Mentiras arriesgadas
Capítulo 6
—¿Ha mandado llamarme? —preguntó Adriana asomando la cabeza por la puerta del despacho después de tocar en ella con los nudillos para llamar su atención.
—Sí, entra.
Marc se encontraba en ese momento revisando unos informes de estadística en el ordenador cuando le ordenó pasar y, en contra de lo que siempre aparentaba, llevaba toda la mañana intranquilo y demasiado nervioso.
No había dejado de darle vueltas a la decisión que había tomado la noche anterior en un súbito arrebato. Confiaba plenamente en su instinto, pero quizá su intuición aquella vez le había fallado. De pronto todas las dudas, lógicas en su caso, martilleaban dentro de su cabeza como una comparsa de carnaval.
Estaba poniendo en manos de un desconocido una misión sumamente importante para el futuro de la empresa, y comenzaba a dudar en serio del entusiasmo que había demostrado por una idea un tanto descabellada, planteándose con prudencia si no había algo más detrás de aquel repentino impulso.
—Esta tarde tenemos la reunión semanal con algunos directores de varios departamentos de la agencia y quiero que tú estés presente.
Adriana se acercó a la mesa.
—¿Está seguro de querer seguir con ese plan?
Él la miró muy serio y se lo pensó durante unos segundos antes de responder. Quería creer que tras esa pregunta le estaba dando la oportunidad de dar marcha atrás… Eso no lo haría alguien que tuviera intenciones ocultas; al contrario, ese alguien estaría deseoso de que no cambiara de opinión para poder chantajearlo en un futuro próximo.
Ése fue el empujón que necesitaba para seguir con su propósito.
—Por completo.
—De acuerdo —confirmó antes de sentarse en el sillón dispuesto delante de la mesa—. ¿Cómo quiere hacerlo?
—Quiero que estudies concienzudamente a cada uno de los asistentes, que te fijes en cualquier señal que te parezca extraña o fuera de lugar para después comentármela.
—¿Y no se preguntarán qué demonios hago yo allí?
—Eso déjamelo a mí.
Adriana se quedó callada un instante para después responder.
—Está bien, usted manda.
Cuando él detecto sus recelos, se echó hacia atrás en el sillón juntando los dedos en una actitud reflexiva.
—¿No estás de acuerdo con mi plan?
—La verdad es que no.
Marc elevó una ceja, sorprendido por su atrevimiento.
—¿Ah, no? —remarcó en un tono gélido.
Ella le sostuvo la mirada con decisión.
—Ayer me dijo que quería que fuera sincero y eso es lo que estoy siendo. No entiendo mucho de espiar a los demás, pero creo que levantará muchas sospechas que yo esté allí tomando nota mental de todo lo que ocurre, cuando es evidente que no es lo usual.
«¡Maldita sea!», maldijo Marc mentalmente, abandonando su pose para removerse, incómodo, en el asiento.
Sabía que tenía razón y no podía echárselo en cara.
—¿Qué propones, entonces?
Adriana se echó hacia delante y apoyó los brazos en la mesa.
—Conozco a un amigo que conoce a otro amigo que, por un módico precio, podría instalar unas pequeñas cámaras de seguridad.
—Ni hablar, es demasiado arriesgado —rechazó de inmediato su idea—. Si encontraran esas cámaras en sus despachos, sería un abuso flagrante contra su intimidad, además de que podrían demandar a la empresa, acarreando con ello un escándalo que arruinaría todo por lo que mi familia ha luchado. No puedo comprometer mi nombre ni el buen nombre de Montellà & Fills Publicitat. Necesito que comprendas que esta investigación se tiene que llevar acabo de forma completamente confidencial, Adrián, además de con extrema discreción.
El muchacho asintió, demostrando que estaba de acuerdo con él.
—Por supuesto, no tengo la menor duda sobre ello, pero no estoy hablando de ponerlas en sus despachos, sino en la sala de reuniones, y yo desde aquí podría espiarlos sin que ellos sospecharan nada —aclaró antes de que desechara por completo su idea—. Si hablo con él ahora, estoy seguro de que podrá instalarlas al mediodía y disponer de todo antes de la reunión. Esas cámaras son muy pequeñas e, instalando un simple software en el ordenador, podré observarlo todo desde aquí sin ningún problema.
Marc meditó la idea durante unos segundos, sopesando todos los pros y todos los contras.
—¿Cuán discreto es el amigo de tu amigo?
—La discreción hecha persona —le aseguró ella.
