Mentiras arriesgadas

Antía Eiras · Capítulo 6 de 36

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Mentiras arriesgadas

Capítulo 5

 

Cuando al día siguiente Adriana apareció por la oficina tras su jefe, fue por completo consciente de la cara de estupefacción de la secretaria cuando la vio llegar.

—Lo siento mucho, me fue imposible contactar con él para… —comenzó a hablar la mujer mientras se levantaba de su asiento y lo seguía hasta al despacho.

—Tranquila, Nines, todo está bien —la interrumpió, al mismo tiempo que se quitaba la chaqueta y la colgaba en el perchero después de dejar su maletín encima de la mesa—. Puedes dar por anulada la orden de despido que te di ayer.

—Sí, señor —respondió sorprendida por el cambio de los acontecimientos, y le echó una breve ojeada de curiosidad al muchacho.

—Es más, tengo que hacer una variación en el contrato de Adrián, así que dentro de diez minutos puedes venir con la agenda del día y te diré cuál es para que se la entregues a Recursos Humanos, ¿de acuerdo?

—Por supuesto.

Luego, girándose hacia su empleado, continuó.

—Adrián, necesito que pases por una floristería para que encargues el ramo más caro del que dispongan y se lo lleves personalmente a mi prometida —ordenó, a la vez que, inclinado en la mesa, garabateaba una breve nota de disculpa y se la entregaba con posterioridad dentro de un pequeño sobre, además de dinero para pagarlo—. Y después tienes que ir al aeropuerto a recoger a mi hermano Pol.

—Sí, señor.

—¿Su hermano regresa hoy? —preguntó Nines, intrigada por que no le hubiera informado sobre ello.

—Sí. Al final terminó antes de lo esperado y ha podido adelantar su vuelo desde Miami. —Dirigiéndose a su chófer, añadió—: Él ya sabe que lo esperarás en la puerta de llegadas con un cartel donde estará escrito su nombre.

Ella guardó el sobre en el bolsillo interior de su uniforme.

—¿A qué hora debo estar allí?

—El vuelo está previsto que aterrice a las diez y media de la mañana. Es mejor que salgas ya.

Adriana asintió y se marchó a hacer lo que se le había encomendado. Mientras abandonaba el despacho, Nines miró con extrañeza a su jefe.

 

Después de entregarle el ramo de flores a la estirada de la prometida de Marc, que poco faltó para que le diera con la puerta en las narices haciéndose la ofendida, Adriana se dirigió al aeropuerto en busca del otro sospechoso en grado máximo de la muerte de Tania.

Que, en su mente, los dos hermanos fueran los candidatos perfectos para ese dudoso honor se debía, sobre todo, a la fama de mujeriegos de ambos. Quizá uno más que el otro, pero de igual forma eran sus dos mayores aspirantes.

La diferencia entre Pol y Marc era que el primero salía en las revistas del corazón y el segundo era más discreto con sus conquistas, pero ambos disponían de una amplia lista de mujeres que habían pasado por su cama sin pena ni gloria.

Y eso a Adriana cada vez la enfurecía más.

No entendía cómo su hermana había sido tan estúpida de enamorarse de un canalla así, pero, fuera quien fuese de los dos, se había prometido que pagarían muy caro su crimen.

El menor de los hermanos Montellà apareció a la hora esperada, y Adriana llamó su atención para que se acercara a ella.

Era más atractivo en persona que en las fotos de las revistas en las que solía aparecer y entendió que tuviera tanta aceptación entre las de su mismo género. Al contrario que su jefe, Pol vestía de manera menos formal y más a la moda y acorde con su edad, supuso que porque estaba acostumbrado a tratar con modelos debido a su puesto de director creativo general.

Alto y moreno, peinado con un aparentemente descuidado tupé que lo hacía parecer un rebelde granuja, acaparaba las miradas allá por donde pasaba, y él lo sabía.

