Mentiras arriesgadas
Capítulo 10
Cuando al día siguiente Marc se subió en el coche, solo gruñó un «buenos días» de forma apresurada y hosca. Como era habitual desde que lo había contratado, su chófer había llegado a primera hora de la mañana para recogerlo en la mansión familiar y llevarlo a la agencia, pero ese día no estaba de humor para charlas banales ni para que lo informara por el camino de los últimos avances de su investigación.
Todavía seguía rumiando la casi metedura de pata del día anterior. Había faltado muy poco, prácticamente un pelo, para dejarse llevar por un impulso loco, pero al mismo tiempo demasiado abrumador. Y en esa ocasión ni había sido un sueño ni estaba inducido por el alcohol.
Las irremediables ganas de besar a Adrián habían sido, muy a su pesar, demasiado reales para su bienestar mental. Y esa verdad todavía no era capaz de asumirla, golpeándole como un mazo en el estómago por todo lo que ello implicaba.
Por tanto, en ese momento se encontraba con la nariz metida en unos documentos, que patéticamente simulaba revisar, para no mirar a los ojos a su empleado y que descubriera la vergüenza reflejada en ellos, sin ser consciente en ningún momento ni del tiempo ni del camino que llevaban.
Pero ese día en concreto iba a ser una jornada distinta a las demás…, detalle por completo desconocido para él y que muy pronto iba a averiguar. Porque la decisión de Adriana de comenzar con la fase 2 de su plan la había tomado el día anterior, y ya había decidido que nada ni nadie la pararía hasta alcanzar su objetivo.
Así que, cuando advirtió que el vehículo paraba el motor, se quedó sorprendido al darse cuenta de que no se hallaban en el lugar correcto.
—¿Qué estamos haciendo aquí?
Adriana se giró en el asiento para mirar hacia atrás.
—¿Tú qué crees?
Dicho esto, salió del coche.
Marc tardó unos segundos en seguirla, pero, cuando lo hizo, continuaba igual de confuso.
—No tengo ni idea, Adrián, y, si esto es una broma, te aseguro que no tiene ni puñetera gracia.
—No molestaría a tanta gente por una simple broma.
Él apretó los dientes y se acercó a ella con evidente enfado.
—¿Qué has hecho?
Adriana retrocedió dos pasos.
—Tranquilo, sólo he pedido que me dejaran usar el circuito una hora.
—¡¿Que has hecho qué?!
Ella le plantó cara, cuadró los hombros y elevó el mentón con decisión.
—Basta ya de excusas, Marc. Es hora de que tomes las riendas de tu vida enfrentándote de una vez a tu absurdo trauma, y a un equivocado sentimiento de culpabilidad.
Él cerró los ojos mientras apretaba los dientes con fuerza, para abrirlos momentos después devolviendo una mirada cargada de ira.
—¡¿Quién cojones te crees que eres?! —siseó casi fuera de sí.
Adriana tragó saliva con esfuerzo, al mismo tiempo que su valentía sufría un pequeño revés.
—La persona que has contratado para decirte lo que no quieres oír.
—¡Tienes razón! Te contraté para que me asesoraras y me hicieras ver errores que podría cometer, pero no para que te inmiscuyeras en mis asuntos personales. Te estás tomando licencias que para nada te competen.
—Yo no lo veo así. Tus asuntos personales influyen en el plano profesional, y si nadie te ha dicho que diez meses, casi once, son más que suficientes para superar tu fobia a conducir un vehículo, ya es hora de que alguien lo haga.
Marc acercó su rostro al de ella peligrosamente.
—¡Estás despedido! —zanjó de cuajo—, pero antes llévame a Barcelona.
Ella negó con la cabeza, decidida a llegar hasta el final.
—No pienso hacerlo. Si quieres volver a Barcelona tendrás que regresar por ti mismo. —Y le enseñó las llaves del Mercedes.
Él observó primero lo que colgaba de sus dedos, y después giró la cabeza hacia el circuito de Montmeló, lugar del que guardaba recuerdos inigualables de victorias y luchas pasadas, pero también del peor error de su vida. No tenía ni idea de cómo lo había hecho, pero en esos momentos se hallaban dentro del circuito, justo en la salida del pit lane.
—¿Con quién hablaste? ¿Quién te ha dado el permiso para poder acceder al paddock?
Ella se apoyó en el Mercedes mientras metía una mano en el bolsillo del pantalón y con la otra jugueteaba con las llaves.
