Mentiras arriesgadas
Capítulo 2
Al día siguiente, Adriana se personó por completo disfrazada en la agencia de publicidad a primera hora de la mañana, tal y como le habían indicado, y subió al último piso en ascensor, donde se encontraban las oficinas de los más altos cargos de la empresa.
Ya el día anterior había observado que el edificio era un lugar decorado de forma exquisita. Rezumaba estilo y elegancia, amueblado con un mobiliario moderno, exclusivo y muy costoso. Cuando salías del ascensor te topabas con un amplio vestíbulo, donde se encontraba una mujer detrás de un mostrador, que a todas luces era la recepcionista.
Si girabas a la derecha, recorrías un pequeño pasillo con varias puertas de diferentes departamentos, con sus respectivos directores, como Tráfico, Producción Audiovisual, Cuentas, Medios, etc. Por el contrario, si girabas a la izquierda, dabas a otro vestíbulo, éste mucho más pequeño y con tan sólo dos puertas: la del director general de la compañía y la del director creativo general, cuyas secretarias personales tenían sus mesas justo delante de sus puertas.
Durante el tiempo que estuvo esperando, charló con Lesly, una guapa y dulce recepcionista salvadoreña que llevaba cinco años trabajando en aquella empresa. Pero no aguardó demasiado, pues pocos minutos después apareció Ángeles Salamanca, la misma mujer que le había hecho la entrevista el día anterior y que, además, era la secretaria personal del director general o, lo que era lo mismo, el presidente de Montellà & Fills Publicitat.
—¡Buenos días!
—¡Buenos días, Nines! —saludó alegre la recepcionista, entregándole al mismo tiempo tres notas escritas a mano.
—¿Ha llegado ya el jefe? —preguntó mientras ojeaba los mensajes de las llamadas perdidas que le acababa de pasar su compañera.
—Sí, y no está de muy buen humor —le informó ésta al mismo tiempo que hacía un mohín de disgusto con la boca. La secretaria levantó la mirada para fijarla en ella—. Ha entrado despotricando acerca de lo engorrosos y tremendamente timadores que son los taxis en esta ciudad.
—Ya —respondió escueta. Y después de pensar unos segundos, le hizo un gesto a Adriana con la cabeza—. ¡Sígueme!
Y ella así lo hizo, no sin antes echarle una mirada preocupada a la recepcionista, que lo único que hizo fue sonreírle con compasión.
La mujer dejó su bolso encima de la mesa y colgó el abrigo en el perchero de al lado. Saludó con la cabeza a la otra mujer que tenía justo enfrente, para después tocar dos veces con los nudillos en la puerta de su jefe.
—¡Adelante!
La secretaria entró decidida en el despacho, sin esperar a que Adriana la siguiera o no, ella ya lo daba por sentado.
—¡Buenos días, don Marc! —saludó con alegría—. Le traigo buenas noticias, ya hemos encontrado un nuevo chófer.
El hombre tardó unos segundos en contestar, tiempo que usó para terminar de escribir algo en unos documentos.
—Con lo que has tardado en encontrar sustituto, ya podrías haber contratado a Fernando Alonso —gruñó sin levantar la vista todavía.
—Siento decepcionarlo, pero Alonso tiene un contrato blindado con McLaren, y con lo que usted paga, tampoco creo que le hubiéramos convencido —arguyó con un deje de insolencia, un hecho que no pasó desapercibido para Adriana—. Sólo hemos podido conseguirle a Carlos Sainz… padre.
—Para viejos ya estoy yo, Nines. Sabes muy bien que en esta empresa queremos sangre nueva.
—Pues entonces estamos de enhorabuena —señaló satisfecha de haberlo llevado a su terreno—: El señor Ayala, aquí presente, no es más que un pipiolo con sobrada experiencia.
El hombre al fin levantó la cabeza, para encontrarse con la mirada de un muchacho prácticamente imberbe y recién salido del colegio.
—¿Estás de broma? —soltó, sorprendido por su apariencia, y un brillo de enfado iluminó sus ojos tan oscuros como la noche—. Dudo mucho de que se haya sacado el carnet de conducir todavía.
—Aquí tiene su currículo —se anticipó la mujer, entregándole una carpeta que había preparado el día anterior, previendo la desfavorable impresión que su jefe iba a tener sobre el nuevo chófer—. Yo misma he corroborado todos los datos, y le aseguro que el señor Ayala es absolutamente competente en sus funciones. ¿No es cierto, Adrián?
