Mentiras arriesgadas

Antía Eiras · Capítulo 5 de 36

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Mentiras arriesgadas

Capítulo 4

 

 

Adriana cerró los ojos con fuerza, esperando y rezando a la vez para que su jefe no se estuviera dirigiendo a ella, pero un segundo después abrió el ojo izquierdo y… lo vio allí, parado justo delante de sus narices.

—¿Algún problema? —preguntó después de carraspear y tragar saliva.

El hombre abrió la boca hasta casi desencajársele la mandíbula, al mismo tiempo que no daba crédito a la desfachatez de ese muchacho.

—¿Me estás tomando el pelo? —demandó después de recuperar el habla y recordar que no era tan muchacho, a pesar de las apariencias.

—No, señor.

—Entonces, ¿cómo puedes hacerme esa pregunta tan estúpida?

—Pues…

—¿En qué momento pensaste que traernos a este tugurio iba a ser una buena idea?

Ahora le tocó a ella abrir la boca de golpe por su falta de gratitud.

Después de improvisar un estupendo y coqueto ramo de flores frescas en el despacho, y de sacar de un apuro a sus compañeras, Adriana salió veloz hacia el teatro en busca de las dichosas entradas, pero, cuando llegó a la taquilla, la horrible mujer que la atendió no quiso entregárselas. Alegó que su jefe acababa de marcharse y que no le había dejado ningún aviso u orden de dispensar de forma «atípica» entradas supuestamente agotadas o, en su defecto, reservadas para clientes VIP… y, por supuesto, ella no iba a jugarse su empleo por la palabra de un desconocido. Añadió que, si lo que decía era cierto, tendría que haber ido a la hora acordada y no cuando le viniera en gana.

Adriana estaba tan furiosa que deseaba ponerse a patalear y gritar de frustración en plena calle, y a pesar de rogar, disuadir, amenazar, alabar y todas las demás tácticas de persuasión que se le fueron ocurriendo sobre la marcha, no hubo forma humana de convencer a semejante bulldog. Sólo le faltó sacar su placa de policía para amedrentar a esa horripilante bruja, y ni con ésas creía que hubiera podido hacerla entrar en razón.

Por todo ello, mientras iba a recoger a su jefe tuvo que pensar en un plan B, pues no podía presentarse con las manos vacías. De pronto recordó las entradas que le había regalado Ricky para su espectáculo en la sala Survive. ¿Qué otra opción le quedaba? Quizá el show no fuera del gusto de la insufrible y esnob prometida, pero sabía de las buenas críticas que tenía y de lo solicitada que estaba la entrada a ese local. Por tanto, lo arriesgó todo a una sola carta con la esperanza de ayudar a su jefe a salvar un desastroso aniversario.

Vale que sabía que la opción era atrevida, pero echarle a ella todo el marrón era muy injusto.

—¿Perdón? —cuestionó, perpleja por su falta total de gratitud.

—¡Ni perdón ni leches! —soltó Marc, molesto por el desastre que había causado—. Resulta evidente que la decisión que he tomado esta mañana de despedirte es la opción más acertada. No puedo disponer de un empleado tan incompetente como tú trabajando bajo mis órdenes.

Ella parpadeó varias veces al mismo tiempo que cerraba la boca y la convertía en una fina línea, y apretó tanto los dientes que por un momento rechinaron con fuerza.

—¡Un momento! —solicitó estirando el dedo índice en un gesto para llamar su atención—. Creo que no he oído correctamente. ¿Acaba de decir que esta misma mañana ha tomado la decisión de despedirme? —Y recalcando con énfasis repitió—. ¿Por incompetente?

—Has oído con claridad —respondió él, deshaciéndose el nudo de la corbata con impaciencia—. No sólo he tomado esa decisión, sino que le he dado órdenes expresas a Nines de tu cese inmediato antes de salir hacia la joyería. Y visto el absoluto fracaso de esta noche, mi resolución está más que justificada.

Ella apretó con fuerza los puños en un hercúleo intento de no propinarle un fuerte cachete en toda su prepotente cara.

—¡¿Justificada?! —masculló entre dientes.

—Por supuesto y puedes darlo por notificado. No hace falta que pases mañana por las oficinas a por el finiquito, se te enviarán los papeles por correo certificado. No quiero volver a verte nunca más en mi vida.

