Los monstruos

Dave Eggers · Capítulo 4 de 49

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Los monstruos

Capítulo 4

4

 

L a noche cercana había coloreado su cuarto de un azul algodonoso, sin aire. Desde la litera de abajo, Max encendió los dos globos terráqueos: antiguallas de otra época que le había comprado su padre, iluminadas ambas por una luz interna. Las bombillas residían muy hondo, donde estaría el centro líquido de la Tierra, y teñían los océanos y continentes de los globos de un tono mantecoso.

Max se tumbó un rato en la cama, para pensar.

Sabía que sus pensamientos a veces se comportaban como los pájaros desperdigados por el vecindario. En la manzana de Max había codornices por todas partes: extraños pájaros coronados por un penacho a los que no les gustaba volar. Las codornices se reunían en una fila recta, una familia entera, a comer semillas del suelo mientras una hacía guardia desde lo alto de una cerca baja, vigilando la presencia de intrusos. Y de pronto, al menor ruido, se dispersaban todas en mil direcciones, viraban bruscamente y desaparecían en la espesura.

De vez en cuando Max tenía la impresión de poder aclarar sus pensamientos, de que podía ordenarlos en una fila y contarlos; que podía obligarlos a comportarse. Había días en que podía leer durante horas seguidas, cuando entendía todo lo que le decían en clase, cuando podía cenar tranquilamente y ayudar a recoger y jugar a solas y en silencio en el salón.

Pero otras veces, otros días, en realidad la mayoría, sus pensamientos no se alineaban. Esos días perseguía recuerdos e impulsos que se desviaban y se dispersaban lejos de él, escondiéndose en las espesuras de la mente.

Y cuando ocurría así, cuando no conseguía entender algo, cuando los pensamientos no se sucedían uno tras otro, parecía que, pegado a los talones de las perdices desperdigadas, Max hacía y decía cosas que desearía no hacer ni decir.

Se preguntaba por qué era como era. No quería odiar a Claire y no quería haberle destrozado el dormitorio. No quería haber roto la ventana de encima del fregadero de la cocina cuando pensó que se había quedado atrapado fuera de casa, cosa que había hecho unos meses antes. No quería haber chillado y aporreado las paredes de su cuarto el año pasado cuando, en plena noche, no encontraba la puerta. Había hecho muchas cosas, había roto, arrancado y dicho muchísimas cosas y siempre era consciente de haberlas hecho, pero apenas entendía el porqué.

Y se le ocurrió que quizá tuviera problemas graves. Hasta entonces todo le había parecido bastante simple. Había estado a punto de morir en el fuerte y por tanto había calado el dormitorio de su hermana y destrozado cualquier rastro del afecto que alguna vez sintió por ella.

Pero ahora ese plan tan simple, inevitable y lógico, no parecía tan acertado como hacía solo unos momentos. Tal vez a su madre no le gustara que Max hubiera vaciado siete cubos de agua en el cuarto de Claire. Resultaba muy raro pensar en ello: ¿cómo podía ser que solo unos minutos antes, mientras hacía todo eso, le hubiera parecido la única opción posible? Ni siquiera se lo había cuestionado. Era la única idea que tenía en la cabeza y la había llevado a la práctica con decisión y rapidez. Ahora oía los pasos de su madre en la escalera, subiendo a verle, y quiso borrar el pasado, todo lo que había hecho. Quería decir: «Sé que siempre he sido malo, pero ahora seré bueno. Déjame vivir».

 

—¿Hay alguien en casa? —preguntó la madre de Max—. ¿Max?

Max podía escapar. Podía deslizarse escaleras abajo y salir corriendo por la puerta principal. ¿Sí? Podía vivir en otra ciudad, podía colarse en los trenes, convertirse en un vagabundo. Podía marcharse, intentar explicarse en una nota y esperar fuera a que la situación se calmara. Estaba seguro de que habría demostraciones de ira, gritos y pisotones y quizá ese silencio violento que su madre había perfeccionado. Max no quería andar cerca cuando pasara.

De modo que se preparó para marcharse de casa para siempre.

Cogió su mochila, la que le regaló su padre antes de salir juntos de excursión por Maine. Pero justo cuando se levantaba para ponerse ropa seca y preparar la bolsa, su madre abrió la puerta y apareció en su cuarto, cerniéndose sobre él.

—¿Qué está pasando aquí? ¿Algo bueno? —preguntó la madre.

Llevaba la ropa de trabajo, una falda de lana y una blusa de algodón blanco. Olía a aire frío, sudor y algo más. Dios mío, cuánto la quería. Su madre se sentó en la cama y le dio un beso en la cabeza. Max se vino abajo momentáneamente, desintegrado bajo el suave tacto de su madre. Pero entonces reconoció el olor: el desodorante de Gary, que habían empezado a compartir. Desprendía un olor químico, húmedo.

Max se sentó en la cama y se le humedecieron los ojos. ¿Cómo podían juntarse tantas lágrimas tan rápido? Qué estúpido llorar. Qué estúpido. Se tapó la cara con la manta.

—¿Qué ocurre? —preguntó su madre.

Max no contestó. No podía mirarla.

—¿Estás enfadado conmigo?

A Max le sorprendió la pregunta, aunque no era nueva. Durante un segundo, le dio fuerzas. Le recordó que había otros problemas, otros culpables.

—No —contestó Max.

Su madre le retiró la manta de la cara.

—Pues entonces, ¿qué pasa? ¿Estabas llorando?

—Los burros de los amigos de Claire han derribado mi iglú.

Lo contó mucho antes de lo planeado.

—Vaya —respondió la madre, deslizando la mano por el pelo apelmazado del niño.

