Mentiras arriesgadas
Capítulo 18
Ricky se acercó a ella despacio y le quitó, con mucho cuidado, el arma de la mano. La compasión en su mirada lo decía todo. Sabía por el calvario que estaba pasando su amiga, pero, si ese dolor era necesario para que ella viviera en paz, pues… ¡bienvenido fuera! Lo único que deseaba era que todo aquello se acabara de una endiablada vez.
Entretanto, Pol no podía creerse lo que le estaba sucediendo. Aquella locura tenía que ser una maldita pesadilla, pero no sabía cómo detenerla o despertarse de ella. Proclamar su inocencia no estaba sirviendo de nada; no obstante, ¿qué otra opción le quedaba?
—¡No es cierto! ¡Maldita sea, yo no le hice nada malo a tu hermana! —Y como ella no respondía, Pol se dirigió al recién llegado—. ¡Escúchame tú, por favor! ¡Te juro por lo más sagrado que yo no maté a Tania!
—¡No mientas! —siseó ella.
—No estoy mintiendo. Es… es cierto que yo estuve con ella esa noche en la fiesta, pero más tarde, cuando Tania te buscó y no te encontró, me pidió que la llevara a su casa. Se sentía culpable por haberte dejado sola. Te llamó varias veces por teléfono, pero no le contestabas, y creyó que estabas furiosa con ella por haber roto su promesa.
Adriana se giró con el rostro desencajado para clavar su mirada llena de odio en él, y Pol se apiadó de la mujer que lo retenía en contra de su voluntad.
—¡Lo siento! —se disculpó al ver el mismo dolor que lo había despedazado meses atrás—. Siento si te estoy haciendo daño con esto, pero… ¡yo no la maté! ¡Créeme!
Inclinó la cabeza hacia un lado mientras ordenaba las piezas del puzle. Si esa rata pensaba que la iba a descolocar haciéndola sentir culpable, le demostraría lo equivocado que estaba. No podía dejar que utilizara su dolor contra ella. No se lo iba a permitir.
—Lo que creo es que esa noche discutisteis.
—¡No!
—La pelea se te fue de las manos y la mataste sin querer. —Pol, desesperado, negaba con la cabeza una y otra vez mientras ella seguía hablando—. Y para borrar tus huellas, le inyectaste algún tipo de droga que le provocó la sobredosis.
—Yo no tomo drogas y tu hermana tampoco.
—Lo sé… —concluyó ella con una sonrisa letal en la boca—… y ése fue tu error, Pol. Porque… dime una cosa: si tú fuiste el último en verla con vida, y como muy bien has dicho mi hermana no tomaba drogas… ¿cómo es posible que se suicidara con una sobredosis?
—No lo sé.
—Sí lo sabes —concluyó, convencida de tener razón—. Soy policía, ¿entiendes? Y como policía sé que generalmente la explicación más sencilla es la acertada. A veces los hombres se ciegan y cometen actos estúpidos inducidos por el alcohol, los celos, las drogas…
Pol se sentía acorralado. Esa chica estaba tergiversando los hechos para que cuadraran a su conveniencia. Dijera lo que dijese, lo retorcería todo hasta que lo hicieran a él culpable de un asesinato que no había cometido. Y el rostro del hombre que la acompañaba era una fría e inmutable máscara, que no ayudaba a saber si en caso necesario estaría de su lado para socorrerlo.
—¡No, no es cierto! ¡Yo no he hecho nada!
—Todos los culpables dicen lo mismo.
—¡Por el amor de Dios!, ¿crees que lo echaría todo por la borda por una simple discusión?
—Lo admites, entonces.
—¡No, no lo admito! Jamás le hubiese hecho daño a tu hermana, Adriana. Te lo vuelvo a repetir… ¡yo la amaba! Ella se sentía mal y yo la traje a casa. Nos despedimos con un beso, como tantas otras veces, y ya no la volví a ver más.