En aquel momento, Adriana no midió la magnitud de su enfado ni de las palabras que salieron sin filtro alguno por su boca. Lo que ese hombre estaba haciendo no tenía nombre, y pasó a un segundo plano todo su plan de venganza y descubrir la verdad que comportaba su misión.

Inspiró aire por la nariz para espetarle a ese miserable lo que pensaba de él en su propia cara.

—¿Quiere que le diga por dónde puede meterse su mísero finiquito certificado? —le soltó a bocajarro, cogiéndolo por completo desprevenido—. Es usted el hombre más mezquino, desagradecido y egoísta que he conocido en mi vida. Hoy le he salvado el culo dos veces, y no ha tenido ni la más mínima decencia de darme, al menos, las gracias por ello. Y no sólo eso, sino que, además, me lo paga despidiéndome.

Él hizo un gesto con cara de sorpresa, pues no sólo no se esperaba su reacción ni sus insultos, sino que, además, se dio cuenta de que la voz le había cambiado, haciéndose más aguda por momentos al menos tres tonos.

—Y lo peor de todo es que tiene la poca vergüenza de echarle la culpa a los demás de sus propios errores, y cree que todo se puede solucionar porque Marc de Montellà Bau lo ordena —prosiguió furiosa, sin ser consciente de que se había olvidado de impostar la voz para hacerla más masculina—. ¿Acaso piensa que el mundo gira a su alrededor y se detiene a su antojo? ¿Tiene idea de lo que ha tenido que hacer Nines para conseguirle unas entradas y una reserva a última hora? Sin mencionar que me ha tenido todo el día de un lado para otro, consintiendo los absurdos deseos de esa fastidiosa mujer, sabiendo que ya estaba despedido y que no entraba dentro de mis funciones. Por no hablar de mi gesto desinteresado al regalarle unas entradas que me obsequió uno de mis mejores amigos, para que usted y su horrible prometida pudieran disfrutar de un maravilloso espectáculo en el local más de moda de toda Barcelona y celebrar su estúpido aniversario. Un local al que no ha dudado en llamar «tugurio» con su terrible desprecio e ignorancia sin tener la más mínima idea, guiado única y exclusivamente por sus necios prejuicios.

Marc abrió los ojos al percatarse de todas las verdades que salían de la boca de su empleado y, aunque lo intentó, no pudo rebatirlas.

—Si puede dormir tranquilo creyéndose mejor que los demás por tener dinero, un nombre de alta alcurnia y una empresa a la que dirigir… ¡enhorabuena!, pero le aseguro que «todo eso» no le hace ser «mejor persona». Y recuerde que es quien es por el gran equipo que le respalda, sin ellos usted no sería nadie.

En ese instante, una mujer disfrazada de conejito de Playboy se acercó a ellos, interrumpiendo el sermón que Adriana le estaba endosando al egoísta de su, en ese instante ya, exjefe… pero de su boca no salió una dulce voz femenina, sino la de un camionero hecho y derecho, que, con sus plataformas de más de veinte centímetros, alcanzaba más de dos metros de altura e imponía bastante respeto.

—¿Va todo bien por aquí?

Marc parpadeó, sorprendido al encontrarse cara a cara con… con… bueno, no sabía muy bien cómo calificar a esa persona.

—Sí, Ricky, gracias —respondió ella al reconocerlo, para volverse una vez más hacia Marc y finalizar—: Aquí ya he dicho todo lo que tenía que decir.

A continuación, agarró las manos de su exjefe para entregarle las llaves del coche y la gorra de chófer, y se giró para desaparecer, con toda la dignidad que pudo, fuera de su vista y de su vida para siempre.

 

En el momento en que Adriana entró en el Survive acompañada de su mejor amigo, fue consciente de que todo su elaborado plan para encontrar al asesino de su hermana se había ido al infierno, y gimió con pesar, maldiciéndose por su fuerte carácter.

Tendría que haber contado hasta diez y respirar hondo hasta calmarse, para intentar hacerlo cambiar de opinión y que le diera una segunda oportunidad. Sin embargo, enseguida desechó esa idea, pues desconocía por completo el motivo que había llevado a ese imbécil a tomar la decisión de deshacerse de ella.