—Con tu antiguo team manager. Quería que subieras a uno de los coches del equipo, pero le dije que todavía era demasiado pronto para eso. Pasito a pasito, ¿no crees?
Él parpadeó, sorprendido por su osadía, y elevó la cara hacia el cielo pidiendo paciencia para no matarlo allí mismo.
—Tienes dos opciones —habló Adriana cuando él volvió a fijar los ojos en ella—: O agarras las llaves y te metes en el coche para volver de inmediato a Barcelona, o das unas vueltas por el circuito hasta acostumbrarte nuevamente a tener una máquina de tal potencia en tus manos.
Marc contó hasta cinco para intentar calmarse y no agarrarlo del cuello y apretarlo de lo lindo. Su paciencia estaba llegando al límite.
—No voy a ceder a tu chantaje, Adrián, y creo haberte dejado claro que estás despedido de forma inmediata.
Adriana se encogió de hombros, pues había contado con esa posibilidad. Sabía que, si Marc volvía a conducir, ella podría quedarse sin trabajo, pero estaba dispuesta a correr ese riesgo. Debía mantener la esperanza de que él todavía la necesitase para investigar y atrapar al hombre que lo estaba traicionando desde dentro, dándole el tiempo suficiente para descubrir al asesino de su hermana.
Comenzó a caminar hacia unos de los boxes.
—Entonces, tengo todo el día libre, ¡qué bien!
Pero fue detenida por la mano de él al sujetarla por el brazo.
—¿A dónde te crees que vas?
—A dar una vuelta —le informó mientras se deshacía de su agarre—. Ya que estoy despedido, voy a disfrutar del resto de mi día. Nunca he estado en un circuito de carreras y Chrys prometió enseñarme todo el recinto.
—¿Chrys Murphy está aquí?
Ella asintió.
—Por lo visto está casi el equipo al completo, pues están haciendo unos tests de pretemporada.
«¡Maldita sea!»
Marc, desesperado, se pasó una mano por la cara. Deseaba más que nada encontrarse de nuevo con todo su equipo, oler otra vez el aroma a gasolina y aceite de motor, y sentir la adrenalina correr por sus venas… pero no podía. Todavía no estaba preparado para enfrentarse a ellos. Era demasiado pronto, era…
—Tu antiguo jefe me dio un recado para ti —continuó ella al ver que flaqueaba—. Todos están esperando que vuelvas, Marc.
Él palideció al escuchar esas palabras.
Se dio la vuelta para darle la espalda en tanto apretaba los puños con fuerza. Lo único que deseaba era salir de allí, huir lo más lejos posible y no volver la vista atrás… pero ese pequeño desagradecido no le estaba dando tregua y se arrepintió de haberlo contratado.
La imagen de sus padres dentro de sus féretros, con sus rostros cenicientos y sin vida, le pegó en el cráneo con un ímpetu tal que tuvo que cerrar los ojos. Los fantasmas volvían una y otra vez para recordarle cuáles eran sus obligaciones actuales.
Su lucha interna era feroz y despiadada, pero su miedo más profundo a volver a defraudar reptaba como una alimaña por sus entrañas, devorándolo todo a su paso sin dejar nada atrás.
—Marc… —susurró Adriana al acercarse a él para posar la mano en su hombro.
—¡No me toques! —le advirtió entre dientes, con una rabia tan profunda e inusitada que la asustó.
Ella dio un paso atrás, sorprendida por su actitud, y decidió darle su espacio. Sabía que él estaba luchando consigo mismo y con sus miedos; necesitaba un tiempo de asimilación, de hacerse a la idea de que quizá había llegado el momento. Y por un instante dudó de si sería lo acertado pedirle que volviera a ponerse a los mandos de un coche.
Con todo, había pasado demasiado tiempo desde la tragedia, y Marc debía enfrentarse al hecho de que la muerte de sus progenitores no era culpa suya; tenía que retomar las riendas de su vida otra vez. Cuanto más tiempo transcurriese, más difícil le resultaría superar sus temores, enquistándose de manera tenaz y permanente, hasta ser imposible luchar contra ellos.
—Escúchame, sé que ahora te parece difícil lo que te estoy pidiendo… — comenzó a hablar después de un tiempo prudencial al ver que él no reaccionaba—, pero te aseguro que a la larga me lo agradecerás.
Su jefe se volvió para hincar en ella una mirada llena de resentimiento.
—No tienes ni la más puñetera idea de lo que me estás haciendo.
