Los monstruos
Capítulo 37
37
C arol reunió a todo el mundo y juntos encontraron una zona de arena lisa para que Max dibujara sus planos. Con el palo trazó los esbozos en los que había trabajado toda la noche. Cuando terminó, eran tal como los había imaginado y pensó que, aunque algo toscos, transmitían la grandilocuencia necesaria para convencer a cualquiera.
—¿Qué es eso? —preguntó Judith. Ira estaba tumbado debajo de ella, mordisqueándole el tobillo y babeando profusamente.
—Es un fuerte —dijo Max.
—¿Qué es un fuerte? ¿Y por qué un fuerte es mejor que, pongamos, que me coma tu cabeza?
—Es mucho mejor —respondió Max—. Será el mejor fuerte de todos los tiempos. Será en parte castillo, en parte montaña, en parte barco… —Echó una mirada a Carol y se corrigió—. Pero no navegará, porque no se mueve. Está fijo.
»Sí. Será tan alto como seis de vosotros y una docena como yo. Lo bastante grande para que quepamos todos dentro. Podremos dormir amontonados como la primera noche.
Carol y Douglas asintieron respetuosamente.
Para entonces Ira tenía dentro de la boca toda la parte inferior de la pierna de Judith, pero se la sacó lo justo para contestar: —Hum.
—Nos hará sentir bien —añadió Max, por Judith—. Todo el tiempo.
—¿El qué? —preguntó Judith.
—El fuerte.
—No es verdad. ¿Por qué un fuerte para ti iba a hacernos felices a nosotros? ¿Qué pasa con comer? A mí me hace feliz.
—Chsss… Judith. Escucha —dijo Douglas.
—No es solo mi fuerte —explicó Max—. Lo construiremos juntos. Será de todos, como un único equipo.
Judith casi pareció impresionada.
—Oh. Un fuerte de esos.
—Sí, y dentro tendrá todo lo que pudiésemos desear. Tendremos nuestra propia agencia de detectives y nuestro propio idioma. Alexander, ¿quieres encargarte tú de inventar un idioma nuevo?
—No.
—Vale, ya me ocuparé yo del idioma —dijo Max, siguiendo adelante—. Y fuera quiero que haya montones de escaleras de mano. Y vidrieras de colores. Y un árbol falso, que no será un árbol, sino un túnel que conducirá al interior a través de un compartimento…
Max dibujó el árbol fuera del fuerte, pero el dedo del pie del Toro estaba justo en el trozo de playa donde iba el árbol. Max dibujó medio árbol y se topó con el dedo del Toro. Miró arriba, al Toro, pero estaba claro que este no pensaba moverse. De modo que Max dibujó alrededor del enorme dedo de manera que la copa redonda del árbol se convirtió en una media luna. La media luna le recordó algo. El fuerte necesitaba túneles. Montones de túneles.
—Ira, ¿te encargarás tú de los túneles? —preguntó Max—. Son como agujeros, tú sabes hacer agujeros, ¿no?
—Sí, hago agujeros.
—Vale, pues estos túneles tienen que ser los agujeros más largos que se conocen. Y ya que estarás allí abajo excavando, de paso podrías hacer también el sótano, el más grande de todos los tiempos, donde guardaremos un millón de juegos para cuando llueva.
Todas las bestias asintieron, escuchando con atención, como si miraran una serie de instrucciones razonables y muy específicas. Douglas iba tomando notas en el brazo.
—Tendremos una gran torre para los búhos —continuó Max—. Necesitamos muchos búhos porque tienen buena vista y no se asustan fácilmente. Y los amaestraremos y los guiaremos con control remoto. Nos advertirán de la presencia de invasores.
—Conozco a algunos búhos —dijo Katherine.
Todo el mundo miró y descubrió que Katherine llevaba rato con ellos.
—Bien, bien —dijo Max.
—¿Son búhos majos o distantes y sentenciosos? —quiso saber Carol, mirando con recelo a Katherine.
—No son distantes ni sentenciosos —contestó ella, en voz baja pero firme—. Son buenos búhos. Se preocupan. Solo que no saben cómo expresarlo.
Carol se ablandó.
—Vale. Necesitaremos algunos búhos buenos.
Y una especie de corriente eléctrica parecía recorrer el grupo mientras todos, desde Max a Douglas pasando por Ira y Judith, reconocían que acababan de presenciar el acuerdo silencioso, no firmado pero igual de importante, de una tregua entre Carol y Katherine.
—Será en contra de todos los demás —prosiguió Max, con vigor extra—. No podrá entrar nadie que no queramos.
—Y la cháchara quedará fuera, ¿verdad, Max? —preguntó Carol, casi de forma retórica.
—Por supuesto. ¿Cómo iba a colarse en un sitio así? —respondió Max, señalando las increíbles fuerza y dimensiones del fuerte tal como lo había dibujado con el palo en la arena.
Judith caminó alrededor del dibujo, todavía algo escéptica.
—Bueno, ¿qué te parece? —le preguntó Max.
—La verdad, no creo que una cosa así vaya a funcionar. Pero si funcionase… — dijo Judith elevando la voz a un tono casi esperanzado—. No sé —continuó, sentándose de nuevo—. Yo no sé nada. Pero me gusta mucho el túnel árbol.
—Lo mejor de todo —prosiguió Max mirándolos a todos— es que dormiremos todos juntos en un montón. Como la otra vez.
Este aspecto en particular de la propuesta levantó un murmullo generalizado de aprobación.
Entonces Max se volvió a Carol.
—¿Te encargarás de construirlo?
Carol no se lo esperaba.
—¿Yo? Oh. Esto. Bien. Yo… Yo solo…
Douglas intervino:
—Está claro que deberías encargarte tú, Carol. Nadie más podría.
—Sí, sí. Lo sé —dijo Carol, henchido de orgullo—. Tenéis razón…
—Katherine, ¿tú no crees que debería construirlo Carol? —preguntó Max.
—Sí —contestó ella, para sorpresa de todos—. Nadie más podría hacerlo.
—De acuerdo —aceptó por fin Carol—. Entonces lo haré.