Mentiras arriesgadas

Antía Eiras · Capítulo 14 de 36

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Mentiras arriesgadas

Capítulo 13

 

 

—No me las des —respondió cortés—. ¿Nos sentamos o prefieres tomar algo antes?

—Si no te importa, prefiero sentarme… —comentó, observando con envidia a los demás comensales—… La verdad es que me muero de hambre.

—Por supuesto.

Pol llamó al maître, quién los acompañó a la mesa dispuesta para ellos.

El restaurante, un espacio lujoso con un ambiente íntimo y agradable que recreaba los locales clandestinos de los años veinte en Chicago o Nueva York, azotados por la Ley seca, era uno de los más exclusivos de Barcelona.

Nada de lo que allí había era barato, ni ninguno de los comensales acomodados en las elegantes mesas era poco refinado, sino todo lo contrario, lo que provocó que Adriana se sintiera fuera de lugar en un espacio tan opulento como aquél.

—Para serte sincero, te diré que me alegré mucho de recibir tu llamada… —habló su acompañante después de pedir el vino y unos entrantes—… aunque debo confesar que también me sorprendió. Fuiste tan tajante en tu respuesta a mi oferta de trabajo que creí que no volvería a verte.

Ella desvió la mirada hacia su copa de vino para agarrarla y beber un sorbo.

—Así fue, pero fuiste tan convincente que me dejaste pensando en ello por un tiempo.

Pol sonrió con absoluta satisfacción.

—¿Puedo dar por sentado que has cambiado de opinión?

Adriana lo observó con detenimiento por encima del cristal antes de posar la copa de nuevo en la elegante mesa.

—Puede ser —comentó esbozando una coqueta sonrisa—, aunque todavía tengo mis dudas.

—¿Dudas? —inquirió él arrugando el entrecejo.

—O más bien diría condiciones.

En ese momento fue Pol el que cogió su copa de vino para izarla en alto a modo de brindis.

—Todo en esta vida se puede negociar, ¿no crees?

Ella no contestó. Su única respuesta fue una deslumbrante sonrisa que a él le hizo presagiar una velada entretenida.

—Espero descubrirlo muy pronto.

Después de unos pocos minutos de animada conversación, Adriana advirtió cómo una mujer sentada cerca de ellos se levantaba para salir del restaurante… y su sorpresa fue considerable cuando reconoció a Roser, quien salió apresuradamente después de agarrar con impaciencia su abrigo y su bolso para huir del establecimiento.

Tragó saliva con fuerza y buscó nerviosa a su acompañante en el local, esperando encontrarse con Marc y deseando con todas sus fuerzas que no la hubiera visto. Ya la había perseguido una vez en la fiesta de bienvenida de Pol y había conseguido escapar por los pelos. Sabía, sin ningún género de duda, que no le sería tan fácil hacerlo esa vez.

Su sorpresa fue enorme cuando al único que vio fue al contable de la empresa sentado solo y, evidentemente, haciendo tiempo para disimular que había ido allí con la prometida de su jefe.

Sus miradas se encontraron y, estupefacta, observó cómo bajaba la cabeza con vergüenza y se levantaba para abandonar, él también, el lugar a toda prisa.

—¡Ey!, ¿va todo bien? —preguntó Pol al ver su cara de desconcierto.

Ella a punto estuvo de comentarle lo que había visto, pero en el último momento decidió callar. Por los platos prácticamente sin tocar que los dos fugados habían dejado encima de la mesa, era obvio que los había pillado en un momento un tanto comprometido para ambos, y eso le hizo sospechar que esa reunión social no era algo inocente y frívolo, sino un encuentro programado y que querían mantener en secreto ante conocidos.

Además, tampoco podía evidenciar delante del hermano de Marc que conocía tanto a la prometida de éste como a miembros de su empresa, y eso la hizo mantenerse en silencio. Con todo, no pudo evitar sonreír de forma sibilina al darse cuenta de que, tanto el director contable de su jefe como su prometida creían haberse salido con la suya porque Pol no los había visto juntos. Lo que ellos no sabían era que Adrián, el insignificante chófer, sí lo había hecho.

