Mentiras arriesgadas

Antía Eiras · Capítulo 26 de 36

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Mentiras arriesgadas

Capítulo 25

 

—¡Adriana! —la llamó Pol acercándose inquieto por el pasillo—. ¿Estás bien?

—Sí, estoy bien —aclaró confusa cuando llego a su altura—. ¿Por qué iba a estar mal?

—Porque te fuiste con Marc hace bastante rato y comenzaba a preocuparme por ti al no dar contigo.

Ella hizo un gesto de comprensión.

—Puedes estar tranquilo, Pol; ya ves que me encuentro perfectamente.

—Perfecto —respondió aliviado.

—¿Ha llegado ya la policía?

Arrugó el ceño, desconcertado, pues su pregunta lo pilló por completo desprevenido.

—No, claro que no. ¿Por qué iba a venir…? —Y de súbito guardó silencio, incómodo ante la presencia de la secretaria.

—Puedes hablar con confianza, Nines está enterada de todos los pormenores.

—¿Lo sabe?

—Así es —confirmó después de que la mujer bajara la mirada al suelo, temerosa de su reacción—. Me descubrió hace tiempo y, después de contarle mi misión aquí, decidió ayudarme.

—Entiendo —respondió inmutable.

Cuando Adriana sospechó que quizá estaba metiendo a su amiga en un lío con esa confesión, se apresuró a defenderla.

—Te ruego que no tomes ningún tipo de represalia contra ella, Pol, en ningún momento fue su intención ser desleal. En cierta forma yo la obligué. Ella no tuvo ningún…

—Tranquilas —la interrumpió dedicándoles una dulce sonrisa a ambas—, confío plenamente en la lealtad e integridad de ambas. Y, a decir verdad, no me sorprende —continuó dirigiéndose a su empleada—: Siempre he sabido de tu sagacidad e inteligencia, Nines. Si alguien podía descubrir el engaño de Adriana, eras tú.

—Gracias, señor —respondió elevando el rostro con gesto de alivio.

—No tienes por qué —prosiguió hablando, y tomó la mano de Adriana para que lo agarrara del brazo, impulsándola a caminar—. Si no te importa, me gustaría que volviéramos a mi despacho para seguir con la conversación que nos había quedado pendiente.

Ella suspiró con pesar.

—¡Está bien! —comentó rascándose la frente con impaciencia.

—¿Te aburre mi compañía? —cuestionó simulando ofenderse.

—No es eso, simplemente estoy cansada.

Pol sondeó su rostro con curiosidad, pues en verdad se la veía agotada y ojerosa. Comenzaba a sospechar que su plan de enviarla a buscar a su hermano la noche anterior no había tenido el desenlace que él había esperado.

Él no era estúpido. Desde que se enteró de la especie de obsesiva atracción que Marc había comenzado a sentir por aquella extraña «Ana», intuyó que quizá en esa mujer podría hallar la salvación para Marc. Jamás llegó a imaginar que ella era la melliza de la mujer a la que tanto había amado y perdido en tan dolorosas circunstancias, y pensó que aquel insólito hecho le había llegado como caído del cielo, pudiendo matar dos pájaros de un tiro. Si podía descubrir al culpable de su muerte y, de paso, ayudar a Marc en el proceso, lo haría sin dudar.

No soportaba a Roser, pero menos toleraba la tristeza en los ojos de su hermano desde la muerte de sus padres. Al principio lo achacaba a un estúpido sentimiento de culpabilidad por parte de ese cabezota, pero, después de verlos juntos en la fiesta anterior, donde se había asegurado de que él asistiera, descubrió que el problema era la insoportable rubia que quería llevarlo al altar fuera como fuese.

No entendía qué influencia poseía esa aborrecible mujer sobre su hermano que a él se le escapaba de todas todas, pero debía averiguar cuál era y por qué se dejaba manipular así.

Sabía que Marc podía ser un tanto insufrible cuando quería, y era completamente experto en lo terco que podía llegar a ser, por ello había engañado a Adriana la noche anterior cuando mintió al decirle que desconocía dónde estaba. Era cierto que no conocía la exactitud de su paradero, pero sabía perfectamente que ése era su refugio cuando necesitaba pensar y desconectar del mundo real. Era el lugar más lógico donde comenzar a buscar.