—¿Estás bien? —preguntó su amigo, preocupado, mientras se acercaban a la barra del local.

—¿Tú qué crees? —contestó enfadada—. Acabo de perder la oportunidad de descubrir la verdad sobre la muerte de Tania por culpa de ese tarugo.

Ricky la miró sorprendido y después hizo un gesto con la mano para llamar la atención del barman.

—¿Ese de ahí fuera era tu jefe?

—Sí —masculló escueta.

—Ponme un whisky doble —solicitó al guapo camarero cuando llegó a su altura—. ¿Tú qué quieres tomar?

—Nada —respondió girándose hacia el escenario donde dos drag queens, compañeras de Ricky, realizaban su espectáculo, animando al público sentado a mesas redondas.

—A ella ponle un daiquiri de fresa.

—¡Marchando!

Ricky agarró un mechón rosa de su peluca y comenzó a juguetear con él.

—Pues es muy guapo.

Adriana giró con rapidez la cabeza para centrar toda su atención en él, fulminándolo con la mirada.

—¿Has oído lo que te he dicho? Ese memo acaba de despedirme y por su culpa no podré coger al culpable.

Su amigo soltó un suspiro de pesar decepcionado por no volver a ver a semejante espécimen masculino, aunque, en secreto, aliviado de que al fin su principal preocupación se esfumara como el humo. Al menos podría dormir tranquilo sabiendo que su mejor amiga no acabaría con los huesos en la cárcel o, en el peor de los casos, muerta… pues, si en realidad su instinto no se equivocaba y alguien le había hecho daño a su hermana, finalmente podrían acabar descubriéndola y correr su misma suerte.

—Es una pena, sí.

—No tienes ni idea de lo que me ha hecho pasar hoy ese… ese… ¡tonto a las tres! —farfulló entre dientes mientras se enervaba más por momentos—. Y después me viene con que me despide porque soy una incompetente… ¡¿Te lo puedes creer?! ¡¡Yo!! ¡¡Incompetente!! ¡¡Ja!!

—Bueno, quizá algo hiciste para que se llevara esa impresión de ti.

Adriana volvió a clavar su furiosa mirada en él.

Que ese esnob de pacotilla pensara eso, no le extrañaba en absoluto, pero, que lo hiciera su mejor amigo, le dolía. Se había entregado en cuerpo y alma por agradar a ese pijo con aires de grandeza, y había sido cuidadosa en extremo para que nadie sospechara de sus secretas intenciones; por tanto, no entendía por qué diablos había decidido echarla a la calle. Y si había tenido en algún momento alguna opción de arreglarlo y que cambiara de opinión, con lo que le había soltado ahí fuera, ya podía darlo por perdido.

—Y a ti, ¿qué te pasa?, ¿de qué lado estás? —Y abrió mucho los ojos al darse cuenta de la verdad—. ¡Ah, ya entiendo! En el fondo eres igual que todos los hombres, ves una cara bonita y ya te pierdes.

—Te equivocas.

—¡Sí, claro! —soltó con gesto escéptico para girarse hacia la barra a coger la copa y darle un pequeño sorbo—. ¡Que nos conocemos, Ricky!

—No te has planteado que un local como éste no es quizá el mejor lugar para alguien de su…

—¿Importancia? —terminó por él.

—Sí, se podría decir así.

Ella achicó los ojos para mirarlo con intensidad.

—¿Acaso no mea de pie igual que tú?

Ricky escupió el trago de whisky que tenía en la boca, atragantándose por la sorpresa.

—Hellooo!! ¿Y eso qué tiene que ver? —cuestionó segundos después de recuperar el aliento, en tanto se limpiaba con delicadeza el maquillaje.

—Pues eso digo yo, ¿qué tiene que ver? —declaró molesta con él por menospreciarse tontamente—. A mí no me impresionan en absoluto su dinero o su apellido…

De pronto, su amigo le hizo un gesto de advertencia que ella no pilló.

—¡¡Adri!! —musitó Ricky intentando llamar su atención.

—… o que maneje un imperio y se vista con trajes de seda hechos a medida…

—¡¡Cállate!! —le advirtió susurrando por lo bajo, mirando a un punto determinado a su espalda.

