Mentiras arriesgadas

Antía Eiras · Capítulo 18 de 36

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Mentiras arriesgadas

Capítulo 17

 

Adriana se quedó impactada tras esa revelación. El color abandonó su rostro, las piernas empezaron a temblarle, y la cabeza, a darle vueltas mientras comenzaba a verlo todo borroso. Creía estar preparada para saber la identidad del asesino de su hermana… pero no era cierto.

—¡Ana! ¡Ana, ¿te encuentras bien?! —le preguntó Pol, asustado al ver cambiar su semblante en tanto la sujetaba con firmeza.

Por unos segundos ella oyó cómo una voz le hablaba en la lejanía, sintió que la llevaban en volandas y la posaban en algún lugar mullido. Completamente mareada, tardó unos instantes en recobrar la compostura.

Cuando abrió los ojos y enfocó la vista, se dio cuenta de que estaba rodeada de un montón de personas desconocidas que la miraban con diferentes expresiones: desde la preocupación al reproche, la curiosidad, el bochorno, la diversión e incluso el desprecio.

Se levantó deprisa, deseando huir de aquel lugar, y tambaleante se apoyó en el último hombre del que quería recibir ayuda.

—Tranquila, con cuidado —susurró Pol con inquietud, al mismo tiempo que la sujetaba con mucha delicadeza por la cintura, temeroso de que volviera a perder el conocimiento.

—¡Quiero irme de aquí! —farfulló todavía aturdida.

—Está bien, yo te llevo a casa.

—¡No!

La negativa salió con más ímpetu de lo que Pol habría esperado dado su estado, e hizo que retrocediera un paso. Sin embargo, enseguida se recuperó de la sorpresa y se acercó a ella mientras apartaba a la gente que se había acercado a curiosear.

—No pienso dejar que te vayas sola en estas condiciones. Has venido conmigo y yo te llevo a casa.

Ella apoyó una mano en la frente para ahuyentar el vahído que amenazaba con hacerla caer redonda otra vez.

—No hace falta, estoy bien —rebatió con terquedad.

—No admito discusiones, Ana.

Y ella no pudo seguir oponiéndose. Él tenía razón, en esos instantes no se encontraba con las suficientes fuerzas como para enfrentarse a nadie, así que se dejó llevar hasta el coche.

Durante el camino de regreso a casa prácticamente no hablaron, excepto por un par de veces que él le preguntó si estaba bien. Ella apaciguó su preocupación diciéndole que se encontraba mejor, al mismo tiempo que, con los ojos cerrados y asumiendo como buenamente pudo la nueva situación, valoraba cuál sería su siguiente paso.

Cuando llegaron a su barrio, Adriana aceptó la sugerencia de él de acompañarla hasta su apartamento, contaba con ello para poner en marcha su siguiente plan, y fingió sentirse todavía demasiado débil para subir sola. Cuando entraron en el pequeño inmueble, lo primero que hizo fue deshacerse de sus zapatos de tacón y ofrecerle tomar una copa de vino, invitación que Pol aceptó con gusto tras cerciorarse de que se encontraba mucho mejor.

Con la excusa de ponerse algo más cómodo, Adriana se dirigió a su habitación y abrió la mesilla de noche para coger su arma y unas esposas. Podría haber usado la pequeña pistola que portaba en su bolso, pero no quería correr riesgos innecesarios con un arma de tan pequeño calibre. Cuando llegó al salón, apuntó a la espalda del hombre con ella, pillándolo con la guardia baja mientras él miraba unas fotos antiguas expuestas en la estantería de un mueble.

—Esta chica me suena un montón —manifestó en voz alta para que ella pudiera oírlo desde la otra habitación, en tanto paseaba la mirada con curiosidad por las demás fotografías, ajeno al hecho de que Adriana estaba muy cerca, apuntándolo directamente.

Pol paseó, despacio, la vista por varios retratos. En uno de ellos, dos niñas pequeñas muy parecidas se agarraban por la cintura mientras posaban con miradas tristes para la cámara. En otra imagen, que le robó una sonrisa, una de las adolescentes besaba en la mejilla a la otra, al mismo tiempo que le colocaba por detrás de la cabeza unos cuernos formados por dos dedos de la mano.

—¿Tienes una hermana? —preguntó guiado por la curiosidad, sin ser consciente del peligro que lo amenazaba a sus espaldas.

