Los monstruos
Capítulo 32
32
S e reunieron todos en torno a Max. Carol había despertado a Douglas y este había levantado la cabeza y emitido una llamada singular y chirriante. Las bestias habían acudido a los pocos minutos desde todos los rincones de la isla. Todas, se entiende, menos Katherine. Max decidió proceder sin ella.
—Muy bien —dijo—. Tengo el plan perfecto. ¿Qué es lo que queréis todos los presentes? —preguntó, aunque la pregunta, para él, era retórica.
—No tenemos casas —dijo Douglas—. Hemos dormido al raso porque las derruiste.
Max se disponía a objetar ante semejante crítica, pero no lo hizo. Sabía que su plan eclipsaría las pequeñas preocupaciones como la de Douglas.
—Vale. Bien —dijo Max.
—Algunos tenemos hambre —se quejó Alexander.
—Vale. Claro. ¿Qué más? ¿Qué queréis?
—Queremos lo que queremos. Queremos todas las cosas que queremos —apuntó Judith, como si tal cosa.
Se apartó la boca de Ira del hombro. Ira había estado mordisqueándola de nuevo y, por lo que se veía, más que nunca. Judith tenía trozos morados y azules por todo el cuerpo, donde Ira le había roído el pelo.
Ira le susurró algo al oído. Ella asintió.
—Ah, y queremos no querer más.
Max sonrió. Verdaderamente creía que tenía la idea perfecta no solo para atender todas esas inquietudes, sino también todas las que él mismo había identificado: la necesidad de unidad, de camaradería y diversión y de un propósito. Había imaginado que la necesidad prioritaria de todos sería la diversión y suponía que sencillamente habían olvidado que la diversión era la primera y más importante de las necesidades. Cuando lo mencionara, todos se golpearían la frente con expresión de ¡Eso!
—¿Y la diversión? —preguntó Max.
Todas las bestias parecían desconcertadas.
—¿Diversión como el asunto aquel de la laguna? —preguntó Judith—. Si eso es diversión, prefiero que me coman la cabeza.
—No, no —protestó Max—. Me refiero a diversión de verdad.
—Ah. Diversión de verdad —repitió ella, asintiendo—. Espera. ¿Eso qué es?
—Pues como la diversión —contestó Max—, pero mucho mejor.
Lo pensaron todos un momento, preguntándose si la diversión sería la solución. Nadie dijo nada. Todos esperaban a que los otros plantearan las preguntas evidentes. Siguió un largo silencio, que se rompió cuando Ira carraspeó y habló bajito mirándose la punta de los pies.
—No entiendo eso de la diversión —dijo.
Judith exhaló un sonoro suspiro.
—Gracias a Dios que alguien lo dice. Yo estaba pensando lo mismo. ¿Qué tiene que ver querer con diversión y qué tiene todo esto que ver con el vacío? ¿Verdad, Ira?
Ira se encogió de hombros. En su vida había estado tan desconcertado.
Carol los mandó callar.
—Diversión suena bien. Solo necesitamos algunas aclaraciones. Dinos lo que hacer, Max.
Entonces Max se animó. El plan al completo se le había ocurrido en la pradera multicolor y ahora le tocaba hacer algo que se le daba bien: explicar el juego y esbozar las reglas. Estaba tan convencido de que su idea los uniría a todos y los llevaría a un estado de dicha casi permanente que dudaba si soltarlo todo de sopetón. Decidió ir aumentando el dramatismo.
—¿Estáis listos para escuchar el plan?
Todos asintieron y mandaron silencio.
—¿Seguro?
Asintieron otra vez. Estaban seguros.
—Vamos a organizar… —dijo Max, subiendo y bajando las cejas con aire de conspiración— … una guerra.
—¿Una guerra? ¿Como una pelea? —preguntó Ira.
Max asintió.
—Sí, elegiremos bando y luego lucharemos.
Douglas ladeó la cabeza y bizqueó.
—¿Y entonces todo el mundo se sentirá mejor? —quiso saber, como si se limitara a confirmar la lógica evidente del asunto.
—Sí —respondió Max—. Más o menos.
—¿Y no tendremos hambre? —preguntó Alexander.
