Mentiras arriesgadas
Capítulo 3
Marc inspiraba y expiraba grandes bocanadas de aire, intentando aguantar el dolor lacerante que subía desde su ingle hasta los riñones. Y su respuesta cáustica hacia Adriana, cuando se acercó para ayudarlo a levantarse, dejó a ésta estupefacta.
—¡No me toques! ¡¿Qué pretendes… rematarme?!
—Lo-lo siento, no era mi-mi intención —tartamudeó confusa.
Él se levantó como buenamente pudo y se dirigió, renqueando, hacia su baño privado.
Después de cerrar con un tremendo portazo, que hizo temblar las paredes, se apoyó en el lavamanos mientras intentaba apaciguar el dolor de su entrepierna.
Marc observó su reflejo a través del espejo para, a continuación, maldecir en voz alta.
—¡¿Qué mierda te pasa, imbécil?!
¿Desde cuándo se dedicaba a contemplar los traseros de sus empleados? ¿Acaso se había vuelto loco? No sabía qué era lo que le dolía más, si el golpe que se había propinado él solito contra el perchero o la humillación de descubrirse a sí mismo admirando el trasero de otros hombres.
«¡¿Qué diablos ha ocurrido ahí fuera?!», se preguntó estupefacto.
Se masajeó con cuidado su miembro dolorido, en un intento por aliviar el dolor que le subía como punzantes descargas de corriente.
Jamás se había sentido atraído por el sexo opuesto, ni tan siquiera había sentido curiosidad. ¡Ni una sola maldita vez en toda su vida! Entonces, ¿a qué había venido todo aquello?
Era cierto que llevaba mucho tiempo sin mantener relaciones sexuales con una mujer, pero no hasta el punto de tener pensamientos obscenos con otros hombres.
«¡¡Hasta ahí podíamos llegar!!»
Abrió el grifo de agua fría para refrescar su acalorado rostro, y decidió de forma tajante que lo acontecido hacía unos instantes era producto del estrés y el agobio que le producía su cada vez más inminente boda. El hecho de pensar que tenía que unir su vida para siempre con la mujer que su padre había elegido para él le hacía perder el poco control que tenía de su vida. Si pudiera elegir por sí mismo, lo mandaría todo al diablo y huiría de allí sin mirar atrás.
Pero había hecho una promesa e iba a cumplirla, aunque le costase su propia felicidad. No sólo podía pensar en él, pues, por desgracia, tenía que pensar en su hermano, en el legado familiar y en las decenas de trabajadores que dependían de su empleo en esa agencia de publicidad para subsistir. Tras esa reflexión, suspiró con pesar, hundiendo más los hombros al apoyarse otra vez en el lavamanos, al sentir la enorme carga que soportaba.
Minutos después salió del baño en apariencia recuperado, y reparó en que, tanto Nines como su empleado, seguían esperando en el despacho con evidentes signos de preocupación. Después de abrocharse el primer botón de su americana con impaciencia, recogió el teléfono móvil de encima de la mesa y se acercó a su chófer para gruñirle:
—¡Vamos!
Y, cuando pasó cerca de su secretaria, masculló entre dientes muy bajito:
—No lo quiero volver a ver aquí —sentenció apretando los dientes, rabioso—. Mañana entrégale la carta de despido inmediato.
Después de dar esa orden y advertir cómo Ángeles tragaba saliva con dificultad, al mismo tiempo que afirmaba levemente con la cabeza, abandonó el despacho sin mirar atrás, sabiendo a ciencia cierta que su chófer lo seguiría de cerca.
—¿A dónde vamos, señor? —preguntó Adriana dentro del ascensor, en tanto se colocaba de forma correcta el gorro de su uniforme, sin ser consciente de la orden que su jefe había realizado segundos antes a su secretaria.
—Paseo de Gracia, 82.