—¡¿Qué?! ¡Sí, sí… estoy bien!

Y siguieron cenando como si allí no hubiese pasado nada.

 

Adriana observaba la puerta mientras apretaba con fuerza las mantas entre sus pequeños puños cerrados. Debajo del pomo se encontraba una silla, atrancando la entrada tal y como había visto hacer una vez en una película, en tanto su respiración, trémula y agitada, sonaba en sus oídos como si atronase en toda la casa.

—¡Déjame entrar, pequeña puta!

Una voz masculina farfulló aquellas palabras, mientras el pomo volvía a moverse de arriba abajo, esta vez con más fuerza, pues intentaba acceder al interior.

Aterrorizada, desvió la vista hacia su hermanita, que dormía plácidamente en la cama de al lado, sin dar muestras de haber sido perturbado su sueño por la insistencia de aquel malnacido. Entretanto, lágrimas de miedo y angustia recorrían su joven rostro, al mismo tiempo que rezaba con todas sus fuerzas para que el nuevo novio de su madre se cansase y se fuera a dormir la borrachera a otra parte.

Pero su cuerpecillo pegó un sobresalto cuando, instantes después, el tipo forcejeó nuevamente con el endeble tirador de metal.

—¡Deja entrar a papi, pequeña!

Adriana se secó las lágrimas rápidamente, buscando el valor suficiente para bajar de la cama y acercarse con cautela a la puerta zarandeada con furiosa brusquedad. Con su raído camisón y su apariencia desvalida, aparentaba ser más pequeña de los siete años que tenía de vida.

—¡Vete! —susurró lo más alto posible pero sin despertar a Tania—. ¡Vete ahora mismo o llamo a mi madre!

Un silencio sepulcral ahogó la habitación durante unos eternos segundos, hasta que un fuerte golpe en la endeble madera amenazó con echarla abajo.

—¡¡He dicho que me abras, zorra!! —Dicho esto, el bastardo lanzó una carcajada cargada de maldad—. ¡A la borracha de tu madre no le importa con quién me acueste esta noche!

Adriana corrió atemorizada hacia la cama para esconderse entre las mantas junto a su hermana, quien se había despertado por el ensordecedor golpe.

—Adri, ¿qué pasa? —preguntó la pequeña aún medio adormilada.

Sus ojos parpadearon con lentitud, todavía inconsciente del peligro que las acechaba a ambas. Adriana la observó con temor, maldiciendo a su madre por hacerlas pasar por ese maldito infierno.

—¡Chist… chist… No pasa nada…, duerme! —le susurró, sin ser capaz de evitar una nota de pánico en la voz, intentando a toda prisa tapar su cabecita con la ropa de cama.

Y Tania, asustada por los ruidos de los golpes que el tipo propinaba a la puerta, comenzó a sollozar con fuerza debajo de las sábanas, consciente, ya sí, de lo que estaba ocurriendo.

—¿Es él? —No hizo falta que Adriana le contestara, la maldición que soltó aquella mala bestia le confirmó lo que ya intuía—. ¡Tengo miedo, Adri! —gimió, temblando como una hoja y abrazándose a ella con todas sus fuerzas.

—¡Si no me abres ahora, pequeña zorra, después te irá mucho peor!

Adriana se tapó los oídos con ambas manos en un vano intento por no oír las viles amenazas, al mismo tiempo que observaba cómo crujía la madera por el maltrato propinado por ese ser deleznable, y temió que ésta cediera en cualquier momento.

—¡Chist… Ya está…, ya está… Chist…! —susurró débilmente, mientras se tragaba las lágrimas de impotencia y miedo, y acariciaba a su hermana por encima de la ropa, tratando de tranquilizarla.

—¡No me dejes sola! ¡No quiero estar sola con él…!

