Los monstruos
Capítulo 39
39
M ax. Un susurro.
—¡Max!
Una voz femenina.
Max dormía con el brazo de Carol de almohada cuando abrió los ojos y vio a Katherine agachada a su lado.
—Tenemos que conseguir los búhos —susurró ella.
—¿Ahora? —preguntó Max.
—Sí, es el único momento posible —contestó ella, echando un vistazo a Carol para asegurarse de que no le había despertado—. ¡Ahora!
Max se sentía obligado a conseguir los búhos, eran esenciales para proteger el reino. Se levantó con cuidado de no despertar a Carol ni a nadie más y trotó detrás de Katherine, que se encontraba ya en la entrada del fuerte. El sol acababa de salir y justo mientras Max caía en la cuenta de que era la primera mañana que Carol no había sentido la necesidad de sentarse a esperar la llegada del astro, Katherine le izó y se lo cargó a la espalda.
—Agárrate del cogote.
Max se agarró e inmediatamente Katherine saltó fuera del área del fuerte y aterrizó primero en la pradera multicolor, luego en una de sus plataformas rayadas de las copas de los árboles y después en un bosque de plantas rosas traslúcidas, tocando el suelo en cada ocasión con la velocidad y delicadeza de un colibrí.
Vieron zonas de la isla que Max no sabía que existían, como una parte de altas hierbas amarillas poblada de serpientes andantes, serpientes que se erguían sobre patas traseras y vivían en un claro con docenas de géiseres que escupían brillantes penachos naranjas de chispas y vapores. Por último aterrizaron en el lado opuesto de la isla, en una amplia playa blanca de grandes dunas y formaciones rocosas como tirabuzones de color azul celeste asomando de la arena por todas partes.
—¿Te gusta? —preguntó Katherine.
Max asintió. Le encantaba.
—Vengo aquí cuando me apetece estar sola —explicó ella—. Tengo que venir aquí para recordarme quién soy y quién no. ¿Los ves?
Katherine señaló arriba y Max vio dos pájaros, dos puntos rojos en el cielo, volando en elipses, luego cruzándose perfectamente sincronizados para dibujar varios ochos. La simetría de sus vuelos le hipnotizó.
—¿Son los búhos? —preguntó, en murmullos.
—¿Son los búhos? —repitió Katherine, imitándole—. Pues claro. Focas no son. Nos comimos las últimas en la cena de anoche.
Antes de pensar en una respuesta ingeniosa y justo mientras asimilaba la imagen de varias focas siendo devoradas por sus amigos, Max vio caer en picado a uno de los búhos. Había recibido una pedrada, lanzada por Katherine, y por tanto un borrón rojo descendió en línea casi recta desde el cielo. Max lo contempló horrorizado, paralizado, sin querer ver despanzurrarse el pájaro en el suelo pero incapaz de apartar la vista.
Sin embargo, justo cuando el pájaro se acercaba al suelo, Max vio a Katherine colocada debajo, esperando con indiferencia su llegada. Katherine atrapó el búho como un jardinero una pelota con efecto. Sin dejar pasar un segundo y con el primer búho todavía en el brazo, Katherine lanzó otra piedra al aire y acertó a un segundo búho, que siguió la misma suerte que el primero: se precipitó hacia el suelo. Katherine siguió su trayectoria de vuelo y lo atrapó con sumo cuidado.
Con un búho bajo cada brazo, trotó hacia el lugar donde Max se había quedado paralizado, mirando.
—¡Aquí están! —anunció Katherine—. ¿A que son fantásticos?
Max no sabía qué decir. Era unas aves magníficas, de plumaje carmesí y grandes alas color caoba, pero se las veía desorientadas y perjudicadas tras haber sido derribadas por las pedradas de Katherine. Sus pupilas giraban igual que carruseles diminutos. Katherine, como si leyera la mente de Max, lo tranquilizó.