Ella tragó saliva con fuerza.
Había estudiado con minuciosidad la historia, tanto familiar como empresarial, de esa reputada agencia de publicidad. Y a pesar de que había visto fotos de los dos hijos y herederos del difunto Jordi de Montellà, en realidad esas imágenes nada tenían que ver con el hombre que se encontraba detrás de ese escritorio.
Sólo había conseguido fotos antiguas del mayor de los hermanos, pues no era muy propenso a prodigarse en eventos y reuniones sociales, a diferencia de su hermano menor, Pol, por lo que en vez de encontrarse con un jovenzuelo moreno, de ojos oscuros y una sonrisa pícara y sexy, tenía delante de ella un hombre en toda su plenitud, con el pelo negro como la noche y los ojos más intensos que jamás hubiese visto nunca.
Su mandíbula cuadrada se marcó al apretar los dientes en un gesto de impaciencia.
—¿Quieres hacerme creer que has puesto mi vida en manos de un chaval que ni tan siquiera sabe hablar?
La secretaria observó al chico con cierto desconcierto. En la entrevista que le había hecho el día anterior, no había vislumbrado que fuera tímido o apocado, sino más bien todo lo contrario.
—¡Cómo nos gusta exagerar! —alegó Ángeles acercándose a Adriana—. Si dejara de mirarlo como si se lo fuera a merendar, quizá el muchacho podría soltar palabra, ¿no es así, Adrián?
Ésta parpadeó varias veces, saliendo de esa especie de estupefacción en la que se había hundido nada más verlo, y centró su atención en la mujer que se dirigía a ella.
—¡¿Qué?!… ¡Ah, sí… yo…! ¡Ejem…! Lo siento. —Y dando un paso hacia delante, estiró la mano aparentando seguridad—. Es un placer y un honor trabajar para usted, señor Montellà. Siento si mi apariencia me hace parecer más inmaduro de lo que en realidad soy, pero no deja de ser una simple contrariedad personal que nada tiene que ver con mi habilidad o madurez laboral.
Su jefe lo examinó con ojo crítico, sin estar muy seguro de que debiera creerse realmente sus palabras. Su instinto le decía que ese muchacho tenía la edad que decía, pero su pelo del color del trigo oscuro, su apariencia desgarbada, su estatura —no más alto de un metro setenta y cinco— y una ridícula perilla debajo del labio inferior le indicaban todo lo contrario. Parecía un colegial recién salido del instituto y no un hombre de veintiocho años tal y como ponía en su currículo.
Pero ¡qué demonios!, no quería volver a pasar por el infierno de coger un taxi en esa ciudad; además, se fiaba por completo de las habilidades y la absoluta competencia de su secretaria respecto al contrato de personal, por no decir lo engorroso que le resultaba tener que tomar él mismo ese tipo de decisiones, así que se levantó de su asiento mientras se abrochaba el primer botón de su chaqueta y después le estrechó la mano al muchacho que a partir de ese momento sería su nuevo chófer.
—Muy bien, señor…
Adriana ocultó una mueca de dolor por el fuerte apretón que estaba recibiendo de su nuevo jefe, y carraspeó otra vez antes de añadir entre dientes:
—Ayala… Adrián Ayala.
—Señor Ayala, sea usted bienvenido a Montellà & Fills Publicitat.
—Gracias, señor.
Habían pasado tres semanas desde que empezara a trabajar en la agencia donde su hermana lo había hecho con anterioridad, y Adriana no había avanzado mucho en su investigación encubierta.
Estaba al servicio de Marc de Montellà Bau, y no era una labor excesivamente emocionante. Sus obligaciones eran monótonas y tediosas, consistentes en llevarlo de su casa a la oficina y de la oficina a su casa. De vez en cuando tenía que recogerle algunos documentos urgentes o pasar por la tintorería a retirar algún traje, pero no había observado nada destacable en su comportamiento ni conseguido obtener algún rumor jugoso en la oficina. Lo único que había sacado en claro durante todo ese tiempo era que ese tipo era adicto al trabajo. Eso, y que desde que había tenido un terrible accidente de coche, hacía casi diez meses atrás, no había vuelto a conducir ningún tipo de vehículo motorizado y por eso necesitaba los servicios de un chófer.
