Los monstruos
Capítulo 26
26
U na vez más, Max rebuscó en la oscuridad aterciopelada de su cerebro y encontró algo. ¿Una gema? No estaba seguro.
—¿Qué os parece un desfile?
Solo le respondieron miradas de incomprensión. Nadie sabía lo que era un desfile. Pero a Max le encantaban, había ido a desfiles todos los años desde su nacimiento, todos los años menos el pasado, cuando tuvo que quedarse en el piso de su padre sin hacer nada en todo el día mas que añorar el desfile en el que debería estar participando.
Le habían invitado a desfilar en el capó de uno de los minicoches, del tamaño de un kayak, conducido por los rotarios. Había practicado con el señor Leland, un anciano de cara ovalada que lucía siempre un fez, no solo durante los desfiles. Algunos le llamaban Fez y cada vez que le llamaban así él fingía no entender el origen de su apodo. Luego, tras meditarlo durante unos momentos, decía: «¡Ah, por el sombrero!». Siempre conseguía poner en su sitio a los que le aplicaban el apodo. Opinaba que la gente que pone motes son las personas menos creativas del mundo.
En cualquier caso, el desfile coincidió con uno de los días que Max debía pasar con su padre en la ciudad. Desde que se había marchado, su padre intentaba evitar las situaciones que pudieran dar pie a encontrarse con alguna de los cientos de amistades de la madre de Max y, por tanto, el desfile quedaba descartado.
—Un des… ¿Qué es eso? —preguntó Ira.
—¿Un desfile?
Max explicó que, en primer lugar, un desfile era uno de los grandes inventos de la humanidad. En segundo lugar, dijo, era el mejor modo de mostrarles a los ciudadanos de cualquier civilización que tenían nuevo rey. Max guiaría a todos sus nuevos súbditos por la isla pisando fuertísimo mientras cantaban un sinfín de canciones y, a ser posible, en beneficio de los miles de animales menores que habitaban la isla.
—Vaya, suena estupendamente —dijo Douglas.
Así que formaron una fila con Max, cetro en mano, a la cabeza. Se decidió que desfilarían por el bosque, después bordearían el barranco, cruzarían la pradera multicolor —donde, según le contaron a Max, moraban los minitornados, que ya vería a su debido tiempo— y por último acabarían en la laguna, donde, supuso Max, se darían un chapuzón para recuperarse del ejercicio del desfile. Los desfiles de su hogar acostumbraban a concluir en la piscina municipal y Max había terminado por asociar el final del desfile con una batalla campal en la piscina principal, saltos desde el trampolín más alto y jugar a Marco Polo hasta bien entrada la noche.
—¿Todos listos? —preguntó.
Carol iba justo detrás de Max, seguido por Douglas. Judith era la siguiente y después se sucedían Ira, Alexander y el To r o.
—¿Dónde está Katherine? —preguntó Max.
—No podemos esperarla —contestó rápidamente Carol.
—De todos modos no querría participar en algo así —apuntó Douglas—. No es muy sociable, Rey.
Todos asintieron.
—Perdería aura —explicó Judith, revistiendo la palabra «aura» de un sarcasmo exagerado.
A Max no le gustaba desfilar sin el séquito al completo, pero un desfile así, listo para marchar, no podía esperar. Max alzó el cetro, se enderezó la corona y respiró hondo.
—¡En marcha! —gritó.
Max marchó con el estilo más marcial y propio de un desfile que pudo, levantando mucho las rodillas y proyectando el cetro por encima de su cabeza a cada paso.
El resto de la comitiva siguió su ejemplo y, alentados por Max, improvisaron lo que les pareció más adecuado. Carol empezó a desfilar con los dos brazos por encima de la cabeza como un demonio necrófago. Douglas marchó arrastrando los pies de un lado a otro, un caminar que se antojaba mucho más difícil y cansado de lo necesario, pero que en opinión de Max le añadía gracia al desfile. Ira y Judith avanzaban con un estilo más o menos tradicional, la vista al frente y zancadas altas, aunque Ira, con su falta de equilibrio, tenía problemas para mantener la línea recta. Max no veía muy bien al Toro ni a Alexander, pero confiaba en que supieran lo que se hacían y fueran motivo de orgullo para el desfile.
Después de desfilar durante una hora más o menos por el bosque ralo, en gran parte calcinado y aplastado por la juerga de la noche anterior, Max empezó a lamentar la ausencia más destacada del desfile: los espectadores.
