Y lo que más odio en el mundo es aburrirme. Si ahora mismo el aburrimiento se plantara delante de mí… —De repente subió la voz—. No sé si podría dominarme. Probablemente ¡me lo zamparía!
Los dos se rieron. Max entendía perfectamente de lo que le hablaba Carol. Él mismo había querido zamparse o matar a montones de cosas aburridas. Tantas que no se podían contar.
Por el camino Max se fijó en una hilera de árboles con agujeros en el tronco. Eran agujeros nítidos y redondos, de la altura aproximada de una bestia. Debían de ser los agujeros de Ira.
—Anoche estuviste charlando con Katherine —dijo Carol.
—¿La chica? Sí. Es maja.
—Sí, sí que lo es. Es dulce. Es… es eh… —Carol fingió reír entre dientes—. Apuesto a que te ha hablado de mí.
—No —contestó Max, intentado recordar—. No me ha dicho nada.
—¿No? ¿En serio? ¿Nada? —Carol dejó escapar una risotada, divertido—. Fascinante.
Max y Carol continuaron por un sendero sinuoso.
—¿Vosotros tenéis padres? —preguntó Max.
—¿A qué te refieres?
—¿Un padre y una madre?
Carol miró al niño con expresión desconcertada.
—Por supuesto. Todo el mundo tiene padres. Lo que pasa es que yo no hablo con los míos porque están como cabras.
Atravesaron algunos de los paisajes más estrambóticos que Max había visto o soñado. Montañas que temblaban como gelatina, ríos que cambiaban de sentido en plena corriente, árboles pequeños cuyos troncos, casi traslúcidos, se tragaban la luz del sol y la convertían en algo rosa y vidrioso.
—Mira, Max —explicó Carol mientras salían de un bosque y se adentraban en una zona de tundra y arena azul grisácea—, todo lo que alcanzas a ver es tu reino. Casi toda la isla, prácticamente. Los árboles con agujeros son de Ira, por supuesto, y parte de la playa es más o menos de Katherine, pero el resto es todo tuyo. Y después hay zonas del bosque en que los animales te matarían sin dudarlo aunque seas el rey. Son muy obstinados, no les hagas caso. Pero, por lo demás, está claro que eres el gobernante supremo y puedes hacer lo que quieras con las cosas. Y si alguien te dice lo contrario o intenta comérsete la cara o alguna extremidad, vienes y me lo dices, que ya los aplastaré yo con rocas o algo.
Max estuvo de acuerdo.
Entraron en una llanura amplia, rocosa y desolada. Max conocía esa clase de paisaje de la clase del señor Wisner. Bajó de los hombros de Carol para inspeccionar los alrededores.
—¿Ves esa roca? —dijo Max, señalando un fragmento curvo de obsidiana—. Antes era lava. Y algún día será arena.
Carol quedó genuinamente impresionado.
—¿Y qué será después?
—No lo sé… —contestó el niño, perdido—. ¿Polvo?
—Polvo, ¿eh? Pensé que dirías fuego.
Caminaron un rato. Solo se oía el viento.
—¿Sabías que el sol se morirá? —preguntó Max.
Max lo soltó sin más, sin planearlo. Pero una vez dicho, se alegró de preguntar. Imaginó que quizá Carol tuviera la respuesta.
Carol se detuvo y miró abajo, a Max, y luego arriba, al sol.
—¿Qué? ¿Ese sol?
Max asintió.
—¿Morirse? ¿Cómo va a morirse? —preguntó Carol, sinceramente desconcertado.
—No lo sé. Se oscurecerá y tal vez se convierta en un agujero negro.
—¿Un qué negro? ¿De qué estás hablando? ¿Quién te ha contado eso?
—Mi profesor. El señor Wisner.
—¿El señor Wis-qué? No tiene sentido. —Carol volvió a mirar al sol, quieto y reluciente—. No va a pasar nada de eso. ¡Eres el rey! Y mírame a mí. ¡Somos enormes! —Extendió los brazos con las manos abiertas, ensanchando su enorme pecho—. ¿Cómo pueden unos tiarrones grandes como nosotros preocuparse por una cosita tan pequeña como el sol?
Max sonrió débilmente.
—¿Quieres que me lo coma, Rey? Saltaré y me zamparé al burro ese antes de que le dé tiempo a morirse.
Carol saltó tratando de agarrar el sol con su zarpa peluda. Max se rió.
—No, no. No lo hagas.
—¿Seguro? Parece jugoso.
—No, da igual.
Carol apoyó la mano en la cabeza del niño.
—Vale. Pero ya me dirás. Venga, casi hemos llegado.
Caminaron entre la lava y luego atravesaron un laberinto de piedras plateadas altas y afiladas con forma de dientes. Las había a cientos, por todas partes.
—Espera a que lleguemos —dijo Carol, emocionándose—. Te va a encantar. Si alguien puede apreciarlo, ese eres tú. Comprendo tu modo de ver las cosas. Tienes buen ojo.
Justo entonces un animal enorme —de al menos dieciocho metros de altura— pasó lenta y pesadamente a lo lejos, por encima de un saliente desierto. Se parecía mucho a un perro.
Carol bizqueó y se protegió los ojos con la mano para ver mejor.
—Bah, es un perro. Yo ya no hablo con ese.
Max y Carol treparon por una ladera empinada de descomunales rocas plateadas. Las enormes piernas de Carol hacían que subir por rocas gigantescas le resultara mucho más fácil que a Max. Mientras que Carol saltaba de una a otra como por unas escaleras, Max sufría para mantener su ritmo, ya que tenía que encontrar puntos de apoyo en cada roca.
Cuando estaba demasiado agotado para continuar, oyó la voz de Carol desde lo alto: —Ya estamos. Al menos, yo.
Max miró arriba y vio a Carol de pie en la entrada de una magnífica estructura de madera intricadísima construida en la ladera de la montaña. Seguía un diseño completamente único, curvilíneo como las casas que habían destruido la primera noche, pero muchísimo más complejo y grandilocuente, formando un palacio de múltiples terrazas anclado perpendicularmente a la pared del acantilado. Por fin Max llegó a la roca plana sobre la que esperaba Carol. La bestia sonreía como un loco.
—¿Listo? —preguntó Carol.
Max jadeaba por culpa de la ascensión, pero no podía esperar. Asintió.
Carol miró alrededor para asegurarse de que nadie los había seguido y luego condujo a Max al interior.