De expresión más amable y no tan seria como Marc, éste se encaminó con una sonrisa dirigida a ella en cuanto la vio.

—Buenos días, señor.

—Buenos días —respondió al mismo tiempo que se acercaba—. ¿Tú eres Adrián, el nuevo chófer de mi hermano?

—Así es.

—No sabes cuánto me alegro de verte. Estoy muerto por el jet lag.

—Me imagino, señor —contestó a la vez que agarraba el carrito de las maletas—. ¿A dónde quiere que lo lleve?

—A casa. Necesito una ducha y una merecida siesta.

—Por supuesto, como usted ordene.

—Gracias.

A pesar de no pretenderlo, Adriana sintió simpatía por él. Al contrario que su hermano, la presencia de Pol no era tan estirada ni imponía de esa manera tan impactante. No la hacía sentirse tan pequeña, nerviosa e insignificante a su lado como Marc.

Apretó los dientes con fuerza, recordando que los lobos con piel de cordero eran los peores, tomando en ese momento una decisión determinante para su investigación en curso… Así que, después de dejar a Pol en su casa, paró un momento en su barrio para ir a buscar a Ricky al supermercado que estaba debajo de su apartamento, que era donde él trabajaba de día. Una idea se había formado en su cabeza y necesitaba su ayuda.

Si de noche su amigo era una sexy y divertida conejita de Playboy, de día era un varonil y cuadrado guarda de seguridad que traía loquitas de amor a las clientas del establecimiento. Si éstas supieran de su doble vida, a más de una le daría un paro cardíaco, y Adriana no perdía ocasión de tomarle el pelo cuando iba a hacer la compra. Que su mejor amigo fuera bisexual era un hecho que ya había asumido hacía mucho tiempo, a pesar de que él ocultara su lado travesti al resto del mundo.

—¡Ey, guapo! Ya tienes a tu novia aquí de nuevo, marcando territorio — vociferó una compañera de él que estaba en caja—. ¿Adónde vas con esas pintas? ¿Acaso estamos en carnaval y no me he enterado?

—Tú, Piluca, cuidadito con las manos, que nos conocemos —bromeó Adriana guiñándole un ojo—. Como me entere de que lo acosas, te meto un puro. Y estoy trabajando de incógnito en un caso.

—¿Me vas a esposar? —preguntó la chica con un brillo de esperanza en los ojos—. Por favor, dime que sí, se lo estaría restregando a mi hermana el resto de su existencia. Entre ella y sus más que detalladas charlas de las posturas que hace con su novio, me tienen hasta el gorro.

—Si es por eso, sólo tienes que decírmelo, que hablamos con los bomberos de enfrente para que te hagan un calendario dedicado exclusivamente a ti.

—¡Madre del amor hermoso! Si eres capaz de conseguir eso, te levanto un altar.

Las dos se echaron a reír con complicidad, mientras Ricky, sorprendido de verla allí a aquellas horas, se acercó a ella.

—¿Qué haces aquí? ¿Tu jefe te ha vuelto a despedir? ¿Qué has hecho esta vez?

Adriana entornó los ojos y soltó un fuerte bufido.

—¡Ay, cariño, de verdad, que poca fe tienes en mí! —le reprochó, al mismo tiempo que le colocaba de forma correcta el cuello de la camisa blanca de su uniforme de guarda de seguridad.

—No es poca fe, es que te conozco.

Ella chasqueó la lengua y se cruzó de brazos fingiendo malestar.

—Ten amigos para esto.

Pero Ricky no la creyó y levantó una ceja con ironía.

—Todo está bien. Sólo he venido a avisarte de que esta noche me paso por tu apartamento. Necesito tu ayuda.

—¿Para qué?

—Tengo que ir de caza y necesito ropa apropiada.

Su amigo la miró arrugando el ceño sin entender nada.

—Necesito ropa sexy que me puedas prestar.

—¿Para qué? —repitió de nuevo, pero esa vez con una nota de aprensión en la voz.