Sin embargo, parecía que los planes no estaban saliendo tal y como él esperaba, y debía hallar la manera de darles solución y deshacerse de Roser al mismo tiempo.

—¿Te apetece un café para despejarte un poco?

Adriana asintió, agradecida por el detalle.

—Azucena, tráenos un par de cafés —ordenó con la mano en el pomo de la puerta de su despacho.

—Sí, don Pol.

Cuando cerró la puerta tras de sí, él se sentó en su asiento e hizo que Adriana se colocara encima de sus piernas.

—¿A qué viene esto? —interrogó incómoda.

No soportaba su cercanía y estaba haciendo verdaderos esfuerzos por reprimir los escalofríos de repulsión que le recorrían todo el cuerpo.

—Si quieres que se divulgue la noticia de que eres mi nueva conquista, no hay manera más eficaz de lograrlo que hacer que la secretaria del jefe lo vea con sus propios ojos. Ella dará veracidad a este engaño, créeme.

—De acuerdo.

—¿De verdad estás bien? —insistió agarrando con suavidad su mentón al advertir una tensa expresión en su rostro.

—De verdad.

—Mientes fatal, lo sabes, ¿no?

Ella no respondió, pues unos toques en la puerta, seguidos de Azucena entrando con los cafés, la interrumpieron. Pol aprovechó ese instante para hundir la cara en su pelo, simulando estar besando su cuello, y Adriana advirtió el brillo de reprobación en los ojos de la mujer cuando depositó la bandeja encima del escritorio.

No le extrañó en absoluto ese gesto de censura en el rostro de la secretaria; si ella estuviera en su lugar, haría exactamente lo mismo. Y entendía que debía estar acostumbrada a ese tipo de escenas, teniendo en cuenta la fama de mujeriego de Pol, ya que no expresó ningún otro gesto de sorpresa ante lo que veía.

Sin abrir la boca en ningún momento, sabiendo perfectamente cuál era su lugar y habiéndolo hecho anteriormente, Azucena se retiró con discreción.

En cuanto la puerta se cerró, Adriana se levantó como un resorte para alejarse lo máximo posible de él. Intentó disimular su huida despavorida, pero el hombre no era idiota y se dio perfecta cuenta.

—Sabes que no me atraes como mujer, ¿verdad?

Ella rehuyó su mirada directa y dedicó su interés a servirse el caliente café en una taza. Era muy curiosa y reveladora la imposibilidad real que sentía de tolerar el roce de cualquier hombre, a excepción del de Ricky y del mismo Marc… y no pudo evitar una mueca de fastidio al pensar en este último.

—No me entiendas mal —intentó aclarar él al malinterpretar su gesto—. Confieso que eres una mujer muy atractiva, pero yo no te puedo mirar con otros ojos que no sean los de ser la hermana de Tania. Prácticamente te considero como una cuñada. He creído conveniente darle un poco de realismo al asunto para engañar a mi secretaria, disculpa mi torpeza por no haberte avisado.

Adriana lo miró con ternura.

—Tranquilo, lo comprendo. Yo tampoco podría verte con otros ojos que no fueran el de ser el novio de mi hermana, y no te preocupes, lo de antes no ha sido por ti.

Pol, aliviado, asintió y tomó la taza que ella le ofrecía después de servirse la suya.

—¿Con azúcar?, ¿leche?

—Sí, por favor.

Cuando ella se sentó para saborear y disfrutar del vigorizante brebaje, él aprovechó para preguntarle:

—Ahora me vas a contar qué ha pasado con mi hermano y por qué has creído que la policía estaba aquí.

Ella dejó escapar un suspiro de abatimiento.

—Tu hermano sigue sin creerme y ha amenazado con llamar a la policía, así que le he ofrecido yo misma mi teléfono para que llamara a mi jefe y lo aclarara de una vez. Creía que a estas horas ya estarían aquí.

A pesar de las irreprimibles ganas de levantarse de su asiento e ir en busca de su necio hermano para hacerlo entrar en razón, Pol se quedó sentado donde estaba, simulando una impasibilidad que no sentía.

—¿Y por qué has hecho semejante estupidez?

Adriana cerró los ojos, cansada de todo aquello.

—No quiero hablar de ello.

—De acuerdo —concedió a regañadientes—, pero es evidente que Marc no ha llamado a tu jefe pues, como bien has dicho, ya estaría aquí para pedir explicaciones. Por tanto, algo lo ha hecho cambiar de opinión, ¿sabes qué ha sido?

