Los monstruos

Dave Eggers · Capítulo 35 de 49

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Los monstruos

Capítulo 35

35

 

M ax pasó toda la noche mirando el fuego, frío y tembloroso mientras continuaba nevando. Encontró algunos troncos y los añadió a la hoguera, acercándose a toda prisa a las llamas, tratando de mantenerse caliente.

Tenía que ordenar sus ideas, tenía que poner en fila sus codornices. Empezó por la que sabía, catalogando lo que había aprendido hasta el momento. Sabía que a Douglas le gustaba que elogiaran su brazo como el mejor, pero sabía que a Carol no le gustaba escuchar esa clase de alabanzas dirigidas a otro que no fuera él y, desde luego, tampoco le gustaba que le dijeran que los robots eran lo mejor porque, presumiblemente, él se consideraba el mejor. Sabía que Katherine prefería estar a solas con Max. Sabía que a Judith, Ira y Alexander no les gustaba que los arrollasen rocas cubiertas de lava y que probablemente la posibilidad de daños graves recordaba a Ira el vacío, cuya mera idea había que evitar a todo coste.

Sabía que quería comida. Casi deliraba de hambre. Sentía la cabeza liviana y el estómago mellado. Y lo que quería, más que cualquier otra comida, era sopa. La sopa le entraría fácil, le calentaría y calmaría por dentro. Cualquier clase de sopa serviría, pero la crema de champiñones que le preparaba su madre cuando estaba enfermo sería la mejor.

Quizá, pensó, debería irse a casa. No estaba seguro ni siquiera de poder volver navegando porque el continente del que había partido parecía haber desaparecido por completo a las pocas horas de zarpar de sus costas, pero sin duda podía intentarlo. Y si no conseguía llegar hasta allí, seguro que habría otras islas, con otros animales o gentes a los que gobernar.

Pero incluso aunque consiguiera llegar a casa, estaba convencido de que su familia le habría olvidado. Llevaba varios días fuera y ya le habrían dado por muerto o perdido y, probablemente, con bastante alegría. Quizá la casa se hubiera venido abajo por culpa de todos los daños que había causado. Quizá su madre y su hermana hubieran perecido aplastadas bajo el peso de las vigas que él había debilitado con tanta agua. No, no, se convenció a sí mismo. Estaban vivas, pero contentas de haberse librado de un animal como él.

Pensó otra vez en dirigirse al destino que tenía pensado en primer lugar, al piso de su padre en la ciudad. Todavía podía hacerlo. Si navegaba sur-suroeste, terminaría por llegar. Y una vez allí, podría quedarse a vivir, y sabía lo feliz que estaría su padre de tenerlo con él.

El primer problema sería la cama. Su padre solo tenía una cama, y no era muy grande, así que Max solía dormir en el sofá-cama de la leonera, pero el colchón era delgado y todas las juntas crujían. La habitación era fría y los ruidos de la calle, altos e impredecibles. Toda la noche se sucedían estallidos diversos de la ciudad, que nunca dormía: sirenas y discusiones, carcajadas, botellas que se rompían en los contenedores y los silbidos de los camiones. Y cuando su padre tenía compañía, además se oían otros ruidos.

Se llamaba Pamela.

Era guapa de un modo llamativo, de ojazos verdes y boca grande y lustrosa. Trabajaba en un restaurante o lo tenía en propiedad o algo así y habían ido a comer allí, fue la primera vez que Max se sentaba a la mesa en un sitio así, con una vela en el centro de la mesa y el local entero en penumbra ambarina. Se aburrió tanto que quiso gritar.

Pamela había pedido para todos una sucesión de platitos pequeños, grasientos y de color barro, y Max había acabado comiendo solo un poco de pan. Su padre le había lanzando miradas suplicantes, pero Max sabía que no le gritaría por no comer, delante de Pamela, no.

Después Pamela los había llevado a un sótano lleno de botellas y por fin había despertado su interés. Max quería ser dueño del lugar. No por las botellas, sino por todas las estanterías de madera, los cuchitriles, los umbrales arqueados y los rincones oscuros. Era como un castillo, una mazmorra, el laberinto debajo de un antiguo reino. Pero para Pamela era solo un lugar para guardar el vino. Sacó dos botellas oscuras de la pared y volvieron arriba.

Después de la cena los tres cogieron un taxi de regreso al edificio de su padre. Pamela se había despedido de Max y de su padre frente a la entrada, pero luego había cuchicheado algo, se había reído por lo bajo y se había alejado hasta perderse a la vuelta de la esquina con una botella en cada mano.

Max se acostó pero no durmió. Se quedó tumbado despierto, pensando en el laberinto de debajo del restaurante, en lo seguro que se sentía entre aquellas paredes de piedra, de fría y negra solidez, hasta que oyó el chirrido de la puerta al abrirse y el golpe de un par de zapatos contra el suelo. Después siguió el tintineo de botellas chocando entre ellas y una retahíla de susurros. Luego unos pasos se alejaron por el pasillo y la puerta de su padre se cerró.

Max no podía ir al piso de su padre. No podía ir navegando al piso de su padre, no podía ir navegando a su casa y la probabilidad de encontrar otra isla y convertirse en su rey parecía remota. Tenía que intentar que esta funcionara. ¿Tanto podía costar dominar este lugar y contentarlos a todos todo el tiempo?

 

Max se despertó en plena noche, con los hombros temblando. Se había quedado dormido antes de alimentar debidamente el fuego y la fogata se había apagado. La nieve había cesado y era negra noche. No veía nada en ninguna dirección, solo vagas manchas grises donde se había juntado algo de nieve. Se llevó un puñado a la boca para saciar la sed pero sabía que estaba en apuros. Con la temperatura en descenso y sin nada con lo que encender un fuego, acabaría por congelarse. Si echaba a andar en cualquier dirección se lo comerían, o le picarían o caería en algún agujero interminable. No podía ir a ninguna parte.

Y al final lloró. Cuando por fin llegaron las lágrimas, se sintió bien. Sacudía el pecho y las lágrimas le calentaban la cara y le sentaba tan bien que se echó a reír. Las lágrimas siguieron cayendo, muchísimas lágrimas, una por cada frustración y miedo que había experimentado desde que se había ido de casa. «Ay, chico —pensó—, qué gusto.» Le encantaban esas cálidas lágrimas, su liberación. Le encantaba poder llorar allí, a solas, en la oscuridad, sin nadie que le viera. Podía llorar cuanto quisiera y nadie lo sabría jamás.

Lloró durante lo que le parecieron horas pero el llanto y los temblores y el sorber montones ingentes de mocos de algún modo sirvió para mantenerle caliente en las horas más frías del amanecer mientras las lágrimas y el frío y todo lo que había estado pensando se combinaban para formar en su mente algo parecido a una idea. Y la idea le dijo que cogiera un palo, y su mano empezó a mover el palo por la tierra y las cenizas y al poco había dibujado un proyecto que tenía la oportunidad de conseguir todo lo que había que hacer por él y todas las bestias de la isla: llenaría el vacío, eliminaría la cháchara, conectaría todo y todos los que habían estados desconectados y, lo mejor de todo, garantizaría que Max nunca más durmiese en la nieve, sin fuego, solo en una isla en medio del mar.