—Sí, señor. —Luego carraspeó varias veces antes de reunir valor y dirigirse a él—. Por cierto, me gustaría pedirle discul…
—¡Olvídalo! —ladró tajante.
Y a Adriana no le quedó otra que bajar la mirada y rezar por que el enfado se le pasara rápido.
Juntos se dirigieron a la plaza privada de su coche en el parking, en el sótano del edificio de oficinas, para subir al vehículo y tomar rumbo a una de las calles comerciales más caras de Barcelona. Durante el camino, el móvil de Marc no dejó de sonar, y éste soltó un suspiro de frustración, obviando a propósito las llamadas entrantes, pues sabía de quién se trataba.
Estaba empezando a hartarse del acoso al que lo estaba sometiendo últimamente su prometida. Y a pesar de que estaba siendo en extremo paciente con ella, quizá ése no era un buen día para que lo hostigara de esa manera.
Cuando llegaron a su destino, Marc se bajó con agilidad del Mercedes-Benz E300 color negro obsidiana, no sin antes ordenarle a su chófer que lo esperara allí, para acercarse a una elegante mujer que lo estaba esperando impaciente y con evidentes signos de malestar, justo delante de la puerta de la joyería Cartier.
Adriana no pudo acatar sus órdenes, tal y como él esperaba, pues esa calle era una de las más concurridas de toda Barcelona, así que no le quedó otra opción que dar unas cuantas vueltas a la manzana, y rezar por encontrar un sitio cercano donde esperarlos antes de que salieran.
—Ya puedes estar contento… —le reprochó la mujer en cuanto se acercó a ella—. Llevo más de veinte minutos esperándote.
—Me ha sido imposible llegar antes, Roser. Ya sabes cómo es el tráfico en esta ciudad.
—Di más bien que te habías olvidado por completo de esta cita — refunfuñó por lo bajo, al mismo tiempo que entraban en la joyería—. Cada vez me resulta más evidente que te importa muy poco todo lo que tenga que ver con nuestra boda.
—Estoy aquí, ¿no?
Su novia esbozó una tirante sonrisa, en tanto uno de los dependientes del exclusivo comercio se acercaba a ellos, para responderle entre dientes:
—¡Sí, claro! ¡A desgana!
Marc la acercó suavemente a él, simulando que le estaba dando un cariñoso beso en la mejilla, a la vez que susurraba muy cerca del oído.
—Tengo cosas más apremiantes de las que ocuparme que dedicarme a elegir las alianzas para nuestra boda, querida. Ya te dije que por mí estaba bien lo que tú escogieras. Y si no estás contenta sobre cómo llevo este asunto, quizá lo mejor sería anularlo todo antes de exponernos a un mayor ridículo.
Ella abrió de forma desmesurada los ojos, único gesto en su rostro que la delató, ocultando ante los demás con maestría que esa hipócrita muestra de cariño no era lo que aparentaba.
Luego levantó un dedo, para indicarle al empleado que les diera un minuto a solas.
—No creo que sea necesario tomar esa decisión tan drástica —declaró con rapidez y una ligera nota de pánico en su voz, al mismo tiempo que le daba la espalda al sorprendido vendedor—. Sólo me gustaría que participaras más en los preparativos del día más importante de nuestras vidas. Y, si no es mucho pedir, que al menos disimularas ante los demás que estás tan ansioso como yo por que llegue ese momento.
—Amor mío… —le contestó, recalcando esas dos palabras con sarcasmo —, no pidas más de lo que te puedo dar. Sabes muy bien que este matrimonio no está basado en el amor y la ilusión de una pareja de enamorados por pasar el resto de su vida juntos, así que deja de atosigarme o lo mando todo al diablo.
La mujer lo miró directa a los ojos para constatar la sinceridad de sus palabras, y se dio cuenta de que en realidad la amenaza iba muy en serio. No podía permitir que Marc de Montellà Bau anulara su compromiso. En esos momentos era la mujer más envidiada de la alta sociedad barcelonesa, y sería el hazmerreír de todas sus amistades si él decidía acabar con todo. Llevaba demasiado tiempo detrás de ese hombre como para permitir que todos sus esfuerzos se fueran al traste.
