Los monstruos
Capítulo 46
46
M ax necesitaba ver a Carol. Solo se le ocurría un sitio donde podía estar, ahora que el sol viviría un día más.
Max cruzó la isla corriendo por entre los bosques y los campos de lava y las grandes rocas de la playa. Distinguía el gran estudio de Carol en lo alto de los acantilados, pero no había rocas que le ayudaran a trepar hasta allí. Max y Carol las habían lanzado todas al mar.
Max regresó al campo de lava y se aproximó al estudio desde arriba. Era una ruta más difícil que la de las rocas y se sentía fatal por haber complicado el acceso. Cuando viera a Carol se disculparía, por eso y por otras muchas cosas.
Al entrar en el estudio, Carol no estaba. Pero había estado allí hacía poco. Habían arrasado la miniciudad. Quedaban restos desperdigados, vidrios y metales por todos lados, como si Carol la hubiera destrozado en un ataque de ira. Los peces yacían en el suelo, un par de ellos todavía respiraban, lentamente, y entonces Max comprendió que Carol había llevado a la práctica su idea y había construido una ciudad subacuática, con su línea de trenes submarinos. Ver todo el trabajo de Carol aplastado y machacado le daba arcadas.
Sabía que tenía que dar con Carol. Dio media vuelta y regresó corriendo por el campo de lava y el bosque en dirección al fuerte. Pero al acercarse vio una oscura espiral de humo elevándose desde el solar. Aceleró y, cuando llegó al borde de la cantera desde donde había supervisado el avance de las obras con Carol, vio que el fuerte estaba ardiendo, estaba envuelto en llamas, todo naranja y tembloroso. No tenía ninguna posibilidad de sobrevivir. En lo alto, los búhos volaban en círculo y graznaban con fuerza.
—¿Es lo que querías?
Era Carol. Se había plantado frente a Max. Su rostro era un nubarrón de ira, su pelo se teñía del naranja del incendio que tenía detrás.
Max retrocedió.
—No. Yo no quería eso. ¿Qué ha ocurrido?
Carol se encogió los hombros con gesto teatral.
—¿Quién sabe? Puede que yo lo sepa, pero tal vez no te lo diga. Igual que tú no me has dicho que pensabas irte de la isla. ¿Te vas de verdad?
Max asintió.
Carol suavizó la expresión.
—No te vayas —pidió en voz queda.
—Tengo que irme.
Carol se giró rápidamente, como sofocando el impulso de embestir a Max. Volvió a girarse hacia él, esforzándose por aparentar jovialidad.
—De acuerdo. Pero ¿te acercarías un momento y volverías a meter la cabeza en mi boca?
Max siguió retrocediendo.
—No, Carol. Ahora no me apetece. —Se había propuesto poner mayor distancia entre Carol y él.
Carol respiraba profundamente por la nariz. Retorcía el rostro, congestionándolo. Dejó escapar un gruñido desde muy hondo. Recobró la compostura y dijo sin alterarse: —Eres un fracaso de rey, Max.
Carol se acercó al niño, mostrándole los dientes.
—Mira el fuerte: ¡arruinado, incendiado! ¿Eso querías? ¡Mira lo que has hecho!
Max se mantuvo firme.
—Yo no he incendiado el fuerte.
—¿Qué? ¿Crees que ha sido culpa mía? ¿Es culpa mía que seas tan hiriente? — Carol tenía mirada de loco—. ¿Es culpa mía que este sitio esté destrozado?
Max no dijo nada. Retrocedió unos pasos. Carol respondió a cada paso atrás del niño dando uno adelante.
—¡Contéstame! —chilló la bestia.
—Culpa mía no es —repuso Max, y se estremeció.
—¿Qué? ¿Es culpa mía que pegaras a Alexander? ¿Es culpa mía que te marches? ¿Que no te sientas a salvo en la isla? ¿Tan malo soy? ¿Tan terrible? ¿Es culpa mía que tu reinado sea un fracaso?
Max planeó la huida. Miró a izquierda y derecha.
—¿Es culpa mía que tenga que comerte? —rugió Carol, alzando los brazos. Sus garras destellaron a la luz de las llamas.
Max dio media vuelta.
