Mentiras arriesgadas

Antía Eiras · Capítulo 12 de 36

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Mentiras arriesgadas

Capítulo 11

 

—¡Santo cielo…! ¡Otra vez no!

Al oír ese agudo chillido, Marc se separó rápidamente de su empleado para advertir cómo su futura esposa lo juzgaba, nuevamente, de manera equivocada. En ese instante, y por la impresión, a Adriana se le cayeron las llaves del coche al suelo. Se agachó a recogerlas y, cuando finalmente se incorporó, tuvo la mala suerte de que el pelo de la peluca se quedó enganchado en uno de los botones de la chaqueta del traje de Marc.

—Esto no es lo que parece… —se excusó su jefe intentando inútilmente separar la cabeza del chófer de sus partes menos nobles.

—¡Ay, que me vas a dejar calvo! —chilló, aterrada de que el postizo saliera volando.

—¡¿Qué demonios estás haciendo, Adrián?! —preguntó él, impaciente, mortificado por la lamentable escena que estaban ofreciendo delante de su prometida.

—Cubriendo un Sudoku, ¡no te fastidia! —replicó ella en tanto intentaba desenganchar el pelo atrapado—. ¡Quieres quedarte quieto de una vez!

Roser bufó, entornando los ojos y cruzándose de brazos mientras se acaloraba por momentos, llena de ira.

—Roser…

—¿Qué otra estúpida excusa me vas a inventar ahora, Marc? ¿Que mis ojos me mienten?

—Por supuesto que no; ya te he dicho que no es lo que parece —aclaró, acercándose después de quedar ambos liberados.

—Eso es lo que suelen decir todos aquellos que son pillados in fraganti, pero fíjate que no te creo.

—¡Deja de chillar, estás montando un escándalo! —siseó entre dientes, al mismo tiempo que la agarraba por un brazo y la llevaba a su despacho.

—¡Suéltame! ¡No me toques! —gritó mientras era arrastrada contra su voluntad—. ¿Te crees que me importa que se entere todo el mundo de la clase de degenerado que eres?

Marc se paró justo delante de la mesa de Nines, para levantar a continuación una ceja y mirarla directamente a los ojos.

—¿En verdad quieres ser la comidilla de toda la ciudad?

Roser enmudeció unos segundos, hasta que, después de pensarlo fríamente, se soltó de forma brusca de su sujeción y elevó con altanería la cabeza para pasar al interior del despacho.

Cuando se cerró la puerta tras ellos, Nines desvió su atención hacia el muchacho que, impasible, apoyó el trasero en su mesa.

—¿Qué has hecho ahora?

Adriana se cruzó de brazos y bufó tras acabar de retocarse el pelo.

—A mí no me mires, esa mujer está loca.

 

Roser se paseaba, visiblemente alterada, de un lado a otro de la habitación. No podía dar crédito a lo que acababa de ver, y lo que la descomponía era el hecho de saber que podría haberlos descubierto cualquiera.

—¿Cómo te atreves a engañarme a tan poco tiempo de nuestra boda? —le recriminó mirándolo con furia—. ¡Y con un hombre, además!

Marc se dejó caer en el sillón soltando un profundo suspiro y se pasó las manos por el rostro con gesto de cansancio.

Después del tiovivo de emociones en el que se había montado esa mañana, lo que menos le apetecía era tener que lidiar con ella. Cada vez soportaba menos su presencia, y las palabras que le había dicho Adrián habían calado hondo dentro de él. No había hecho más que pensar en ellas durante el camino de regreso.

Con respecto a lo que sentía por su prometida, su chófer tenía razón, no la amaba. E imaginar el hecho de pasar el resto de su vida con ella lo atormentaba en lo más profundo de su ser. Pero ¿qué opciones tenía, si no? No podía ser tan miserablemente egoísta y pensar exclusivamente en él. A pesar de lo que por lo visto todo el mundo pensaba, su padre y sus deseos nada tenían que ver con su sacrificio… ¿o sí?

—No te estoy engañando con nadie, Roser, y menos aún con un hombre.