—¿Por qué? ¿Acaso estoy diciendo alguna mentira? —sostuvo con terquedad, sin darse cuenta de que su amigo trataba de avisarla de algo—. Ese fantoche de pacotilla no es nadie especial. Mea de pie como un hombre normal y se postra en el suelo cuando le dan un golpe en los huevos, así que…

Enmudeció de repente cuando reparó en que Ricky estaba más pálido de lo normal… y francamente era difícil observar ese detalle, con la gran cantidad de maquillaje que llevaba encima para crear a su alter ego: Rita la Conejita Divertida.

De pronto tuvo la súbita sensación de que su exjefe se encontraba justo detrás de ella, y que había escuchado todas las barbaridades que había soltado por esa boquita que Dios le había dado.

—… también hay que tener en cuenta su gran inteligencia; tiene que ser un hombre notable para poder manejar todo ese imperio sin que se venga abajo. Sólo los tipos con un gran carisma como él pueden crear esa confianza que depositaron los socios y clientes con anterioridad en su padre, sin dejarse engañar por su juventud y por la falta de experiencia, que sólo da los años. Además, estoy seguro de que su prometida es una mujer encantadora, y que por alguna extraña razón hoy no ha tenido un buen día. Pero ¿quién puede culparla? Seguro que los nervios de la boda…

—No hace falta que sigas con la farsa —habló Marc a sus espaldas.

Adriana pegó un pequeño brinco para girarse a continuación, haciéndose la sorprendida.

—¡Oh, vaya!, no sabía que estaba aquí.

Marc enarcó una ceja asombrado por su mentira descarada.

—Si algo me ha hecho reflexionar y tragarme mi orgullo para volver aquí dentro ha sido tu sinceridad expuesta de forma clara, contundente y sin filtros. No lo estropees ahora, ¿quieres?

Ella bajó la mirada, avergonzada por su mala lengua.

—Creí haberle oído decir que no quería volver a verme… —Y levantó los ojos levemente para mirarlo fingiendo arrepentimiento—… en la vida.

Divertido, elevó un poco la comisura derecha de su boca. Sabía que estaba actuando, representando una desolación que no sentía, pero, más que molestarle, su actitud le estaba resultando interesante. Había algo en ese chico que lo descolocaba al mismo tiempo que lo intrigaba, y quería descubrir qué era.

—La inteligencia y madurez de un ser humano se mide por la capacidad que tiene de reconocer sus errores, y yo he cometido uno contigo.

—¡Vaya, eso sí que no me lo esperaba! —exclamó Ricky, estupefacto.

Marc centró su atención en él y arrugó un poco el ceño. Era la conejita de Playboy que había visto fuera del local… o más bien el hombre, pues observándola con más detenimiento se percató de que era una drag queen.

—¿Y usted es?

—Ella es Rita —intervino Adriana para presentarlos—, una amiga.

—Enchantée —respondió Ricky ofreciéndole la mano para que se la besara, pero sólo consiguió un pequeño apretón y una mueca tensa.

—¿Podemos hablar en privado? —pidió Marc a Adriana un tanto incómodo.

—¡Claro! —respondió ésta con rapidez, pero después se dio cuenta de que dejaba solo a su amigo y se volvió hacia él—. No te importa, ¿verdad?

—Por supuesto que no, tonta. Además, tengo que retocarme la nariz, porque en nada me toca actuar —contestó él entendiendo perfectamente la situación—. Le pediré a Andreu que os deje sentaros en ese pequeño reservado para que podáis hablar tranquilos.

—Gracias, cielo, eres la mejor. —Dicho esto, se acercó a su amigo para plantarle un beso en la mejilla.

Marc observó ese gesto y volvió a arrugar el ceño, al mismo tiempo que una idea cruzó por su mente.

«¡Vaya, ahora entiendo muchas cosas!», pensó, asombrado de no haber caído antes en ello.

