Mentiras arriesgadas

Antía Eiras · Capítulo 22 de 36

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Mentiras arriesgadas

Capítulo 21

 

—Creí haberte dejado claro que no quería volver a verte nunca más.

Adriana chasqueó la lengua y se acercó lentamente hacia él.

—No es la primera vez que me amenazas con eso.

Marc depositó despacio el vaso en la encimera después de darle un último trago.

—Quizá deberías empezar a hacerme caso de una maldita vez.

Sin previo aviso, se acercó a Adriana para agarrarla del brazo con fuerza y arrastrarla por la casa hasta llegar a la puerta de salida.

—¡Largo!

—¡No hasta que me escuches! —le advirtió soltándose de su agarre.

Él se pasó las manos por la cara con absoluta desesperación. Incapaz de sacarla de su cabeza, se había pasado las últimas horas repasando todos los momentos vividos con esa desleal mentirosa. Se recriminó duramente por haber estado tan ciego ante sus manipulaciones; no obstante, si algo bueno podía sacar de todo aquello era saber que no le gustaban los hombres. Si alguna duda había tenido sobre si era bicurioso, heteroflexible o pansexual, ya le había quedado meridianamente claro que era simple y llanamente un aburrido heterosexual.

Ese día también se dio cuenta de algo bochornosamente importante… y es que siempre había sido ella. Advirtió con absoluto pesar que sentía algo muy fuerte e intenso por la mayor farsante que había conocido jamás en su vida. Se disfrazase como se disfrazase, esa mujer se le había metido debajo de la piel, y la poderosa atracción que sentía por ella lo avergonzaba más allá de lo que podía imaginar.

—¡¿Que te escuche?! —gritó, apretando los puños con fuerza—. ¡No entiendes que no quiero oír ninguna mentira más! ¡Que no voy a creer nada de lo que sueltes por esa sucia y embustera boca!

Adriana se masajeó la zona donde todavía estaban impresos los dedos de Marc y él se giró, arrepentido por haberle hecho daño.

—¡Vete! —masculló entre dientes—. ¡Ana, Adrián o como diablos te hagas llamar, lárgate de una vez antes de que llame a la policía!

Ella cerró los ojos ante su rechazo, pero volvió a abrirlos decidida a que la escuchara sí o sí.

—Mi nombre real es Adriana Muñoz Ayala, soy inspectora en la Unidad Central de Atención a la Familia y la Mujer de la Policía Nacional, y sólo hice lo que tú hubieras hecho en mi lugar.

Él se giró despacio, con la mandíbula descolgada por el asombro.

—¡¿Cómo dices?!

—Lo que oyes —lo retó, resuelta a afrontar de una vez por todas esa situación—. De la misma forma que tú me has contratado para que me infiltrara en tu empresa y descubriera al que te está traicionando, yo tuve que hacer lo mismo para descubrir al asesino de mi hermana.

Marc, aturdido por el alcohol y las locuras que estaba escuchando, sacudió la cabeza. Esa mujer estaba más loca de lo que él creía.

—¿Asesino…? ¿Tu hermana…? ¿De qué demonios estás hablando?

—¿Recuerdas a Tania Muñoz?

Parpadeó varias veces al mismo tiempo que fruncía el ceño con desconcierto.

—¿Debería?

Ella suspiró con inmenso alivio al reparar en la sinceridad de la pregunta. Si desconocía quién era su hermana, podía descartarlo por completo de la lista de sospechosos.

—Tania era mi hermana y trabajaba para ti como modelo en la agencia.

Él siguió sin responder. En la compañía trabajaban muchas modelos para diferentes campañas y no las conocía a todas por su nombre. Esa parte se la dejaba a Pol.

—Se suicidó hace unos meses —aclaró Adriana con una punzada de dolor.

De pronto, Marc abrió mucho los ojos por la sorpresa de aquella revelación. Se rascó la barbilla y se dio media vuelta para encaminarse de nuevo hacia la cocina.