—Lo ignoro —dijo después de darle un sorbo a su taza y encogerse de hombros.

—También es evidente que algo ha pasado entre vosotros desde que ayer te pedí que lo fueras a buscar a su casa de Sitges. ¿Puedo saber qué ha ocurrido?

Adriana lo miró fijamente.

—No.

—¿Por qué?

—Porque eso es algo entre él y yo.

Pol se apoyó en la mesa y se frotó la frente con la palma de la mano. No había que ser un genio para imaginar qué había ocurrido entre ellos exactamente, pero que Adriana no se abriera a él le hacía más difícil averiguar qué sentía por Marc, aunque el tono triste que usó cuando confesó que su hermano seguía sin creerla le dio una buena pista.

—No obstante, sí podrás aclararme qué has querido decir con que mi hermano me oculta cosas.

Ella alzó ligeramente el mentón cuando le respondió.

—Tampoco.

Fastidiado, se reclinó hacia atrás en su asiento.

—No me lo estás poniendo nada fácil, Adriana. Creía que el único terco y hermético al que conocía era a Marc, pero tú no le vas a la zaga.

—Siento mucho no poder aclararte este asunto tal y como requieres, pero, a pesar de que tu hermano me cree una falsa mentirosa, en su momento le prometí no decir nada y yo cumplo mis promesas. Mi consejo es que os sentéis los dos para mantener una seria conversación, Pol.

—Acaso crees que no lo he intentado —replicó molesto—, pero se cierra en banda y no responde a ninguna de mis preguntas.

—Demuéstrale que ya eres lo suficientemente adulto como para tomar decisiones importantes en lo que a la empresa se refiere.

El hombre hizo un gesto socarrón.

—Parece como si no lo conocieras.

Adriana lo entendía perfectamente. Sabía lo testarudo que podía llegar a ser Marc, ella misma lo estaba viviendo en sus propias carnes.

Ambos se quedaron unos minutos en silencio, mientras recapacitaban sobre sus propios problemas.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —intervino Adriana.

Pol elevó una ceja con ironía.

—Tú hazla, otra cosa es que yo conteste.

Ella lo miró abatida.

—Ya te he dicho que lo siento.

El hombre le dedicó una sonrisa para demostrarle que no se lo tenía en cuenta, y Adriana supo en ese mismo instante por qué su hermana se había enamorado de él. Era indudable que el irresistible encanto Montellà Bau era heredado y compartido por los dos hermanos, recordando cómo la simple sonrisa de Marc le hacía temblar las piernas… y se maldijo por haberle entregado su corazón al hombre equivocado.

—Está bien, dispara.

Ella dejó suavemente su taza con los restos del café encima de la mesa.

—¿Qué tipo de relación mantienen Roser y Ricard Roca?

Pol elevó ambas cejas al mismo tiempo en un claro gesto de sorpresa por la pregunta.

—Que yo sepa, ninguna. ¿Por qué?

—Por nada —respondió de pasada, intentando restar importancia a la pregunta para que él no sospechara—. Creía que tu futura cuñada sostenía algún tipo de relación amistosa con los altos cargos de la agencia. Sería de lo más natural, ya que se mueven en los mismos círculos, ¿no?

—En realidad, lo que hace o deja de hacer esa mujer me tiene por completo sin cuidado… pero, conociéndola como la conozco, dudo mucho que se quite ese palo que tiene metido en el culo para alternar con los empleaduchos de su flamante prometido.

—Veo que no te cae bien.

—Ves bien —afirmó rotundo—, ¡no la soporto!

Los dos sonrieron con complicidad y ambos guardaron silencio durante unos segundos. Ninguno entendía qué diablos podía ver Marc en esa mujer que lo tuviera tan ciego a su aborrecible forma de ser. Un brillo de admiración refulgió en la mirada de Adriana cuando Pol al fin dijo:

—¿Crees que lo está chantajeando de alguna manera?

—No lo sé —respondió prudente—. No conozco tan bien a tu hermano como tú para poder opinar, pero a veces los hombres no ven más allá de sus narices en lo que a mujeres se refiere.

—Mi hermano no es tan estúpido, te lo aseguro.

—Permíteme que lo dude.