Ella tragó saliva con fuerza y, a pesar de lo aterrorizada que se sentía también, rebuscó el valor necesario en su interior para hablarle a su hermana con calma y dulzura.

—¡Nunca te dejaré, Tania! Jamás te dejaré sola, hermanita… ¡Lo juro!

Y cuando sintió que la puerta cedía bajo el brutal peso de Ramón, advirtió cómo el orín húmedo y caliente mojaba sus piernas, logrando que despertara de aquella maldita y aterradora pesadilla.

La confusión la mantuvo aturdida durante unos segundos. Empapada en sudor y con la respiración agitada, Adriana poco a poco fue siendo consciente de que todo había sido un horrible sueño, y que se encontraba sola y a salvo en su casa.

Se bajó de la cama para dirigirse, tambaleante, hacia el cuarto de baño. Cuando llegó al lavabo, se agarró con fuerza a la pileta, al mismo tiempo que unas fuertes arcadas le subían por el esófago, quemándole la garganta. Alzó los ojos para verse en el espejo. Tanto el pelo húmedo y pegado a su rostro como su aspecto demacrado y ceniciento evidenciaban lo mal que se sentía tanto por dentro como por fuera. De súbito otra arcada le subió con fuerza, casi impidiéndole llegar a tiempo al inodoro y echar toda la cena. Cuando terminó, accionó la cisterna y cerró la tapa, quedándose unos segundos apoyada en ella, hasta que los sollozos hicieron temblar sus hombros y la angustia la desgarró por dentro.

Jamás creyó que el dolor por echar de menos a alguien fuera tan intenso… pero Adriana, esa noche, no sólo lloraba por extrañar terriblemente a su hermana, sino por haberle fallado y no cumplir su promesa de no dejarla nunca sola. La culpa la ahogaba, asfixiándola de forma brutal.

—¡Lo siento tanto, Tania! —sollozó con infinita tristeza—. ¡Perdóname, hermanita! ¡Perdóname por no estar contigo cuando más me necesitabas!

Y sintió como si la fría y desnuda piedra de la tumba de su melliza le congelara el corazón hasta llegar a su misma alma.

 

Horas más tarde, Adriana llegó a la mansión en busca de Marc, tal y como había hecho desde que empezara a trabajar en Montellà & Fills Publicitat. Su jefe se subió al coche gruñendo un «buenos días» y ella supo que no estaba de buen humor. Observó cómo metía las marchas de forma brusca y la impaciencia que demostraba en cada semáforo en rojo que se topaban.

—¿Problemas en el paraíso? —preguntó cuando su curiosidad ya no le permitió aguantar más.

Él le lanzó una breve mirada de soslayo que hizo que ella arqueara una ceja.

—Mi paraíso está perfecto —respondió entre dientes—, ¿y el tuyo?

Adriana arrugó el ceño sin entender a qué se refería, hasta que recordó la conversación de la noche anterior.

—¿Todavía estamos así?

—Así… ¿cómo?

—Molesto por algo que no es de tu incumbencia.

Marc boqueó varias veces, incrédulo por su osadía, a pesar de saber que tenía razón. Muy en contra de su buen juicio, había pasado una buena parte de la noche pensando en quién sería la cita de su empleado y, sobre todo, en qué estaría haciendo en ese momento. Y frustrado consigo mismo, por no conseguir entender qué demonios le ocurría con Adrián, se dedicó a jugar a la videoconsola, matando zombis como un poseso hasta que se hartó.

—¿Molesto, yo? ¡Por favor, no digas tonterías!

—Bien, me alegro de que reconozcas al fin que es una tontería.

—Yo no reconozco nada.

Ella lo miró con suspicacia entrecerrando los ojos.

—¿Estamos empeñados en llevar la contraria esta mañana?

—El único que lleva la contraria aquí eres tú y eso me saca de quicio — respondió disgustado—. Yo estaba muy tranquilito hasta que, como siempre, has abierto esa bocaza que tienes.