Y más le valía o volvería a la cárcel antes de tan siquiera parpadear.
—No sé —admitió, levantándose inquieto para acercarse a la ventana y mirar por ella.
—Usted decide, pero también tiene que saber que no sólo bastará con espiar en las reuniones para pillar a la persona que lo está traicionando. Debo entrar en sus despachos e investigar cualquier información sensible que pueda encontrar en sus ordenadores. Ese es el lugar más lógico donde esconder información cuestionable, además de en sus domicilios a buen recaudo, por supuesto.
—¿Estás planteándome que asalte sus casas como un vulgar ladrón?
Adriana también se levantó instantes después para acercarse a su jefe al ver que no se atrevía.
—No, estoy diciendo que necesito su permiso para husmear en sus despachos. —Y como él no contestó, prosiguió en su idea inicial—. De todas formas, estaría en su derecho, pues son sus instalaciones y los equipos de la empresa. Incluso podría plantearlo como una auditoría interna. Eso en el caso de que nos pillaran, claro.
—Y eso, ¿cuándo se llevaría a cabo?
—Pienso que lo mejor sería hacerlo lo antes posible… Esta misma noche, incluso, antes de que nadie sospeche nada.
—Pareces muy versado en estas lides —comentó cruzándose de brazos después de girar la cabeza hacia ella—. ¿Estás seguro de que eres sólo un simple chófer?
—Soy muy cinéfilo y me encantan las pelis de espías —simuló encogiéndose de hombros y desviando la mirada para que no descubriera que mentía.
Marc cerró los ojos con fuerza cuando un olor conocido inundó sus fosas nasales. A su mente volvió el recuerdo de aquella misteriosa mujer del baile de disfraces, y se deleitó durante unos segundos con ese aroma, rechazando enérgicamente la idea de volver a la realidad.
Últimamente cualquier cosa le recordaba a ella y comenzaba a sospechar que lo que en verdad sentía era una peligrosa obsesión.
—Está bien —aceptó soltando un profundo suspiro y dirigiendo la mirada al frente—, llama a tu amigo.
—De acuerdo —confirmó ella, ocultando un brillo de regocijo en sus ojos.
Si alguien le hubiera dicho a Adriana veinticuatro horas antes que iba a tener un golpe de suerte tan grande como ése para descubrir al asesino de su hermana, no lo hubiera creído.
No podía desaprovechar esa oportunidad. No iba a desaprovechar esa oportunidad.
Así que llamó a un cerebrito informático al que pilló años atrás en una estafa y al que había conseguido ayudar y llevar por el buen camino. Desde entonces, Raúl colaboraba con ella cuando lo necesitaba y confiaba en él plenamente.
A pesar de que había estado pendiente de todos los presentes en la reunión que se había celebrado media hora antes, en ese momento Adriana revisaba la grabación de dicho encuentro en el portátil personal de Marc, mientras él trabajaba en el suyo propio de sobremesa. En esta ocasión prestaba todavía más atención, por si se le había pasado algo por alto, escudriñando en busca de cualquier gesto extraño que no hubiese detectado la vez anterior, cuando vio la reunión en directo.
Tan concentrada estaba en ello que pegó un brinco en el asiento cuando una respiración rozó con suavidad su cuello, y al girar la cabeza se topó de frente con la de su jefe.
—¡¡Madre mía!! —exclamó llevándose una mano al pecho, segura de que el corazón le iba a salir por la boca.
—¿Te he asustado? —preguntó conociendo perfectamente la respuesta.
—¡En absoluto! —contestó irónica—. A no ser que la definición de «susto» incluya tener un paro cardíaco, claro.
Marc le regaló una sincera sonrisa por su ingeniosa respuesta, que hizo que el corazón de ella volviera a brincar de nuevo dentro de su caja torácica.
«¡¡Madre del amor hermoso!!»
Adriana no podía despegar los ojos de esos blancos y perfectos dientes. Jamás lo había visto sonreír de esa manera tan abierta y honesta. Era como admirar un brillante amanecer que calentaba el espíritu en una mañana de verano. «Encantadora» y «fascinante» eran dos palabras que se le quedaban cortas.
Si serio y enfurruñado ya le había parecido atractivo, en ese instante no tenía palabras para describir a ese inigualable adonis que tenía delante de sus narices.
«¿De dónde demonios ha salido esa sonrisa?», pensó con torpeza, tratando de hilar un pensamiento con otro.