—Está bien —respondió con una sonrisa canalla—, por regla general, al menos, no.

—¿Y Ricard? ¿Qué tipo de relación tiene él con los demás empleados?

Pol se reclinó en su asiento, mirándola de forma suspicaz al mismo tiempo que unía las yemas de los dedos.

—¿A qué viene ese interés por el contable de la compañía?

—Bueno, se dice, se rumorea, se comenta por los pasillos que tiene o tenía una amante…

De súbito, el cuerpo de Pol se puso en tensión.

—¿Acaso crees que él y Tania…?

—¡Noooo! —se apresuró a aclarar Adriana—. ¡Por supuesto que no, ¿cómo se te ocurre?! Ella nunca te hubiera engañado con otro. Mi hermana no era así.

Él suspiró aliviado al percibir la sinceridad en sus palabras.

—¿Entonces?

—No lo sé, Pol, no lo sé —respondió indecisa de todo y de todos en ese momento—. Quizá mi hermana pudo ver algo o enterarse de algo que no convenía.

 

Tras esperar inútilmente a que la policía llegara, y después de comprobar que Marc tampoco aparecía para devolverle el móvil, Adriana le pidió a Pol que le presentara a las personas que a partir de aquel momento serían sus compañeros. Gustoso, la acompañó hasta otra planta distinta del edificio, donde conoció el departamento de Arte y Montaje al completo. Allí trabajarían tanto los empleados de vestuario como el de maquillaje, atrezo, fotografía y vídeo, en la realización de los spots o campañas publicitarias que tuvieran contratadas. Posteriormente, hablaron del nuevo proyecto en el que estaban embarcados y del cual Adriana sería partícipe desde ese mismo momento, por lo que, sin darse cuenta, llegó la hora de la comida.

Siguiendo con su plan, Pol la invitó a almorzar, mostrándose con ella en todo momento cariñoso y solícito. Después de la comida y advirtiendo el cansancio que Adriana no podía disimular, desoyó por completo sus protestas y la llevó a su apartamento para que descansara, tras lo cual, cuando estuvo seguro de que la dejaba cómodamente instalada en su pequeña vivienda, Pol se dirigió al despacho de su hermano para mantener esa conversación que tan sabiamente ella le había aconsejado.

—Bien, veo que estás solo —dijo entrando como una tromba y tomando a Marc por sorpresa.

Éste, que estaba de pie y meditabundo, con las manos en los bolsillos del pantalón de su elegante traje, delante del enorme ventanal que daba a la gran metrópoli de Barcelona, se llevó un pequeño sobresalto.

—¿Cuál es la urgencia?

Pol se dejó caer en el asiento que estaba delante de la mesa del escritorio y cruzó las piernas, poniéndose cómodo.

—Tenemos que hablar.

Marc enarcó una ceja con estupefacción.

—¿Sobre qué?

—Sobre ti —respondió haciéndole un gesto con la cabeza para que se sentara.

Él suspiró con cansancio.

—Pol, te aseguro que no estoy de humor para tus tonterías.

—¡Siéntate, Marc! —exigió serio. Cuando su hermano hizo lo demandado, cruzó las manos sobre sus muslos con tranquilidad—. Quiero que me expliques ahora mismo qué puñetas está pasando.

—¿A qué te refieres, exactamente? —preguntó con cautela.

—No te hagas el tonto, sabes perfectamente a qué me estoy refiriendo.

—¿Qué te ha dicho ella? —interrogó de nuevo, con un brillo de ansiedad en la mirada.

—¿Vas a seguir con las evasivas? —cuestionó sabiendo perfectamente lo que intentaba hacer—. Adriana no me ha dicho nada; en caso contrario, no estaría aquí, ¿no crees?

Mac se cruzó de brazos con un gesto terco en el rostro que le hizo entender a su hermano que él también mantendría ese muro de silencio.

—Yo tampoco tengo nada que decir al respecto.

—¡Por el amor de Dios! —estalló Pol, pegando un golpe encima de la mesa con la mano—. ¡Quieres dejar de ser un estúpido cabezota de una vez! ¿No ves que estoy intentando ayudarte?

—¡¿Qué quieres que te diga?! —gritó él también, dejando salir toda la frustración y rabia retenida dentro—. ¡¿Que soy un imbécil?! ¡Pues sí, soy un maldito imbécil! —confesó, mesándose el pelo al levantarse de su asiento—. ¡La he cagado con ella, Pol! ¡La he cagado pero bien!