Adriana se enfrentó a él convencida.
—Sí que lo sé, Marc. Si hay alguien en este maldito mundo que sabe de encararse a sus miedos y temores, soy yo, te lo aseguro.
Él hizo un gesto escéptico con los ojos.
—Permíteme que lo dude.
—Puedes hacerlo si te hace sentir bien, pero yo sé mejor que nadie lo que es el miedo. Vivir tan aterrorizado que rezas por no despertar al día siguiente, o sentir cómo el temor te paraliza hasta que no puedes hacerle frente y te orinas encima. Sé lo que es convivir con él día a día durante años, que se haga tu mejor amigo, tu compañero fiel, hasta que deseas que todo acabe de una maldita vez y piensas en la muerte como un dulce alivio para tanto sufrimiento.
Marc no pudo rebatir esas palabras al ver tanta verdad en ellas y, apresado en la inmensa tristeza que reflejaban sus ojos, no fue consciente de la pregunta que salía de su boca y que rondaba en su cabeza.
—¿Qué te ocurrió para desear morir?
—Eso ahora no viene al caso —dijo, sabedora de que había desnudado parte de su alma al confesarle esos sentimientos—. Lo importante es que les hice frente, Marc. Fui más fuerte que ellos y los pude vencer. Pero no fue fácil y necesité… ayuda —confesó, sin contarle que su apoyo fundamental había sido la acuciante necesidad de salvar a su hermana pequeña de aquel infierno.
Él se pasó ambas manos por la cara y caminó de un lado a otro con manifiesto nerviosismo. De vez en cuando miraba a su empleado, y se dio cuenta de que era por completo desconocedor de la vida que había llevado ese hombre, antes y después de que entrara en la suya. Había depositado su total confianza en un completo extraño, aunque su instinto en realidad no lo sintiera así, y se juró que tomaría medidas ante ese desliz.
Pero ¿cómo demonios iba a hacerlo? ¿Cómo iba a descubrir parte del pasado de su chófer si ni tan siquiera era capaz de coger las riendas de su propia vida?
Adrián tenía razón, su temor a conducir de nuevo lo supeditaba a tener que depender de los demás. No se había percatado de lo condicionado que estaba ante algo tan simple como ir a cenar a un restaurante, ir a trabajar… o salir detrás de la mujer que lo obsesionaba para no dejarla escapar.
Recordar eso fue suficiente aliciente como para mirar hacia el Mercedes aparcado cerca de él y plantearse seriamente el seguir su consejo, pero los rostros de sus padres nuevamente lo agobiaron, inflexibles a su dolor.
—Yo… yo no… no puedo hacerlo, no-no… estoy preparado… —farfulló alejándose de allí.
—Ni tan siquiera lo has intentado —le recordó Adriana yendo tras él.
Marc se giró hacia ella, enfadado por su insistencia.
—¡No me toques las narices, ¿quieres?! —estalló al fin—. ¿Qué demonios sabrás tú? No necesito tus consejos, no te los he pedido. Seré yo quien decida cuándo estoy preparado, no tú, ¿entendido? No necesito que venga nadie a psicoanalizarme, ni que me diga lo que tengo o no tengo que hacer. Yo decidiré cuándo es el momento…
De pronto Adriana comenzó a aplaudir, logrando que, asombrado por su actitud irónica, él finalizara su sermón lleno de excusas.
—¡Bravo! ¡Precioso discurso! —declaró con sarcasmo—. Si lo que dices es cierto, mi trabajo aquí se ha terminado. Qué pena que sólo te lo creas tú.
—¿Eso piensas?
Ella levantó una ceja y esbozó una sonrisa de medio lado.
—¡Ah!, ¿es que no lo sabes? No sólo lo pienso yo, es lo que piensa todo el mundo.
—¡Mientes!
Adriana se tocó el mentón, simulando recordar.
—Humm… ¿Cuáles fueron sus palabras exactas? «A raíz del desafortunado accidente de sus padres, ese muchacho no ha levantado cabeza. Quedó muy tocado con aquella desgracia». «Tiene un trauma que lo ha marcado y por el cual abandonó su sueño de ser campeón mundial de automovilismo. Y no sólo eso, sino que ahora dirige un gran negocio por el que nunca tuvo interés, y está comprometido con una mujer por la que no siente nada».
—¡Cállate! —le espetó a punto de explotar.