—¡No me lo puedo creer! ¡No me lo puedo creer! —lloriqueó confusa por ese abrumador descubrimiento.

Descubrimiento que, por otro lado, le suponía un grave problema para sus planes.

Marc observó lo alterada que se encontraba, pero no sintió ninguna compasión por ella. Era cierto que no la estaba engañando… por el momento. Si tanto ella como su padre pretendían que, después de obligarlo a casarse contra su voluntad, se mantuviera fiel, iban muy desencaminados.

—Piensa lo que quieras, a mí me es por completo indiferente.

—¡Esto no te lo voy a perdonar jamás! ¡¿Me oyes?! ¡Jamás! —le espetó con rencor, sin tan siquiera haberlo oído—. Y cuando mi padre se entere de esta traición…

—¡¿Qué?! —bramó poniéndose de pie y clavando los puños en la mesa del escritorio—. ¿Anulará la boda? ¿En serio?

Echó la cabeza hacia atrás soltando una enorme carcajada, pillando desprevenida a la mujer, que lo miraba como si estuviera desquiciado.

—¡Por favor, llámalo! —le rogó, ofreciéndole el auricular del teléfono—. Cuéntale que soy gay y que me acuesto con todos los hombres de esta maldita ciudad. Estoy dispuesto a que sueltes esa estúpida mentira si con eso consigo que canceles la puñetera boda.

Roser lo miró aturdida. No había esperado el desprecio y el rencor que desprendían las palabras de Marc. Ella llevaba meses luchando por su relación, y la entristecía saber que él lo único que quería era deshacerse de ella como si no valiese nada.

—¿Por qué me estás haciendo esto?

Ahora al que le tocó mirarla como si hubiera perdido la razón fue a él.

—¡No me mires así! —le ordenó, dolida por su rechazo—. Sé que intentas por todos los medios alejarme de ti, pero no te lo voy a permitir, ¿me entiendes?

—¡Estás completamente loca!

Roser se acercó a él para echarse en sus brazos.

—Sí, estoy loca… ¡pero por ti! —le confesó, decidida a que la creyera—. Sé que todavía no me amas, pero lo harás, Marc, estoy segura de que al final conseguiré que lo hagas. Sólo dame tiempo…

—¡Suéltame! —le espetó con asco, alejándose de ella—. Tú no me quieres, nunca lo has hecho. Sólo estás enamorada de la posibilidad de cazar a uno de los hombres más influyentes e importantes de esta ciudad. Uno lo suficientemente joven como para que puedas presumir, y que no caiga fulminado de un ataque al corazón la noche de bodas.

—Eso no es cierto —señaló apenada, desesperada por lograr que la creyera.

A pesar de lo que él pudiera pensar, Roser realmente lo amaba. Desde que lo conocía había soñado con el momento en el que le declararía amor eterno. Eran la pareja más envidiada de todas sus amistades y sabía que había decenas de mujeres que matarían por estar en su lugar. Y no sólo por el dinero o su carrera de piloto de coches, esos dos pequeños detalles lo hacían parecer sumamente atractivo ante los ojos de las demás y de los suyos propios, sino que era demasiado guapo, sexy, varonil y perturbador para su desgraciado corazón. Esos ojos negros como la noche, penetrantes y misteriosos, le robaban el aliento cuando se posaban en ella. Su porte gallardo y elegante, su risa rica y profunda, su voz sensual e intensa… todo en ese hombre había sido creado para enamorar.

Se acercó nuevamente, pero él consiguió detenerla agarrándola por las manos.

—Estoy segura de que puedo hacerte feliz, Marc. Sólo dame una oportunidad para poder demostrártelo.

—No hay nada que puedas hacer, Roser… —Y acercándose a su oído, le soltó con toda la rabia y frustración contenida que llevaba dentro—: ¡Escúchame bien! No hay nada que puedas hacer ahora o en un futuro para hacerme feliz. ¡¡Nada!!

Luego la soltó, para alejarse de ella lo máximo posible.

