Los monstruos
Capítulo 48
48
A l despertar vio al resto de las bestias, a todas menos Carol, delante de él. Habían desamarrado su barca y la habían dejado lista para navegar. Max se levantó del regazo de Katherine y se puso de pie, todavía algo mareado.
—De modo que te marchas —dijo Douglas. Su pierna, medio devorada por la planta, estaba verde y olía a jamón. Se había atado un palo al hombro, en sustitución del brazo que le faltaba.
Max asintió.
Douglas le tendió la mano izquierda. Max la estrechó.
—Eres el mejor pensador que hemos tenido —dijo Douglas.
Max intentó sonreír.
—Lamento todo esto —dijo Ira en voz baja—. Es culpa mía.
Max le abrazó.
—No.
Judith y Max se miraron. Ella puso cara de «¡Uy, lo siento!» y luego soltó una risa nerviosa.
—Nunca sé qué decir en estas situaciones —se excusó.
Max y Katherine empujaron la barca hacia el agua con la ayuda de Douglas. Max recordó que todavía llevaba la corona, de modo que se la quitó con sumo cuidado y se la entregó al Toro.
Ahora Max notaba la cabeza más ligera, los pensamientos más claros. Miró a las bestias tratando de memorizarlas a todas y cada una. Deseaba que Carol estuviera presente, pero al mismo tiempo sabía que las despedidas rara vez resultaban tan oportunas y cuidadas como uno desearía. Se volvió hacia la barca y el mar, mirando las olas con ojos entornados para ver los retos que le presentarían.
Cuando el casco dejó la arena y flotó en aguas tranquilas, Max se subió. De pie en la popa, se giró a abrazar a Katherine. Ella se estremeció, lloró, pero cuando se separaron se la veía bien, fuerte.
Max izó la vela y asió el timón. Estaba listo. Ira y Douglas empujaron la barca los últimos metros hasta liberarla de la playa.
Cuando la marea expulsó a Max de la orilla se oyó un gran revuelo de hojas en el bosque. Todos levantaron la vista. Dos frondas enormes se separaron y por fin apareció. Era Carol. Se abrió paso entre el follaje y corrió hacia la orilla agitando los brazos.
Max miró a Carol a los ojos y en ese preciso instante la bestia se detuvo en lo alto de las dunas, con los hombros caídos. En el rostro de Carol, Max solo vio tristeza. Ya no había ira ni necesidad, solo pena y pesar.
Mientras la vela alejaba al niño, Carol y Max no apartaron la mirada de los ojos del otro. Casi en trance, la bestia empezó a caminar hacia la orilla. Descendió las dunas y cruzó la playa con pasos tambaleantes y una angustia creciente en la mirada a medida que iba aproximándose al mar. Pasó junto a las demás bestias y entró a trompicones en el océano, sin saber dónde estaba. Hasta que el agua no le llegó al pecho no comprendió que Max estaba demasiado lejos para alcanzarlo. En ese momento Carol pareció que iba a desmoronarse, a caerse a trozos en el mar.
Consciente de que era lo único que podía hacer, Max aulló.
El aullido sonó a perdón y, por lo visto, era lo único que Carol necesitaba. Estaba vencido, con los ojos anegados en lágrimas. Se detuvo, sumergido hasta el pecho en el océano, a punto de ahogarse. Entonces recuperó la compostura y devolvió el aullido.
—¡Auuuuuuuuu! ¡Auuuuuuuuuuuuuuuuuu!
Los aullidos de ambos se elevaron en el cielo y se retorcieron juntos hasta formar uno solo, y las otras bestias también se sumaron a ellos y todas sus voces juntas crearon una canción quejumbrosa y salvaje de pena y abandono, de ira y amor. Aullaron juntos hasta que Max se perdió en el mar, para siempre.