—¡Pues arréglalo, joder! ¡Vete a su casa y dile lo que sientes!

La mirada desgarrada que Marc le dirigió hizo que se callara de golpe.

—Tú no lo entiendes. No es tan fácil —susurró, desviando el rostro hacia las impresionantes vistas de la ciudad de las que disponía desde esa altura—. Ojalá pudiera mandarlo todo al demonio. Ojalá mi vida fuera más fácil de lo que es para hacer lo que realmente deseo.

Pol se levantó para acercarse a él y posó la mano en su hombro.

—Yo estoy aquí, hermano… Por favor, déjame ayudarte.

Marc lo miró con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas.

Estaba tan cansado… tan harto de soportar él solo esa pesada carga sobre sus hombros… pero negó con la cabeza, consciente de que no era justo que su hermano también cargara con ella. Sabía con seguridad que, si Pol se enteraba de su sacrificio, haría lo imposible por impedirlo, y con que uno de ellos arruinara su vida era más que suficiente.

—No confías en mí, ¿es eso verdad? —le recriminó Pol, sintiéndose dolido.

—No, no es eso.

Su hermano se alejó de él para acercarse a la pecera empotrada en la pared y observar, con la mente muy lejos de allí, cómo los peces nadaban en el agua, escondiéndose entre las plantas acuáticas.

—No tienes por qué seguir mintiéndome, Marc. Sé desde hace tiempo que tú eras el favorito de papá y que ambos siempre me habéis considerado un cero a la izquierda.

—No digas tonterías, eso no es cierto —replicó con firmeza.

Pol dibujó una triste sonrisa.

—No te preocupes, hace años que lo asumí y ya no me duele —confesó abatido—. En realidad, no lo culpo, ¿sabes? Tú siempre has sido mucho mejor que yo en todo.

De pronto Marc lanzó una amarga carcajada.

—¡Qué equivocado estás! Lo único que yo fui para papá y mamá fue una continua decepción. Él quería que ambos siguiéramos dirigiendo el imperio que levantó con sus propias manos. Su máxima ilusión era ver continuado su legado. ¿Y yo qué hice, eh? Oponerme, llamarlo egoísta por no querer seguir sus dictados, por no dejarme realizar mis propios sueños. No, Pol, yo nunca fui el favorito de papá. En cambio, tú…

—En cambio yo era el pelele que no poseía los arrestos para hacerme valer en el mundo empresarial, el inmaduro de sus hijos que no tenía madera de tiburón de los negocios. Cuando comprendí eso, dejé de intentar impresionarlo, Marc. Sabía que no podía luchar contra tu larga sombra. Jamás podría llegar a ser el hombre que tú eras.

Esa vez fue él quien se acercó a su hermano para posar la mano en su hombro.

—Papá tenía puestas todas sus esperanzas en ti, Pol, te lo aseguro. Estaba enormemente orgulloso de tu trabajo aquí.

Su hermano chistó con la lengua en un gesto suspicaz.

—Claro, por eso te nombró a ti director general antes de morir —replicó mordaz—. Ésa era la confianza que tenía depositada en mí.

Marc se debatía entre contarle la verdad o traicionar el último deseo de su progenitor. No quería que su hermano pensara de forma tan equivocada sobre su padre y sus últimas intenciones, pero había hecho una promesa y no sabía si era lo más acertado romperla. Sorprendido por las confesiones de ambos, advirtió con pesar que los dos estaban muy equivocados sobre lo que cada uno creía que pensaba del otro. Era evidente la falta de comunicación en esa familia.

Malinterpretando su silencio, Pol se envaró y elevó el mentón con altivez para señalar:

—La misma que la que tienes tú en mí, es evidente.

Marc lo sujetó con firmeza por los hombros para que lo mirara directamente a los ojos.

—Te equivocas, hermano. Si me nombró director general a mí fue porque papá no soportaba que tú pudieras sentirte avergonzado de él. Antes de morir me confesó que había llevado a la empresa a la bancarrota, Pol, y no quería morir con la pena de haberte decepcionado. Me hizo prometer que no te diría nada y yo, con mucho gusto, acepté. Mi intención era intentar arreglarlo y evitar a toda costa que nadie lo supiera… y si fracasaba en mi intento, le haría creer a todo el mundo que la culpa había sido sólo mía.