Ella lo observó con detenimiento. Su padre creía que lo que sentía por Marc era una enfermiza obsesión y quizá no andaba muy desencaminado… pero él haría cualquier cosa por su dulce princesita, y si para ello tenía que utilizar métodos cuestionables y faltos de moralidad… bueno, resultaba evidente que por ella lo haría.

Roser se cruzó de brazos. Marc podría rechazarla todo lo que quisiera, pero era un hombre y, como tal, caería en sus redes antes o después. Sólo debía ser paciente. Y si de algo se había dado cuenta en los últimos meses era de que, de paciencia, andaba sobrada.

Siempre había conseguido todo lo que había deseado y él no sería la excepción, y, si para ello tenía que deshacerse de ese maldito muchacho, lo haría sin dudar.

—¿Qué pensarían tus padres si se enteraran de tus peculiares gustos? — cuestionó, usando en su provecho el talón de Aquiles de Marc—. Se revolverían en sus tumbas, profundamente avergonzados por tus acciones.

Él se frotó la frente, deseando que se marchara y lo dejara en paz de una maldita vez, pero, visto que la suerte no estaba de su lado, se sentó otra vez en el sillón.

—Dudo mucho que creyeran semejante patraña, pero te aseguro que no me importaría si con ello consiguiese sacarte de mi vida.

Roser sonrió con ironía, sin creerse ni por un momento sus palabras.

—No estoy ciega, Marc, he visto cómo lo miras. Y sé que no eres tan indiferente como quieres aparentar ante el escándalo que supondría que saliesen a la luz tus preferencias sexuales.

El hombre clavó una intensa mirada sobre ella, temeroso de sus intenciones. Era imposible que supiera la fuerte atracción que sentía por Adrián, y sus ridículos celos estaban basados en meras tonterías.

—No sé de qué diablos me estás hablando. Y eres una necia si supones que alguien se podría creer tus estupideces.

—¿Eso piensas? —inquirió, disfrutando del placer de saber que de nuevo lo tenía en sus manos. Se felicitó secretamente por haber sabido darle la vuelta a la tortilla y, lo que en un principio había resultado ser un problema para ella, convertirlo en un as bajo la manga—. Me encantaría descubrir cuál sería la reacción de tus inversores y clientes más antiguos ante el supuesto encubrimiento durante todos estos años de tu verdadera personalidad. Sabes perfectamente que en estos momentos estás en una posición muy vulnerable para enfrentarte a un escándalo de esta envergadura.

Marc cruzó las manos, simulando una indiferencia y despreocupación que no sentía.

—Si sueltas esa falsedad, querida, no sólo me afectará a mí. ¿Qué crees que pensarán los demás sobre el hecho de querer casarte con un homosexual? Serás el hazmerreír de todo el mundo en Barcelona. Cuchichearán a tus espaldas, despellejándote viva.

Ella se sentó delante de él y cruzó las piernas muy despacio para darle un toque de dramatismo a la situación.

—Por supuesto, nuestro compromiso se disolvería. Y con el tiempo las murmuraciones se olvidarían, quedando únicamente su compasión por una mujer enamorada y engañada de forma tan mezquina, con el único propósito de esconder un oscuro secreto… pero tu prestigio, Marc de Montellà Bau, y el de tu agencia quedarían por los suelos.

Éste enmudeció, consciente de que estaba en lo cierto. Y ella, al saberlo, desplegó una amplia sonrisa de satisfacción.

—En el fondo me necesitas… y lo sabes.

—Nadie te creerá, tengo una reputación de mujeriego labrada durante muchos años.

—Una reputación que jamás cuajó con ninguna mujer. La única que hasta el momento ha conseguido un compromiso serio he sido yo.

—Algo en nuestros días por completo normal, ¿no te parece?

—¿Tú crees? ¿No piensas que esa falta de compromiso con el género femenino suscitará las suficientes dudas sobre tus preferencias sexuales?

—No tienes pruebas de ello.

La sonrisa de la mujer se volvió ladina.

—Hoy en día no hacen falta, querido.

La vena en la frente de Marc comenzó a hincharse de nuevo, y rabioso con ella se echó hacia delante para preguntarle de forma directa y sin rodeos:

—¿Qué quieres, Roser?

