Los monstruos

Dave Eggers · Capítulo 45 de 49

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Los monstruos

Capítulo 45

45

 

M ax pasó unas horas en la playa, pensando en lo que podía y no podía hacer, y en lo que tenía que hacer. El sol estaba alto cuando decidió regresar al fuerte.

Encontró a las bestias acurrucadas en diversas partes del fuerte en ruinas, echando una cabezadita después de pasar la noche en vela. Douglas también estaba, con la cabeza apoyada en la barriga de Judith y el brazo de Ira colgando encima del suyo como para evitar que se viera la herida. El Toro dormía con el lomo en el suelo y las extremidades despatarradas a placer.

Max vio otra figura en un rincón oscuro y alejado del fuerte. Se acercó y encontró a Alexander sentado en la cámara del rey detrás de la puerta secreta, que había dejado abierta.

Max se sentó frente a la puerta.

—¿Quieres que me vaya? —susurró Alexander.

—No.

Max miró atentamente a Alexander y por fin comprendió que tenían más cosas en común que diferencias. El tamaño, el pelaje: eran versiones distintas de la misma criatura pequeña y esforzada. Pensó en apoyar la mano en la espalda de Alexander, pero cuando levantó el brazo, la bestia se encogió. La herida estaba abierta, le faltaba pelo y tenía la piel enrojecida y magullada.

—¿Te lo he hecho yo? —preguntó Max.

—Sí.

Max se quedó mirando la herida un rato, luego se arrodilló junto a Alexander.

—¿Te duele? —preguntó, confiando en una respuesta negativa.

—Un poco, sí —respondió Alexander, estremeciéndose.

Max cogió la cola del disfraz de lobo con una mano, la lamió y la usó para limpiar la herida.

Alexander sonrió.

—Mucho mejor. Gracias.

—Ahora tengo que marcharme, tengo que ir a otro sitio.

—¿Adónde?

—A cualquier parte. Destrozo cualquier lugar al que voy. También este. Yo… No quería que el brazo de Douglas… bueno…

No pudo decirlo.

—No se lo has arrancado tú —dijo Alexander—. Ha sido Carol.

—Pero yo quería tener un fuerte. Y le dije a Carol que el sol moriría. Y quise una puerta secreta…

Alexander le miró como si estuviera loco.

—¿De veras crees que te has cargado la isla? ¿Tan poderoso te crees? ¿Te crees la razón de la felicidad o tristeza de los demás?

Max quería contestar que no, pero era exactamente lo que creía.

—Pero te he pegado. De eso no hay duda.

Max terminó de limpiar la herida y soltó la cola.

—Por eso tengo que irme. No quiero volver a hacer una cosa así nunca más.

—Pues puede que la hagas.

—Pero no quiero.

—Pero podrías. Dondequiera que vayas.

—Pero no quiero.

Alexander apenas dejó una pausa. Optó, en cambio, por sonreír como si Max estuviera particularmente espeso.

—Pero podrías.

Permanecieron sentados en silencio, contemplando dormir al resto de las criaturas. Dormidas, las bestias gigantes parecían niños pequeños, resultaban casi bonitas y, al mismo tiempo, patéticas, trágicas, sofocadas por todo el peso que cargaban con ellas, mucho mayor de lo que Max o Alexander podían saber.

—Con todo lo que han hecho, con todo lo que han devorado y todo lo que han dicho… —Alexander se rió.

—¿Qué? ¿A qué te refieres?

—Bueno, me asombra que sean capaces de dormir.