Agarró el vaso que había dejado vacío para verter nuevamente una cantidad considerable del mejor whisky de importación del que disponía en su bodega y, después, vaciarlo de un solo trago en su gaznate. Apoyó los codos en la encimera de mármol y hundió la cabeza entre las manos, en tanto asimilaba toda aquella información.

—¿Esa chica era tu hermana? —interrogó cuando la sintió acercarse.

—Sí.

Le siguieron unos segundos de silencio sepulcral, hasta que dijo:

—Lo siento.

Y sus palabras dejaron sin aliento a Adriana al percibir, otra vez, la sinceridad en ellas. Sus ojos comenzaron a empañarse y los desvió hacia el paisaje exterior que se vislumbraba por la ventana, donde el manto de oscuridad de la noche amenazaba con cubrirlo, incapaz de soportar la compasión en los de él.

—Pero tú lo has dicho… —continuó Marc, después de unos segundos en los que su cabeza no paró de pensar, valorando si podía creer lo que decía o no—, fue un suicidio, no un asesinato.

—Eso es lo que dictaminó la policía después de una breve investigación —aclaró concisa—, pero era mi hermana y estoy completamente segura de que no lo hizo.

—¡Mientes! —estalló él de nuevo, al darse cuenta de que lo estaba manipulando otra vez—. Acabas de decir que eres policía. Si fuera cierto… si tuvieras tan sólo una mínima duda de que lo que dices es verdad, tus compañeros no habrían dejado la investigación, habrían removido cielo y tierra hasta encontrar al culpable.

—No, cuando no tenían ninguna pista que seguir; no, cuando ellos no la conocían como yo, Marc. —Se acercó un poco más a él—. Tania no tenía ningún motivo para suicidarse, créeme.

Él la miró directamente a los ojos durante unos instantes para, a continuación, sonreír con desdén.

—¿Que te crea? Después de todo lo que me has hecho, ¿pretendes que te crea?

—Tenía mis motivos.

—Tus motivos —susurró para sí.

Ella no respondió al ver el dolor reflejado en sus oscuros ojos.

—Y pensaste que, disfrazándote y engañándome, podrías descubrir que yo era el asesino, ¿no es cierto?

Desvió la cara para que no viera la culpabilidad que la estaba destrozando por dentro.

—¡Oohh, Dios! —exclamó, atónito por que hubiera tan siquiera pensado en ello.

Adriana cerró los ojos otra vez.

La avergonzaban sus actos de una forma difícil de explicar, pero… ¿qué otra opción había tenido?

—Marc, tienes que entenderlo…

—¡¿Entenderlo?! —cuestionó, asombrado por su desfachatez.

Y volvió a verter el líquido ámbar en su vaso para vaciarlo de nuevo con un golpe seco de cabeza.

—¡Sí, maldita sea! Tienes que entender que no me quedó otra opción. No estoy orgullosa de lo que hice, pero no disponía de otra salida. Había perdido a la persona que más me importaba en este mundo. Me había quedado sin la única familia que tenía y… y de algún modo debía averiguar por qué. No podía quedarme sentada sabiendo que no había hecho todo lo posible por descubrir la verdad. Si mis compañeros no me creían, yo debía demostrarles que estaban equivocados. Ya le había fallado una vez… no podía hacerlo de nuevo.

De súbito el vaso se estrelló contra uno de los muebles de la cocina, haciendo que ella soltara un chillido de sobresalto y los cristales se esparcieran por el suelo.

—¡¡Sospechando de mí!! —le reprochó dolido.

Adriana se tomó un segundo para responder. No tenía miedo de Marc, si de algún hombre estaba segura que no le haría daño ése era él, pero quería escoger bien las palabras que diría a continuación.

—Sospechando de todo el mundo, Marc.