Ésta acarició los brazos del sillón con evidente placer.

—Quiero que eches ahora mismo a esa basura de aquí. No quiero volver a ver a ese hombre nunca más.

Él tardó unos segundos en contestarle.

—¡No!

Roser parpadeó, asombrada por la respuesta.

—¿Perdona?

—No pienso despedirlo.

Ella apretó los dientes con fuerza, claramente molesta con su oposición.

—¿Tanto te importa que estás dispuesto a perderlo todo por él?

—No, lo que estoy es cansado de tus incesantes chantajes y no voy a someterme a otro más. He descubierto que Adrián no es sólo un excelente chófer, sino que además es intuitivo para los negocios, sagaz, honesto y leal, un valor en alza que no estoy dispuesto a perder por tus ridiculeces. Ante todo soy un hombre de negocios, que sabe cuándo ha encontrado una joya sin pulir para convertirlo en mi asesor personal. Y te lo advierto, Roser, en esto no pienso ceder.

Clavó su mirada en él y supo con certeza que no iba a capitular, así que, furiosa, se levantó del asiento para acercarse al ventanal y mirar la ciudad a través del cristal.

Si lo pensaba fríamente, ella tampoco se tragaba la mentira de que Marc se sintiera atraído por los hombres. No sabía exactamente qué era lo que se traían entre los dos, pero dudaba seriamente de que pudiera ser algo sexual. Si había reaccionado así cuando los había visto juntos era por los celos y la impotencia de saber que un completo extraño pudiera disponer de una cercanía y confianza con él que ella misma, durante todos esos años, jamás había podido alcanzar. Y eso la desquiciaba.

Lo había intentado todo con Marc, desde convencer a su padre para que hiciera negocios con el suyo y poder de ese modo comenzar una relación de amistad entre las familias, prosiguiendo con fingir indiferencia para que se fijara en ella, pasando por el acoso y derribo por completo infructuoso, hasta finalizar chantajeándolo para conseguir lo que quería a toda costa. Y nada de ello había servido para que sintiera por ella ni tan siquiera un poco de afecto.

Todos sus esfuerzos habían sido en vano, logrando únicamente que la rechazara una y otra vez. Sentía celos, sí. Unos celos irremediables y desmedidos ante cualquier persona que pudiera obtener el cariño y aprecio del hombre que tanto amaba y que ella no podía conseguir.

Pero no podía echar por tierra todo el esfuerzo que había invertido en lograr lo poco que por fin tenía. Sabía cuándo debía ceder en lo concerniente a Marc, y ése era uno de esos momentos.

—Está bien —aceptó, girándose hacia él para enfrentarlo decidida—, pero me niego a que sea tu chófer. Si hace falta contrato yo a uno y pago su sueldo con mi propio dinero. Y tampoco quiero que trabaje aquí, junto a ti. Ofrécele su propio despacho si quieres, ponlo a contar lápices si hace falta, y si puede ser en otra planta, mejor, pero lo quiero lo más alejado posible de ti.

Marc la miró con exasperante detenimiento fingiendo estudiar su proposición. Porque lo que ella no sabía era que, justamente esa decisión, ya la había tomado esa misma mañana en beneficio de su propia salud mental.

Unos minutos después, a punto de hacer desesperar a esa mujer, asintió con la cabeza, ocultando la satisfacción que le propiciaba saber que ella creyera que había ganado.

—Pero necesito unos días, al menos, para volver a coger confianza con el coche y poder manejarlo yo solo.

Su prometida lo miró atónita.

—¿Has vuelto a conducir?

—He empezado esta mañana y por eso he llegado tan tarde.

Roser se quedó callada, asumiendo esa noticia.

—¡Ohh, no sabes cuánto me alegro de que por fin…!

Pero Marc hizo un gesto con la mano para que se detuviera.

No quería que lo tocara, ni tampoco quería su comprensión, ni preocupación, ni compasión… No quería nada de ella.

Roser se cruzó de brazos, molesta otra vez por su rechazo.