Había sido un estúpido. Ese muchacho lo había engañado de forma magistral y, si no fuera por su amigo/a, no se habría dado cuenta de nada. Aunque, para ser honestos, tenía todas las claves delante de sus narices y sólo podía culparse a sí mismo por no haber sabido verlas con anterioridad. Pero ese detalle hacía que su idea cobrara más fuerza aún… así que desechó la sorpresa a un lado mientras seguía a su exempleado y al hombretón que se encaminaba hacia una esquina del local moviendo un pequeño pompón blanco situado de forma estratégica en el centro de su trasero con el contoneo de sus caderas. No entendía cómo podía respirar embutido en aquel corsé negro y blanco. Debía de ser un verdadero calvario ir vestido así de forma voluntaria, además de suponer una trampa mortal caminar con aquellos zapatos.

De pronto una imagen cruzó por su cabeza en aquel instante, evocando el recuerdo de una mujer que también vestía un corsé rojo y negro, con una diminuta falda a juego, poseedora de unas espectaculares y kilométricas piernas, que había conocido en una fiesta de disfraces. Aquellos ojos verdes seguían grabados a fuego en su mente, y no podía desterrar de su memoria esa boca dulce y sensual, que le provocaba con su simple recuerdo una dolorosa erección.

Marc volvió a preguntarse quién sería aquella desconocida que todavía, diez meses después, seguía apareciendo en sus sueños y acaparando sus pensamientos, lamentando con amargura el terrible error de haberla dejado escapar aquella noche.

¿Por qué Roser no podía provocar en él los mismos sentimientos que esa misteriosa desconocida? Cuán diferente sería su vida si su prometida consiguiera los mismos efectos que sentía cuando pensaba en su vampiresa.

Sacudió la cabeza para espantar aquellos fantasmas que sólo le traían amargura, y fijó su atención de nuevo en la esponjosa bola de pelo blanco, cosida a unas bragas negras y ajustadas por encima de unas medias de rejilla del mismo color. El disfraz acababa con una peluca rosa de cabello largo y ondulado, y una diadema con orejas blancas de conejo en la parte superior.

—¿Qué quería decirme? —preguntó Adriana, expectante a la vez que confusa, instantes después de acomodarse en el reservado.

—Veo que ya has recuperado el tono habitual de tu voz —observó él como si nada.

Ella enmudeció de inmediato.

Había creído, por un momento de locura transitoria, que Marc había vuelto para disculparse y pedirle que trabajara otra vez para él… pero en ese instante su error, además de evidente, le resultaba tremendamente doloroso.

La había pillado. En su inefable torpeza, había descubierto su tapadera al gritarle en plena calle como una energúmena. Todas sus ilusiones se hicieron cenizas. Ya no había vuelta atrás. Sus posibilidades de seguir infiltrada en esa empresa eran nulas, por no hablar de la alta posibilidad de perder su trabajo como policía, y de acabar haciendo compañía a alguna delincuente que ella misma había ayudado a meter en la cárcel.

—¿No dices nada?

Adriana levantó el mentón con orgullo. No iba a disculparse por decir lo que en realidad pensaba, y tampoco iba a darle el placer de que supiera lo mucho que la mortificaba el saberse descubierta.

—No tienes por qué avergonzarte —prosiguió él al ver que no contestaba.

—Y no lo hago.

—Bien, porque quiero que sepas que es muy difícil engañarme y por un breve tiempo tú lo has conseguido.

Ella se cruzó de brazos y se reclinó en su asiento, con una mirada retadora implantada en su rostro.

—¿Qué quiere? —interrogó, ansiosa por saber cuál sería su siguiente paso.

Marc apoyó ambos brazos en la mesa, inclinándose hacia ella.

—Quiero que no finjas más. Me importan muy poco cuáles son tus preferencias sexuales. Si te acuestas con hombres o mujeres es algo que me la trae al pairo, lo único que te pido es que a mí no me mientas.

«¡¡Pero ¿qué demonios…?!!»

Adriana no daba crédito.

Su cara de asombro competía con la enorme confusión que reinaba en su cabeza.

—No me mires así. Lo supe en cuanto me fijé en cómo te miraba tu amiguita… y que después ella… —Y en este punto, Marc se calló un momento mientras pensaba, para después hacer un gesto indeciso e impaciente con la mano, pues el género exacto de Rita no lo tenía muy claro —, o él…, o califícalo como quieras, te llamara «tonta» acabó por confirmarlo.

Adriana comenzó a negar con la cabeza, al mismo tiempo que no sabía si sentir alegría y alivio por sus conclusiones tan erradas.