Él se acercó a ella con los dientes apretados y una vena latiendo con furia en su frente. Colocó ambas manos alrededor de su cuello y apretó despacio, consiguiendo que Adriana retrocediera unos pasos hasta chocar con el borde de la encimera de mármol.

—¡No te creo! —masculló furioso.

Y notó cómo la saliva bajaba por su tráquea, al mismo tiempo que abría los labios para poder respirar sin un asomo de miedo en su rostro. Hipnotizado, se perdió en el verde esmeralda de sus brillantes y cautivadores ojos, y se descubrió observando con atención esos jugosos labios que lo tentaban más allá de su cordura.

—Cuando tomé la decisión de infiltrarme en tu vida, no te conocía. Ignoraba todo de ti, Marc. Las pruebas apuntaban a que alguien de tu agencia había matado a mi hermana y debía seguirlas. —Dicho esto, muy despacio, con cautela, Adriana apoyó las manos en su pecho, notando, a través de la camiseta y de las yemas de sus dedos, cómo el corazón de él latía desbocado —. La noche en la que murió Tania fue la noche en la que te conocí en la fiesta de disfraces. Recuerda que me viste llegar con alguien, y ese alguien era ella. Sabía que tenía pareja, pero nunca me desveló su nombre, sólo que era alguien importante en la compañía en la que trabajaba. Cuando me dejó tirada en la fiesta, la vi irse con un hombre vestido de general romano, pero en aquel entonces desconocía quién era en realidad. En ese momento no sabía que tú eras mi mosquetero.

«Mi mosquetero.»

Esas dos palabras resonaron en la cabeza de Marc, logrando que su corazón pegara un pequeño brinco dentro de su pecho.

¿Cómo podía ser posible? Después de tanta mentira, tanto engaño, tanta decepción y rabia… ¿Cómo era posible que se sintiera tan malditamente atraído por esa bruja? El mismo hechizo que había usado para seducirlo en la fiesta unos meses atrás estaba surtiendo idéntico efecto en él en ese mismo instante.

—¿Mi hermano era su amante? —interrogó confuso, recordando vagamente que había sido el único en vestir ese disfraz aquella noche.

—Sí.

Y sus manos, como si tuvieran vida propia, dejaron de presionar su cuello para ascender lentamente por él hasta acunar su fascinante rostro entre ellas.

Adriana abrió un poco más la boca cuando él le acarició, sutilmente, los labios con las yemas de los pulgares, y dejó escapar un débil gemido cuando se perdió en su oscura y lasciva mirada, que la comía con los ojos hambrientos y deseosos por devorarla.

Se mojó los labios con la punta de la lengua, nerviosa por lo que intuía que iba a suceder.

—¡Marc! —jadeó, en el instante en el que él inclinó su cara para besarla.

Cerró los ojos esperando ese instante. Deseaba con todas sus fuerzas que él atacara su boca para poder responder sin ningún tipo de cortapisas, dejándose arrastrar por ese fuerte e intenso sentimiento que la abrasaba por dentro.

Y cuando eso ocurrió, ambos perdieron el poco dominio del que disponían.

Sus labios se fusionaron encajando perfectamente, en tanto un gruñido bajo y ronco subió por el pecho de Marc. Había ansiado tanto ese momento que no podía controlar la intensa pasión que lo desbordaba. Todo el tiempo que había estado reprimiendo el impulso de besarla, tanto en su disfraz de Adrián como en el de Ana, se desbocaba por fin, en ese mismo instante, con la imperiosa necesidad de hacerla suya… de sentirla, de tocarla, de olerla, de saborearla, de comerle la boca hasta perder la respiración. Nada importaba más allá de lo que ansiaba con total desesperación… y lo que deseaba con todas sus fuerzas era a ella.

Esa verdad era lo más certero e intenso que había sentido nunca. Nada había deseado tanto en toda su vida como estrechar a esa mujer entre sus brazos y hacerle gritar su nombre mientras se enterraba en ella una y otra vez.

