Los monstruos
Capítulo 43
43
L a voz de Carol atronó en la oscuridad. —¡Arriba! ¡Despertad! ¡Salid! ¡Afuera todo el mundo! ¡Ya!
Todos se despertaron, desorientados, y salieron al exterior. Estaban en plena noche. Carol miraba fijamente el cielo.
—¡Mirad! —rugió—. ¿Qué vamos a hacer?
—¿Qué ocurre? —preguntó Douglas.
—¿Dónde está? ¡Debería estar ahí! —bramó Carol.
Todos los demás se contuvieron, les pareció mejor que Douglas se ocupara del asunto.
—¿A qué te refieres, Carol? —preguntó Douglas en tono comedido—. Yo… Bueno, diría que todavía es de noche.
—No, señor —repuso Carol, muy serio—. No he dormido. He pasado toda la noche en vela contando las horas. Es por la mañana, Douglas.
Ira ahogó un grito.
—Pero está oscuro —apuntó.
—Exacto —dijo Carol, señalando a Ira como si fuera el único cuerdo de todos los presentes.
Entonces Douglas miró al cielo como si comenzara a comprender lo que quería decir Carol.
—A lo mejor solo llega tarde.
—No seas burro —le riñó Carol—. ¡Nunca se retrasa! —Miró entonces a Max—. ¡Ha muerto!
Max intentó protestar.
—¡No! Eso no pasará hasta dentro de muchísimo tiempo.
Judith se encaró al niño:
—¿Qué quieres decir? ¿Cómo lo sabes?
—Le dije que…
—¿Le dijiste que el sol iba a morir? —preguntó Judit, enfurecida—. ¿Qué te dije yo acerca de andar contándole cosas que le preocupen? Y ¿por qué no nos lo contaste a los demás?
Alexander corrió hacia Judith y se escondió entre sus piernas.
—El sol no puede morir, ¿verdad?
—Pues claro que puede morirse —dijo Carol—. ¡Acaba de hacerlo!
Ira se tapó la boca con las manos.
—Ay, Dios mío. El vacío. Está aquí de verdad.
Todas las bestias clavaron la vista en el punto del cielo donde se suponía que debía estar el sol. No había nada, solo oscuridad.
Ahora Max sí que estaba preocupado. Aunque sabía de corazón que el sol no moriría en varios millones de años, no podía ser, empezaba a creer que quizá Carol estuviera en lo cierto y, efectivamente, el sol hubiera fallecido hacía unas horas. Quizá las cosas en la isla fueran diferentes.
—Tenemos que pensar en una forma nueva de vivir —dijo Carol—. Y lo primero de todo, tenemos que deshacernos de este fuerte.
—¿Qué? —preguntó Max.
Carol no le hizo caso.
—Douglas, empieza a derribarlo.
—¿Qué tiene de malo? —quiso saber Douglas.
—¡Todo! —contestó Carol y tiró una de las paredes interiores de una patada—. Este fuerte estaba pensado para que no ocurrieran estas cosas. Y ahora han ocurrido. Por tanto es un fracaso y quiero derribarlo por completo.
—Por favor —pidió Douglas—. Otra vez no. Espera…
Carol tiró otra pared.
—Que espere ¿a qué? ¿A que crezca otro sol en el cielo? Este fuerte solo sirve para recordarnos nuestros fracasos.
—Cálmate, Carol —insistió Douglas, apoyando una mano en el hombro de su compañero.
Carol se la sacó de encima.
—No intentes tranquilizarme. Es el fin del mundo ¿y quieres mantener la calma? Sabía que no podía confiar en ti.
Carol corrió contra uno de los pilares de tronco que sostenían el techo. El tronco se partió y mandó la mitad de la cubierta al suelo. Casi aplasta a Alexander, que rompió a llorar y temblar.
—Ya está otra vez —dijo Douglas.
Carol no le hizo caso y se volvió al resto de bestias.
—Tenemos que derribar el fuerte. Vamos. Ahora mismo. Aquí nadie está a salvo.
—No, contigo cerca, seguro que no —puntualizó Douglas, cerrándole el paso.
Carol le siguió, encolerizado.
—¿Qué significa eso? ¿Que soy peligroso? ¿Que doy miedo? ¡Ira, a derribar!
Douglas cambió de opinión:
—Como quieras, de todas maneras acabarás por derribarlo. ¡Quémalo todo!
—¡Cállate! —chilló Carol.
—¡Cómete a todos! —le dijo entre dientes.
—¡Pues quizá lo haga! —gritó Carol, y agarró a Douglas del brazo y lo apartó.
Pero Carol intentó algo más con éxito: le arrancó el brazo. Se lo descoyuntó y lo sostuvo en alto como si hubiera agarrado algo podrido y repugnante.
Douglas se quedó de pie mientras de su hombro manaba arena mojada. Se aplicó presión en el agujero con la otra mano, pero la arena se le escurría entre los dedos.
—Tu brazo ya no mola tanto, ¿eh, Douglas? —dijo Carol, y tiró el brazo como si no fuera nada.
Douglas se marchó sin mediar palabra y Katherine le siguió, tratando de contener la hemorragia de arena. Max se quedó de pie en el umbral del fuerte, con los ojos clavados en Carol. La bestia parecía asustada, consciente de que nunca podría reparar lo que acaba de hacer en presencia de Max. Dio media vuelta y se encaminó al bosque.
Justo entonces, la primera luz del día rasgó la oscuridad como un cuchillo que separara el cielo de la tierra. El sol, con aspecto de gominola blanca, rompió el horizonte y los pájaros empezaron a chismorrear en los árboles.