—Para cazar a un soltero de oro.

El guarda la agarró de un brazo para alejarla lo máximo posible de los oídos que pudieran estar atentos a la conversación.

—¡¡Estás loca!! —masculló entre dientes—. ¿Crees que tu jefe no se dará cuenta de quién eres? En realidad, todavía no entiendo cómo no te ha descubierto ya.

—No estoy hablando de Marc, sino de su hermano Pol.

Ricky parpadeó varias veces, confundido por sus palabras.

—¿Su hermano?

—Sí. Acaba de llegar a la ciudad y se me ha ocurrido la idea de investigar a uno por el día y al otro por la noche.

—¡Estás chiflada! —sentenció, cada vez más convencido de que toda aquella charada no iba a acabar bien.

Adriana entonces sí que se molestó de verdad y, colocando los brazos en jarras, le preguntó:

—Me vas a ayudar, ¿sí o no?

Él la miró con atención mientras, pensativo, se rascaba la mandíbula; en su rostro, una expresión de miedo hacía intuir lo que estaba pasando por su cabeza en ese instante.

Era conocedor de la cabezonería de su amiga, y podía dar fe de ello desde el primer momento que la conoció en las pruebas de acceso a la policía, siendo la única mujer en conseguir superarlas. Y también sabía de su fuerte aversión a intimar con el sexo masculino.

—¿Me vas a explicar cómo te lo vas a hacer cuando el falso cazador quiera probar a su falsa víctima?

Adriana sabía perfectamente a lo que se refería su amigo y, sólo con imaginarlo, un estremecimiento de repulsión le recorrió el cuerpo de arriba abajo…, pero no dejó en ese instante que el miedo que escalaba por su pecho cada vez que pensaba en lo que había sufrido en su vida la alejara de su objetivo, así que cuadró los hombros, alzó la barbilla y miró al guarda con férrea determinación.

—Ése es un problema mío y, cuando llegue el momento, ya me encargaré de ello.

—Eres la mujer más terca que he conocido en toda mi vida.

—¿Sí o no?

Ricky miró a su alrededor y se dio cuenta de que algunos clientes los miraban con curiosidad.

—Escucha, este lugar no es el indicado para discutir sobre esto; esta noche, cuando llegues a casa, lo hablamos.

Ella asintió, y después de darle un rápido beso a su amigo, se marchó del supermercado con un extraño sentimiento invadiéndola.

Cuando se subió al coche, Adriana apoyó las manos en el volante y se quedó unos segundos mirando al vacío. Desde el mismo instante en el que había planeado su venganza, jamás se había permitido tener ni un atisbo de miedo o duda en su interior. Sin embargo, después de hablar con Ricky, se preguntó si sería capaz de cruzar ese límite que nunca en toda su vida se había planteado superar.

Los amargos recuerdos de su infancia la golpearon con fuerza una vez más y una arcada de bilis subió por su garganta. A pesar del muro de hormigón que había levantado para hacerse inmune al dolor, de vez en cuando éste se colaba por alguna pequeña grieta que no había conseguido tapar a lo largo de los años, arañando su alma y logrando que ella volviera a sentirse sola y vulnerable como en aquel entonces.

Con todo, Adriana sacudió la cabeza y los alejó de ella con su acostumbrada obstinación, y se recordó que la pesadilla que había vivido siendo tan joven le había hecho ser la mujer fuerte e independiente que era entonces, la que luchaba contra el mal que la había azotado de pequeña, la que se había hecho a sí misma y cuidado de su hermana ella sola. Y, sobre todo, ahora tenía un motivo para seguir adelante… ¡la venganza!

Un objetivo que no pararía hasta conseguir.

 

Cuando llegó a la oficina no encontró a Nines en su puesto, así que se dirigió directa a la sala de descanso del personal, donde la halló, tal y como había sospechado, tomándose un café en su pausa laboral.

—¿El jefe está ocupado? —preguntó mientras se servía uno para ella.