En ese instante pegó un brinco de sorpresa cuando, en el intercomunicador de la sala de descanso de los empleados, sonó la voz de Ángeles Salamanca, asustándola.
—Señor Ayala, su jefe quiere verlo en el despacho.
Ella posó el vaso del café que se estaba tomando y pulsó el botón rojo para responderle.
—Ahora mismo voy.
Se colocó los guantes blancos, agarró la gorra de chófer, que se guardó debajo del brazo, y miró a Lesly.
—El deber me reclama.
La recepcionista le sonrió con coquetería y bajó un poco los ojos con un tenue rubor en sus mejillas.
—¿Vendrás a verme después?
—¡Claro, guapa! Ya sabes que me encanta darle a la lengua contigo. — Dicho esto, salió de la habitación sin darse cuenta del suspiro de amor que salía de la boca de la muchacha.
—¡Ay, ya quisiera yo! —se lamentó con pesar la joven.
Cuando Adriana llegó a la puerta, se paró unos segundos para colocarse bien la ropa y comprobar que todo estaba en su sitio, y luego se giró un momento para dirigirse a la secretaria y guiñarle un ojo con picardía.
—¿Cuándo dejará de llamarme señor Ayala?
—Cuando tú dejes de llamarme señorita Salamanca —refunfuñó la mujer, inmune a sus encantos «masculinos».
—Está bien. Nines me gusta más, ¿te importa si te llamo así?
—Claro que no —respondió ésta, dibujando muy a su pesar una línea ascendente con la boca.
Adriana sonrió a su vez, contenta de poder ir derribando poco a poco las barreras de esa mujer. Después giró la cabeza para guiñarle un ojo a la otra secretaria que tenía justo enfrente, celebrando su pequeña victoria.
—¿Lo que estoy viendo es una sonrisa?
—¡Por supuesto que no! —rebatió quitándose las gafas y simulando ofenderse.
Justo en ese momento se abrió la puerta del despacho de su jefe, con brusquedad.
—Lo estoy esperando, señor Ayala —gruñó él al verlo departir tan tranquilo con su secretaria.
—Lo siento, señor.
Extrañado por su mal humor, entró justo detrás de él.
—No, Roser, no me había olvidado —dijo hablando por el móvil, que todavía tenía pegado a la oreja—, simplemente he estado hasta arriba de trabajo.
Adriana observó cómo Marc ponía los ojos en blanco en una clara mueca de fastidio, al mismo tiempo que sujetaba el teléfono entre el hombro y la mejilla mientras se vestía la chaqueta del traje ejecutivo hecho a medida.
—Por supuesto que me hace ilusión, pero tengo más cosas que hacer que perder el tiempo escogiendo centros de mesa o invitaciones de boda.
Después de decir eso, el hombre retiró el aparato del oído, pues las voces que estaba pegando la mujer al otro lado lo hicieron temer que pudiera dejarlo sordo para siempre.
—Ro… Roser… escú… escúchame… por favor…
Su jefe suspiró con pesar en tanto recogía unos papeles y los guardaba en una carpeta.
—De verdad que sí —continuó hablando segundos después—. Yo también estoy deseando que llegue ese día.
Adriana carraspeó, incómoda por el momento, y él clavó su mirada en ella al darse cuenta de que no estaba solo en la habitación.
—Roser, tengo que dejarte —se excusó aliviado de poder concluir esa conversación—. Ahora mismo estoy saliendo para ahí.
Y después de un eterno minuto, colgó el teléfono por fin.
—Espere un instante —ordenó sin tan siquiera mirarlo, a la vez que se sentaba para cerrar la sesión de su ordenador.
—Sí, señor —respondió ella mientras lo observaba trajinar.
Adriana hacía tiempo que había tenido que reconocer que su jefe era un tipo muy guapo, el único problema era lo serio y tremendamente frío que parecía. Su metro ochenta y ocho: sus ojos negros y profundos; un corte de pelo que le sentaba a la perfección; sus facciones, marcadas por una cuidada barba de tres días, elegantemente masculinas, y su cuerpo definido al detalle contrastaban con su personalidad, atrayente pero al mismo tiempo intimidante y ceñuda, poniéndola, con extrañeza, demasiado nerviosa cuando estaba en su presencia.