—No sienten nada. Tienen huesos y alas y todo lo demás preparado para, eh, bueno, para que no noten las pedradas que les lanzamos. —Cogió los pájaros por las garras y los colgó bocabajo—. ¿Ves? No están heridos. En realidad, les encanta.
Max no tenía claro que colgarlos bocabajo lo demostrara, pero estaba demasiado desconcertado para discutir y, además, ¿qué sabía él sobre la salud y el bienestar de los búhos marinos?
—Sentémonos a descansar un momento —dijo Katherine, dejándose caer sobre una duna alta.
Max quería regresar al fuerte para colaborar en la construcción y, en general, para supervisar las obras, pero Katherine no tenía prisa.
—Oye, Max, ¿te gusta que te lleven?
Max no tenía idea de lo que significaba la pregunta, pero bien pensado, sonaba divertido. Se había divertido cuando todos lo habían llevado a hombros durante el desfile.
—Sí —contestó.
—Sí. ¡Y a mí! ¡Nos parecemos mucho! —exclamó Katherine, recogiéndose el pelo detrás de la oreja, entusiasmada—. Pero una vez tuve un mono de carga — explicó gesticulando como si aguantara a un bebé—. Se lo conseguí a Carol para que no tuviera que ir a pie hasta el estudio. Está muy lejos y no quería que se cansara antes de llegar. Y a todo el mundo le gusta que lo lleven, ¿no?
—Sí.
—Vale, pues bien —continuó Katherine—, le di el mono y luego, cuando cargó con Carol, me reí y le dije que me sorprendía que el mono fuera tan fuerte. Pero Carol se ofendió porque pensó que estaba llamándole gordo o algo así. ¡Pero era broma! Así que me dijo: «Bueno, visto que soy tan gordo debería comerme al mono». Y ¿sabes lo que hizo? ¡Se comió al mono de carga! ¿Te lo puedes creer?
Max no se lo podía creer.
—No sé —añadió ella, moviendo la cabeza—. Carol consigue que piense que no sé hacer nada bien.
Siguieron sentados un rato, mientras Max intentaba ordenar todo lo que acababa de escuchar.
—Perdona que te cargue con mis asuntos —dijo Katherine, y luego se alegró—. Oye, pidamos un deseo.
Con un único movimiento sordo de su zarpa, arrancó una capa de duna. Max se arrodilló a su lado y observó. A escasos centímetros de la superficie, la lava fluía igual que en la cima de la colina, lanzando destellos rojos y resbalando ladera abajo por el subsuelo, muy lentamente. Un puñado de llamas saltó a la arena. Max retrocedió. Katherine se rió.
Katherine cogió un guijarro celeste y se lo entregó a Max.
—Piensa un deseo.
Max cerró los ojos con fuerza, luego asintió.
—Vale, ahora tira el guijarro dentro —dijo ella.
Max tiró el guijarro y miró cómo se sumergía rápidamente con una pequeña chispa.
Katherine cerró los ojos y pidió un deseo antes de tirar una piedra. Volvió a cubrir la zanja, reemplazando la arena que había retirado y aplastándola con el pie.
—¿Sabes qué deseo he pedido? —preguntó Katherine—. He pedido que seas siempre el rey. ¿Es lo mismo que has pedido tú?
Max asintió, pero algo le rondaba la cabeza y no conseguía olvidarlo.
—Espera —pidió el niño—. ¿Se comió el mono de carga?
—Uy, sí —confirmó Katherine asintiendo vigorosamente—. Se ha comido casi todos los regalos que le he hecho.
—¿Cómo de grande era el mono?
—Bueno, pues como un mono de carga normal —respondió ella, levantando la mano hasta la altura exacta de Max—. Y fue muy de repente.
Al ver la impresión de Max, a Katherine se le iluminó la cara.
—Vaya, menuda aguafiestas, ¿eh? No te preocupes. No era para nada mi intención. Regresemos.