Mentiras arriesgadas
Capítulo 22
Al principio, Marc rozó con suavidad su boca, reprimiendo sus ardientes ganas por ella, temeroso de asustarla y de que volviera a rechazarlo… pero Adriana no tenía la misma intención. Ella sacó la lengua para lamer sus labios, al mismo tiempo que sus cuerpos se rozaban buscándose con desespero, y él se rindió, abriendo la suya para profundizar más aquel beso con pasión irrefrenable.
Sus lenguas juguetearon entre sí, atrapando gemidos y suspiros de placer, en tanto sus manos acariciaban cada porción de piel expuesta y húmeda, realizando un mapa de cada centímetro, cada ángulo, cada curva, cada línea de sus cuerpos que se estremecían allí donde se tocaban.
Marc abandonó la dulce y exquisita boca de Adriana para seguir un camino tortuoso de pequeños mordiscos por su cuello, por su hombro, por su tórax, hasta llegar a un pequeño y vibrante pezón, que atrapó entre sus labios para mimarlo como se merecía. Entretanto ella se aferró a sus fuertes hombros al mismo tiempo que arqueaba la espalda y dejaba escapar de su garganta gemidos de un gozo jamás soñado.
Pocos minutos después, Adriana se separó, abandonándolo un instante para recoger el bote de gel tirado en el suelo. Y no hizo falta que él articulara ninguna palabra, la pregunta muda y agónica en su mirada fue suficiente para que ella le respondiera.
—Siempre me ha gustado acabar lo que empiezo.
Así que derramó un poco de jabón líquido en su mano derecha y lo rodeó para frotar su ancha y poderosa espalda con ella.
Y Marc, que iba a protestar con energía por su falta de compromiso con lo que estaban haciendo, enmudeció de inmediato cuando los dedos de ella agarraron la carne de sus glúteos.
—¿Sabes que nunca había visto antes el cuerpo de un hombre desnudo? —preguntó con una voz ronca y sensual como quién no quiere la cosa.
«¡Quizá no fuera tan mala idea que se tomara su tiempo!»
—No, no lo sabía —respondió con la suya estrangulada.
Y se le escapó un jadeo cuando ella fue aún más abajo y profundo, rozando sus testículos con los dedos.
—Nunca entendí por qué a las mujeres les volvía loca… —Y lo rodeó de nuevo hasta quedar frente a él y mirarlo directamente a los ojos—… hasta ahora.
—¡Adriana…! —la reclamó con impaciencia, intentando agarrarla para estrecharla entre sus brazos.
—¡Chist, chist, no tengas tanta prisa! —lo reprendió juguetona, para a continuación lamerse los labios de forma sexy—. Déjame disfrutar de las vistas.
Y Marc no pudo evitar soltar un gemido de frustrado deseo.
—Estás acabando conmigo, ¿lo sabías?
Ella vertió un poco más de gel en la palma y sonrió con perversa maldad.
—Pero si todavía no he empezado.
Deslizó con suavidad ambas manos jabonosas por el torso fuerte y definido de Marc, apreciando y acariciando sus poderosos pectorales cubiertos por un poco de vello, que bajaba en una fina línea recta hacia sus trabajados abdominales hasta unirse con la zona púbica.
Llegado a ese punto, Adriana dudó solamente un segundo, hasta que tomó con ambas manos el duro e hinchado miembro, que se estremeció bajo sus manos cuando lo acarició de arriba abajo. Sus dedos resbalaron por el turgente mástil hasta llegar al aterciopelado y carnoso glande, camino que repitió un par de veces mientras lo oía sisear de placer… pero su curiosidad fue interrumpida cuando Marc la agarró con decisión para darle la vuelta.
—Ahora me toca a mí —le susurró al oído, provocándole estremecimientos que recorrieron su columna vertebral—, a no ser que quieras que esto termine antes de empezar.
Tras lo cual, cogió el bote de gel para hacerle pasar por el mismo tormento que había pasado él.
—Eres un aguafiestas —rezongó divertida.
Pero la diversión se le borró de un plumazo cuando Marc pegó su cuerpo al de ella rozándole con su pene el trasero.
—Últimamente suelen decírmelo muy a menudo —le confesó, después de mordisquearle el lóbulo de la oreja mientras le frotaba el cuello con las manos resbaladizas por el jabón—. Y ahora que lo recuerdo, tú y yo tenemos un masaje pendiente.
—Humm… —ronroneó, cuando él abandonó su oreja para seguir depositando pequeños besos por su clavícula, al mismo tiempo que dejaba resbalar suavemente las manos a lo largo de sus brazos—. No pienso protestar por ello.
Y Marc sonrió ante la respuesta.
Continuó lavando su tersa piel con el líquido jabonoso, frotando suavemente sus pechos, pellizcando con delicadeza ambos botones, duros y turgentes, serpenteando con sus manos por el estómago, consiguiendo que su piel se estremeciera allí por donde pasaba mientras el agua caliente de la ducha caía sobre su espalda. Acarició y admiró cada centímetro del cuerpo de Adriana con absoluta devoción, grabándolo en su memoria, llegando incluso a ponerse de rodillas y mordisquear con suavidad su perfecto trasero.