—Así es —respondió la secretaria después de soplar en el líquido ardiente mientras leía un periódico de tirada nacional.

—Pues, entonces, no lo molesto —indicó sentándose a su lado en la mesa.

—Sería aconsejable —señaló la mujer sin despegar la vista del diario.

Adriana levantó ambas cejas al mismo tiempo, sorprendida por el tono rudo de su compañera.

—Por cierto, dentro de media hora pásate por Recursos Humanos a firmar el nuevo contrato —comentó como quien no quiere la cosa.

Pero ella sabía que algo no andaba bien.

El ambiente en aquel pequeño espacio era demasiado gélido esa mañana, y se tomó unos instantes para ver cómo respiraba el «dragón» dormido que tenía delante de ella, pero, cuando se cansó de esperar a que Nines dejara a un lado la fría indiferencia, se atrevió a preguntar.

—¿Todo va bien?

—Perfectamente.

—¿Segura?

—¡Por supuesto!

—De acuerdo.

—¡Genial!

«Uno… dos… tres…»

—¿Qué pasó ayer por la noche para que cambiara de opinión? —interrogó la secretaria, dejando la taza encima de la mesa con brusquedad, sin poder contener por más tiempo la curiosidad.

—¿Tú sabías que me iba a despedir?

—Sí, claro.

—¿Y por qué no me dijiste nada?

—Lo intenté, pero no me cogiste el teléfono.

Adriana miró su taza humeante y recordó que su móvil se había quedado sin batería después de hablar con ella, y no volvió a acordarse de él hasta que se aseguró de que tenía una solución para el desastre de esa noche al haberse quedado sin entradas para el teatro.

—¿Y sabes por qué?

La secretaria se encogió de hombros.

—Ni la más remota idea. He intentado sonsacarle información hoy, pero no ha habido manera. —Y como él tampoco soltaba prenda preguntó—: Y tú, ¿sabes algo?

—¿Sobre qué?

La mujer se quitó las gafas para pellizcarse el puente de la nariz, un gesto que solía hacer cuando estaba a punto de perder la paciencia.

—Sobre la política interior de Katmandú —soltó molesta por su falta de luces—. ¡¿Tú qué crees, Adrián?! ¡Pues sobre tu despido, por supuesto! Tan espabilado que eres a veces para algunas cosas y otras te quedas alelado, hijo mío.

Adriana tuvo que taparse la boca para no echarse a reír.

—Yo tampoco lo sé —declaró encogiéndose de hombros.

Nimes lo miró con detenimiento, dudosa entre creerle o no. Nadie le quitaba de la cabeza la extraña sensación que tenía con respecto a ese muchacho. Sabía instintivamente que ocultaba algo y eso la hacía estar con la mosca tras la oreja.

Creía entender el cambio de opinión de su jefe de no despedirlo, después de que el chico salvara tan bien los papeles con respeto al ramo de flores y la ausencia de entradas para el teatro…, pero para un cambio tan drástico y un nuevo contrato… pues no, la verdad.

—Y, por supuesto, ¿tampoco sabrás por qué te ha concedido un ascenso?

—Tampoco —respondió simulando ignorancia—. Debe de ser que soy muy bueno en lo que hago.

—Para ser honesta, no creo que lo seas tanto.

En ese instante entró Azucena Blanca, la secretaria de Pol.

—Buenos días —saludó ésta, encaminándose decidida hacia la pequeña nevera para sacar un bote de su interior con un asqueroso brebaje de color verde.

—¿Todavía sigues con eso? —preguntó Nines después de que ella y Adriana devolvieran el saludo.

—Este tipo fino no se mantiene solo —respondió la mujer sentándose a la mesa con ellas.

Morena, con el pelo corto y liso y unos ojos grandes y negros, no aparentaba la edad que tenía. Debía de rondar la misma que Nines, pero su rostro era más suave y su sonrisa más dulce, consiguiendo caer bien al instante de conocerla.