—Hay un contrato apalabrado entre nuestras familias y sabes perfectamente que tienes que cumplirlo.
Él le enseñó los dientes en una fría sonrisa.
—Un acuerdo de palabra, querida, no un contrato. Y si lo sigo manteniendo es por honrar la memoria de mi padre y al chantaje del tuyo, pero recuerda que yo no soy él.
Roser supo que no podía seguir estirando la cuerda por más tiempo, pues corría el riesgo de que ésta se rompiera definitivamente y eso no lo podía permitir, así que se giró de nuevo hacia el empleado con su sonrisa más deslumbrante, para pedir que le enseñara las alianzas de matrimonio más caras del mercado.
Mucho tiempo después, Adriana se bajó del coche para abrirles servilmente la puerta a ambos, y fue consciente de la tensión que reinaba dentro del vehículo cuando retomó su lugar.
—¿A dónde vamos, señor?
—Volvemos al despacho, Adrián, pero antes deje a la señorita Castellblanch donde ella disponga.
—¿No vamos a escoger las invitaciones de boda? —protestó Roser, decepcionada.
Marc se frotó con irritación la frente antes de contestarle. Su paciencia estaba llegando al límite y no sabía cuánto tiempo más podría aguantar.
No estaba disfrutando de un buen día, ¡no señor!, teniendo en cuenta que, desde que había salido del despacho, no había hecho más que darle vueltas a su absurda fascinación por el trasero de su chófer. Todavía seguía preguntándose qué demonios lo había llevado a sufrir una erección por algo tan incoherente en él.
Y a pesar de que lo intentó con todas sus fuerzas, fue incapaz de concentrar toda su atención en la tediosa tarea de escoger unos anillos que, a su parecer, eran todos completamente iguales.
Pero desechó por enésima vez en el día esos pensamientos y se centró en la insufrible mujer que muy pronto se convertiría en su esposa.
—Si no hubieras tardado tanto con las alianzas, a lo mejor te hubiera acompañado, pero te recuerdo, otra vez, que tengo cosas más importantes de las que ocuparme.
—Está bien, tienes razón —rezongó de nuevo contrariada—, pero al menos me invitarás a comer para celebrar nuestro aniversario. —Al ver un pequeño gesto de asombro en la cara de Marc, resopló cabreada—. No te habrás olvidado de eso también, ¿no?
—¡Por supuesto que no! —respondió con rapidez para salir del apuro—. Pero tendremos que aplazar la celebración para otro momento, pues tengo una importantísima reunión esta tarde, para la cual todavía me quedan algunos flecos que pulir, y que, por supuesto, es completamente ineludible.
Roser entrecerró los ojos para mirarlo de forma especulativa. Sabía que le estaba mintiendo, pero también era conocedora de hasta dónde podía llegar por ese día.
—Humm… ¿y qué te parece si salimos esta noche a celebrarlo? —sugirió al mismo tiempo que se acercaba con coquetería a él—. Hace tiempo que no nos ven públicamente y hoy sería un excelente día para acallar bocas. Mis amigas empiezan a sospechar que lo de nuestro compromiso es una invención mía.
—Roser…
—¡Por favor! —rogó poniendo morritos—, y te prometo que no te molestaré más con los detalles de la boda.
Marc suspiró con evidente pesar, pero también sabía que ella tenía razón. No había sido la única en recibir mofas de sus amigos por no dejarse ver en público; más en concreto, las desquiciantes burlas de su hermano Pol.
—Está bien.