Quería ir despacio con ella.
Bien sabía Dios que estaba haciendo un esfuerzo enorme por no tomarla allí mismo, por ir poco a poco, paso a paso. Su cuerpo pedía alivio a gritos, ansiando enterrarse en ella, devorarla con los ojos, con la boca, con las manos… Pero Marc quería, ante todo, que ese momento fuera especial para Adriana. Borrar esos terribles recuerdos del pasado que la habían traumatizado. Y si para ello tenía que morir de agonía en el intento, lo haría con sumo gusto.
No obstante, el sonido de sus jadeos y suspiros, a pesar de que era una dulce sinfonía para sus oídos, al mismo tiempo eran una tortura sofocante. Nunca había sido tan salvajemente sexy escuchar los gemidos de placer de una mujer, y los de Adriana le resultaban tan provocadores y excitantes que sus testículos, dolorosamente tensos, estaban a punto de reventar.
Se incorporó para darle la vuelta y mirarla a los ojos. Esos ojos verdes y chispeantes, oscurecidos por la pasión, que se clavaron más hondo en su alma si algo así era posible, le devolvieron una mirada cargada de deseo y confianza en él que casi hizo que Marc perdiera el poco dominio que tenía sobre sí mismo.
—¿Estás segura de esto?
—Sí, completamente segura.
Y él aferró con tal ímpetu su rostro, para devorar esa boca que por tanto tiempo había llenado sus sueños y pensamientos, que hizo retroceder unos pasos a Adriana hasta tropezar con la pared. Mientras la degustaba con apetito voraz, le agarró una pierna para izarla y posarla en su cadera, al mismo tiempo que su miembro, hinchado y rígido, rozaba la entrada del suave y completamente depilado sexo de Adriana, arrancando un profundo y gutural siseo de placer de lo más hondo de su pecho.
Ella tuvo que cortar ese beso tan intenso, pues le faltaba la respiración, y se aferró a los hombros de él clavando las uñas y buscando poder llevar oxígeno a los pulmones, momento que Marc aprovechó para atrapar con sus labios un duro e inhiesto pezón, al mismo tiempo que agarraba su pene y abría con él los suaves pliegues del sexo de Adriana, rozando con el glande su pequeño botón de placer.
—¡¡Oh, Dios mío!! —gimió, sobrepasada por el gozo tan intenso que la estaba atravesando desde los pies a la cabeza.
Marc sonrió satisfecho, pues notaba perfectamente lo húmeda y preparada que estaba para él. Sin embargo, a pesar de sentir unas irremediables ganas de empujar, de hundirse en el dulce y ardiente interior de Adriana, decidió no hacerlo, pues sabía que no duraría mucho si eso ocurría, así que se arrodilló nuevamente a sus pies, separó con sus manos las piernas de ella y, ayudado por un poco más de jabón, lavó con agónica lentitud el sexo húmedo y tembloroso, rozando suavemente con los dedos su pequeño y rosado botón, logrando que se arqueara y suplicara porque acabara de una vez.
—¡Por favor, Marc! —le imploró Adriana agarrándolo del pelo.
Para él, verla disfrutar de esa manera era lo más fascinante que había sentido jamás y, decidido a que llegara al clímax, acercó la cara a su centro de placer. Cuando ella sintió su cálido aliento, jadeó retorciéndose por el calor que la abrasaba, y sus piernas temblaron al sentir cómo la lengua de él recorría el interior de los labios vaginales hasta llegar a su clítoris para lamerlo y succionarlo con fruición.
—¡¡Marc!!
Un grito escapó de su garganta para después quedarse sin respiración, cuando miles de estremecimientos la recorrieron haciéndola enloquecer, mientras él se recreaba gozando de su exquisito sabor.
A pesar de tener la espalda apoyada contra la pared, Adriana tuvo que agarrarse con las manos a la columna de la ducha, cuando Marc le agarró una de las piernas para poder apoyar el pie en su hombro, dejando más expuesto su trémulo y mojado sexo y dar buena cuenta de él. Ella no sabía a ciencia cierta cómo demonios conseguía mantenerse en pie, pues lo que le estaba haciendo sentir ese hombre era completamente enloquecedor, y sus piernas, temblorosas como la gelatina, amenazaban con fallarle en cualquier momento.
Jamás creyó posible poder disfrutar de algo tan intenso como lo que estaba sintiendo en ese instante. La estaba sometiendo a una deliciosa tortura que al mismo tiempo temía que acabara. Eran sentimientos encontrados difíciles de asimilar.
Por un lado quería seguir disfrutando de aquella embriagadora excitación, pero al mismo tiempo una urgencia interior necesitaba ser satisfecha… hasta que, de pronto, unos dedos se deslizaron dentro de su vagina, llenándola, estimulándola y consiguiendo que el colapso llegara de forma devastadora, haciendo que Adriana vibrara, se retorciera, se arqueara, convulsionara y dejara de respirar durante los segundos que duró aquel impactante orgasmo.