—¿Qué contiene? —curioseó Adriana.

—Es un batido de vegetales y frutas.

—¡Puaj, un asco! —soltó Nines con un estremecimiento de repulsión.

—Es muy sano, diurético, regenerativo y depurativo —rebatió la secretaria, dándole un sorbo a continuación.

Y tanto Nines como Adriana no pudieron evitar un gesto de desagrado.

—Para ti todo —declaró su compañera levantándose de la mesa para lavar su taza de café—. No entiendo cómo alguien en su sano juicio toma eso de forma voluntaria. Total, para lo que te sirve.

—¡Oye, que ahora entro en una talla treinta y ocho! —declaró Azucena con énfasis y orgullosa de semejante hazaña—. ¿Sabes cuánto tiempo hacía que no entraba yo en unos vaqueros ajustados?

—¿Y de qué te sirve? Yo no veo a ningún hombre a tu lado que disfrute de tu sacrificio.

—Pero qué antigua eres, Nines —apuntó Adriana saliendo en defensa de Azucena—. A las mujeres no nos hace falta un hombre para cuidarnos y sentirnos bien. —Y enseguida rectificó cuando se dio cuenta de su error al ver la cara de estupefacción de ambas—. Me refiero a que «vosotras» no necesitáis a un hombre a «vuestro lado» para cuidaros y sentiros bien. —Y levantó un puño al aire—. ¡¡Mujeres al poder!! ¡¡Mujeres al poder!! —Y fue perdiendo la voz poco a poco al mismo tiempo que bajaba el brazo—. ¡Mujeres… al… poder!

Nines sacudió la cabeza con resignación, evidentemente a ese chico le faltaba un hervor, y se dirigió decidida hacia la puerta.

—Me voy a trabajar, que ya me toca.

—¡Que te sea leve! —le deseó su compañera—. Y que sepas que a lo mejor tengo a un hombre que disfruta de mi esfuerzo.

—Seguro que sí —declaró con ironía. Antes de llegar a la puerta se acordó de algo y se giró hacia ellas—. ¿Ya te has enterado de la noticia?

—No, ¿de qué noticia hablas?

—Tu jefe ha regresado de Miami.

—¿En serio? —cuestionó con un brillo de regocijo en los ojos—. ¿Cuándo?

—Hoy —respondió Adriana, adelantándose—. Vengo de dejarlo en casa.

—¿Y cómo es posible que nadie me haya dicho nada hasta ahora?

Las dos se encogieron de hombros, pero fue Nines la que respondió con una suposición.

—Creo que fue una decisión imprevista. Por lo que me dijo Marc, terminaron el trabajo antes de lo esperado y decidió regresar.

—Ajá —susurró, ocultando su desconcierto antes de probar otra vez su brebaje.

Adriana observó a la mujer con interés y pensó que, con probabilidad, Azucena era la persona que más podría saber sobre la vida de Pol. A Nines había sido incapaz de sonsacarle prácticamente nada de Marc, pero quizá con ella tuviera mejor suerte respecto al hermano menor. No es que hubieran entablado mucha amistad desde que estaba trabajando en la agencia, pero siempre había sido amable con ella.

—Bueno, ahora sí que me voy —aseguró Nines, y desapareció tal y como acababa de decir.

Hubo un minuto de silencio, que fue roto por la pregunta de Azucena.

—¿Sabes si vendrá hoy?

—Pues no, no me lo dijo, pero si te soy sincera no contaría con ello. Cuando lo he dejado en casa ha comentado que iba a echarse un poco para recuperarse del jet lag. —Hizo una pequeña pausa y continuó después de darle otro sorbo al café—. Además, supongo que aprovechará para estar hoy con la novia y ya, si eso, vendrá mañana a trabajar.

La secretaria clavó su mirada en ella al mismo tiempo que su cuerpo se ponía en tensión.

—¿Por qué dices eso? ¿Acaso ha venido con una mujer? ¿Te lo ha dicho él?