Cautivada como una colegiala, no podía despegar los ojos de su mandíbula cuadrada, de sus labios llenos y sensuales, de su aroma embriagador y varonil… que le hizo recordar una sonrisa casi idéntica que le regaló un misterioso y galante mosquetero nueve meses antes.
A pesar del tiempo transcurrido, Adriana todavía podía revivir con absoluta claridad aquel mágico encuentro en la fiesta de disfraces privada, y muchas veces se descubría pensando tontamente en la ínfima posibilidad de volver a encontrarlo cara a cara y en lo que le diría si eso llegase a ocurrir.
Igual que en aquel entonces, extrañamente no sentía repulsión por el acercamiento del hombre que tenía a su lado y que tan cerca de ella estaba, sino todo lo contrario. Un inquietante hormigueo recorrió su cuerpo, haciéndola sentir igual de viva y atraída que aquella lejana noche.
Embelesada, siguió explorando el rostro de su jefe hasta llegar a sus profundos y penetrantes ojos negros, y ya no fue consciente de nada más.
—¡Adrián…! ¡¡Adrián, ¿me estás escuchando?!!
—¡¿Qué?! —farfulló parpadeando repetidamente y retornando de su embrujo—. Lo siento, ¿me podría repetir la pregunta?
Marc arrugó el ceño, desconcertado por su peculiar actitud.
—¿Estás bien? Te has quedado alelado, chico.
—¡Ajá! —confirmó poniéndose cada vez más nerviosa, y moviendo el sillón para alejarse de él con disimulo lo máximo posible sin llamar su atención—. Perfectamente, gracias.
—¡Vaaaale! —comentó él, dando por zanjado el tema y señalando la pantalla de su portátil—. Te preguntaba si has encontrado algo extraño en las imágenes.
—En realidad, no. —Cogiendo por completo desprevenido a Marc, se levantó de la mesa para fingir estirar el cuerpo por estar tanto tiempo sentada y, de ese modo, poner espacio más que suficiente entre los dos y evitar que no oyera los alocados latidos de su corazón—. Creo que necesito con desesperación un café en vena, ¿quiere que le traiga otro?
—¡Aahh, entiendo! —soltó de pronto, sonriendo mientras sacudía al mismo tiempo la cabeza—. Soy un completo desconsiderado. Ven y siéntate aquí —le ordenó para que recuperara de nuevo su sitio.
Ella lo miró recelosa.
—¿Por qué?
—Porque te lo ordeno yo —respondió haciendo un gesto hacia el sillón.
—¿Para qué? —volvió a preguntar, dando un paso hacia atrás.
Marc chasqueó la lengua con impaciencia y después emitió un suspiro. Estaba acostumbrado a que nadie cuestionara sus decisiones, y se tuvo que recordar que había contratado a Adrián exactamente para hacer lo contrario.
—Para darte un pequeño masaje y ayudarte a desentumecer esos músculos. Es un pequeño gesto de sincero agradecimiento de mi parte por todo lo que estás haciendo.
Adriana abrió desmesuradamente los ojos en medio de lo que era, casi, un ataque de pánico.
—No es preciso, para eso me paga.
—No importa, me hará sentir bien.
—No hace falta, de verdad —se apresuró a decir—. Sólo necesito un café bien cargado y ya está. ¡Recuperado al instante! —señaló chasqueando los dedos.
—A mí no me cuesta nada —lo instó él—. Ayer salimos tarde del local al que me llevaste y hoy no has parado de trabajar. Qué menos que ayudarte a relajar un poco.
—En serio, jefe, no es preciso, estoy bien.
—Insisto.
—De verdad que no…
—¡¡¡Ahora!!! —ladró consiguiendo que ella se sobresaltara. Y al instante siguiente, Marc inspiró y espiró con lentitud todo el aire de los pulmones—. Por favor.
Muy a su pesar, a ella no le quedó más remedio que claudicar y se sentó, tiesa como un palo, en el sillón.
—Quítate la chaqueta.
—No, gracias, tengo algo de frío.
Él hizo oídos sordos y metió las manos por dentro del cuello de la prenda, hasta tocar los hombros por encima de la camisa de su uniforme, y procedió a aplicar un ligero masaje.
En verdad ese muchacho era terco como una mula. Jamás había confraternizado con ninguno de los empleados de la empresa, pero sentía que su chófer se merecía una recompensa por el duro trabajo realizado. ¿Era tanto pedir? Si fuera al revés también le gustaría poder recibir un masaje relajante.
Su enfado disminuyó dos minutos después, cuando oyó los gemidos de placer del susodicho.