Pero esa ardiente pasión fue interrumpida por los sollozos de Adriana, al mismo tiempo que intentaba apartarlo golpeándole en el pecho desesperadamente.

Aturdido, Marc se separó unos centímetros para saber qué le estaba ocurriendo exactamente. Se había dejado llevar de una forma tan desenfrenada que quizá le estaba haciendo daño sin pretenderlo.

—¡¿Qué…?! ¡¿Qué ocurre?!

Ella se separó de él en cuanto tuvo oportunidad y le dio la espalda.

—¡Lo siento…! ¡Yo no…! ¡No puedo!

El cuerpo de Marc se tensó como una vara al sentir el rechazo, y apretó los dientes y los puños tan fuerte que le dolieron.

—¡Es cierto! —masculló, escupiendo las palabras una a una con rencor—. Gracias por recordarme que ya elegiste al hermano correcto.

—¡No, escúchame! —le rogó deteniéndolo por el brazo cuando pasó a su lado—. No es lo que tú piensas. No es culpa tuya… Soy yo… yo no…

Pero Adriana enmudeció al advertir el profundo aborrecimiento que vio en los ojos de Marc en ese momento.

—Eso ya lo sé.

Y se giró para alejarse de ella lo máximo posible.

 

Minutos más tarde, Marc se encontraba debajo del chorro de la ducha del baño del que disponía su habitación, para intentar despejar su confusa mente. Apoyadas las manos en la pared de baldosas, dejaba resbalar el agua por su cabeza, mientras contenía a duras penas las irremediables ganas de gritar y desahogarse, en tanto el rostro de aquella chica de fascinantes ojos verdes no dejaba de taladrarlo una y otra vez.

Su estupidez era de tal envergadura que se merecía la agonía por la que estaba pasando en ese momento, pues, a pesar de haber sido rechazado de forma tan degradante, él seguía duro y anhelante por una mujer que no lo merecía.

Levantó una vez más la cabeza para llenar con agua tibia la boca y después dejar que resbalara por su pecho, deseando con ello eliminar el sabor de esa maldita zorra y que dejara de volverlo loco.

Tenía que detener esa absurda obsesión como fuera, pues estaba tomando unos tintes extremadamente peligrosos para su salud mental y comenzaba a pensar que, si seguía por ese camino, perdería la razón. En esos instantes sus sentimientos eran tan intensos y abrumadores que le daban vértigo.

—Marc.

Se tensó nuevamente al oír su nombre y, creyendo que era una ilusión, se giró con cautela para descubrir, con total perplejidad, a una Adriana completamente desnuda frente a él.

Jadeó con fuerza, atónito ante su presencia allí. Que no la hubiera oído entrar era lógico, considerando el gran tamaño de aquel majestuoso habitáculo donde cabían, perfectamente holgadas, siete personas. Decorado con refinado lujo en colores ocres, tierra y ceniza, con mármoles y griferías de excelente calidad, daba la sensación de estar en un lujoso spa.

—Esto tiene que ser una puñetera broma.

Ella acortó, decidida, el espacio que había entre ambos al mismo tiempo que el agua comenzaba a mojar su apetitoso cuerpo.

—¿Acaso me ves reír?

No, precisamente en eso no se estaba fijando Marc, pues sus ojos no podían despegarse de esa sensual y perfecta figura.

Dejó escapar un débil gemido al examinar con extremada atención cómo las gotas resbalaban por su tersa y nacarada piel, o cómo el pelo, húmedo y ondulado, rozaba con una delicada caricia sus pequeñas y oscuras aureolas, que coronaban unos perfectos y turgentes pechos. Se mordió con fuerza el labio, a la vez que recorría cada sinuosa y elegante curva, cada recoveco, cada porción de su maravillosa piel, o sus infinitas piernas, hasta llegar al suave y depilado valle que descansaba entre ellas y que le hizo la boca agua.

«¡Virgen santa!»

—¿Qué es lo que quieres, Adriana…? ¿Matarme? —farfulló cuando pudo recuperar débilmente la voz.