Al no recibir respuesta, siguió observando las imágenes, hasta que, extrañado, arrugó el ceño y tomó entre sus manos una instantánea, en la cual Adriana aparecía con su uniforme de graduación, recién licenciada en la Escuela Nacional de Policía, al lado de una orgullosa Tania.

—Pero ¿qué demonios…?

Cuando, atónito, se giró con el marco todavía entre las manos, se paralizó de miedo al encontrarse con una mirada llena de odio en el rostro de una mujer que lo apuntaba directamente al corazón.

—¡Ana! —exhaló cuando pudo recuperar la voz.

—¡Deja eso en su sitio muy despacio y levanta las manos!

Pol, por completo desconcertado, depositó la foto en su lugar atendiendo a su orden.

—¡¿Qué significa esto?!

—¡Significa que estás arrestado! —siseó ella entre dientes, atenta a cualquier movimiento extraño que pudiera hacer.

El hombre, perplejo, no salía de su asombro.

—¿Arrestado…? —Y acercándose a ella, continuó—: Esto es una broma, ¿no?

Adriana le quitó el seguro a su arma en cuanto él dio el primer paso.

—Dame un motivo para dispararte, por favor…

Pol, asustado, se detuvo en el acto. No entendía qué estaba ocurriendo allí, pero resultaba evidente que se había topado con una loca y que aquello no era ninguna broma.

Adriana chasqueó la lengua, decepcionada, al ver que se detenía; no obstante, con un ligero movimiento del arma le ordenó que se girara.

—Date la vuelta muy despacio y con las manos en alto.

—¿Quién demonios eres? —cuestionó él siguiendo sus directrices.

Ella se acercó con cautela, accionó el seguro nuevamente en su pistola y luego le agarró un brazo para llevarlo hacia atrás y proceder a esposarlo.

—Evidentemente no quien tú creías —le susurró con una voz carente de emoción muy cerca del oído.

Pol tragó saliva con fuerza.

—¿Eres la hermana de Tania?

Ella apretó con más fuerzas las esposas con el fin de hacerle el mayor daño posible.

—No te atrevas a pronunciar su nombre.

Él siseó de dolor al mismo tiempo que Adriana lo obligaba a sentarse en uno de los sillones. Confuso, la miró sin entender nada.

—No sé por qué estás actuando de esta manera, pero podemos sentarnos y hablar.

Ella clavó una intensa mirada llena de rabia y rencor en él y lo apuntó con su arma.

—Yo no tengo nada de que hablar con un asesino —siseó entre dientes.

Pol la miró horrorizado.

—¿Asesino…? ¿De qué cojones estás hablando? ¡Yo no he matado a nadie en mi vida!

—¡Cállate!

—¡Estás completamente chiflada! ¡Suéltame ahora mismo!

—¡¡He dicho que te calles!!

Y él así lo hizo, al observar cómo sus manos temblorosas sujetaban con fuerza el arma, en un esfuerzo sobrehumano por no disparar allí mismo. Pol percibió cómo el dolor y una inmensa agonía deformaban el bello rostro de aquella mujer, mientras que, de sus ojos cristalizados, dos lágrimas resbalaban, humedeciendo la piel a su paso.

Transcurrieron unos segundos en los que, en completo silencio, advirtió cómo ella realizaba grandes inspiraciones por la nariz, en una lucha por serenarse y no cometer una locura. Cuando se limpió la cara con el dorso de la mano, un poco más tranquila, él decidió arriesgarse a mantener un diálogo sosegado en un intento por hacerla entrar en razón.

—Ana, escúchame… —le rogó comenzando a hablar con mucha cautela —, no sé de dónde…

—No vuelvas a llamarme Ana —le advirtió con una serenidad que le heló la sangre—. Sólo ella me llamaba así.

—Está bien… lo que tú digas… ¿Cómo te llamo, entonces?

—Mi nombre es Adriana… Adriana Muñoz Ayala… y soy inspectora en la Policía Nacional.

Para sorpresa de Pol, despareció del salón para regresar instantes después con una peluca y un traje negro.

—También me conoces como Adrián Ayala, el chófer de tu hermano en la empresa Montellà & Fills Publicitat. Y soy la hermana de Tania Muñoz… tu novia muerta.