—¡Perfecto! —exclamó satisfecha por haberse salido con la suya—. Chófer, déjeme en la tienda de Valentino y después lleve a mi prometido al despacho. Cuando lo haya hecho, regrese a buscarme —dispuso mientras se colocaba unas enormes gafas de sol—. No te importa que te robe a tu chófer, ¿verdad, querido? Hoy voy a quemar la tarjeta Platinum para estar radiante en la cena. Espero que no escatimes en el regalo y me dejes muerta de la impresión.
Adriana, que había observado toda la escena a través del espejo retrovisor, puso en marcha el coche cuando se encontró con la mirada de su jefe, que asintió dando luz verde a las órdenes de su flamante prometida en tanto apretaba con fuerza los dientes.
Cuando Adriana apareció horas después por la oficina totalmente exhausta, se encontró con Nines y Lesly por completo desesperadas.
—¿Se puede saber dónde andabas metido? —lo interrogó la secretaria prácticamente fuera de sí.
—¿Por qué?, ¿qué ocurre?
—¡Qué Diosito nos cuide y nos proteja! —exclamó en alto la recepcionista mientras se santiguaba varias veces seguidas y besaba una pequeña cruz de plata en su colgante.
—¡¡¿Que qué ocurre?!! —prorrumpió Nines al borde del colapso, soltando las gafas encima de la mesa del mostrador—. Que tu jefe lleva de uñas todo el día preguntando por ti. Resulta que se le olvidó que hoy era el aniversario de su noviazgo, y me ha tenido toda la tarde colgada al teléfono para conseguirle una reserva en uno de los restaurantes más exclusivos de Barcelona. Algo, por supuesto, por completo imposible a estas alturas — aseguró molesta—. Por tanto, me he pasado la tarde suplicando en otros restaurantes de alta cocina de la ciudad hasta que he logrado hacer una reserva.
Adriana dibujó una sonrisa de medio lado al mismo tiempo que miraba con admiración a la mujer que tenía delante.
—Lo que tú no puedas conseguir…
—¡Mira, no me dores la píldora que no estoy para tonterías! —lo interrumpió impaciente—. Necesito que vayas ahora mismo al Teatro del Liceo a recoger unas entradas para un espectáculo.
—¡¿Ahora?! —protestó, cansada por haberse tirado todo el día de un sitio a otro cargada con cientos de bolsas de tiendas escandalosamente caras.
Nines clavó su hosca mirada en ella.
—¡Escucha, jovencito, no me toques las narices, que hoy no tengo el chichi pa’ farolillos! —Dicho esto, se giró para marcharse con indignación a su puesto de trabajo, al mismo tiempo que iba murmurando entre dientes—. Bastante me ha costado conseguirlas, teniendo en cuenta que las entradas estaban agotadas, como para que ahora el señorito me venga con remilgos.
Tanto Adriana como Lesly se miraron con la boca abierta y los ojos como platos.
—No me hables… no me hables, ¡que menudo día! —le confesó la recepcionista después de recuperarse de la impresión de ver a la secretaria perdiendo los papeles de esa manera.
—¿Y a ti qué te pasa ahora? —preguntó Adriana, apoyada con dejadez encima de la recepción.
La mujer observó con nerviosismo el reloj de pulsera de su muñeca.
—Pues que tu jefe me va a matar en cualquier momento.
Y como si hubiera invocado al mismísimo Satanás de las entrañas del Averno, apareció la figura del susodicho con el ceño tan fruncido que sólo verlo causaba auténtico miedo.
—¡¡TÚ!! —gritó señalando a Adriana con el dedo—. ¿Dónde demonios andabas metido?
Ella tragó saliva y retrocedió un paso.
—Con su prometida, señor.
—¡¿Toda la tarde?!
Entrecerró los ojos, examinando con atención al furioso hombre que tenía justo delante de ella. Su instinto policial estaba acostumbrado a recibir órdenes de sus superiores y acatarlas sin rechistar, pero también era una mujer orgullosa de haber conseguido todo lo que tenía a base de mucho esfuerzo y trabajo, y no iba a permitir que ese individuo arrogante y déspota la intimidara de aquella manera. Menos aun sabiendo que podía ser el asesino de su hermana.