Su dolor y angustia eran tan sinceros que traspasaban su cara sin dejar duda alguna. Si bien Adriana no era capaz de ver más allá, Ricky sí fue consciente de ello… y a pesar de que se mantenía apartado, en un segundo plano, lo observaba todo con extrema atención.
—¡No mientas! —estalló ella fuera de sí.
—¡No lo hago, maldita sea! Y si no me crees, llama a la policía. No dices que eres una de ellos, pues llámalos y que me detengan.
Ella soltó una carcajada desprovista de alegría.
—¿Crees que soy idiota? Tú y tu familia estáis podridos de dinero y, en cuanto levantases un teléfono para pedir un abogado, un regimiento de ellos crearía tal barrera que no se os podría ni toser.
—¿Y cómo hago para que me creas? —preguntó angustiado—. ¿Qué tengo que hacer para demostrarte mi inocencia?
—¡Decirme la verdad!
El hombre apretó los dientes con fuerza, en un rictus de completa impotencia. Atado de manos, era el único gesto que se podía permitir.
—Es lo que hago.
—¡Pero yo no te creo! —declaró encarándose de nuevo a él—. ¡Si tanto la amabas, ¿por qué nunca lo hicisteis público?! ¡¿Por qué la escondías?! ¡¿Por qué fanfarroneabas de las demás mujeres y de ella no?! —Sin dejarlo responder, prosiguió—. Yo te lo diré: porque te avergonzabas de ella, ¿no es cierto?, porque no era una mujer de tu misma clase social, porque no…
—¡Porque tu hermana no quería, maldita sea! —confesó desesperado por que lo creyera—. No deseaba que las demás modelos la vieran como una aprovechada, no quería que la vieran como la típica buscona que se acuesta con el jefe para conseguir más privilegios. Tania no comerciaba con la carne. Todo lo que había conseguido en la vida había sido por méritos propios y estaba muy orgullosa de ello, y eso era una de las muchas cosas que me enamoraron de ella. Tu hermana era hermosa, talentosa, inteligente, dulce, alegre, comprensiva… Era la mujer perfecta.
Se quedó sin palabras ante esos argumentos… y toda su ira se derrumbó al ver lágrimas en los ojos del hombre que tenía delante, en tanto su rostro se desfiguraba por el dolor y caía de rodillas al suelo.
—No tienes ni idea del infierno por el que pasé, Adriana. Tú perdiste a tu hermana, pero yo perdí a mis padres y a la mujer que amaba en escasos días de diferencia. Todavía no lo he superado. No he estado con ninguna mujer desde que ella… desde que… —Sus hombros comenzaron a sacudirse por el desconsuelo que ya no pudo retener—. Daría todo lo que tengo por tenerla a mi lado de nuevo. Ofrecería todo lo que soy porque volviera conmigo otra vez. Me despierto por las noches oliendo su pelo, escuchando su risa…
—Cállate… —le rogó al mismo tiempo que se mesaba el pelo y comenzaba a caminar de un lado a otro.
Viéndolo en ese estado, Adriana reconocía la misma angustia que la carcomía por dentro devorándolo todo a su paso.
—… a veces creo verla en una valla publicitaria, u oír su voz en la televisión…
—¡Cállate!
Ricky se acercó a ella, consciente de que estaba a punto de derrumbarse.
—Cariño… —musitó su amigo, acogiéndola entre sus brazos.
—No quiero que hable… No quiero que siga hablando… —susurró aferrándose a él, destrozada.
—Lo sé, cielo…
—Me duele, Ricky… ¡Dios, cómo me duele!… —balbuceó abatida y exhausta por cargar con tanto dolor.
Y sin poder soportarlo más, los sollozos desgarradores de Adriana salieron desde el fondo de su alma sin control, uniéndose con los de su rehén.
Su amigo la cargó en brazos y la llevó a su habitación. La posó con extrema delicadeza en la cama y dejó que se desahogara hasta vaciarse. Estaba cansado de verla así. No sabía cómo ayudarla, y ser su paño de lágrimas no calmaba su impotencia por no poder aliviar su aflicción.