Dicho esto, arrojó a sus pies ambas prendas, seguidas de unos guantes blancos, la gorra del uniforme y una placa de policía.

Él no salía de su asombro.

Saber que aquella desquiciada había burlado todas las medidas de seguridad de la agencia y que, además, había estado infiltrada durante meses ante las narices de todos disfrazada de hombre, le hizo entender que estaba ante alguien dispuesto a hacer lo que fuera necesario para sus fines… y un miedo profundo comenzó a escalar por su columna vertebral hasta que pasó de la médula a su cerebro.

Pero descubrir, además, que era la hermana de la mujer a la que había amado y perdido tan sólo unos meses atrás, y que, de forma delirante, ésta creía que él la había asesinado… lo impactó profundamente.

—¡No puede ser! —balbuceó estupefacto.

—No me importa si lo crees o no —respondió ella, al mismo tiempo que agarraba una silla y se sentaba justo delante de él, todavía portando el arma en su mano derecha—. Lo único que me interesa es saber por qué lo hiciste.

—Estás completamente loca si crees que yo maté a tu hermana — sentenció, comenzando a enfadarse por ocurrírsele semejante estupidez.

—No te creo —replicó, decidida a sacarle la verdad—. Prueba de nuevo.

—No tenía ningún motivo para hacerlo… Yo la amaba.

—¡Por supuesto! ¡Como amabas a todas las que pasaron por tu cama antes que ella!

—¡No, escúchame! ¡Tania se suicidó, ella…!

—¡No es cierto! —lo interrumpió fuera de sí—. ¡Mi hermana jamás se hubiese suicidado! ¡Ella no tenía motivos para hacerlo!

Pol enmudeció por un instante y empezó a negar con la cabeza al mismo tiempo que procesaba esa información.

—No… no… La policía dijo…

—¡La policía se equivoca! Yo la conocía mejor que nadie y sé que ella no se quitó la vida.

—¡No puede ser…!

Por un segundo Adriana dudó ante su muestra de consternación. Parecía sincera. Sin embargo, la descartó al momento, negándose a dejarse obnubilar por el encanto Montellà.

—¡Qué bien se te da mentir! —señaló a punto de aplaudirle—. Casi me trago tu numerito.

Él, que se había quedado abatido tras esa información, fijó su atención en ella de nuevo y se preguntó hasta qué punto esa mujer tendría razón.

Devastado por la muerte de Tania, no podía creerse el suicidio cuando la policía se lo comunicó. Era demasiado para él. Asimilar la muerte de las personas a las que más quería en tan breve espacio de tiempo resultaba excesivo para cualquiera.

En un primer momento, y creyendo perder por completo la razón, tampoco se tragó la historia de su muerte… pero no le quedó más remedio que cambiar de opinión cuando la policía, después de una exhaustiva investigación, declaró no haber hallado indicios de violencia que los hicieran sospechar de una muerte provocada. Cierto era que no habían encontrado una nota de suicidio, pero sí suficientes sustancias químicas en el cuerpo de Tania, tras la autopsia, que apoyaban la teoría de un desgraciado accidente por sobredosis de drogas o, en su defecto, que se había quitado voluntariamente la vida.

—¡No estoy mintiendo, joder! —exclamó, harto de que no le creyera—. Te digo que la amaba. La quería de verdad. Tania era diferente a las demás. Ella… ella…

Adriana, furiosa por sus mentiras, se levantó del asiento tirando la silla a su paso.

—¡Maldito seas, ¿te crees que no lo sé?! ¡Era mi hermana!

Pol también se irguió, desesperado por hacerla entrar en razón.

—¡Escúchame, Adriana…!

—¡Siéntate! —Lo amenazó con la pistola—. ¡Siéntate ahora mismo!

Ambos se sobresaltaron cuando, de repente, sonó el timbre. Adriana valoró si ir a abrir o no la puerta, pero resolvió que lo más acertado, dada la situación, era ver quién llamaba.

—¡Cómo muevas un solo músculo, te pego un tiro! —lo advirtió con expresión grave—. ¡He dicho que te sientes!

Él obedeció, en tanto rezaba con todas sus fuerzas porque fuera la policía la que estaba al otro lado del umbral, alertada por algún vecino, para rescatarlo de esa perturbada, y no un compinche que acudiera para ayudarla a rematar el trabajo. Supo que sus oraciones no habían sido escuchadas cuando quien entró fue un hombre desconocido.