—No, sólo quiero que me escuches.

Alertado por su débil tono de voz, alzó la mirada para advertir cómo Adriana observaba con intensa y suma atención su miembro semierecto, y se giró precipitadamente cuando éste comenzó a cobrar vida delante de ella sin previo aviso y sin control alguno.

Marc no se dio la vuelta por pudor, sino por el bochorno de que ella descubriera que la deseaba con ansia a pesar de su traición.

—¿Qué parte de no quiero volver a verte no te ha quedado clara?

—¡Cállate, Marc! —le ordenó de forma autoritaria, recuperando el control de sí misma. Dicho esto, agarró una esponja para verter una generosa porción de gel y comenzar a frotarla contra su ancha espalda—. Ya te lo he dicho antes, me vas a escuchar sí o sí. Quiero que entiendas los motivos que me llevaron a mentirte. No estoy orgullosa de ellos, pero necesito que me prestes atención para que comprendas por qué lo hice.

Él parpadeó repetidamente sin salir de su asombro. Esa mujer era la más desconcertante que había conocido jamás. No alcanzaba a discernir cómo, en un momento, le respondía con una desbordante pasión y al siguiente lo rechazaba cruelmente, ni cómo instantes después se le aparecía completamente desnuda. No dejaba de sorprenderlo. Ésa era una inquietante, a la vez que impresionante, cualidad que no había descubierto en nadie con anterioridad a ella.

—Estoy harta, ¿entiendes? —comenzó a hablar, mientras frotaba suavemente y de forma circular la esponja en su cuerpo, dejando un rastro de espuma tras de sí—. Estoy cansada de vivir con miedo, de sufrir desde que era una niña, de hacerme la valiente delante de los demás cuando en realidad me siento aterrorizada. Estoy agotada por tener que demostrar mi valía en un mundo de hombres, de poner buena cara cuando en verdad estoy hundida, de despertar por las noches bañada en sudor por revivir en sueños la pesadilla de mi niñez. Pero lo que soporto cada vez menos es a la mujer en la que me he convertido. Una mujer llena de una oscura rabia que me devora por dentro, con un odio que se entierra en mi alma como un puñal envenenado, incapaz de perdonar, de olvidar, de seguir respirando…

Él se giró cuando Adriana dejó de frotar su piel. Descubrir esa vulnerabilidad lo impactó sobremanera.

—Tania no sólo era mi melliza, era el motor que me impulsaba cada día, el motivo para levantarme todas las mañanas. Le había hecho una promesa y tenía que cumplirla. Ella era mi única familia. Lo era todo para mí. —Hizo un gesto con la boca, y prosiguió a continuar pasando la esponja con suavidad, esta vez por su musculoso pecho—. Tú has tenido unos padres que te adoraban. Un lugar al que llamar hogar. Has tenido amor, protección, seguridad… Nosotras no tuvimos tanta suerte. A pesar de haber nacido casi a la vez, sólo por haberlo hecho unos minutos antes, yo me consideraba la hermana mayor, y desde que tengo uso de razón siempre he considerado que mi deber era protegerla… sobre todo de la mujer que nos dio la vida.

Marc se percató de cómo las manos de ella comenzaban a temblar y, al no poder continuar sin hacer nada, las agarró con ternura, para, seguidamente, apoyarlas contra su pecho, donde su corazón palpitaba con intensidad.

Ya no le importaba que viera su vergonzosa erección. Algo en su interior le decía que aquel instante era sumamente importante, que Adriana no sólo había desnudado su cuerpo al presentarse allí, sino que estaba exponiendo su alma al hacerle aquella confesión. Deseaba acogerla entre sus brazos, besar cada centímetro de su rostro para borrar los surcos de dolor que veía en él… pero no se atrevió. Lo único que hizo fue permanecer callado para escuchar aquello que tuviera que decirle.