Carol le embistió. Max cayó de cuatro patas. Carol erró la embestida. Max salió rodando del sendero y echó a correr por el bosque. Cruzó como el rayo un claro pequeño y bajo en la densa espesura, demasiado pequeño para Carol, y así le sacó cierta ventaja. Max corrió por los bosques serpenteantes, con los rugidos y las zancadas de Carol pisándole los talones. Mientras corría tenía que ir saltando troncos y rocas y agachándose debajo de las ramas bajas al tiempo que oía a Carol, justo detrás de él, abriéndose paso como una apisonadora. Max oía su respiración, áspera y salvaje. Estaba ganándole terreno.
—¡Ven aquí! —dijo una voz que no era de Carol.
Era Katherine, de pie en el hueco de un árbol. Agarró a Max del brazo y lo sacó del sendero de un tirón. Se lo cargó a la espalda y correteó árbol arriba.
Carol pasó de largo corriendo y rugiendo enfurecidamente. No quedaba nada del Carol de antes. Ahora era todo rabia, acaloramiento y gruñidos, con los ojos apagados y asesinos de un tiburón.
Katherine llegó a la copa del árbol en unos segundos y Max miró alrededor, a las montañas y las playas de la isla. Se sintió a salvo momentáneamente, pero luego el árbol empezó a moverse. Carol estaba trepando por él, los perseguía.
—¡Entra! —susurró Katherine.
—¿Qué?
Katherine tenía la boca abierta e intentaba empujar dentro a Max.
—¡Entra!
—No quiero…
Las sacudidas del árbol se volvían más violentas a medida que Carol se acercaba. Max no tenía opción. Metió los brazos en la boca de Katherine de modo no muy distinto a como había hecho al ayudar a Carol la primera noche. De inmediato Katherine empujó a Max hacia dentro y se lo tragó. Max chilló y desapareció dentro del blando estómago de Katherine.
Igual que si lo hubieran tirado en una bolsa de tela llena de comida mojada. La textura del estómago era mohosa y carnosa, una mezcla entre comida podrida y ácido estomacal. Estaba oscuro y el ambiente era sofocante, solo entraba una fugaz pizca de aire o luz cuando Katherine abría la boca.
Carol atronó muy cerca y enseguida subió a la plataforma y se cernió sobre Katherine. Max la notó echarse hacia atrás e intentar mantener el equilibrio.
—¿Dónde está? —rugió Carol.
Max intentó respirar lo más bajito posible.
—¿Dónde está quién? —preguntó Katherine.
—No empeores las cosas —bramó Carol, todavía más fuerte—. ¿Dónde está, Katherine?
—¡No lo sé! —gritó ella, desafiante.
—¿Quieres que te coma a ti también?
—¡Adelante!
Carol la empujó con una brutal sacudida de la plataforma y Max notó que había saltado fuera. Pero justo cuando el niño empezaba a sentirse aliviado, llegó una explosión de gritos y movimientos. Carol había regresado y la plataforma crujía y chirriaba bajo tanta presión.
—¡Dámelo! —chilló Carol.
—¡No está aquí! —dijo Katherine, apretando los dientes.
—Un momento —susurró él—. Le huelo.
Max oía a Carol justo del otro lado de la fina pared de piel y pelos que los separaba.
—¡Te huele el aliento a él!
La enorme zarpaza de Carol se sumergió en el estómago de Katherine tratando de atrapar a Max. Max la esquivaba de un lado a otro de la barriga de Katherine. Entonces el niño notó algo tenso y ascendente y, de pronto, con un enorme gruñido de dolor, la mano de Carol desapareció. Por lo visto Katherine le había golpeado con todas sus fuerzas y Carol se había caído de la copa del árbol, desde una altura que fácilmente alcanzaría los sesenta metros. Max oyó el crujir de ramas que acompañó el descenso de Carol, que intentaba frenar la caída. Por último se oyó un golpetazo y un gruñido grave.
—Espera —le dijo Katherine a Max, y el niño notó que la bestia saltaba de una plataforma a otra.
Y luego a otra. Katherine saltó alto y lejos una y otra vez hasta que Max estuvo seguro de que habían cruzado la isla para ponerse a salvo.