Salvo los educados «buenos días» y respuestas de cortesía en relación con sus órdenes, no habían cruzado una sola palabra de más durante el tiempo que llevaba trabajando para él. Tampoco lo había visto adquirir una actitud relajada con ninguno de sus empleados, o mantener una conversación, que no fuera laboral, con sus clientes.
Marc de Montellà Bau vivía para y por el trabajo. Y esa breve conversación de la que había sido testigo era lo más parecido a una muestra de interés o cariño hacia alguien que había visto.
Mientras esperaba a que el ordenador se apagara, el hombre aprovechó aquellos segundos para recoger un poco su escritorio, y soltó un exabrupto cuando se dio cuenta de que se había olvidado de hacer una llamada urgente. Cogió el teléfono y se puso a hablar con alguien sobre unos informes trimestrales que necesitaba sin falta para esa tarde, olvidándose por completo de ella y de la cita que tenía con su futura novia.
Adriana, después de unos minutos, se acercó al enorme ventanal para poder admirar las magníficas vistas que disponía de la ciudad de Barcelona.
El despacho de su jefe era amplio y decorado con un gusto exquisito. Tan pronto como entrabas en él, te encontrabas de frente con unas grandes ventanas ahumadas, que daban mucha luz natural pero sin que el sol molestara de lleno. Las vistas eran más impresionantes de noche, cuando era un espectáculo ver las luces y el tráfico reflejado contra ellas.
Justo delante se ubicaba una maravillosa mesa de despacho de madera maciza, decorada con unas delicadas lámparas de sobremesa, una gran pantalla plana de ordenador, una centralita telefónica y los útiles habituales de una mesa de oficina. Pegado a la pared de la derecha, disponía de un moderno perchero muy cerca de un delicado arbusto de interior. En esa misma pared, encajada en ella, había instalada una enorme pecera con infinidad de peces pequeños que nadaban sin rumbo fijo de un lado a otro, además de varios diplomas enmarcados y colgados. En ambas paredes de la entrada había unas elegantes librerías, hechas a medida, llenas de libros, carpetas, archivadores, una enorme pantalla plana de televisión y un refinado mueble bar. Y a la izquierda de la estancia se encontraba, detrás de una puerta, un lujoso baño privado.
Marc, quien todavía seguía colgado al teléfono, se giró en su silla para toparse con la visión de su empleado oteando desde la ventana. Sus ojos recorrieron con interés la figura del muchacho recortada contra la claridad que entraba por el cristal, hasta pararse justo en su parte más protuberante… y arrugó el ceño al advertir que estaba admirando el sexy y perfecto trasero de su chófer. Su mirada se oscureció todavía más al darse cuenta de que, por culpa de ello, estaba experimentando una más que sorpresiva y vergonzosa erección. Aturdido, arrugó el ceño por esa sorprendente revelación, inclinándose hacia delante en su asiento para tapar su vergüenza oculta entre los pantalones, sin percatarse de que había tocado la pluma de escribir que usaba con regularidad, y que ésta rodó por la mesa hasta caer al suelo.
Adriana, absorta en sus pensamientos y por completo ajena a los lujuriosos pensamientos de su jefe, vio de pronto cómo la estilográfica rodaba muy cerca de sus pies, así que se agachó para recogerla, sin darse cuenta de que él también se inclinaba al mismo tiempo, con el resultado de un choque frontal de la nariz de Marc contra su objeto de deseo, el trasero de Adriana.
Alarmada por el quejido de sufrimiento, se irguió de inmediato a la vez que se giraba para saber qué había ocurrido, con tan mala suerte que, al hacerlo, le golpeó con la cabeza en la cara, consiguiendo que al final él siseara por el daño recibido de forma involuntaria.
El instinto de Marc fue alejarse lo máximo posible de su empleado, agarrándose al mismo tiempo su dolorido tabique nasal con ambas manos, pero al tener parcialmente oculto su campo de visión, tropezó con uno de los brazos de su perchero, dándose un fuerte golpe en la entrepierna… por lo que, al final, aulló de dolor doblado en dos y cayendo de rodillas al suelo.
Cuando Ángeles, la secretaria de dirección, entró corriendo alarmada por tanto griterío, se topó con su jefe arrodillado y agarrándose con una mano la nariz y, con la otra, sus partes nobles.
Desvió la atención hacia el muchacho, que con cara de absoluto espanto elevó los ojos para mirarla a ella y mutar su expresión en una de completa inocencia para decir:
—¡Ups!, ¡lo siento!