Mentiras arriesgadas

Antía Eiras · Capítulo 16 de 36

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Mentiras arriesgadas

Capítulo 15

 

 

—No esperabas verme, ¿verdad? —le preguntó Marc, cuando el guarda de seguridad, confundido por la situación, se sentó a la mesa.

Éste miró con nerviosismo a Adriana para, acto seguido, contestar al hombre que tenía sentado de frente y que esbozaba una extraña sonrisa de deleite.

—La verdad es que no.

—Ya, me imagino… —afirmó, relamiéndose por dentro al ver el rostro de angustia de su empleado—. Hay tantas cosas que desconoces… ¿no es cierto, Adrián?

Ella lo observó lanzando dagas por los ojos y Ricky la miró sin entender a qué venía aquella indirecta.

—Por cierto… —continuó Marc obviando el enfado de su chófer—…, me alegro mucho de verte por fin el rostro.

—Gracias —balbuceó el guarda, sin saber muy bien cómo tomarse aquellas palabras—. Yo me alegro de verte esta vez sobrio.

Adriana se reclinó en el asiento, cruzándose de brazos y elevando las comisuras de los labios en un gesto de satisfacción, cuando vio la mueca de desagrado de su jefe. Ahora le tocaba a ella disfrutar.

—Ejem… —carraspeó Marc, incómodo—. Todos tenemos noches locas, ¿no?

—Por supuesto.

Dicho esto, un tenso silencio reinó en el lugar pues ninguno de los tres dijo nada.

—Cuéntame algo más sobre ti, Ricky —intervino Marc para aliviar la incomodidad—. ¿Desde cuándo te disfrazas de mujer? —Cuando se dio cuenta de que ambos hombres enmudecían ante la pregunta tan ofensiva que había realizado, se apresuró a aclarar—. No me interpretes mal, no tengo nada en contra de las drag queens, al contrario… es sólo que esos disfraces y plataformas me parecen tan incómodos que me asalta la curiosidad de saber por qué alguien en su sano juicio quiere llevarlos a propósito.

—Es difícil de explicar —respondió éste después de unos tensos segundos, valorando la posibilidad de levantarse y marcharse de allí… pero no lo hizo por el miedo a las consecuencias que podría sufrir Adriana.

No entendía qué demonios estaba ocurriendo allí, ni por qué tenía que verse en la obligación de darle explicaciones a un extraño, pero sabía que jamás la dejaría sola ante el peligro.

—Me imagino.

Ricky lo observó durante un instante para saber si se estaba mofando de él y, cuando tuvo claro que no era así, prosiguió hablando.

—Disfrazarme, como tú lo llamas, es simplemente una faceta más de mi vida. No me define como persona, simplemente me gusta hacerlo… me divierte… Deja que una parte de mí se exprese libremente… de igual forma que se hace a través del cine, o la música, viajar, escribir o pintar.

—Humm… Estarás de acuerdo conmigo en que no es lo mismo.

—¿Por qué? ¿Por que no lo hace la mayoría? —protestó él ante su planteamiento—. A grandes genios que catalogaron de excéntricos en su época no los entendieron. Eran demasiado avanzados para su tiempo. Si no, fíjate en Picasso, Dalí, David Bowie y otros tantos como ellos.

—¿Quieres decir que te consideras un superdotado?

—No, en absoluto. Mi planteamiento es que, lo que hace años era algo impensable y considerado casi como una herejía, ahora es de lo más cotidiano y no se cuestiona.

—Comprendo.

—De igual modo, mi vida es muy normal y tranquila. Tengo un trabajo muy rutinario y vulgar como guarda de seguridad en un supermercado de barrio durante la semana. También disfruto de buenos amigos, salir a cenar de vez en cuando, el fútbol, etc. Como ves, caprichos muy simples.

Marc bufó, en desacuerdo con esa última parte.

—Tan simples no son.

Ricky arrugó el ceño al no entender a qué se refería.

—¿Qué quieres decir?

Él desvió la vista hacia su empleado.

—Pues que te gustan demasiado jovencitos, ¿no crees?… —respondió con un tono de reproche—… Podrías ser su padre. —Y volviendo su atención hacia él, remató—: Y disculpa mi impertinencia, pero no me extraña que se haya buscado a otro.