Minutos más tarde, Ricky dejó a Adriana descansando en su dormitorio y se acercó al hombre, quien, con la mirada perdida, seguía arrodillado y maniatado en el mismo lugar donde lo habían dejado, para liberarlo finalmente de las esposas que lo retenían.
Pol lo miró con desconcierto, sin entender por qué lo hacía.
—Vete.
—¿Por qué? —Dicho esto, tragó saliva con esfuerzo, mientras se masajeaba las muñecas para que fluyera la sangre por ellas otra vez, mientras se ponía en pie—. Me refiero a por qué lo haces…
—Porque te creo.
—¿De verdad?
—Sí —respondió Ricky, asintiendo—. Eres libre de irte, si quieres.
Pol giró la cabeza hacia la salida para, a continuación, volverla a centrar en él.
—¿Y ella?
El guarda de seguridad bajó los ojos, ocultando su pena.
—Ahora está bien, yo me ocupo. —Y se alejó unos pasos para dirigirse al dormitorio de nuevo, cuando, de súbito, se detuvo en seco—. Sé que no tengo derecho a pedirte nada después de lo que ha ocurrido aquí, pero… si de verdad amaste tanto a Tania como dices, te rogaría que, en su memoria, no fueras a la policía a denunciar a su hermana. Adriana no es así, ella… ella sólo necesita respuestas para asumir esa tragedia. Perder a Tania significó perderlo todo. Era la única familia que le quedaba, ¿entiendes? —Y como el hombre no contestó a su ruego, lanzó un suspiro de pesar para finalizar diciendo—: Te prometo que no volverá a molestarte, ni a ti ni a tu familia.
Después de decir eso, Ricky se marchó de la estancia para ir a hacer compañía a su mejor amiga y velar por su estado anímico y mental. Suspiró nuevamente desolado, pues, en realidad, no sabía cómo iba a enfrentarse a Adriana tras confesarle que había dejado escapar al hombre que ella creía que era el culpable de la muerte de su hermana. Le había mentido a Pol, con la esperanza de que se apiadara de ella y que aquella locura no tuviera mayores consecuencias, pero… tenía claro que ese milagro sería muy difícil de cumplir.
—¿Ricky…? —musitó Adriana, abriendo los ojos al percibir que entraba en su habitación.
—¡Chist…! Tranquila, ya estoy aquí —susurró sentándose a su vera para acariciarle con ternura el cabello.
Después de un breve instante, giró la cabeza siguiendo la mirada de asombro de Adriana, fijada tras él. El guarda no esperaba encontrarse con la figura del hombre que había sido maltratado, injuriado y retenido en contra de su voluntad, parado allí, en la entrada de la habitación.
—¿Qué haces aquí todavía? ¿Por qué no te has ido?
Pol lo miró con tal determinación que le hizo arrugar el ceño.
—Porque yo también quiero descubrir al asesino de Tania.
Al día siguiente, Adriana llamó a la empresa para decir que estaba enferma y que no podría asistir al trabajo. En cierta forma no mentía, pues anímicamente estaba tan destrozada que no se hallaba con fuerzas ni tan siquiera para levantarse de la cama.
Se sentía tan avergonzada por lo que le había hecho pasar al pobre Pol que no sólo no sabía si él sería capaz de perdonárselo alguna vez, sino tampoco si ella podría mirarlo a la cara algún día sin tener la necesidad de querer morirse.
Los tres hablaron hasta altas horas de la madrugada, intercambiaron datos y opiniones sobre aquella noche y los motivos que podría haber tenido Tania para acabar con su vida y, para desgracia de Ricky, ambos llegaron a la misma conclusión: no había ninguno. Por tanto, acordaron seguir con el plan inicial de Adriana, incluyendo una copia de seguridad de toda la información recabada hasta el momento que Adriana le entregó a Pol.
Tras la marcha de los dos hombres, Adriana se volvió a la cama, pues ese día no era capaz de aparecer por la empresa y simular que todo iba bien, por lo que ahuecó la almohada, la colocó debajo de su cabeza y cerró los ojos para intentar descansar un poco… pero el reposo le duró más bien nada.