—Se está equivocando.

—¿Tú crees?

—Por supuesto.

—¿Acaso me vas a negar la enorme pluma que posees? —planteó Marc, pero se topó con un muro de silencio y una mirada retadora—. ¿O también me vas a decir que no te gustan los hombres?

—¡Por supuesto que me gustan los hombres! —confesó con impulsividad —. Pero los hombres, hombres, ¡los de pelo en pecho, vamos! Y Rita no lo es, ella… —y terminó murmurando su frase al darse cuenta de que había caído en una trampa—… ella y yo sólo somos amigos.

«¡Oh, mierda! ¿En qué lío me he metido ahora?»

A Adriana la cabeza le iba a estallar; se había metido en un buen embrollo por no saber callarse a tiempo.

A partir de ese momento no sólo tenía que fingir ser un hombre, sino que, además, tenía que fingir ser un hombre homosexual. Para una mente femenina, aquello era una completa locura… o quizá no. Tal vez sería la excusa perfecta para no tener que disimular su supuesta pluma, que evidentemente no era supuesta, pues ella era mujer, pero a los ojos de los demás no, por tanto…

«¡¡Ayyyy, madre mía!!»

De pronto agarró su copa de daiquiri de fresa para terminarlo de un solo trago, y pidió otro al camarero que pasaba por allí.

—Si tú lo dices —comentó Marc con un tono evidente de escepticismo—, pero, como acabo de decirte, eso a mí no me importa. Yo he venido a proponerte algo.

Adriana se atragantó al oír esas palabras.

—Yo no hago tríos —aclaró después de haberse recompuesto un poco—, y si piensa que Rita…

—¿De qué demonios hablas? —la interrumpió, escandalizado—. Sólo quiero que trabajes para mí de nuevo.

—¡Oh, vale! —farfulló confusa.

—Cuando antes has tenido los redaños de enfrentarte a mí soltándome lo que pensabas, he sabido que había encontrado a la persona adecuada. Reconozco que me he equivocado contigo, y que hace mucho tiempo que nadie me dice las verdades sin medias tintas. Eso sólo lo hacía mi padre — confesó él con tristeza—. Por eso sé que tú eres perfecto para lo que quiero que hagas.

—¿Y qué quiere que haga?

Marc se echó hacia atrás en el asiento al mismo tiempo que clavó su intensa mirada en ella. Dejó pasar unos eternos segundos de tensión hasta que dijo:

—Quiero que espíes para mí.

«¡Bueno, bueno, bueno…! ¡Aquello era ya el acabose! ¿Acaso esa mañana se había levantado en una realidad paralela o algo así?»

Adriana parpadeó varias veces, intentando encontrarle el sentido a toda aquella locura. No sólo tenía que fingir ser un hombre al que le gustaban los hombres, sino que, además, tenía que espiar para el hombre al que tenía que espiar.

Se agarró la cabeza con ambas manos y apoyó los codos en la mesa, para después mirarlo fijamente y preguntarle:

—¿Que espíe?

—Sí.

—¿Para usted?

—Así es.

—¡Ya!

Y volteó la cabeza hacia todos los lados en pos de un objeto en concreto.

—¿Qué buscas?

—Esto es una cámara oculta, ¿no?

Él volvió a inclinarse en la mesa para hablarle con mayor confidencialidad.

—No, Adrián, esto no es una cámara oculta. Quiero que sigas trabajando de chófer para mí, pero al mismo tiempo también serás mi asesor personal. Necesito a alguien que me sea por completo leal, que me diga si me estoy equivocando y que, además, no levante sospechas entre mi personal. Tú eres nuevo, sabes ganarte a la gente, y yo tengo la firme intuición de que alguien entre mi equipo de más confianza me está traicionando.

—Pero ¿yo asesor personal? No tengo ni idea de negocios, balances, cuentas, informes, estadísticas…

—No hará falta que sepas nada de eso. Sé que sabes calar a la gente y lo único que necesito es que asistas a mis reuniones y observes lo que allí ocurra, que escuches los chismes de los compañeros, que te los ganes con tu simpatía, que me informes de cualquier sospecha que tengas de traición.

—Comprendo.