—¡Ooohh, qué gusto! —exclamó Adriana cuando dejó de luchar contra lo inevitable—. ¡Esto es la gloria!
Marc sonrió con deleite cuando vio cómo su chófer se iba relajando poco a poco hasta incluso llegar a poner los ojos en blanco.
—¡Madre mía, nadie me había hecho esto antes!
—¿Te gusta?
—¡Hummm…! —ronroneó con deleite—. ¿Que si me gusta? Esto es… ¡¡brutal!!
—Ya te dije que sólo tenías que relajarte y disfrutar.
—Creí que iba a dolerme.
—Si se hace con delicadeza, no tiene por qué.
—¡Oh, sí, justo ahí! ¡No pare!
De pronto un lamento ahogado a sus espaldas interrumpió aquel momento de gozo, y cuando Marc y Adriana se dieron la vuelta, se encontraron con dos mujeres que los miraban completamente escandalizadas.
—¡Oh, Dios mío, Marc! —musitó Roser, desencajada, sin poder dar crédito a lo que sus ojos veían—. ¿Cómo has podido?
—Lo-lo si-siento mucho, no me-me ha dado tiempo a… —Nines dejó la frase sin terminar, totalmente abochornada.
Las dos mujeres se llevaron una impresión errónea de la escena que acontecía, al oír únicamente los gemidos de Adriana ocultos por el cuerpo de su jefe. Con cara de asombro por haber sido pillados in fraganti, se dieron cuenta del terrible error al que estaban llegando ambas féminas.
—Esto no es lo que parece… —comenzó a hablar Marc, pero resultó inútil, pues su prometida acababa de girarse sobre sí misma para huir de allí entre sollozos—. ¡¡Roser!!
Cuando él salió corriendo detrás de su novia, Adriana fue consciente de la mirada recriminatoria de la secretaria, que todavía seguía de pie allí.
—¿Así que esto es lo que lleváis haciendo toda la tarde aquí encerrados?
Adriana se levantó del asiento recolocándose la chaqueta.
—Como bien dijo el jefe, esto no es lo que parece.
—¡Por supuesto que no! —farfulló su compañera con ironía, al mismo tiempo que abandonaba el despacho—. ¡Ahora entiendo muchas cosas!
—¿Qué es lo que entiendes ahora? —cuestionó Adriana saliendo después de ella.
—El apego tan grande que te ha cogido en tan poco tiempo —respondió convencida mientras aporreaba unas carpetas contra la mesa para enderezarlas —, o tu aumento de sueldo.
Adriana entrecerró los ojos a la vez que apretaba los dientes con fuerza, en tanto Azucena no se perdía nada de lo que estaba sucediendo.
—¿Qué es lo que estás insinuando?
Nines dejó de maltratar los documentos que tenía en sus manos para mirarla con furia.
—Sabía que estabas ocultando algo, ¡lo sabía! Y no entiendo cómo no me di cuenta antes de ello, pero… ¡¿Marc?! Eso sí que no me lo esperaba para nada.
Adriana apretó todavía con más fuerza los dientes hasta que comenzaron a rechinarle, al mismo tiempo que ponía los brazos en jarras y mascullaba furiosa:
—Repito la pregunta; ¿qué demonios estás insinuando?
—¡¿Acaso no está claro?! —manifestó la mujer, alterándose ella también.
—Si lo estuviera, no te lo estaría preguntando.
La secretaria elevó el mentón al mismo tiempo que la enfrentaba decidida.
—¿Me vas a negar que te gustan los hombres?
—¡Por supuesto que no! —Y de repente se dio cuenta de su error—. ¡No! No he querido decir eso, yo…
—No tiene sentido que lo niegues.
Un jadeo sonó cerca de ellas y, cuando las dos se giraron, advirtieron que Lesly las miraba horrorizada y con los ojos anegados en lágrimas. No fueron conscientes de su acercamiento, atraída por el alboroto, hasta que fue demasiado tarde.
—Cariño… —susurró Nines con compasión, acercándose a ella.
Y por segunda vez esa tarde, una mujer salió corriendo, sollozando sin control.
—Y ahora, a ésta, ¿qué le pasa? —bufó Adriana sin entender nada—. Y sobre lo de antes, déjame decirte que…
La secretaria giró la cabeza con rapidez para hincar su mirada en ella y demostrarle lo enfadada y decepcionada que estaba.
—¿Cómo puedes ser tan insensible?
—¿Insensible? —cuestionó incrédula—. Lo que no soporto es a las mujeres que hacen un drama por cualquier cosa.