—Está bien —accedió tras unos segundos—, te concederé lo que queda de semana, pero a cambio me acompañarás a todos los eventos que yo te pida a partir de ahora. Ya me has hecho hacer el suficiente ridículo delante de nuestras amistades, ahora disfrutaré de un verdadero compromiso hasta el día de nuestra boda.

Él se levantó de su asiento enfadado.

—Si piensas que voy a hacer algo parecido es que estás más loca de lo que creía. No creas que…

—Yo tampoco voy a ceder en esto, Marc —lo interrumpió, con un gesto de terquedad en el rostro—. Quiero ver a todas mis amigas palidecer muertas de la envidia cuando aparezca enganchada de tu brazo. Y que se les borre la sonrisa de suficiencia a todos aquellos que dudaban de nuestro compromiso y futura boda. No, querido, en esto no pienso ceder ni un ápice.

Y a él no le quedó más remedio que volver a sentarse, derrotado por su chantaje y tozudez. También la conocía lo suficiente como para saber hasta dónde llegaba su férrea obstinación en conseguir lo que quería.

Cuando Roser salió del despacho, con la cabeza bien alta y una radiante sonrisa de triunfo en los labios, se acercó a Adriana, que todavía esperaba sentada a la mesa de Nines.

—Tu jefe quiere hablar contigo.

Ésta arqueó una ceja en señal de desconcierto al ver la maldad reflejada en el rostro de esa horripilante mujer.

Buscó con la mirada a la secretaria, después de que la prometida de su jefe se encaminara hacia los ascensores, y su amiga sólo pudo encogerse de hombros, tan ignorante como ella de lo que había ocurrido allí dentro.

—¿Y ahora qué querrá? —preguntó Azucena, que se encontraba justo a su lado después de que Adriana le explicara el malentendido que había sucedido en el ascensor.

Inquieta y preocupada al imaginarse lo que podía significar ese gesto de victoria en el rostro de esa víbora, se palpó inconscientemente el lugar donde había quedado enganchada la peluca en la chaqueta de Marc, gesto que no le pasó desapercibido a Nines, que arrugó el ceño al ver cómo el postizo se había despegado y levantado un poquito en la sien… pero la secretaria enseguida disimuló mirando hacia sus papeles, cuando Adriana giró la cabeza hacia ella mientras intentaba volvérsela a pegar con pequeños toquecitos nerviosos de sus dedos.

Cuando entró en el despacho de su jefe, se encontró con un hombre abatido y hundido en su asiento, pero que de inmediato disimuló al verla entrar.

—Siéntate, por favor —le ordenó después de que cerrara la puerta tras de sí.

Ella así lo hizo y carraspeó con ansiedad al ver la cara seria y solemne de Marc.

—¿Ocurre algo? —preguntó angustiada.

Si por culpa de esa estúpida mujer su plan se iba al traste, Adriana juró vengarse de ella haciéndole la vida imposible cuando recuperara su puesto de policía.

—En realidad, sí. Quería anunciarte de que ya no serán necesarios tus servicios como chófer en esta empresa. Al final de la semana…

—Te lo ha exigido ella, ¿verdad? —lo interrumpió poniéndose de pie, evidentemente alterada por que sus dudas se hubieran materializado—. No entiendo por qué esa arpía me tiene tanta manía, pero no puedes dejarte manipular por ella tan fácilmente, Marc. En serio, no comprendo cómo puedes estar con esa mujer, es una pija soberbia y engreída con aires de grandeza y un palo metido en el culo. Te tiene sorbido el cerebro. Si es una celosa compulsiva ahora, no quiero ni pensar cuando estéis finalmente casados. Fíjate bien en lo que te digo: te va a hacer la vida imposible, la tendrás todo el día respirándote en la coronilla…

Enmudeció de golpe al verlo muy ufano reclinado en su asiento y sonriendo ampliamente. Sabía que cuando se ponía nerviosa hablaba muy deprisa y más de la cuenta, pero no creía merecerse tanta falta de respeto por su parte.

—¿Te hace gracia que me quede sin trabajo por culpa de esa bruja?