—Nuestra madre era una vulgar prostituta —continuó explicando, fijando su vista en un punto indeterminado de su pecho, incapaz de mirarlo a los ojos —, que se traía el trabajo a casa para conseguir su siguiente chute o una botella de vodka barato con el que olvidar su patética vida. Nosotras no le importábamos, simplemente éramos una carga, un error del que sacar provecho dando pena a sus clientes para que le pagaran un poco más por cada servicio.

Marc la sintió temblar, y no de frío. El agua caliente todavía caía sobre ellos como un manto de protección, como un bálsamo que se llevaba los fantasmas del pasado por el desagüe. La abrazó con ternura en un impulso irrefrenable por ser él, y no ella, quien sintiera esas sacudidas de dolor.

—No hace falta que sigas —susurró contra su húmedo pelo, sorprendido de igual manera por verla tan entera—. No quiero que recuerdes ese infierno otra vez.

Adriana apoyó la mejilla contra su pecho y soltó un débil suspiro. Se abrazó a él sin importarle que ambos estuvieran desnudos y bajo el agua en la ducha de su casa. Eso era irónico, porque jamás se había sentido tan segura y protegida como en aquel momento. Nunca se imaginó que ese instante en el que se sentía tan frágil y vulnerable, y en esa situación tan extraña y peculiar, pudiera llegar a ser tan jodidamente perfecto.

Elevó la cabeza y lo miró a los ojos.

—Quiero seguir, Marc. Quiero que entiendas por qué hice lo que hice, por qué te rechacé hace un rato en la cocina.

Y cuando observó la preocupación en los de él, supo sin lugar a dudas que estaba haciendo lo correcto. Tomó aire por la nariz y apoyó nuevamente la mejilla en su torso, obviando deliberadamente la negativa silenciosa de Marc, que sacudía la cabeza en un inútil intento por hacerle entender que era innecesario que siguiera.

—De vez en cuando se echaba novio y lo traía a casa. La mayoría de éstos eran unos pobres desgraciados como ella; otros, unos malnacidos que se aprovechaban por un tiempo hasta que le robaban lo que no tenía. Era un desastre como mujer, un desastre como madre y un desastre como persona. — Adriana enmudeció por unos instantes. Los recuerdos, largo tiempo reprimidos, se agolpaban en su cabeza, peleándose por salir a la luz. ¡Y dolían, maldita sea, cómo dolían! Carraspeó para deshacer el nudo agónico que se le estaba formado en la garganta y cerró los ojos con fuerza—. Pero al menos Tania y yo nos teníamos la una a la otra, nuestro único consuelo entre tanta miseria. Y a pesar de ser tan sólo una niña, era consciente de que mi misión en la vida era proteger y cuidar a mi hermana pequeña… hasta que un día mi madre trajo a casa a un hijo de perra… que no se contentaba con molerla a palos todos los días, ni con hacerla trabajar día y noche para quedarse con su dinero… Era una mala bestia al que le gustaba abusar de niñas indefensas…

—¡Por el amor de Dios! —exclamó Marc, sobrecogido ante esa revelación.

Sin saber muy bien qué hacer o cómo actuar, agarró con extremada delicadeza el mentón de la mujer que tenía en sus brazos, para mirarla directamente a los ojos.

¡Jesús, no se atrevía a preguntarle!

Controlar la furia desmedida que sentía subir por su pecho era más difícil de lo que pensaba, y desconocía cuál sería su reacción ante la respuesta de ella, pues sólo imaginarlo le provocaba unas irremediables ganas de matar a ese hijo de puta.

—¿Ese cabrón te…? ¿Él te llegó a…?

Adriana se mordió el labio con fuerza mientras su mentón comenzó a temblar y asintió débilmente.

Y Marc se separó de ella cuando una cólera asesina le subió por la garganta haciéndole gritar de rabia y frustración. Se llevó las manos a la cabeza mientras inspiraba y espiraba aire como un caballo desbocado.