—¿Cualquier cosa? ¿Crees que enamorarse de ti y descubrir que te gustan los hombres es cualquier cosa?
—¡¡¡¿Qué?!!! —preguntó con la voz estrangulada, y dirigió la mirada hacia el lugar por donde había desaparecido la mujer segundos antes.
«¡Ay, Señor, ¿en qué lío me he metido ahora?!»
Nines sacudió la cabeza negando repetidamente, sin creerse ni por un momento su sorpresa.
—Ahora también me vas a decir que no lo sabías.
—Yo… yo no… —farfulló llevándose las manos a la cabeza.
—Llevas tonteando con ella desde que llegaste a la agencia y pretendes hacerme creer que era de forma inocente.
—Todo se ha malinterpretado… Yo nunca quise que…
—¿Qué? ¿Romperle el corazón? ¿Y qué esperabas que ocurriera cuando se enterara de tu secreto?
Adriana parpadeó varias veces, intentando hacer memoria para saber en qué momento ella pudo insinuar algo que era por completo equivocado. Y gimió con pesar, al advertir que todas sus palabras podían ser malinterpretadas, pues en apariencia era un hombre y no ella quien las decía.
La recepcionista le cayó bien desde un primer momento, y la había tratado con cariño y confianza desde el minuto cero… pero con un afecto natural como mujer, no como hombre.
—¿Qué secreto? —inquirió Marc, que acababa de subir de una infructuosa disputa con su prometida.
Ninguna de las dos contestó, pero supo que habían discutido por la tensión que reinaba en el ambiente y que se podía cortar con un cuchillo.
—¡A mi despacho! ¡Los dos! —ordenó harto de todo aquello.
La carrera tras Roser no había servido de nada, salvo por el lamentable espectáculo que proporcionaron en la entrada del edificio. Marc estaba frustrado, a la par que cansado, de toda aquella farsa del compromiso, por lo que en ese instante no se sentía de humor como para aguantar peleas tontas entre empleados.
Le explicó con claridad a su secretaria el malentendido en el que tristemente se habían visto envueltos, y le aclaró que, aunque sabía de las preferencias sexuales de Adrián, él no las compartía, a pesar de lo que pudiera sugerir la inocente situación en la que los habían encontrado. También le reveló que había descubierto en el muchacho un valor en alza a la hora de tomar decisiones y ser proactivo, dejando patente que era lo que necesitaba en su equipo más cercano por el bien de la agencia, al igual que confiaba y valoraba el trabajo y el desempeño de las funciones de ella en la compañía, logrando con ello alabar el ego de Nines, sin dar más detalles de las verdaderas funciones de su chófer y asesor personal.
Durante todo ese rato, ninguna de las dos abrió la boca, pero Adriana sí fue consciente de las miradas cautelosas que le lanzaba su compañera a hurtadillas. Después de concluir su rapapolvo, Marc decidió dar por finalizada la jornada e irse a casa a reencontrarse con su hermano, por lo que también quedó anulada la visita furtiva a los despachos de los directivos.
Pero los problemas de Adriana no habían terminado por ese día, continuarían al llegar a casa y contarle a Ricky los planes que tenía para el hermano menor de los Montellà. La discusión los mantuvo enfadados por un tiempo.
Dos días después, a Adriana se le presentó la oportunidad perfecta, cuando se enteró de que iban a celebrar una fiesta de bienvenida para Pol en la mansión familiar.
Ayudada por Ricky, y a regañadientes, consintió en vestirse la ropa que tenía guardada de su hermana, pues no sólo era preciosa y de marcas renombradas, sino que, además, le quedaba perfecta. Pasó un mal trago cuando se la probó por primera vez, pero después reconoció que en cierta forma era una señal y la opción más acertada, pues sentía a Tania más cerca de ella para ayudarla a descubrir a su asesino.
Cuando llegó a la entrada de la casa, se le formó un nudo en el estómago al recordar lo que había vivido allí diez meses antes, y se preguntó si estaría su mosquetero en la fiesta igual que aquella vez. Sin embargo, suspiró con tristeza al darse cuenta de que, aunque así fuera, no sería capaz de reconocerlo.
Sacó su invitación de su pequeño bolso, falsificada perfectamente de una original, para enseñársela al mismo portero de la otra vez. Esa parte había sido fácil, lo complicado vendría a continuación, cuando se enfrentara al reto de no encontrarse con su jefe en toda la noche, pues tenía miedo de ser reconocida y acabar de un plumazo con el disfraz de Adrián y, por consiguiente, con su operación encubierta.