Max no sabía con exactitud si una guerra reduciría el apetito de Alexander. Pero por otro lado, pensó Max, si Alexander estaba pasándolo en grande en plena guerra, ¿cómo iba a pensar en comida?
—No tendrás nada de hambre —contestó, con confianza.
—¿Y el vacío? —preguntó Ira.
—Es lo contrario al vacío —explicó Max, aunque todavía no sabía a qué se refería Ira con el vacío.
Pero si el vacío era la ausencia de algo, de todo, entonces Max podía asegurarle que la batalla era cualquier cosa menos eso. Un vacío era pequeño y una guerra, grande. Un vacío era silencio, y una guerra era ruidosa, lo abarcaba todo, estaba llena de cosas asombrosas que ver y en las que pensar. Si había una guerra, ¿cómo iban a pensar en el vacío? Imposible.
Ahora Ira y Judith y Douglas y Alexander estaban todos muy interesados. Opinaban que una guerra parecía muy buena idea. Detrás de ellos, el Toro fulminaba a Max con la más intensa de las miradas. Si Max interpretaba bien esa mirada, tendría que deducir que, de todas las bestias, el Toro era la que menos apoyaba el plan. Pero como no habló —no había dicho nada desde que Max había llegado a la isla— el Toro no tuvo ni voz ni voto en la cuestión.
—De acuerdo —dijo Max—. ¿Quién quiere ser Los Malos?
Nadie levantó la mano.
Max señaló a Judith.
—Tú podrías ser un Malo. —Después señaló a Alexander—. Y tú. Tú eres uno de Los Malos. —Alexander hundió los hombros de golpe. Max casi se echa a reír. ¿Cómo podía esperar Alexander ser uno de Los Buenos? Ridículo—. Y ahora… — dijo, creyéndose muy gracioso— podéis elegir uno vosotros.
—Vale —contestó Judith—. Te elegimos a ti.
Lo pillaron desprevenido, pero solo momentáneamente. La idea era tan descabellada que se rió.
—No, yo soy El Bueno. Soy el rey. No puedo ser un Malo. Yo elegiré. —Señaló a Ira—. Tú también eres Malo. Y… hum… deberíais tener uno más…
Max miró al Toro, que contestó con una mirada amenazadora. Max miró a Los Malos y señaló al Toro con el pulgar: —Y él está… Va con vosotros.
En ese instante, Katherine emergió del bosque.
Judith se mofó:
—¡Mirad quién ha llegado con su aura de misterio y distancia! Ha venido a honrarnos con su presencia.
—No te preocupes, Judith —dijo Katherine, sin perder el paso—. Nadie te está honrando.
—Katherine, tú estás en nuestro equipo —anunció Max.
Katherine sonrió. Se acercó a Max como si jamás hubiese imaginado ninguna otra posibilidad.
—Te he traído esto —dijo Katherine, regalándole a Max una maraña de algas—. Un regalo de mí y del mar.
—Eh, vale, gracias…
—¿Para qué formamos equipos? —preguntó Katherine.
—Para una guerra —contestó Max, sonriendo—. Va a ser increíble. Nosotros somos Los Buenos.
—¿Quién más va con nosotros?
Max le explicó que el equipo eran ellos dos más Carol y Douglas. Con lo cual, la sonrisa de Katherine se evaporó.
—Oh —musitó.
Para entonces, Carol, Katherine, Douglas y Max esperaban de pie a un lado mientras que Judith, Alexander, Ira y el Toro estaban en otro. Max se dispuso a explicar las reglas. Se sentía en su elemento, inspirado por la batalla que se avecinaba.
—Vale. Esto será la munición —dijo, recogiendo un terrón de tierra—. Estamos intentando matar a Los Malos y por tanto tenéis que buscar los trozos más grandes, los que no se desmenu…
Y con un zurriagazo, lo vio todo gris. Le habían golpeado en la cabeza con un terrón de tierra del tamaño de una calabaza. Se volvió y vio que Alexander —el que lo había lanzado— se disponía a coger más munición.
—¿He ido demasiado rápido? —preguntó Alexander—. ¿No era la clase de guerra que tenías pensada?