Todavía no había terminado cuando Marc levantó en el aire su debilitado cuerpo, agarrándola por el trasero y consiguiendo que entrelazara con las piernas su cintura. Cuando sus miradas se encontraron, palmo a palmo, y dándole el tiempo necesario para que se adaptara a él, hundió su pene dentro de ella y comenzó a empujar.
—¡Oohh, Dios santo, Adriana, eres perfecta!
Y ella no tuvo palabras.
Con la espalda apoyada en la pared, se agarró con fuerza a sus hombros, asombrada de que pudiera sostenerla con tanta facilidad, en tanto Marc seguía marcando el ritmo de penetración. En ningún momento dejaron de mirarse, creando un vínculo íntimo y especial muy difícil de conseguir, obviando las palabras y diciéndose con los ojos lo que en ese momento sentían.
Primero despacio, con extrema lentitud, él se retiraba y entraba en ella con mucha suavidad, temeroso de hacerle daño… hasta que, seguro de que estaba disfrutando de la misma urgencia que él, comenzó a incrementar el ritmo de las acometidas, notando cómo se amoldaba a su tamaño, recibiendo cada embestida y deseando cada vez más… hundiéndose en su cuerpo hasta el fondo, con golpes de cadera secos y más profundos, arrancando gruñidos y jadeos de placer.
Marc advirtió, con orgullo masculino, cómo la respiración de ella iba en aumento al igual que la suya, cómo sus caderas acrecentaban el ritmo para recibirlo de forma entusiasta, cómo sus jadeos eran cada vez más intensos y entrecortados y cómo le susurraba al oído «no pares». Y si esos pequeños detalles no le eran señales suficientes para demostrarle que, a pesar de haber disfrutado recientemente de un orgasmo, iba camino de otro, sí lo fue que gritara por segunda vez su nombre cuando ella alcanzó el clímax, logrando que él explotara al mismo tiempo también.
Minutos después, Marc llevó en brazos a una exhausta Adriana hasta su propia cama y, abrazados, se quedaron dormidos saboreando los últimos coletazos del encuentro sexual más impresionante que habían vivido los dos.
Quedaban pocas horas para el amanecer cuando Adriana se despertó y se encontró con un Marc profundamente dormido a su lado. La luz de la luna bañaba la estancia y le dejó observar con detalle su rostro relajado, la incipiente barba que asomaba en su mandíbula, su nariz recta y encantadora, sus labios llenos y carnosos, y una arrebatadora media sonrisa que lo hacía parecer más joven y feliz.
Que tuviera una pierna encima de ella le decía que se encontraba cómodo con aquella situación, y eso le arrancó un suspiro de pesar. No se arrepentía de lo que había sucedido entre los dos, pero temía lo que las luces del nuevo día traerían a su nueva y extraña relación.
No era ninguna ingenua: que hubieran disfrutado de un excitante y enloquecedor sexo horas antes no significaba que Marc la hubiera perdonado. Y de eso ella era consciente.
Con cuidado, se levantó de la cama para ir a beber un poco de agua a la cocina, y recogió la ropa que había abandonado cuando decidió arriesgarlo todo para que él la escuchara. Del bolsillo trasero del pantalón cayó su teléfono móvil y, después de recogerlo, se dispuso a revisar los mensajes por si había recibido alguno de Pol.
Para su sorpresa, tenía varias llamadas perdidas de Ricky y unos cuantos wasaps pidiéndole que lo llamara. Miró el reloj de la cocina para confirmar la hora que era, y decidió que era buen momento para llamarlo, porque seguramente estaba saliendo del Survive. Marcó el número de teléfono y esperó a que descolgara.
—¿Dónde has estado metida?
—Hola, yo también me alegro de oírte.
—No me hables en ese tono, señorita —la reprendió su amigo—. No me cogías el teléfono y estaba preocupado.
Adriana suspiró mientras buscaba un vaso en las alacenas.
—Sabes que soy policía, ¿verdad?, y que sé cuidarme solita.
—Últimamente no te reconozco, y menos cuando te dedicas a retener a punta de pistola a hombres inocentes en tu propia casa.
Fastidiada, porque tenía razón, dejó la búsqueda para frotarse la frente.
—¿Vas a dejar de reprochármelo alguna vez?
—Todavía falta mucho para eso.
—Está bien, Ricky, ¿qué quieres? ¿Qué es eso tan urgente?
El pesado silencio que vino a continuación erizó los pelos de la nuca de Adriana, y un funesto presentimiento le encogió el estómago.
—¿Ricky…?
—Cariño… —y su amigo carraspeó, buscando las palabras adecuadas— … han llamado del hospital.
El corazón de ella comenzó a bombear muy deprisa. Y observó, desprovista de toda emoción, el paisaje exterior bañado por la luna.
—Adriana… ¿sigues ahí?
—Sí, estoy aquí —confirmó con una voz fría e impersonal.
—Sé lo que estás pensando, pero…
—No quiero escucharlo.
—Es importante Adriana; necesitan hablar contigo. Eres la única…
—No pienso ir.
Y dicho esto, colgó la llamada mientras una lágrima solitaria resbalaba por su mejilla.