Pol, atónito, abrió los ojos incrédulo a lo que estaba escuchando. Esa confesión lo había cogido por completo desprevenido, incapaz, por un momento, de reaccionar de alguna forma ante ello.

—¿En la bancarrota? —musitó abrumado—. ¿Cómo es posible?

Marc se alejó unos pasos, al mismo tiempo que se encogía de hombros.

—Parece ser que hace un par de años, aconsejado por Diego Montalbo, papá invirtió una cantidad de dinero importante en unos negocios que después se fueron a pique. Si a eso le sumamos una inexplicable pérdida de clientes, que se marcharon a la competencia, tuvo que rendirse a la desesperación de no poder hacer frente a los pagos. Gracias a Dios, sólo había arriesgado su propio patrimonio en esas nefastas transacciones, sin tocar el dinero de los inversores y evitando así un gran escándalo por ello. Pero, a cambio, vendió sus acciones a Jaume Castellblanch, con el firme compromiso de que él seguiría en la presidencia hasta recuperar el capital perdido y poder recomprárselas de nuevo.

—¿Se las vendió al padre de Roser? —preguntó Pol, pasmado por la sorpresa.

—Sí.

Pol se llevó las manos a la cabeza y comenzó a caminar de un lado a otro mientras digería la información.

—¡Joder! —soltó cuando se dio de bruces con una idea—. ¡Por eso te vas a casar con ella! ¡Te están chantajeando, ¿no es cierto?!

Marc, abatido, asintió.

—Según Jaume, muerto nuestro padre, el trato de caballeros existente entre ellos quedaba disuelto. Por tanto, si no me caso con su hija, aceptando la palabra dada por nuestro padre cuando ambos soñaban con la posibilidad de poder unir ambas familias algún día, tomará la presidencia de la empresa y el escándalo que se formará al salir la verdad dejará el buen nombre de papá por los suelos.

—¡¡Hijos de puta!! —estalló fuera de sí.

Marc dejó que su hermano expulsara la rabia y asimilara la estupefacción. Su reacción era lógica. Era la misma que sintió el cuándo se enteró de todo. Lo peor iba a llegar luego, cuando la impotencia y la frustración hicieran mella en él.

—¡Tenemos que hacer algo! —bramó Pol—. ¡No podemos dejar que se salgan con la suya!

Él sacudió la cabeza, negando con pesar.

—Lo consulté con los mejores abogados —confesó derrotado—. Estudiamos y analizamos cada detalle de aquellos papeles con la esperanza de encontrar un solo resquicio al que poder aferrarnos… pero todo era legal. No he podido encontrar juego sucio por ningún lado.

—¡No puede ser! —musitó Pol sin darse por vencido—. De alguna manera ese bastardo engañó a papá. Siempre había deseado el éxito y prestigio de Montellà & Fills Publicitat y lo sabes.

—Lo sé, Pol, pero ése no es un motivo suficiente para llevarlo a juicio. Además, habiendo una fuga tan importante de clientes, tanto nuevos como antiguos, a él esta compañía no le compensa económicamente. Por eso, cuando Adrián —y rectificó en el último momento—, perdón… Adriana, ya trabajaba para mí como mi chófer, lo contraté para otro asunto. Estoy firmemente convencido de que tenemos a un traidor en la agencia que está vendiendo información a nuestros competidores. Quería que él… ejem, ella, investigara a los altos directivos que tienen acceso a información relevante sobre nuestros proyectos. Buscaba desesperadamente alguna manera de hallar una solución para no tener que casarme con Roser… pero todo ha sido en vano, pues todavía no hemos recabado nada que pueda arrojar luz sobre este enigma. Y ahora, tal y como están las cosas entre nosotros, dudo mucho que quiera seguir prestándome su ayuda para salvar la empresa y, de paso, a mí de ese maldito matrimonio, aunque ella no sepa nada de esto último.

Su hermano observó cómo se hundía en su asiento, con el rostro demudado por la culpa y la tristeza.

—La hallaremos, Marc. Sea como sea y donde sea, encontraremos esa solución.

Él, completamente abatido, volvió a negar con la cabeza.

—Ya no queda tiempo, Pol. En unas semanas me casaré con Roser para salvar la reputación y el legado de nuestro padre.