Ahora a la que le tocó boquear como un pez fue a ella.

—¡¡Ja!! —le soltó de repente, mordiéndose la lengua por no decirle lo que realmente pensaba.

Marc giró en la calle para dirigirse hacia el garaje del edificio donde se encontraban sus oficinas.

—¡¡Ja, ¿qué?!!

Ella se cruzó de brazos sin querer comenzar una disputa de nuevo e hizo un puchero de disconformidad.

—¡¡Ja, nada!!

—¡No, suéltalo! —la retó mientras pulsaba el botón del mando a distancia del garaje—. Di lo que tengas que decirme, para eso te pago.

—Noooo, amigo, no me pagas lo suficiente como para tener que aguantar esto —soltó impulsivamente—. Ya tengo suficiente con los sermones de Ricky como para tener que soportar los tuyos también.

—¡¡Ajá!! —saltó satisfecho de haberlo pillado al fin—. Entonces, reconoces que ponerle los cuernos a tu novio anoche no estuvo bien.

—Yo no he dicho eso —replicó cuando Marc apagó el motor después de estacionar el vehículo—. Y ya no sé cómo demonios explicarte que Ricky no es mi novio.

—Tú nunca quieres decir eso, pero, en resumidas cuentas, lo dices.

Ella salió furiosa del coche, cerrando, a continuación, la puerta de un golpe seco.

—¡¡Ey, más cuidado!!

Adriana, cada vez más enfadada, ignoró esa reclamación mientras se dirigía al ascensor.

—¡¡Arrrggg, tú sí que me sacas de quicio!! —le gritó exasperada por su terquedad—. Siempre tergiversando todo lo que digo.

—¿Yo, tergiversando? —cuestionó incrédulo, al mismo tiempo que pulsaba el botón para llamar al elevador.

—¡Sí, tú! —afirmó, convencida de tener razón—. Tienes la extraña habilidad de darle la vuelta a todo lo que digo.

Marc, estupefacto, elevó ambas cejas.

—¡Vaya! Resulta que ahora tengo una extraña habilidad para oír lo contrario de lo que quieres decir.

—Pues sí, así es.

—Ya… claro —bufó, mientras que, ofendido, se apoyaba en la pared después de marcar el piso y luego se cruzaba de brazos.

—¿Lo ves…? Lo estás haciendo de nuevo —le reprochó molesta, cruzándose de brazos ella también—. No sólo tergiversas todo lo que digo, sino que, además, no me crees cuando te lo digo.

—Quizá tenga motivos para no creerte, ¿no crees?

—No entiendo por qué dices eso… —Y Adriana tuvo que desviar la mirada al hacer la siguiente afirmación—… Nunca te he mentido.

—¡¡Ja!! —replicó asombrado por su desfachatez—. Y yo no entiendo por qué tu empeño en negarlo, cuando os vi besaros, ¿lo recuerdas?

—Estabas borracho —murmuró ella, arrugando el entrecejo, desconcertada al descubrir esa información.

—¡Pero no ciego!

—¿Y te acuerdas?

—Me acuerdo perfectamente.

Adriana puso los brazos en jarras al presentir que el que la había estado engañando durante todo ese tiempo había sido él, al fingir no recordar el beso entre ambos.

—¿De todo?

De pronto Marc enmudeció.

«¡¡Oh, mierda!!»

Se rascó la frente con el pulgar y bajó su arrogante mirada al suelo.

—No, de todo no —farfulló incómodo al tener que admitirlo.

—Disculpa, de pronto no te oigo bien.

Él alzó la cabeza y lo miró furioso.

—Tengo lagunas, ¡¿vale?!

—¡Oh, vaya! Y da la casualidad de que sólo te acuerdas de lo que te interesa. Qué conveniente, ¿no?

Marc se acercó peligrosamente, plantándose, furioso, delante de ella.

—¿Me estás llamando mentiroso?