—No, claro que no, sólo son suposiciones mías. Me imagino que, con lo mujeriego que es, tendrá novias a patadas.

—No te creas —confesó Azucena más relajada—. Es cierto que tiene a muchas mujeres detrás de él, pero no hay nada serio con ninguna. Se divierte con ellas y después pasa página.

Adriana apretó los dientes con fuerza.

Quizá su hermana había sido una más de sus conquistas. Tal vez Ricky tuviera razón y, al no soportar que la dejara, Tania optó por una salida más fácil para ella que padecer al verlo con otras.

Cerró los ojos al mismo tiempo que intentó normalizar su respiración. No tenía pruebas… y justamente estaba allí para recabarlas. No podía flaquear en ese momento. Debía mantener la mente fría hasta encontrar al verdadero culpable de la muerte de su hermana.

—¿Nunca ha tenido algo serio con ninguna? ¿Ni tan siquiera una chica que haya sido más especial que las demás?

La mujer dio otro trago a su brebaje y tardó un poco más en contestar, logrando que Adriana comenzara a dar pequeños golpecitos con el pie de forma convulsiva.

—No, nunca —aseguró rotunda—. Y sé de lo que te hablo, pues las he conocido a todas. —Y se apresuró a aclarar, cuando vio un gesto de sorpresa en ella—: Es lo que tiene llevar su agenda, sé cuándo entra y cuándo sale en todo momento.

«En todo momento, no», pensó Adriana al recordar que ese mismo día ni tan siquiera sabía que iba a regresar de su viaje.

—Bueno, tengo entendido que había una un poco distinta a las demás. Una modelo… —Y simuló estar recordando el nombre—, ¿cómo se llamaba…? —Y al ver que Azucena no picaba el anzuelo, se arriesgó—. ¿Tamara…? ¿O era Tatiana…?

—¿Hablas de Tania?

Ella fingió caer en la cuenta en ese instante y tuvo que poner todo de su parte para hacerse la despistada.

—¡Exacto… Tania! ¡Sí, creo que era así!

La secretaria entrecerró los ojos y Adriana tragó saliva con fuerza al sospechar que no la estaba creyendo.

—¿Dónde has oído eso?

Se encogió de hombros y se echó hacia atrás en la silla, aparentando desinterés.

—No lo sé, lo habré oído por aquí o leído en las revistas. Ya sabes cómo son las mujeres, enseguida se ponen a cotorrear unas de otras… y yo, aunque no quiera ser chismoso, tengo oídos.

Azucena se tomó su tiempo en darle otro sorbo a su brebaje verde, y Adriana creyó haber metido la pata hasta el fondo.

—Tienes razón —dijo al fin, prodigándole una sonrisa—, en esta empresa hay mucho cotilla. Y es una pena, porque la pobre muchacha no salió muy bien parada, pero mi jefe no tuvo nada que ver con ella.

—¿Por qué salió mal parada?

—¿No te lo han contado?

Ella negó con la cabeza.

—Tania era una chica encantadora —confesó la mujer con una triste sonrisa—, pero acabó suicidándose.

—¡Oh, vaya! —murmuró haciéndose la sorprendida—. ¿Y se sabe por qué? ¿Mal de amores acaso?

La respuesta de la secretaria fue interrumpida por la voz de Nines saliendo por el intercomunicador.

—Adrián, el jefe quiere verte.

Ella maldijo interiormente por lo inoportuno del requerimiento. Ese hombre era un grano en el culo en toda regla, pues había estropeado un momento perfecto para recabar más información. No quería irse en ese instante en el que Azucena se estaba abriendo a ella, pero, si no acudía a la llamada de su jefe, llamaría más la atención.

—Lo siento, el deber me llama —se excusó levantándose para lavar con rapidez la taza de café y dejarla secando antes de marcharse.

—Tranquilo, lo entiendo.

Se fue reprimiendo las ganas de pegar un grito de frustración.