El guarda le lanzó una mirada de estupor a Adriana y ésta observó a su jefe con un brillo letal en los ojos. Si las miradas matasen, Marc estaría irremediablemente fulminado.

—¿De qué habla? —interrogó, cada vez más desconcertado.

Marc se echó hacia atrás en la silla, acomodándose, para poder disfrutar mejor del espectáculo.

—Sí, Adrián, explícale de qué hablo.

Adriana, que tamborileaba cada vez más furiosa con los dedos encima de la mesa, sonrió con suficiencia. Iba a disfrutar de la cara de estúpido que se le iba a quedar en el momento en que comprendiera que andaba muy equivocado. Y le haría disculparse con ella de rodillas.

—Tranquilo, Ricky… aquí, mi jefe, está empeñado en que tú y yo somos pareja.

Y su amigo no fue consciente de la sonrisa abierta que dibujó el rostro de Adriana, al ver la mueca de sorpresa de Marc por ser ella misma quien lo admitiera de frente.

—¡¿Qué?! —exhaló el guarda, estupefacto—. ¡¿Está loco?!, ¡pero si podrías ser mi hermana! —Y en cuando advirtió el gesto de extrañeza en el hombre que tenía delante, se apresuró a corregir su metedura de pata—. Mi hermano… quería decir mi hermano.

—Entiendo —manifestó Marc, pensativo.

De pronto en la cabeza de Adriana saltaron todas las alarmas, al ser consciente de que quizá su amigo la hubiera desenmascarado.

—¿Qué entiendes, Marc? —planteó con prudencia—. ¿Qué es exactamente lo que entiendes?

Éste mantuvo su expresión inescrutable y ella se olvidó de respirar, esperando, expectante, su respuesta.

—Entiendo que te hayas buscado a otro si este patán se avergüenza de vuestra relación.

—¡¿Perdón?! —exclamó Ricky, todavía sin salir de su asombro.

—Discúlpame por hacer que te hayas enterado de esta forma… —alegó Marc pidiendo excusas por las formas—… pero sí, tienes que saber que el hombre que tienes a tu lado te es infiel. Pero no me extraña que se haya buscado a otro si no eres capaz de darle el lugar que se merece; algo, por cierto, muy reprochable por tu parte. Estas situaciones nunca acaban bien, te lo digo por experiencia.

—¡Eso no es cierto! —siseó rabiosa.

—¿Qué parte, Adrián? La de que eres como un hermano para él, la de que se avergüenza de ti por la diferencia de edad, la de que no tienes un amante…

—¡Todas y cada una de ellas!

—Pues dime con quién quedaste ayer —le exigió él en el mismo tono.

Adriana se echó hacia delante, fulminándolo con la mirada.

—¡Eres el hombre más terco, más cabezota y más necio que he tenido la desgracia de conocer en toda mi vida!

Marc también se inclinó hacia delante en su asiento, para acercar su rostro al de su empleado.

—¡Lo mismo digo!

—¡Eres imposible!

—Y tú, cuando mientes o evades la pregunta, te pones a la defensiva, querido.

Ricky, atónito, los observaba sin dar crédito. Si alguien le preguntara en ese momento, podría jurar, ante lo más sagrado, que el jefe de su mejor amiga estaba celoso… de él. ¿Cómo podía ser eso posible? ¿Acaso a Marc le gustaban los hombres? Adriana nunca le había comentado nada respecto a eso y, por lo que él sabía, estaba prometido y a punto de casarse con una mujer. Entonces… ¿a qué demonios venía todo aquello?

—¡Basta! —estalló para llamar la atención de ambos. Y, acto seguido, miró a su alrededor, avergonzado por ser partícipe de aquel escándalo—. No te está mintiendo, Marc. Adri significa mucho para mí, lo admito, pero únicamente como amigo. Es más, puedo decir con orgullo que lo considero como un hermano… la escasa familia que me ha aceptado después de saber a qué me dedico los fines de semana en el Survive. Es de las pocas personas que conozco que no me juzga, que me acepta tal y como soy, pero jamás podría significar para mí nada más allá de un amor fraternal, eso es impensable. Y sobre mi edad, tengo cuarenta y dos años, tampoco soy tan mayor.

Marc se echó hacia atrás en la silla y se cruzó de brazos, al mismo tiempo que un brillo de desconfianza bailaba en su mirada.

—Permíteme que lo dude.