Adriana le sostuvo la mirada sin dejarse intimidar, y apoyó su dedo índice en su pecho, señalándolo varias veces con él.

—¡¡¡¿No-me-lo-estás-llamando-tú-a-mí?!!!

En ese instante la puerta del ascensor se abrió, dejando aparecer a una más que alegre Nines, que se dirigía a otra planta para recoger unos informes.

—¡Muy buenos días!

Los dos giraron la cabeza hacia ella, todavía con los ojos cargados de ira contenida, logrando que la secretaria enmudeciera en el acto.

—¿Va todo bien? —preguntó la mujer, después de tragar saliva con dificultad.

Ambos, al unísono, contestaron:

—¡No!

Y salieron del ascensor para dirigirse, cada uno, en direcciones opuestas hacia sus respectivos despachos.

 

El resto del día transcurrió con normalidad… si se puede llamar normalidad al hecho de tener dos compinches como Nines y Lesly trabajando para ella de incógnito.

En esos momentos se encontraban las tres en su pequeña oficina, poniéndose al día sobre los avances que habían hecho, pues ambas habían entrado en el resto de despachos de los directivos, con excusas perfectas por si eran pilladas, aprovechando momentos en los que no se hallaba nadie dentro, para hacer copias de seguridad de sus discos duros.

Adriana, terca como era, se valió de esa circunstancia para dejar atrás la pesadilla que había sufrido esa mañana, soñando con uno de los peores momentos de su niñez, para ignorar y esconder en lo más profundo de su ser las malas experiencias vividas. Y también intentó olvidar la discusión con su jefe, cosa que hubiese logrado a no ser por las continuas pullas que le echaba la secretaria para intentar sonsacarle información.

—¿Así que ahora ya no sois amiguitos?

—Nunca hemos sido amigos. Él es mi jefe, y yo, su empleado. Punto.

—Sí, es cierto —confirmó la mujer con una sonrisa pretenciosa bailando en su rostro—, pero debes de ser el empleado del mes para que te dé masajes en el cuello. Yo ya he perdido la cuenta de los años que llevo trabajando aquí y como mucho sólo he recibido el aguinaldo de Navidad.

Adriana bufó con fuerza, dejando claro con esa actitud de desagrado que ya estaba cansada de la conversación.

—Piensa lo que quieras, Nines.

De súbito Lesly se llevó la mano a la boca al tener una idea esclarecedora.

—¿Y si Marc sospecha que no es un hombre?

—No lo sabe, Lesly, te lo aseguro —afirmó ella, convencida.

—Eso explicaría muchas cosas… —murmuró la secretaria por lo bajo, tocándose la barbilla simulando estar pensando en ello.

Adriana elevó los brazos al cielo pidiendo paciencia.

—¡No inventes, ¿quieres?! —rezongó molesta al considerar que la broma estaba llegando demasiado lejos—. Sabes perfectamente que, si Marc tan siquiera sospechara que lo he estado engañando durante todo este tiempo, ahora mismo tendría mi culo enterrado y olvidado en la cárcel.

—Sí, pero…

—¡Pero nada! —estalló al fin—. ¿Quieres saber por qué nos enfadamos esta mañana? ¡Muy bien! Tu jefe está cabreado conmigo porque el muy lumbreras cree que le estoy poniendo los cuernos a Ricky con otro hombre. ¿Estás contenta?

Dicho esto, recogió unos papeles que tenía encima de la mesa para simular estar ordenándolos, obviando que las dos mujeres la miraban con los ojos desorbitados y las bocas descolgadas a punto de desencajárseles.

—¿Quién es Ricky? —se atrevió a preguntar la recepcionista unos minutos después de asimilar la noticia.

—No es nadie —refunfuñó molesta consigo misma por dar más información de la que debía.

Adriana le echó una mirada furtiva a la secretaria, mosqueada porque estuviera tan callada, y se llevó la taza del café, que minutos antes le habían traído, a la boca… sin esperarse en ningún momento lo que ésta dijo a continuación.