—Marc…

—¡¿Quién es?! —le exigió saber cuándo ella se acercó para calmarlo—. ¡¿Quién es esa maldita basura?! ¡Dímelo, Adriana, porque lo voy a matar con mis propias manos!

—No es necesario, ya está muerto.

Cuando Marc pudo controlar su arrebato de violencia, la agarró por los hombros para estrecharla con fuerza entre sus brazos.

—¡Lo siento…! —susurró contra su pelo—. ¡Lo siento mucho!

Se quedaron abrazados durante unos minutos, asimilando cada uno los intensos sentimientos que los desbordaban. Y Adriana, incapaz de soportarlo más, se desmoronó por completo.

Lloró, vaciándose por dentro, exorcizando con cada sollozo la pena, la soledad, la rabia, el dolor acumulado. La ternura y calidez en ese abrazo la desarmó por completo, dejando a la vista la fragilidad que intentaba ocultar obsesivamente y que casi nadie había visto.

Unos minutos después, cuando ella se recuperó un poco, se separó unos centímetros para apoyar la frente en su torso y seguir contándole.

—No lo sientas, Marc. Después de mucho tiempo supe que era lo mejor que me pudo pasar. La vecina oyó mis gritos y llamó a la policía, y cuando los servicios sociales nos encontraron en un estado tan lamentable, se hicieron cargo de nosotras, separándonos de la mujer que nos destrozó la vida. A él lo metieron en la cárcel, y cuando sus compañeros de prisión supieron por qué había entrado, no dejaron que saliera con vida.

Oírla hablar de esa forma le rompía el corazón, pero sintió un enorme alivio al saber la suerte que había corrido aquel cabrón malnacido. Jamás podría comprender la mente enferma de alguien que abusaba de forma tan vil de un niño inocente. Esa clase de personas no merecían existir.

—Pero esos años de mi vida me crearon traumas —confesó con tristeza —. Desde entonces no me fío de los hombres, a excepción de Ricky, al que no considero una amenaza, sino un hermano mayor. Ni tampoco puedo soportar el contacto con ellos, ni imaginarme llegar a mantener alguna relación íntima… excepto contigo.

Llegado ese momento, el corazón de Marc dejó de latir.

—No entiendo qué es lo que me pasa exactamente cuando me miras de esa manera, o por qué siento lo que siento cuando estoy cerca de ti… pero… créeme cuando te digo que eres el único hombre que no me produce un rechazo instintivo. —Adriana elevó el rostro para mirarlo directamente—. Tanto tú como «mi mosquetero» habéis sido los únicos que han despertado algo en mí que jamás había sentido.

Él tragó saliva enérgicamente.

Quería creerla. Quería poder confiar en ella más que nada en el mundo.

—Pero antes…

—Siento mucho lo de antes, Marc. Cuando me besaste en la cocina, tu aliento a alcohol hizo que todos mis fantasmas volvieran con fuerza. Recordé el fétido aliento de ese miserable y no pude soportarlo —le confesó, comenzando a romperse de nuevo.

—¡Chist, está bien! —le susurró con ternura, acunando su bello rostro entre sus manos.

Lo entendía y no podía culparla por ello.

—Pero he venido para pedirte perdón —continuó Adriana, queriendo decirle por fin todo lo que llevaba dentro—. Quería que comprendieras los motivos que me llevaron a mentirte y a engañarte. Sé que no tengo derecho a pedirte que me perdones y olvides todo el daño que te he hecho, pero necesito hacerte entender que no tuve elección.

Y Marc lo entendía.

No sólo lo entendía, sino que, además, sabía perfectamente que él hubiera hecho lo mismo. Aprovechando lo cerca que estaban, y tras saber que él era el único hombre que despertaba algo en ella, decidió no seguir reprimiendo lo que llevaba deseando desde que la había visto aparecer. Arriesgándose a ser rechazado de nuevo, Marc acercó su rostro para besarla otra vez.