—He oído gritos y he venido a ver si va todo bien —dijo Ricky mientras pasaba al interior del apartamento sin ser invitado; se quedó mudo de asombro cuando vio a un extraño esposado en el salón de su amiga—. Pero ¿qué cojones está pasando aquí?

Pol volvió a incorporarse para pedirle ayuda.

—¡Por favor, ayúdame! ¡Esta mujer está loca! ¡Me tiene retenido aquí contra mi voluntad!

Ella se acercó rápidamente a él y le pegó el cañón de su arma a la sien.

—Vuelve a abrir esa boca y será lo último que hagas —siseó al mismo tiempo que apoyaba la otra mano en su hombro para obligarlo a sentarse.

Cuando Pol obedeció, Ricky, airado, la agarró por el brazo para alejarla de él e increparla.

—¡¿Qué demonios estás haciendo?! ¡¿Has perdido la razón?!

—¡Suéltame, Ricky!

—¡¿Que te suelte?! ¡Maldita sea, Adriana, tienes a un hombre esposado y amenazado de muerte en tu propia casa!

Ella se liberó de su agarre con furia.

—¿Y qué? No es un hombre cualquiera, es el asesino de Tania.

Su amigo parpadeó varias veces, sorprendido, y giró la cabeza para dirigirla hacia Pol.

—¡No es cierto! ¡Yo no he matado a nadie! —exclamó aquél, pero enmudeció de golpe cuando la mirada asesina de Adriana se posó de nuevo en él.

Ricky observó al hombre con curiosidad, advirtiendo el miedo y la desesperación en su rostro, y volvió su atención hacia ella sin saber muy bien qué creer.

—¿Estás segura?

Adriana ni pestañeó cuando le respondió, todavía con los ojos clavados en el hombre sentado en su sillón.

—¡Sí!

—¿Completamente segura?

Por el rostro de ella pasó, fugaz, un gesto de duda.

—Él mismo lo admitió.

—¡No! ¡No es cierto! —chilló Pol—. ¡Yo no he dicho nada de eso! ¡Está loca! ¡Te digo que está completamente loca!

—¿Qué admitió exactamente? —preguntó su amigo, ignorando las protestas del otro y agarrando a Adriana por el brazo, bloqueando su intento de acercarse nuevamente al rehén.

Ella lo miró fuera de sí.

—¡Este maldito bastardo admitió que era su novio, Ricky!

—¡Eso no demuestra nada!

De pronto Adriana se acercó a Pol, apuntándolo directamente y en posición de disparo.

—¡Adri! —gritó Ricky, alarmado, pero ella lo ignoró.

—En la fiesta de disfraces, ¿cómo ibas vestido?

Pol, asustado, se echó hacia atrás en la silla.

—¡¿Qué?! ¿De qué hablas?

—El mismo día de su muerte organizaste una fiesta de disfraces en tu casa. Mi hermana y yo asistimos a ella. Y ahora te pregunto: ¿de qué ibas disfrazado?

—¿Tú eras la vampiresa?

Ella apretó los dientes con fuerza y un músculo de la mandíbula comenzó a temblarle.

—Responde a la pregunta —siseó entre dientes, mientras quitaba el seguro de su arma.

—¡Por el amor de Dios, Adriana! —exclamó su amigo, totalmente horrorizado—. ¡¿Qué estás haciendo?!

Pero ella lo mandó callar con un gesto de la mano.

—¡Vamos… responde!

—¡Está bien… está bien…! —balbuceó Pol, agachando la cabeza, aterrado ante la posibilidad de perder la vida en las manos de aquella pirada —. ¡Iba vestido de general romano!

Adriana dio un paso atrás, mientras dejaba escapar un jadeo ante la fuerza de aquellas palabras que la golpearon como un mazo.

Bajó el arma despacio y se giró hacia su amigo con los ojos anegados en lágrimas, al mismo tiempo que el dolor lacerante por la pérdida de la persona más importante de su vida la golpeaba sin compasión. Ya no había dudas. Sabía que él era el asesino de Tania.

—Ahí tienes la respuesta —pronunció esas palabras sin un atisbo de alegría por tener razón—. La vi marcharse con él. Ese hijo de perra fue el último en ver con vida a mi hermana.