—Eres libre de hacerlo —resolvió el guarda con naturalidad—, pero eso no impide que te esté diciendo la verdad, sobre todo cuando mi orientación sexual no es la homosexual.

Esta vez el sorprendido fue Marc, quien, estupefacto, no podía creerse sus palabras.

—¿No eres gay?

Adriana saltó al ver que no se lo tragaba.

—¡No, cabeza dura, no es gay!

Ricky hizo un gesto con la mano para que se calmara.

—En realidad, es algo más complicado de explicar. No sé si tú podrías entenderlo.

—Inténtalo, soy todo oídos —lo retó, seguro de que sería otra patraña más.

—Hay un término para las personas con gustos similares a los míos que define mejor nuestras preferencias sexuales. La definición más exacta sería la de bicurioso o heteroflexible.

Marc no salía de su estupor. Impasible, tardó unos segundos en asimilar la información.

—Hetero… ¡¿qué?!

El guarda lo obsequió con una sonrisa entre divertida y socarrona.

—Heteroflexible.

—Perdona mi ignorancia, pero es evidente que no soy tan moderno como vosotros dos.

Adriana bufó con fuerza ante ese comentario, dejando claro que no podía estar más de acuerdo.

—Una persona heteroflexible no se identifica como bisexual u homosexual, pero siente o muestra curiosidad por mantener, ocasionalmente en mi caso, una relación física con el sexo opuesto. Para que lo entiendas: estoy abierto a mantener tríos sexuales con ambos sexos, o incluso relaciones íntimas con otro hombre, siempre y cuando sea yo el que dé, pero nunca reciba.

Marc lo estudió con detenimiento, intentando descubrir si le estaba mintiendo.

—¡¿Estás de coña?!

Adriana resopló esta vez.

—¡Será retrógrado!

Al oír eso, él la fulminó con la mirada.

—No, no estoy bromeando —prosiguió el guarda—. Pero quiero dejar claro que mi preferencia ideal es mantener una relación, tanto física como sentimental, con mujeres.

Marc, con semblante inescrutable, estudió al novio de su empleado de forma exhaustiva.

¿Y si realmente era cierto lo que le estaba contando? Quizá ésa era la explicación que tanto tiempo llevaba buscando… A lo mejor él también era un bicurioso de ésos. Podría ser la razón perfecta que explicara lo que sentía por su empleado.

«¡Nah, imposible!»

—¡Te lo acabas de inventar! —terqueó, rechazando la idea por absurda—. ¡Eso no existe! O te gusta el pescado o te gusta la carne, pero las dos cosas no se pueden mezclar. Hablo de gustos sexuales, no de culinarios, obvio.

Adriana maldijo por lo bajo algo así como «No se puede ser más necio, aunque se entrene», y retándolo con la mirada le recordó con suficiencia:

—¿Y qué me dices de los bisexuales?, ¡listo, más que listo!

—Ésos sí que son unos viciosos de manual.

Ella abrió la boca sin salir de su asombro por la mentalidad tan cerrada de un hombre tan joven. Y aunque Marc sabía que estaba quedando como un troglodita delante de ellos, se negaba a admitir que no tenía razón y que había estado equivocado durante todo ese tiempo. A decir verdad, en esos momentos los trogloditas parecían más abiertos en ese campo de lo que, aparentemente, él podría llegar a soñar llegar jamás.

—¡Madre mía, pero ¿de qué planeta te has caído?!

—¡De uno en el que la gente es normal!

—¡Ni de coña! En comparación contigo, a los homínidos de Atapuerca se les puede considerar visionarios.

Mientras ambos se lanzaban puñales con la mirada, Ricky, que había advertido como dos mujeres se encaminaban directas hacia ellos, rompió su silencio.

—¿De verdad crees que te estoy mintiendo?

—¡Sí! —afirmó Marc con rotundidad.

—¿Qué te apuestas?

—Lo que quieras.

—¿Estás seguro?

—Por completo.

—¡Muy bien!

Y dicho esto, el guarda de seguridad se levantó para recibir como se merecía a una de las dos damas que acababan de llegar, reconociéndola por las explicaciones que le había ofrecido Adriana.

—¡Hola, mi amor! —la saludó con alegría.

A continuación, agarró a Nines por el cuello, para acercar a la sorprendida mujer y plantarle un apasionado beso en toda la boca.