—Todavía hay más —le informó sin compasión—. «La culpa que siente por la muerte de sus padres la está pagando siguiendo el legado familiar que era tan importante para don Jordi. Es como si quisiera redimirse y pagar una deuda, cumpliendo el sueño de su padre y abandonando todo por lo que él ha luchado y soñado».
Marc la agarró por las solapas de la chaqueta, zarandeándola.
—¡¡Basta!!
—¿Por qué? ¿Acaso no soportas la verdad? ¿No es cierto que te has rendido? ¿Que eres tan cobarde que no puedes enfrentarte a tus fantasmas? ¡Venga, Marc, admítelo! ¡Admite que no tienes los redaños de enfrentarte a tu padre después de muerto! ¡Admite que eres un pelele en las manos de Roser! ¡Admite que el miedo te tiene paralizado!
Él respiraba con fuerza; sus ojos inyectados en sangre demostraban lo furioso que se sentía. Adriana lo estaba llevando al límite, buscando una reacción y esperando que no fuera la equivocada.
—¿Quieres pegarme? ¡Venga! —lo retó al advertir su deseo de hacerlo—. ¿Te vas a sentir mejor? Lo dudo. Después de ello seguirás viviendo la maldita pesadilla que tú mismo te has creado.
Marc la soltó para tomarla de inmediato por el brazo y llevarla casi a rastras hacia el coche. Le cogió las llaves de la mano y sin decir nada la empujó dentro, para a continuación subirse al asiento del piloto y arrancar el motor.
Ambos se miraron antes de que él metiera primera y salieran quemando ruedas hacia el asfalto del circuito de Montmeló.
Un rato después, el color del rostro de Adriana había desaparecido por completo y se agarraba con desesperación a los asideros de la puerta, mientras rezaba por que aquella locura acabase de una vez. Ese coche no estaba preparado para tomar las curvas y correr en el circuito a la velocidad que lo estaba llevando Marc, y si no se habían salido del trazado y volcado dando volteretas por los aires era, simple y llanamente, por un increíble milagro.
A punto estuvo de llorar de alivio cuando su jefe apretó el freno con el pie hasta dejar las marcas de los neumáticos en el pavimento. Pero sus penurias no acabarían allí, pues, cuando él se bajó del coche para vomitar todo el contenido de su estómago hasta la cena de Navidad, ella tuvo que mirar hacia otro lado, aguantando las arcadas que subían por su garganta, amenazando con vaciar su estómago también.
«¡Maldito hombre y su facilidad para vomitar!»
Su estupor fue evidente al ver cómo Marc conseguía detener por fin las náuseas y, sin pensarlo dos veces, rodeó el vehículo para abrir la puerta del copiloto y, a continuación, con mucha tranquilidad, soltarle:
—Ahora llévame a la oficina.
«¡La madre que lo parió!»
Durante todo el trayecto de vuelta, ninguno de los dos habló sobre lo ocurrido en el circuito, aunque Adriana no paraba de echar miradas furtivas a su jefe a través del espejo retrovisor, de las que él, absorto en sus pensamientos mientras observaba por la ventanilla el tráfico de la ciudad, no era consciente.
Después de apagar el motor dentro del aparcamiento en las oficinas de la compañía, Adriana salió del vehículo para abrirle la puerta a un, todavía, meditabundo Marc.
—¿Y ahora qué quieres? —gruñó éste cuando ella le ofreció de nuevo las llaves del Mercedes—. ¿No te han llegado las vueltas que te he dado en Montmeló? Por hoy no pienso volver a coger ese maldito coche.
—¿Qué si no me han llegado? —repitió incrédula, persiguiéndolo mientras él se dirigía hacia el ascensor—. Para tu información, durante los angustiosos treinta y siete minutos que ha durado esa horripilante demostración de conducción temeraria, he sufrido dos infartos de miocardio, tres ictus, he recordado todas las oraciones que me enseñaron en la catequesis de mi parroquia, y he visto toda mi vida pasar a cámara lenta por delante de mis ojos. Sin olvidar que he vislumbrado el túnel, me ha dado tiempo a cruzarlo, saludar a mis muertos, acordarme de los tuyos y volver.
—No seas exagerado —replicó inmutable mientras esperaba a que se abriera la puerta del ascensor.
—¡Exagerado, dice! —bufó de forma melodramática.
Marc giró la cabeza para fijar su mirada en ella a la vez que elevaba una ceja, y Adriana hizo exactamente lo mismo.
—De igual forma —continuó enseñándole otra vez las llaves—, te devuelvo lo que es tuyo. Si tu memoria falla, te recuerdo que estoy despedido.