—¡Diga! —respondió al teléfono con la voz ronca por todas las lágrimas vertidas pocas horas antes.
—¿Qué te ocurre? ¿Te encuentras mal? ¿Estás enfermo?
Ella abrió los ojos como platos para, instantes después, dejar escapar un gemido de agotamiento y meter la cabeza bajo el edredón.
—¡Adrián, ¿me oyes?! ¡¡Adrián!!
—Sí, Marc, te oigo —contestó poniendo los ojos en blanco.
—¿Estás solo?
—Sí.
—¿Has ido al médico? —interrogó éste, preocupado.
—No, no he ido.
—Pues deberías ir —rezongó, molesto por su dejadez—, con esa voz de camionero que tienes seguro que estás pillando una infección de caballo.
Adriana resopló enérgicamente.
Jamás había conocido a un hombre tan controlador como él. No sólo tenía que opinar sobre sus amistades o relaciones personales, sino que, además, debía controlar el estado de salud de sus trabajadores y las medidas que debían tomar.
«¡¡Es desesperante!!»
—Estoy bien, no te preocupes; sólo necesito descansar.
—Pues yo no estoy de acuerdo —contradijo sin tener en cuenta lo que ella le estaba asegurando—. ¿Tienes fiebre? ¿Dolores musculares…?
—Marc…
—¿Dolor de cabeza, presión en el pecho…?
—¡Marc, para…!
—¿Sientes náuseas, mareos…?
Sin pensárselo dos veces, Adriana colgó el teléfono.
Soltó un largo respiro de alivio, seguido de una sonrisa maligna al imaginarse la cara que se le habría quedado… pero el alivio le duró poco, cuando el aparato volvió a sonar.
—He dicho que estoy bien.
—¡Ni se te ocurra volver a colgarme! —le gritó encrespado.
—No lo haré si tú dejas de controlarme.
—¡Lo que yo haga o deje de hacer es cuestión sólo mía!
Y volvió a colgarle.
Adriana se masajeó la frente mientras el móvil sonaba de forma furiosa una y otra vez.
—¿Qué quieres, Marc?
Percibió una respiración pesada y supo que estaba intentando controlar su furia.
—Quiero que me des la dirección de tu casa. —Intuyendo que le iba a colgar otra vez, Marc se apresuró a añadir—: Si no lo haces, llamaré a la policía, a los bomberos y a la guardia civil si hace falta.
Ella enmudeció, atónita.
—¡¿Estás loco?! —le espetó incorporándose en la cama—. ¿Les montas este pollo a todos tus trabajadores cuando se ponen enfermos? ¡Por el amor de Dios, lo tuyo no tiene nombre!
—Sólo a los necios que se niegan a ir al médico.
En ese momento le tocó a Adriana inspirar y espirar aire con fuerza. Cuando de nuevo fue capaz de hablar sin proferir toda clase de insultos, respondió.
—Es un farol.
—Ponme a prueba, si quieres.
Tuvo claro que, con lo terco que era, no le costaría nada llevar a cabo su amenaza.
—No pienso ir al médico porque a ti te dé la gana.
—Pues déjame comprobar por mí mismo que estás lo suficientemente bien como para quedarme tranquilo.
—¿No te fías de mi palabra?
—No.
Adriana observó el teléfono en su mano, decidiendo si lo estrellaba o no contra la pared. Tomó aire profundamente por la nariz y lo expulsó lentamente.
—Mi dirección viene incluida en el contrato.
—Según me ha explicado Nines, esa dirección es antigua e incorrecta, nuevamente otro error que debes colgarte como medalla. Por tanto, necesito que me facilites la nueva.
«¡¡Maldita sea, Nines!!»