El delito no parecía impresionarla demasiado. Max sabía que tenía que conseguir que lo que había hecho Claire enfureciera a su madre. Si la enojaba lo bastante, tal vez comprendiera la reacción de Max. Quizá ella también quisiera verter agua en el cuarto de Claire o incluso hacer algo peor.

—Había trabajado muy duro para construirlo —añadió Max.

—No lo dudo —respondió ella, levantándole la cabeza y llevándosela a su pecho.

Max oyó su corazón, olió su piel.

—Casi me muero. Me he quedado enterrado bajo la nieve —dijo, amortiguadas las palabras en la camisa de su madre.

Entonces ella lo abrazó más fuerte y, por un momento, Max tuvo esperanzas. Ya no sentía frío ni le quemaba la cara. Por un momento Max volvió a olvidarse de que podría tener problemas y que estos se revelarían en cuanto su madre entrara en el cuarto de su hermana.

—Siento que hayas tenido un mal día, Maxie.

Sonó como si lo lamentara de verdad, pero ¿lo sentía lo suficiente para comprender la revancha de Max? El niño esquivó la mirada materna a pesar de que notaba el peso de su compasión.

—¿Dónde está Claire? —preguntó la madre.

—¿A quién le importa?

—¿A quién le importa? —dijo la madre, riendo—. A mí. Y a ti también debería. Se supone que tendría que estar en casa. No puedes quedarte solo después del colegio. Los dos lo sabéis. ¿Se ha marchado? Quiero preguntarle por el asunto ese del iglú.

La conversación tomaba un curso muy satisfactorio. Hasta entonces a Max no se le había ocurrido que Claire también se había buscado problemas. ¡No debería haberse marchado! Se suponía que debía vigilarle pero se había ido en el espantoso coche familiar a mascar tabaco. Si Max manejaba la situación con cuidado, quizá lograra desviar toda la atención hacia las fechorías de Claire.

Pero entonces se oyó un goteo.

—¿Qué es eso? —preguntó la madre.

Max puso cara de no saber nada y se encogió de hombros.

Su madre se levantó rápidamente.

—Parece que algo gotea. ¿Te has bañado?

Max negó con la cabeza. No se había bañado; eso era verdad.

Su madre salió de la habitación. Max la oyó en el cuarto de baño, apretando los grifos de la bañera. El goteo persistía.

—¿De dónde viene? —la oyó preguntar en voz alta.

Luego su madre pasó al cuarto de Claire.

Gritó.

Max nunca pensó que gritaría.

—¿Qué es esto? —chilló.

«Pinta mal —pensó Max—. Muy mal.» Sopesó sus opciones. Podía inventar una historia sobre el origen del agua. ¿Un agujero en el tejado? Quizá una ventana que alguien se había dejado abierta. Ojalá hubiera pensando antes en todo eso. Quizá se hubieran colado unos animales y las pisadas de nieve…

Pero nunca antes había mentido a su madre y ahora no podía hacerlo. En lugar de eso, casi sin pensar, apartó las mantas y salió de la cama. Entró en el cuarto de Claire y oyó el chapoteo de la alfombra bajo sus pies. De pie en el umbral, con los ojos desencajados, la madre vio el cubo y las ropas para la nieve de Max. Se agachó a palpar el suelo y ahogó una respiración.

—¿Has sido tú?

Max asintió y se encogió de hombros a la vez.

—¿En qué estabas pensando, Max?

No se acordaba. Sus pensamientos habían vuelto a dispersarse por docenas de agujeritos.

Su madre despotricó durante unos minutos, utilizando su lenguaje más colorista, antes de regresar de nuevo a la pregunta: —¿En qué estabas pensando?

—No lo sé.

—¿No lo sabes?

—Es difícil de explicar.

Ahora su madre estaba de rodillas.

—Esto no está bien, Max. Tanta agua… Podría calar las vigas. Podría ocasionar daños permanentes en la casa.

Noticia que empujó a Max al borde de las lágrimas. Quería que fuera algo temporal. Quería que todo hubiera acabado a la hora de cenar. Ahora la perspectiva de haber arruinado la casa convirtió el día en interminable y aplastó la luz de su interior.

La madre salió de la habitación. Max la oía abrir y cerrar armarios de golpe mientras maldecía por lo bajo. Estuvo fuera varios minutos muy largos. Regresó con un montón de toallas.

—Venga. Te ayudaré a limpiarlo.

Extendieron las toallas por el suelo para intentar chupar el agua. Mientras estaban de rodillas, la madre vio el agua de las muñecas y las fotos arrancadas de las paredes.

—Ay, Dios mío. ¿Las paredes? ¿Las paredes? Pero ¿qué pasa contigo?

Max estaba preguntándose lo mismo.

La madre salió del cuarto y bajó las escaleras. Max no oyó nada durante muchos minutos pero no se atrevió a moverse. Luego oyó un coche arrancar, rugir durante un minuto. ¿Su madre se iba? Después se apagó el motor. Al final la oyó subir de nuevo las escaleras y enseguida volvió a tenerla a su lado, de rodillas, ayudándole con las toallas del suelo.

—¿Qué ha pasado con vosotros dos? —preguntó la madre—. Antes estabais muy unidos.

Lo cual entristeció aún más a Max.

—No lo sé —musitó el niño.

Su madre dejó escapar un suspiro que llenó la habitación.

—Necesito que me ayudes a mantener el hogar en pie, Max. Necesito que seas una fuerza de estabilidad, no del caos.

Max asintió con gravedad. «Mantener el hogar en pie. Fuerza de estabilidad.» Apoyados en manos y rodillas, Max y su madre continuaron colocando toallas sobre la alfombra, intentando que chuparan el caos de debajo.