Justo cuando se preguntaba cómo podría solucionar el problema, vio lo que parecían varios cientos de aquellos gatitos minúsculos que había descubierto la noche previa mientras recorría el bosque. Ahora asomaban junto al camino, sentados o de pie sobre los árboles caídos. Todos contemplaban el desfile como si fuera la primera manifestación de tales características que presenciaban. Y probablemente lo fuera, pensó Max.
Cuando el resto de la comitiva se percató de que los observaban los gatos, marchó con más ímpetu, con zancadas más altas y pasos más vigorosos. Y ese esfuerzo extra atrajo a más espectadores. De repente había miles de ojos a lo largo del camino, la mayoría pertenecientes a gatos, pero también a finos zarcillos de lo que parecían helechos. Max se fijó mejor y dedujo que se trataba de anémonas terrestres con cientos de ojos, cada uno de ellos situado al final de un tallo largo y ondulante. Max no sabía decir si eran capaces de pensar, mucho menos de comprender la grandeza del desfile, pero no importaba. Mientras seguía marchado únicamente les veía los globos oculares, embelesados, sin pestañear.
De acuerdo con los cálculos de Douglas estaban a medio camino de la laguna y Max empezaba a cansarse. Tuvo una idea que parecía solucionar el problema del cansancio al tiempo que respetaba los parámetros de todo desfile.
Trepó por la pierna y los hombros de Douglas y montó un rato, señalando el camino con el cetro. Pero a los pocos minutos empezó a aburrirse, así que decidió saltar, como un mono araña, de un par de hombros al siguiente. Era bastante más complicado de lo que daban a entender los monos araña, pero cada vez que Max resbalaba, una zarpa enorme lo devolvía a su pedestal. Max confiaba en mejorar sus saltos en el futuro pero, en cualquier caso, en adelante viajaría siempre así. Era más rápido que ir a pie y le gustaban mucho más las vistas que tenía desde arriba.
Mientras iba sentado en la cabeza del Toro y el resto de la comitiva seguía marchando, barajó mentalmente todas las posibilidades —todas las cosas que podía y debía hacer con siete compañeros de juego gigantes— y la primera opción, la más obvia, apuntaba a que debían fabricar una embarcación. Saltó a los hombros de Ira y se puso a hablar a medio pensamiento:
—Sí, será un barco vampiro. El barco vampiro más grande y más veloz que jamás haya existido. Y necesitaremos montones de árboles. Necesitaremos… hum… veinte… ¡No, más! Vamos a necesitar cien de los troncos más grandes de la isla. Ira, tú te encargas de los árboles.
—Vale.
—Y mucha cuerda. Y algunas velas. —Saltó a Douglas—. Tú tienes que conseguir las velas, Douglas. ¡Las mejores del mundo!
—Sí, Rey Max —replicó Douglas, y se apuntó algo en el brazo con la zarpa.
—Yo seré el capitán y Judith, tú estarás a cargo de la velocidad. Tienes que asegurarte de que tenemos buen viento. —Judith parecía encantada con el encargo—. Ira, tú puedes ir al timón. ¿Cómo se llama la persona que gobierna el barco?
—¿Capitán? —sugirió, dubitativo, Ira.
—Vale, pues entonces yo gobernaré el barco. El capitán soy yo.
—¿Y yo me ocupo del viento? —preguntó Judith. Sus ojos parecían ver ya su nueva y vital función.
Max asintió.
—Viento y tiempo, sí. Y velocidad.
—¿Y yo? —preguntó Alexander.
—Tú puedes ser el vigía.
—No, no quiero —repuso Alexander—. O tal vez quisiera si el barco fuera distinto y yo fuera el capitán y no tú.
Max no supo cómo contestar a Alexander. Decidió que en adelante intentaría evitarlo.
—Pst. ¡Oye, Rey!
Max se giró y vio a Katherine escondida en el hueco de un árbol inmenso. Ella le indicó por gestos que se acercara. Aliviado por poder alejarse de la cabra, Max saltó de los hombros de Douglas y se acercó a Katherine.
—Tengo que hablar contigo —dijo ella.
—¿De veras? ¿De qué?
Max no quería abandonar el desfile, así que intentó hacerla hablar mientras seguían avanzando con el grupo.
Pero Katherine no quería.
—Necesitamos un poco de privacidad —explicó Katherine, apartándolo del camino.
Max creía que no debía abandonar su propio desfile, pero Katherine le intrigaba demasiado. Por un ratito, no le echarían de menos.
—Agárrate aquí —le dijo ella, señalándose el pelaje de la nuca—. Fuerte.