No debería haberle confesado a su amiga que los datos en su currículo eran falsos, aunque se imaginó que ella jamás deduciría que la intención de Marc era aparecer por su casa, así que debía pensar rápidamente en una excusa plausible que…
—¡Adrián! —gritó Marc llamando su atención al no oírla responder—. Uno de los mejores amigos de mi padre es un teniente coronel de la Guardia Civil que estará más…
—¡¡Oh, por el amor de Dios!! ¡¡Apunta!! —ladró furiosa con él y su mala suerte, y procedió a darle los datos correctos.
—En treinta minutos estoy ahí.
Y dicho esto, Marc colgó.
Adriana abandonó con rapidez la cama, al mismo tiempo que maldecía e insultaba a su exasperante jefe de todas las formas que conocía. Sólo tenía treinta minutos para preparar su disfraz de chófer y debía darse prisa.
—¡En buena hora ha superado su trauma a conducir! —refunfuñó al mismo tiempo que se colocaba las lentillas.
Se acomodó la peluca, se maquilló con celeridad, intensificando unas profundas ojeras bajo los ojos, se vistió un viejo pantalón de chándal color negro de andar por casa, junto con una amplia sudadera gris, que ponía en letras negras «I’m a cat» y tenía una capucha con dos divertidas orejas de gato.
Treinta y cinco minutos después, estaba lista y preparada para recibir al insufrible Marc de Montellà Bau.
Cuando el susodicho entró por la puerta y la vio con aquellas pintas, le dijo muy serio:
—¡Cámbiate ahora mismo de ropa, te llevo al hospital!
El bufido que soltó Adriana resonó en todo el rellano.
—No estoy en la oficina y aquí no me das órdenes. Ya has visto que estoy vivo y entero, así que… ¡adiós muy buenas! —Y empujó la puerta para cerrarla en sus narices mientras se giraba y se dirigía al salón.
Marc la detuvo con la mano, para seguirla por el pequeño apartamento después de cerrarla tras de sí. Examinó la estancia con ojo crítico, y no pudo sacarle ningún «pero». Estaba limpio y decentemente ordenado para ser el hogar de un soltero. Su propia habitación sería una leonera después de que él pasara por ella, de no ser por el servicio de limpieza que tenía contratado y a su disposición en la mansión.
—¿Por qué no está Ricky cuidándote?
Ella se dejó caer en el sofá, subió los pies, cubiertos con unos gruesos calcetines, y se tapó hasta la nariz con una amorosa manta.
—Porque tiene que trabajar, no es mi niñera.
—¿Has comido algo?
—¿No tienes trabajo o alguna reunión en la que perderte?
Marc clavó en ella una mirada de reproche y Adriana elevó una ceja en contestación.
—Responde a mi pregunta.
Involuntariamente abrió la boca, dejando escapar un sonoro bostezo.
—No, no tengo hambre.
Marc sacó su teléfono móvil del bolsillo interior de la chaqueta.
—Voy a llamar a Luisa para que prepare un poco de sopa.
—¿Quién es Luisa?
—Mi cocinera.
Adriana lo miró mientras marcaba los números, sin dar crédito.
—¡Ah!
Sacudió la cabeza en franco asombro por lo obsesivamente controlador que era, hasta que se encogió de hombros, derrotada por su terquedad, y se estiró en el sofá.
—Dale recuerdos de mi parte.
—¿Qué haces?
—Dormir un poco —respondió tapándose con la manta—. He pasado muy mala noche y no tengo el cuerpo para aguantar tonterías. Total, no escuchas. Y, como hablar contigo es como hacerlo con una pared, haz lo que te venga en gana mientras yo intento descansar un poco.
Marc, ofendido, exhaló un jadeo.
—¿Preocuparme por ti es una tontería?
—Sí, cuando no tienes motivos.
Dicho esto, cerró los ojos con la intención de que pillara la indirecta y se marchara, pero no iba a tener tanta suerte, pues el muy cabezota se sentó en el sillón mientras manipulaba su teléfono móvil, y ella lo supo cuando abrió un poco el ojo derecho para espiar lo qué estaba haciendo. Suponía que estaría revisando su correo electrónico, y lo oyó levantarse minutos después para hacer una llamada desde el baño.