Cuando Ricky terminó de hacer su demostración delante del jefe de su amiga y se separó de la secretaria, Nines se quedó, durante unos segundos, con los ojos cerrados, completamente extasiada. Hacía tiempo que nadie la besaba así, y por un momento no quiso que aquel húmedo contacto se acabara nunca. Abrió despacio el ojo derecho, saboreando lo máximo posible el excitante instante que acababa de vivir, para, acto seguido, abrir con mayor rapidez el ojo izquierdo, al advertir cómo los rostros de todos en aquella mesa, excepto el de quien la había besado, palidecían estupefactos.

El extraño se acercó a ella al notar su consternación, para susurrarle al oído mientras simulaba estar besando su cuello:

—Por el bien de Adriana, sígueme el juego.

La mandíbula de ésta colgaba tanto que le faltaba muy poco para ser arrastrada por el suelo. Lesly, creyendo que aquello era una cámara oculta, miraba expectante a su alrededor, esperando con ansias que otro hombretón como aquél saliera de algún escondite para darle una más que merecida sorpresa a ella también. Entretanto, Marc, bueno… la cara de Marc era todo un cuadro.

«¡¡Pero ¿qué diablos?!!»

Éste no daba crédito a lo que acababa de presenciar. No sólo se había enterado de que sus ideas no eran ciertas en lo referente a la vida sentimental de Adrián, sino que también había averiguado, para su vergüenza, una importante información sobre la que debía meditar de forma intensa y exhaustiva, cuando dispusiera de un momento de circunspección para sí mismo: podía ser un bicurioso/heteroflexible de libro y él sin saberlo. Y no contento con todo ello, además descubría que su secretaria de toda la vida estaba liada con una drag queen, escondida dentro del cuerpo de un guarda de seguridad de un supermercado de barrio.

«¡¡¿Qué cojones estaba pasando allí?!!»

La cabeza de Marc le daba vueltas, y fijó la atención en su empleado, que ya había recogido la mandíbula antes de que él lo viera, al recordar algo importante.

—¿No habíais quedado esta noche para que las chicas conocieran a Ricky?

Adriana, que todavía estaba recuperándose de la impresión, en esa ocasión fue rápida para dar una explicación plausible.

—No tenía el permiso de Nines para hablarte de su relación con Ricky.

Él se tragó la mentira y se sintió un estúpido por ser el último en enterarse de las cosas. Era incapaz de pensar que la persona que durante tantos años había sido la mano derecha de su padre estuviera conchabada con su chófer en aquella delirante locura. Por tanto, debía admitir el hecho irrefutable de que, por muchos años que pasasen, nunca se llegaba a conocer a alguien del todo.

Si unos minutos antes alguien le hubiera preguntado si aquella mujer a la que admiraba y respetaba como profesional, y a la que tenía cierto cariño después de tantos años, sería capaz de mantener una relación tan atípica y abierta con otra persona, él se hubiera reído en su cara. Sin duda debía comerse sus prejuicios y arrogancia con patatas.

 

Tiempo después, tanto Marc como su empleado volvían juntos y meditabundos en el coche de regreso a la mansión. Adriana tenía que ir a buscar su propio vehículo para poder regresar al día siguiente a recogerlo a él de nuevo. Ambos, sumidos en sus propios pensamientos, no habían abierto la boca en todo el camino.

—Jamás hubiera creído que Nines…

—Nines, ¿qué? —preguntó ella cuando él no siguió hablando.

—Bueno… ¿ya sabes? —carraspeó Marc, incómodo.

—No, no lo sé.

Éste desvió la atención de la calzada para fijarla en su persona.

—En fin… que pudiera estar con alguien como…

—¿Como Ricky?

Marc asintió y Adriana comenzó a indignarse por segundos.

—¿Por qué? ¿Acaso es peor que ella? ¿Es un delincuente… un maltratador… un borracho canalla?

—¡No, claro que no! ¡Yo no he dicho eso! —se defendió él, horrorizado de que pudiera creer que pensaba algo así.

—¡Ya, por supuesto! —declaró Adriana con gesto serio.

Él arrugó el ceño, sin entender su enfado.

—¿Y ahora qué te ocurre? ¿De qué me acusas esta vez?

Ella clavó su mirada en él para defender a muerte a su mejor amigo.

—De lo que llevas presumiendo toda la noche: de pijo clasista.