Adriana se mordió la uña del dedo pulgar, indecisa. Pensaba con rapidez en todo lo que aquello implicaba, y sabía que podía írsele por completo de las manos. Eran demasiados secretos a demasiada gente y ocultar tanta información podría acabar en un desastre.

Marc interpretó de forma errónea sus recelos.

—Por supuesto serás bien recompensado por ello.

—No es eso, es que…

—Entiendo con claridad tus dudas. Sé que no eres policía, pero confío en mi instinto, y éste me dice que eres la persona adecuada para este trabajo.

Ella lo miró directamente pensando en lo equivocado que estaba… aunque también sabía que era la oportunidad perfecta. Con esa misión oculta podría recabar la información necesaria para descubrir la verdad sobre la muerte de Tania. Tendría la ventaja de investigarlos a todos en esa empresa sin levantar las sospechas de su jefe y, lo que era aún mejor, con su total beneplácito. No podía rechazarla. Esa ocasión jamás se le volvería a presentar de manera tan perfecta.

—Hay algo que no entiendo —planteó perpleja—: Hace unos minutos era un completo incompetente y ahora soy la persona perfecta para este trabajo. ¿En qué quedamos?

Marc tamborileó con los dedos en la mesa, consciente de que su pregunta era por completo lícita.

—Ya te lo he dicho: nadie que yo conozca, y menos un empleado mío, osaría hablarme tal y como tú lo has hecho ahí fuera, y por ello eres perfecto. El único que se atrevía a sermonearme de esa manera ya no está —confesó con un brillo de nostalgia en su mirada—, y necesito a alguien por completo ajeno a mí que me diga las verdades y no sólo lo que quiero oír por temor a represalias.

Ella inclinó la cabeza un poco recelosa de sus palabras.

—¿Sea lo que sea?

—Sí.

—¿Sin temor a represalias?

Él afirmó rotundo, y por primera vez Adriana lo vio sonreír.

—¿Qué me dices?, ¿aceptas? —le preguntó tendiéndole la mano para firmar el acuerdo con un apretón.

Y al final ella correspondió sellando aquel acuerdo.

—¡Estupendo! —exclamó satisfecho de haber conseguido lo que quería, y le hizo un gesto al camarero para que se acercara a la mesa—. Por favor, traiga una botella del mejor cava. ¡Esto hay que celebrarlo!

—Sí, señor.

Y cuando el camarero se marchó para realizar el pedido, Marc observó a su alrededor por primera vez desde que había llegado al local. En el escenario, tres drag queens, entre las que se encontraba Rita, cantaban y bailaban subidas a sus plataformas, animando con su show a los clientes, y reparó en que el lugar estaba lleno a rebosar. Todo el mundo se divertía con la picaresca de las transformistas y su sexy y picante espectáculo.

—Pues no lo hacen nada mal —comentó girando de nuevo la cabeza para posar la mirada en su «otra vez» empleado.

Pero al que le tocó quedarse mudo en ese momento fue a él, cuando reparó en cómo Adrián bebía un pequeño sorbo de su daiquiri de fresa. Por segunda vez en ese día estaba sufriendo una más que vergonzosa erección provocada por un hombre… por el mismo hombre, además.

En su descargo tenía que admitir que esa bebida de color rojo intenso y esos sexis y jugosos labios le acababan de recordar a la misma mujer que lo tenía obsesionado desde hacía diez meses, cuando había bebido de su copa en el jardín de su casa.

Pero ¡maldita sea!, lo cierto era que no se trataba de ella… era su chófer, y gimió para sus adentros al mismo tiempo que desviaba la mirada, sintiéndose culpable, hacia otro lugar que no fuera su empleado.

Incómodo, se removió en su asiento y pensó que quizá no era tan buena idea volver a contratarlo. En esos momentos no se sentía tan feliz de haberlo convencido para que trabajara de nuevo para él, y se estaba planteando seriamente volver a despedirlo.

Con disimulo, se tocó la entrepierna para recolocar su miembro y aliviar la presión que éste ejercía contra el pantalón, y se cuestionó si no estaba teniendo una crisis de identidad.

Ya no era un adolescente que se excitaba con cualquier imagen. Era un hombre hecho y derecho al que jamás le había ocurrido algo parecido, ni tan siquiera en sueños.

Definitivamente tenía que hacérselo mirar.