Los monstruos
Capítulo 7
7
E stás listo? —preguntó su madre. Max no quería que lo llevaran en coche al colegio, pero no tenía otra opción. Su escuela había suprimido el servicio de autocar. Para empezar, solo había un puñado de niños cuyos padres les permitieran utilizarlo, así que el año anterior se habían librado de él. Nadie se quejó, nadie lo echó de menos.
Ya no podía ir en bicicleta al colegio. Después de pasarse un mes haciéndolo, uno de los padres, el señor Neimenov, se había quejado. Primero a la madre de Max, luego al padre de Max y por último al director. Consideraba que los trayectos en solitario de Max atraían a posibles secuestradores de niños y pederastas. «Igual que una licorería atrae a los borrachos —había escrito el señor Neimenov en una nota a la madre de Max—, un niño de ocho años montando solo en bici atrae a toda clase de tipos desagradables…»
Como los padres de Max no le respondieron, el señor Neimenov sacó la cuestión a colación en la escuela, que cedió enseguida. Ni siquiera presentaron batalla. Para empezar, en la escuela ni siquiera había un sitio para aparcar las bicis. Max era el único que iba al colegio en bicicleta.
Lo bueno de los jueves era que ese día tocaba gimnasia. De hecho, los jueves eran el único día que tocaba gimnasia. Y dados los recortes presupuestarios y las nuevas prioridades y sesiones de control quincenales, solo tocaban doce días de gimnasia al año. De modo que Max sabía saborear cada uno de ellos. Corrió hacia la pista —la escuela había pavimentado el césped para ahorrar dinero para comprar más formularios Scantron— y se puso en fila.
—Vale, chicos —dijo el señor Ichythis a la clase—, como sabéis, solo tenemos un día para cada deporte, de modo que hoy es nuestro día dedicado al fútbol. Usaremos esta pelota —anunció levantando una pelota de voleibol—, y el objetivo es mandarla de una patada a esa red. —Señaló una de las porterías y luego, de pronto, pareció caer en la cuenta de algo—. O a aquella —añadió señalando con la cabeza hacia la portería opuesta—. A cualquiera, supongo.
Dicho lo cual, sopló el silbato y lanzó la pelota al aire. Los niños se dispersaron de inmediato. La mitad corrió hacia la pelota y la otra mitad hacia las líneas de banda.
Según había descubierto Max solo había un puñado de chicos con la preparación emocional necesaria para los deportes de equipo. E incluso algunos de los que tenían apariencia atlética tendían a echarse a llorar. Siempre que había una pelota y una red —en fútbol, baloncesto, tenis— sobrevenían los llantos. Hasta en su liga de fútbol de fin de semana, en todos los entrenamientos y en todos los partidos, lloraba algún niño. Lloraban cuando los tocaban, lloraban cuando perdían la pelota, lloraban cuando el otro equipo marcaba. Lloraban cuando se enfrentaban a cualquier posible duda o decepción. Lloraban por defecto, lloraban cuando no sabían qué más hacer.
Pero Max sabía lo que hacer. Estaba en el campo de fútbol para patear, perseguir, reconocer, correr, driblar y marcar a placer. Cuando jugaba sentía un orden y un dominio de sí mismo sin parangón en otros momentos de la vida. Sabía adónde iba la pelota; sabía dónde se encontraban los otros jugadores y adónde era probable que fueran; sabía lo que había que hacer en todo momento.
También intuía lo que había que detener y cuándo. En ese preciso momento Dan Cooper se dirigía hacia la banda driblando la pelota hacia el gol. Dependería de Max poner fin a la situación, así que se convirtió en un torpedo y aplicó las coordenadas de Dan. Max se le echó encima enseguida y, cuando lo tuvo a tiro y Dan se disponía a marcar con la portería vacía —el portero estaba escondido detrás del poste—, Max le entró deslizándose con gran ferocidad y extraordinaria puntería.
Max avanzaba ya en sentido contrario, recorriendo el campo a toda velocidad con la pelota y rezando para que Dan no llorara, cuando el silbato le detuvo.
—Falta —anunció el señor Ichythis.
La entrada había sido legal pero los niños de las bandas lanzaban a Max miradas de desaprobación.
—Salvaje —susurró una niña.
Efectivamente, Dan estaba llorando, en silencio, profundamente, como lamentándose de toda la tristeza e injusticia del mundo.
—¿Qué clase de falta? —preguntó Max.
—De la clase penalti —respondió el señor Ichythis.
—¿Por qué?
—Por hacer caer a Dan. Tú ve al área de castigo y dame un respiro, ¿quieres?
En ese deporte no existía el área de castigo, pero a Max no le apetecía explicárselo. Max abandonó el campo entre un coro de sentenciosos ceños fruncidos de los niños y niñas que no participaban en el partido y entró en el colegio. De todos modos casi era hora de almorzar.
En clase de ciencias, el señor Wisner acababa de comentar la triste situación de Plutón, el menor y más remoto de los planetas, que durante largo tiempo había languidecido en la periferia del universo y al que ya no se consideraba un planeta. Ahora era solo una roca en el espacio.
Max estaba mirando fijamente la maqueta del universo que colgaba del techo cuando el señor Wisner dijo algo que le llamó la atención.
—Por supuesto —estaba diciendo el profesor—, el sol es el centro de todo nuestro sistema solar. Es la razón de que todos los planetas estén aquí. Crea el día y la noche y el calor de su luz hace habitable nuestro planeta. Claro que el sol no siempre estará aquí para calentarnos. Como todas las cosas, el sol morirá. Cuando lo haga, primero se expandirá y envolverá a todos los planetas, incluida la Tierra, a la que consumirá rápidamente…
A Max no le gustó cómo sonaba todo eso. Miró a su alrededor. Ninguno de los demás estudiantes parecía prestar demasiada atención.
El señor Wisner continuó:
—Al fin y al cabo el sol es solo combustible que arde con gran virulencia y, cuando a nuestra estrella particular (una estrella dolorosamente vulgar, diría yo) se le acabe el combustible, el sistema solar se quedará a oscuras para siempre…
Max notó cómo se le revolvía el estómago. Algo en las palabras «a oscuras para siempre» no le había sentado bien. Aquella era de lejos la peor lección que Max había escuchado en la escuela y todavía quedaban quince minutos de clase. El señor Wisner se giró y desplegó un mapa del mundo.
—Pero antes de eso, es probable que la especie humana sucumba a alguna de diversas calamidades, provocadas o no por la humanidad, como guerras, cambios climáticos radicales, meteoritos, inundaciones y terremotos espectaculares, supervirus…
Se giró de nuevo hacia los estudiantes, con una mirada casi de alegría.
—Qué bajón, ¿eh? Miradlo por el lado bueno: para entonces vosotros y la gente que conocéis ¡llevaréis muertos una eternidad! Cuando el sol se extinga y el tejido del espacio al derrumbarse devore el mundo como si fuera una uva hará mucho tiempo que caímos en el olvido del infinito continuo temporal. Al fin y al cabo, la especie humana no deja de ser un breve suspiro en el largo sueño de este mundo y todos los mundos que están por venir. Bueno, se acabó por hoy. Que paséis un buen fin de semana.