Adriana suspiró exhausta. Ese hombre era, literalmente, imposible.
Al poco tiempo se quedó dormida.
Horas más tarde, Adriana se despertó sobresaltada por unos golpes en la puerta. Cuando fue a abrir, se encontró con un Pol cargado con dos cajas grandes de pizzas, y a Ricky saliendo del ascensor todavía con su uniforme de guarda de seguridad.
—¿Vengo en mal momento? —preguntó el hermano de Marc, sorprendido al verla disfrazada de chico.
—No, claro que no. —Se llevó la mano a la peluca al darse cuenta de por qué lo decía—. Tu hermano ha estado aquí y he tenido que disfrazarme de Adrián.
Pol hizo un gesto de extrañeza, que enseguida desechó, al advertir que Ricky estaba detrás de él introduciendo la llave en la puerta de su apartamento.
—¡Hola, colega! —saludó alegre.
—¿Qué hay?
—¿Vienes de trabajar?
—Pues sí, ¿no se me nota? —contestó señalando su uniforme.
—Un poco sí —respondió Pol observando con atención las esposas que llevaba colgadas del cinturón.
Tanto Ricky como Adriana se dieron cuenta de ese pequeño gesto y un pesado silencio cargó el ambiente.
Pol reparó en el momento incómodo y esbozó una amplia sonrisa.
—¿Os apetece cenar unas pizzas conmigo? —preguntó con efusividad—. He estado pensando en lo que hablamos esta mañana y me gustaría comentar con vosotros una idea que no deja de rondarme por la cabeza.
Adriana olisqueó el delicioso aroma que salía de los cartones y su estómago comenzó a rugir.
—Por mí, encantada; me muero de hambre —confesó relamiéndose por dentro—. ¿Te animas, Ricky? Aquí hay de sobra para los tres.
Él tardó unos segundos en responder. No estaba en absoluto de acuerdo sobre que ella volviera de nuevo a las andadas en busca de un asesino, que seguramente no tendría ningún escrúpulo en acabar con su vida tal y como hizo con la de su hermana… pero, a pesar de que se había opuesto enérgicamente esa mañana, cuando se dio cuenta de que Pol también estaba dispuesto a encontrar respuestas, no obtuvo ningún resultado a la petición de que lo dejaran en manos de la policía. Se encontraba en clara desventaja de dos a uno en esa batalla perdida.
—De acuerdo —respondió encogiéndose de hombros—. Dadme unos minutos para cambiarme y enseguida voy.
—¡Perfecto!
Adriana dejó entrar al improvisado repartidor de pizzas y le señaló la cocina para que dejara allí las cajas.
—¿Y este cargamento de comida? —interrogó Pol, confuso al ver una cantidad exagerada de tápers con comida dentro de la nevera.
Cuando ella asomó la cabeza, se quedó estupefacta y elevó ambas cejas en señal de desconcierto cuando vio a Pol desplegar una brillante y socarrona sonrisa después de leer una nota.
—Así que mi hermano ahora se dedica a ejercer de enfermera —se burló, al mismo tiempo que la entregaba la nota y apoyaba despreocupadamente la cadera en la encimera de granito.
Adriana leyó la escueta misiva.
Escoge lo que quieras, pero COME algo.
MARC
—Tu hermano es un manipulador, narcisista y controlador nato, con unos grandes rasgos de acosador en potencia.
Pol se cruzó de brazos, intentando no reírse a carcajadas. Le resultaba particularmente divertido saber que su hermanito andaba preocupado por un simple y humilde chófer.
—¿Estás segura de que no sabe quién eres?
—¡Ni de coña! Me mataría si supiera que lo he estado engañando durante todo este tiempo. Espero no estar delante de él cuando eso ocurra.
—¿Y cómo vas a hacer para ocultárselo? Si descubrimos al asesino de Tania, tu identidad saldrá a la luz.
—Cuando eso suceda —se señaló así misma con su disfraz de chico—, Adrián desaparecerá sin dejar rastro.