—Toda-la-tarde —respondió muy despacio, cuadrando los hombros y retándolo con la mirada—. Si no me cree, puede llamarla.
Observó cómo un brillo de asombro cruzaba con rapidez por la mirada de Marc, y los dos se estuvieron midiendo durante unos eternos segundos, hasta que éste se cansó y dirigió su atención hacia la recepcionista.
—¿Y el ramo de flores que te encargué?
A Lesly el color del rostro la abandonó por completo y comenzaron a temblarle las canillas de las piernas.
—Señor… yo… yo… es que… yo… pues…
—¡¿Tú, qué?!
La mujer agarró de nuevo el pequeño crucifijo entre sus dedos, mientras lo hacía correr de un lado a otro de la cadena de plata con evidente nerviosismo.
—T-todavía n-no ha llegado.
—¡¡¿Cómo has dicho?!! —bramó fuera de sí—. ¡¿Acaso estoy rodeado de incompetentes?! ¡¿Tan difícil es adquirir un maldito ramo de flores en esta ciudad?!
—Señor… —intervino la recepcionista, asustada por la posibilidad de perder su puesto de trabajo por ese error garrafal—. Tuve que llamar a otra floristería. Intenté encargarle un precioso ramo a la que trabaja con nosotros de forma habitual, pero me fue por completo imposible. Alegaron que no podían ofrecernos nada de lo que usted pidió con tan poca antelación, pues todas las flores de las que disponían en ese momento las tenían encargadas para una boda a la mañana siguiente. Llamé a otra empresa, y me juraron que tendrían el ramo aquí lo antes posible, pero todavía no han llegado.
—¡¡Pues llama a otra!! —tronó furioso—. ¡Será por floristerías en Barcelona!
Adriana advirtió cómo la pequeña y fina barbilla de su compañera comenzaba a temblar involuntariamente.
—A estas horas están t-todas las ti-tiendas cerradas.
Marc cerró con fuerza los puños en un difícil intento de no descargar toda su ira, y su mente barajó la real posibilidad de, en un mismo día, deshacerse de un chófer y una recepcionista completamente inútiles.
—¡¡Niiinesss!!
Cuando la secretaria apareció ante su vista, casi corriendo, se encontró con un panorama desolador: a Lesly a punto de llorar, al nuevo chófer lanzándole miradas asesinas a su jefe y a éste rojo de furia.
—¿Qué ocurre?
Lesly, que no aguantó por más tiempo la presión, comenzó a sollozar con desconsuelo.
—Lo-lo siento, señor.
—Tus disculpas no arreglan tu incompetencia —bramó iracundo.
Adriana le lanzó una mirada cargada de rencor a su jefe, por la forma tan inhumana en la que estaba tratando a su pobre recepcionista, y éste abrió los ojos, sorprendidos por su desafiante actitud.
—¡Está bien… está bien… No te preocupes! —la animó acercándose a ella para consolarla—. Entre todos vamos a encontrar una solución.
Luego hizo un rápido barrido con la mirada por las instalaciones, hasta detenerse en el ramo de flores frescas que traían todos los días para adornar la mesa en la sala de espera.
—¡Mira, ahí la tenemos! —exclamó, contenta de poder ayudar a su compañera.
Pero un siseo entre dientes la detuvo cuando llegó a la altura de su jefe.
—¡No hablarás en serio! —intervino éste.
Adriana se giró con lentitud para encararlo de frente. Estaba tan enfadada por su actitud déspota y arrogante que no pensó en absoluto lo que iba a soltar por su boca.