Marc abrió la boca, incrédulo.

—¿De dónde demonios sacas eso?

—De tus caras horrorizadas de sorpresa esta noche al ver las carantoñas entre tu secretaria y mi mejor amigo. ¿Qué pasa, no es lo suficientemente bueno para ella?

—Yo no he dicho eso.

—No ha hecho falta. —Y con un gesto, señaló con el índice su semblante para continuar—: Esto lo ha dicho todo.

Molesto, apretó los dientes con fuerza.

—¿Por qué piensas algo tan horrible de mí?

Ella se mordió el labio y no dijo nada durante unos eternos segundos, mientras su mirada perdida en la calle reflejaba una infinita tristeza.

—Porque te conozco y sé que no has creído ni una sola palabra de lo que te ha dicho Ricky esta noche. Y prefiero pensar eso y no que eres un homófobo.

De pronto, Marc pegó un volantazo que hizo derrapar el coche hasta arrimarlo a la derecha y subirlo posteriormente a la acera, tiró del freno de mano, se giró hacia su empleado, agarró con ambas manos su sobresaltado rostro y dijo:

—¿Un homófobo haría algo así?

Y lo besó.

Marc asaltó los labios exuberantes de su chófer con pasión y un anhelo guardado y reprimido durante demasiado tiempo. Se perdió en el sabor de su boca, en el deseo acuciante que rugía en su sangre como un furioso león, dejándose llevar por primera vez desde que lo conocía. Uno y otro respondían a los embates de sus lenguas con igual frenesí, dejando escapar trémulos gemidos que los hacían estremecer. Sumidos en la bruma de su fogosidad, eran ajenos a los viandantes que caminaban por la calle sorteando el vehículo mal estacionado, quienes, entre divertidos y escandalizados, ocultaban la envidia tras una sonrisa mal disimulada al pasar cerca de ellos y ver lo que ocurría al otro lado de los cristales.

Sus lenguas suaves y ávidas, dulces y agresivas, curiosas y enloquecedoras, luchaban con igual ímpetu en un juego embriagador. Atrapados por el ardor y la fuerte atracción que sentían el uno por el otro, no se pararon a pensar ni por un segundo en las consecuencias que les traería ese loco y ciego arrebato.

Ninguno de los dos quería pensar. En aquel instante únicamente deseaban sentir. Sentir cómo sus alientos se estremecían con cada caricia, con cada beso, con cada alocado latido de su corazón. Sentir la presión de sus cuerpos al abrazarse, el olor de su piel, la suavidad de sus labios… Sentir. Sentir por primera vez más allá de lo inimaginable.

La primera en romper aquel mágico momento fue Adriana, quien, asustada, se separó de Marc temerosa de que se diera cuenta de la prominencia de sus pequeños pechos apretados y embutidos tras la faja que los mantenía sujetos. A cierta distancia se ocultaban perfectamente bajo la camisa y la chaqueta del uniforme, pero, con tanta cercanía, corría el riesgo de que él los percibiera.

Después de unos escasos minutos, que utilizaron para apaciguar sus erráticos corazones, recomponer la ropa y ocultar patéticamente el bochorno que les hacía arder el rostro por lo ocurrido, ambos, tácitamente, decidieron no comentar nada por el camino.

Ninguno de los dos estaba orgulloso de lo que había sucedido. Si minutos antes no habían pensado en las consecuencias de sus actos, en ese momento no hacían más que darle vueltas a la salvaje locura que les había nublado el raciocinio.

Tanto uno como el otro tenían demasiado que perder. Adriana se arriesgaba a que descubriera quién era ella en realidad. Y él tenía que pensar en su próximo casamiento, en el escándalo que sacudiría la empresa si alguien descubría que se había besado de forma tan entusiasta con otro hombre, por no hablar del impacto que supondría ese descubrimiento entre sus amistades y, lo más importante, su propia cordura mental.

Así que ninguno de los dos se atrevió a hacer comentario alguno, hasta que llegaron a la casa de Marc.

—Lo que acaba de ocurrir en este coche ha sido simplemente para demostrarte lo equivocado que estás —dijo éste, con una estudiada y fingida frialdad tras bajar del Mercedes—. Si hay alguien en este mundo que no es homófobo, soy yo.

Tras estas palabras, se alejó, dejando a Adriana más confundida de lo que había estado en toda su maldita vida.