—Si no fuera nadie… Marc no estaría tan celoso de ese tal Ricky.

De repente, el líquido amargo salió disparado de su boca como un aspersor, y la secretaria se echó hacia atrás en su asiento de forma instintiva para evitar que el café manchara su ropa, con la suerte de que la pantalla del ordenador paró el grueso del escupitajo, llevándose la peor parte.

—¡¡¿Estás loca?!!

La mujer achicó los ojos y la miró con enfado, al mismo tiempo que secaba diminutas manchas en el tejido de su traje con un pañuelo de papel.

—¿Podrías tener un poco más de cuidado?

Adriana exhaló aire con fuerza, atónita por su actitud displicente.

—Discúlpeme usted, no quería importunarla.

La secretaria cerró los ojos y negó con la cabeza, al mismo tiempo que dibujaba una sonrisa de regodeo.

—Y yo no sabía que no pudieras encajar las verdades.

Ella se sentó recta en su silla y colocó las manos unidas entre sí encima de la mesa después de soltar un suspiro de cansancio.

—¿Qué verdad, Nines? Lo que acabas de decir es un auténtico disparate.

—¿Tú crees? Yo no estaría tan segura.

—Estás hablando de Marc, tu jefe; lo sabes, ¿no?

Lesly intervino, creyendo al igual que Adriana que su compañera no lo había entendido bien.

—Sí, Nines, estamos hablando de Marc. Es imposible que se sienta atraído por un hombre.

—Sé perfectamente de quién estamos hablando.

Adriana apoyó la cabeza en una mano y después se frotó la frente, incrédula ante tanta necedad.

—Pues, si lo sabes, no entiendo a qué ha venido ese comentario… y menos si supieras quién es Ricky y las circunstancias en las que tu jefe lo conoció.

—¿Quién es Ricky? —preguntó de nuevo la recepcionista.

Adriana las miró a ambas, y fue retada a contestar cuando la secretaria hizo un gesto con la cara para que respondiera a la pregunta, pero ella quería mantenerlo al margen a toda costa.

—Habíamos quedado en que ya no habría más secretos entre nosotras, ¿no es así?

Ella le lanzó una mirada de desagrado a su amiga. Sabía que Nines tenía razón, pero le fastidiaba sobremanera romper su palabra sobre algo que ella misma había impuesto.

—Ricky es mi mejor amigo; durante la semana trabaja como guarda de seguridad en el supermercado que hay debajo de mi apartamento, pero los fines de semana…

—¿Sí…? —Lesly la instó a que siguiera hablando—. ¿Qué pasa los fines de semana?

A Adriana le costaba decir las siguientes palabras, y no por que sintiera vergüenza de lo que hacía su amigo por las noches en el Survive, sino porque Ricky era muy celoso de su intimidad y no quería que nadie que él no decidiera supiera de su doble identidad. Con todo, les había prometido a las chicas ser completamente sincera con ellas. No más engaños ni secretos ocultos.

—Los fines de semana trabaja como Rita la Conejita Divertida, en uno de los locales de moda de Barcelona.

—¡Madre mía! ¿En serio? —exclamó la recepcionista, asombrada.

Adriana asintió, y la boca de ésta volvió a descolgarse una vez más en pocos minutos, en tanto la secretaria las miraba de hito en hito sin entender nada.

—No comprendo…

Lesly se giró hacia su compañera para explicárselo.

—Rita la Conejita Divertida es una de las drag queens más conocidas de la ciudad.

—Y Marc conoció a Ricky disfrazado de Rita —aclaró Adriana de inmediato, para que la mujer entendiera que iba muy desencaminada con sus disparatadas suposiciones.

Nines abrió los ojos, único gesto que delató su sorpresa. Después de recuperarse de la impresión, cruzó las piernas, apoyó las manos en su regazo y dijo con extrema seriedad:

—Quiero conocerlo.