—No digas tonterías, aquí nadie está despedido —rebatió Marc entrando en el cubículo—. Puede que no me gusten tus métodos, los cuales, estarás de acuerdo conmigo, son por completo deplorables, pero al fin y al cabo cumplen su función. Por tanto, sería un despido improcedente si llegara a cumplir mi amenaza, la cual, estarás de acuerdo conmigo también, hice bajo mucha presión y en un momento de enajenación mental, inducido por tus lamentables e injustificadas artimañas.
Adriana no salía de su asombro.
—¿Lamentables e injustificadas?
—Así es —confirmó él, en tanto apretaba el botón del piso correcto—. ¿Vas a repetir todo lo que yo diga, Adrián?
—¡Por supuesto que no! ¿Qué te parece si hablamos del mal gusto que supone estar despidiendo continuamente a un empleado que lo único que hace es su trabajo?
—¿Has oído la parte de «enajenación mental»?
—Enajenación mental es lo que me va a dar a mí ahora —respondió enfadada, poniendo los brazos en jarras.
—¿Estoy escuchando una amenaza? —preguntó sin poder evitar que una sonrisa bailara en su rostro.
—¡Quizá! —dijo, recordando de pronto algo importante que se le había olvidado—. Hablando de escuchas y amenazas, tengo que contarte algo…
—Tus cambios bruscos de conversación son alucinantes.
—Está bien, pues entonces no te diré que tus sospechas sobre tener a un traidor en tu empresa eran ciertas.
—¿Cómo has dicho? —preguntó estupefacto.
Ella apoyó la espalda en la pared del ascensor, sabedora de tener su total atención.
—Lo que has oído.
—¿Y se puede saber por qué no me lo has contado antes?
—¿Cuándo? ¿Ayer mientras estuve a punto de ser descubierta robando información confidencial a unos de tus trabajadores, u hoy, mientras rezaba por no perder mi vida junto a un enajenado y desquiciado jefe?
Él se acercó a ella despacio al mismo tiempo que una vena en la frente comenzaba a hincharse de forma preocupante.
—¿No has tenido tiempo suficiente esta mañana para decírmelo?
—Discúlpame por tener la cabeza en otro sitio, pero estaba más ocupado pensando en tu reacción cuando supieras a dónde te llevaba.
—Ése es tu problema, Adrián, no pensar correctamente. —Y antes de que ella pudiera replicar, le preguntó—. ¿Qué has averiguado?
Adriana aparcó su malestar por un rato. Sabía que ese asunto era importante para él; por tanto, olvidó su ofensa para responderle con sinceridad.
—No mucho, la verdad. Sólo me dediqué a escuchar a alguien hablar por teléfono en el baño de caballeros mientras mantenía una conversación claramente comprometida.
—¿Sólo escuchaste, no lo viste? —planteó claramente decepcionado, pues necesitaba encontrar todas las pruebas incriminatorias posibles, no quedarse en meras sospechas e indicios.
Bajó la cabeza, avergonzada por no poder ofrecerle más.
—Pues no… estaba un poco ocupado… Tú ya me entiendes.
Él entrecerró los ojos, sospechando que la noticia no iba a ser tan buena como él pensaba.
—Pero ¿sabes quién es, cierto?
Ella no se atrevió a contestarle y se maldijo por no haber esperado a recabar más información.
—¿Adrián?
—No, lo siento —respondió elevando la cara para mirarlo directamente a los ojos—. No pude verlo y no reconocí su voz.
La vena de su jefe comenzó a latir de forma furiosa, casi a punto de estallar, y acercó tanto su cara a la de ella que apoyó las manos en la pared a la altura de su cabeza.
—¿Qué has dicho?
—Lo siento, pero hablaba en susurros y con el eco no le pude distinguir la voz. Pero sí le oí decir que se estaba jugando su carrera con toda aquello y que, cuando tuviera más información relevante, sería la primera persona en saberlo. Por sus palabras deduje que lo estaban chantajeando, y que su temor era que tú lo descubrieras.
—¿Y de qué me sirve a mí eso?
—No lo sé, pero creí que te alegraría saber que estabas en lo cierto.
En ese instante se abrieron las puertas del ascensor, pillándolos de nuevo en una situación un tanto comprometida.
Roser, que se encontraba al otro lado de la puerta, lo único que vio fue a su prometido encima de su chófer, a punto de besarlo.