—En realidad, no —respondió, echándose hacia delante, apoyando la cabeza en la mano y sonriendo con pedantería mientras, divertido, tamborileaba con los dedos de la otra mano sobre la mesa—. Me entretiene pensar quién de los dos es más celoso, si tú o ella.

—¿Celoso, yo? ¡Por favor, no me hagas reír! —resopló ofendida por que pensara semejante tontería.

—¿Tú crees? —inquirió con un más que genuino y evidente placer, sólo con pensar que su empleado experimentara una mínima porción de la atracción que sentía él—. Tu discurso prueba todo lo contrario. Y déjame decirte que me halaga enormemente que sientas tanta «preocupación» por mí y por mi relación sentimental.

—La única preocupación que siento es haberme quedado sin trabajo.

—¡Ay, Adrián, Adrián, Adrián…! ¿A quién quieres engañar? Esa posibilidad ya la habías contemplado esta misma mañana cuando se te ha ocurrido la descabellada idea de obligarme a conducir.

Ella tuvo que admitir que tenía razón.

—Pero déjame terminar, ¿quieres? —continuó al ver que no seguía replicando, contento por saber que no era el único que sentía algo en esa extraña relación. No obstante, si lo pensaba mejor, lo de Adrián era normal, dada sus preferencias sexuales, al contrario que lo suyo, al ser por completo diferentes… o eso creía hasta el momento. Marc cambió su tono jovial por otro más serio al darse cuenta de por dónde iban sus pensamientos—. Tus funciones como chófer terminarán a finales de esta semana, pero seguirás siendo mi asesor personal. Tenemos que descubrir todavía quién es el hombre que me está traicionando.

Adriana dejó escapar un suspiro de alivio y no pudo evitar que una sonrisa alegrara su rostro.

—Entonces, ¿no estoy despedido?

Su jefe negó con la cabeza y se reclinó en el sillón.

—A partir de ahora ocuparás un pequeño despacho al final del pasillo; en él obtendrás más privacidad para poder revisar los archivos que consigas extraer de los ordenadores de los demás empleados.

—De acuerdo.

—Pero te advierto una cosa, Adrián —habló posando una intensa y seria mirada en ella—: Quiero resultados lo antes posible. Preciso saber quién es ese maldito bastardo, ya.

Ella asintió con énfasis, sabiendo lo importante que era ese tema para él.

Cuando Marc supo que todo había quedado claro entre ellos, marcó la línea interna en su teléfono para llamar a su secretaria.

—Nines, necesito que vengas un momento.

Cuando su secretaria entró en el despacho, Adriana se mantuvo de pie, esperando por lo que él tuviera que decir y seguir, a continuación, sus indicaciones. Su jefe ordenó que se limpiara y habilitara el pequeño habitáculo situado al final del pasillo, trasladando todo lo que allí hubiera al almacén. También mandó que se le instalara una mesa, un equipo informático y el material de oficina necesario para que pudiera trabajar a gusto.

Horas después, Adriana se encontraba sentada en su nueva silla delante de su recién estrenada mesa de escritorio, contenta de cómo habían salido las cosas ese día.

—Mi nuevo despacho es pequeño, pero agradable, ¿no os parece? — preguntó tanto a Nines como a Lesly, que se encontraban allí después de haberla ayudado a acomodar los muebles y enseres propios de una oficina.

—Bueno, quizá le falte algún toque femenino que lo haga un poco más acogedor —opinó la recepcionista, observándolo todo con ojo crítico—. Una nueva mano de pintura, una planta por aquí, un cuadro por allá…

—Dame un poco de tiempo, corazón —respondió sonriente mientras acariciaba la mesa con las yemas de los dedos.

—Dudo mucho que vayas a disfrutar de este lugar lo suficiente como para que dé tiempo a decorarlo —intervino Nines con gesto serio.

Adriana la miró sin entender qué quería decir.

—¿Por qué?

La secretaria se acercó a ella y, sin previo aviso, le tiró del pelo hasta arrancarle la peluca por completo.

—¡Por esto!