Los monstruos

Dave Eggers · Capítulo 44 de 49

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Los monstruos

Capítulo 44

44

 

M ax entró en las ruinas del fuerte con Judith, Ira, el Toro y Alexander pisándole los talones.

—Entonces, ¿qué? —dijo Alexander—. ¿El sol no ha muerto? ¿Es el mismo de antes?

—Sí, es el mismo sol —espetó Judith, lanzando una intensa mirada a Max—. ¡Solo era de noche! —Corrió hecha una furia hacia Max—. Desde luego desde que has llegado tú esto es un caos. Nos has dado un susto de muerte porque ¡le hiciste creer a Carol que el sol moriría!

Alexander, escondido detrás de Judith, añadió su propia invectiva: —Douglas ha perdido un brazo porque tú querías un fuerte. ¡Menuda idea!

—¡Lo sé! —dijo Max.

—¡Vaya, que tienes un montón de malas ideas!

—¡LO SÉ!

Judith se irguió sobre él.

—Tengo hambre. ¿Tú no, Ira?

Ira, incluso Ira, miró a Max entornando los ojos.

—Más o menos. Sí.

—No, no tienes hambre —repuso Max, manteniéndose firme—. Nadie tiene hambre.

Judith le miró como si fuera una uva que hubiera aprendido a hablar.

—¿Quién lo dice?

—Yo lo digo. Yo soy el rey.

Alexander se mofó.

—¿El rey? No eres más que un niño que finge ser un lobo que finge ser rey.

Max le fulminó con la mirada. Nunca había odiado una cara más de lo que odiaba la de Alexander.

—¡No finjo ser el rey!

Alexander puso los ojos en blanco.

—Pues entonces es que no eres un buen rey.

—¡Sí que lo soy! —gritó Max.

—¡Ni siquiera sabes quién eres!

Max embistió. Empujó a Alexander contra la pared del fuerte. Alexander se golpeó la cabeza con fuerza y cayó al suelo. Max saltó encima de él y empezó a darle puñetazos. Nunca había pegado a nadie tantas veces ni tan fuerte. Era agradable, le gustaba la sensación de los nudillos contra la cara áspera de Alexander mientras este intentaba parar los golpes con los brazos. Max pegó y pegó hasta que se le cansaron los brazos y se le pelaron los nudillos. Pegó hasta que Alexander dejó de chillar y gritar y se ovilló con fuerza, a la espera del final.

Cuando Max terminó y se incorporó, las bestias le miraban con lo que parecía un nuevo respeto.

—Me ha gustado —dijo Judith, y estalló en un gorgojeo de risas.

—Y a mí —dijo Ira.

Max estaba aturdido. No podía mirar a las bestias. No quería estar cerca de ellas ni de nadie. Necesitaba alejarse un tiempo. Si hubiese podido abandonar su propio pellejo, lo habría hecho.

Salió del fuerte y vagó en dirección al sol, que se cernía bajo por encima del agua como una madre vigilando a sus hijos.