—¡Escúcheme bien, seeeñooooor! —alargó a propósito la última palabra —. Nada de esto hubiera ocurrido si usted no se hubiera olvidado del aniversario, así que vamos a ir apagando los fuegos uno a uno, ¿le parece bien? —le sugirió mientras se acercaba a él peligrosamente, haciendo que diera un paso hacia atrás—. Primero le conseguiremos un bonito y coqueto ramo de flores para regalarle como Dios manda y, después, cruzaré toda la ciudad para recoger sus malditas entradas de teatro. De esta forma podrá disfrutar de una agradable cena, con una mujer que ha estado tooodo el día preparándose y acicalándose con ilusión para el encuentro de esta velada, y así todos quedaremos contentos y satisfechos, ¿de acuerdo?
Marc abrió la boca para protestar y poner a su empleado en el lugar que le correspondía, tanta insolencia por su parte era por completo inadmisible, pero no le quedó más remedio que cerrarla, pues tuvo que reconocer que el muchacho tenía razón.
Para ser justo, si tenían que rodar cabezas ese día, la suya debía ser la primera. Desde el encuentro de su nariz con el trasero de su chófer esa misma mañana, nada le había salido a derechas… Primero la presión de la empecinada Roser; después, la nefasta reunión de la tarde, que no había salido tal y como él esperaba; luego, los problemas que habían surgido en uno de los nuevos proyectos de publicidad con un importantísimo cliente, y, por último, toda esta engorrosa situación del aniversario.
Y lo más inquietante de todo era esa fría y férrea determinación que había hallado en su nuevo, y muy prontamente despedido, empleado… que, para su total sorpresa, le había gustado descubrir.
Inclinó un poco la cabeza para examinarlo con más detenimiento. Había algo en él que le resultaba extraño y al mismo tiempo familiar, y no conseguía concretar de forma exacta el qué… pero enseguida desechó esas absurdas ideas, no tenía tiempo para malgastarlo tan inútilmente.
—Después de que hayáis solucionado este despropósito, ven a buscarme para llevarme a casa y así pueda cambiarme de ropa antes de la cena.
Dicho esto, le dio la espalda para dirigirse a grandes pasos hacia su despacho.
En cuanto el hombre desapareció de su vista, Adriana se desinfló como un globo de helio y, no teniéndolas todas consigo, apuró a sus compañeras para que la ayudaran con lo prometido.
—¡Venga… vamos, no hay tiempo que perder!
Nines, que había estado observando aquella extraña escena sin abrir la boca, no entendía nada. En los veinte años que llevaba trabajando en esa compañía, jamás había visto algo parecido.
Conocía a Marc de Montellà desde que era un niño de poco más de doce años y, a pesar de que tenía su carácter, nunca había actuado de esa forma tan tirana y autoritaria como ese día… y algo le decía que todo había comenzado cuando entró en su despacho esa mañana y lo encontró tirado en el suelo. Pero no había tenido ni la oportunidad de preguntarle a Adrián, ni las agallas para comentarlo con su jefe.
Fijó su atención en el muchacho, que traía un ramo de flores y daba órdenes como si aquello fuera su cortijo y preguntó:
—¿Alguien me puede decir qué demonios ha pasado?
Adriana esperaba en la acera apoyada en la puerta del Mercedes, estrujando con fuerza la gorra de su uniforme mientras rezaba para que toda aquella locura no le explotase en la cara.
No podía perder aquel trabajo. Todavía no había conseguido ninguna prueba que vinculara a alguien de esa empresa o de la familia con la muerte de su hermana. Con todo, sus esperanzas se vinieron abajo cuando vio aparecer a la horripilante prometida de su jefe, corriendo y sollozando al mismo tiempo que se acercaba a la calzada, paraba un taxi y se marchaba huyendo de allí.
—¡Roser, espera! —la llamó Marc, saliendo segundos después tras ella.
Después de verla alejarse, éste dirigió toda su atención hacia Adriana.
—¡¡¡¡Tú!!!! —oyó vociferar a la vez que lo veía acercase iracundo—. ¡¡¿Qué demonios has hecho?!!