Recorrió las estancias con discreción, medio oculta entre las sombras, hasta que se encontró con su objetivo. Reconoció el terreno y, aliviada, descubrió que Marc no se hallaba cerca; por tanto, se atrevió a acercarse a su hermano menor, provocando un encuentro fortuito.
—¡Oh, vaya, lo siento mucho! —se apresuró a disculparse por haber chocado con él—. Soy muy patosa.
—Tranquila, no ha sido nad…
Y la voz de Pol se perdió en el aire al quedarse sin habla cuando centró su atención en ella.
Adriana sabía que estaba muy guapa esa noche, tanto Ricky como ella habían trabajado para que así fuera, pero no se esperaba dejar sin habla a un hombre acostumbrado a estar con infinidad de bellezas todos los días, por lo que se ruborizó de forma involuntaria.
—¿Nos conocemos? —preguntó él, intrigado por esa hermosa mujer que le resultaba extrañamente conocida—. Tu cara me resulta familiar. ¿Acaso ya nos hemos visto antes?
Adriana, aterrada, tragó saliva con fuerza.
En su infalible plan no había contemplado la posibilidad de que fuera Pol el que la descubriera. Quizá la había reconocido, a pesar de que había pasado muy poco tiempo con él disfrazado como chófer, o incluso Tania pudo haberle enseñado alguna foto de ellas dos juntas. Se recriminó con dureza el no haber contemplado la posibilidad de que su propia hermana le hubiera hablado de ella. Si al final Pol era el asesino de su melliza y habían mantenido una relación íntima, era perfectamente plausible que Tania hubiera compartido con su amante la historia de su familia y le hubiera hablado de su hermana policía.
«¡¡¿Cómo he sido tan estúpida?!!»
Había cometido un error de novata y en ese momento quizá lo había tirado todo a la basura.
—¿Te encuentras bien?, te has puesto pálida.
—S-sí estoy bien, gracias —respondió con trabajo después de carraspear —. Si me disculpas…
Él la agarró del brazo con suavidad, pero con firmeza a la vez.
—¡Por favor, no te vayas!
Ella miró a su alrededor buscando una vía de escape.
—¿Has venido con alguien?
—Sí y no sé dónde está —mintió mientras sopesaba sus posibilidades.
—¿Dime cómo te llamas?
Adriana fijó la mirada en la mano que la tenía sujeta.
—Por favor, suéltame.
—No hasta que no me digas cómo te llamas —le rogó ansioso por no dejarla escapar—. ¿Acaso eres modelo y te he visto en alguna valla publicitaria o en algún spot de publicidad?
—No, no lo soy.
—Actriz, entonces.
—Tampoco.
—¡¿No puede ser?! ¡Me estás mintiendo! —exclamó asombrado.
Ella negó con la cabeza un poco más tranquila y le sonrió levemente.
Quizá solo creía que era una cara bonita más y su miedo había sido injustificado… aunque se recordó ser más cautelosa en adelante.
—¡Por favor, ¿dime cómo te llamas?! ¡Te lo suplico!
Esa respuesta sí podía ofrecérsela y lo haría en recuerdo a su hermana.
—Me llamo Ana Muñoz.
Él acercó la mano de Adriana a su boca y depositó con galantería un beso en el dorso, y ella tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para reprimir un escalofrío de repulsión.
—Encantado de conocerte, Ana Muñoz. Mi nombre es Pol de Montellà Bau y voy a hacerte modelo.
Cuando Marc entró rato después en el interior de la mansión, fue porque Roser lo había encontrado finalmente escondido en el jardín y había insistido en su tortuosa obligación de relacionarse con sus invitados.
Aunque había transcurrido bastante tiempo y una penosa tragedia por medio desde la última vez que en esa casa se habían oído las risas, había albergado la vana esperanza de ver aparecer a su vampiresa por el jardín, pululando como una hermosa luciérnaga con luz propia para ofrecer luminosidad a esa tediosa y frustrante fiesta de bienvenida.
En su, en definitiva, reconocida obsesión, Marc había soñado con la remota posibilidad de encontrarla otra vez. Sabía instintivamente que podría reconocer esos fascinantes ojos de color verde turquesa, ese ondulante cabello castaño o sus sensuales curvas torneadas… Había soñado tantas veces con ella que la tenía grabada a fuego en su mente y en su corazón, pero su decepción fue creciendo cuantas más horas transcurrían y no tenía constancia de su presencia en la fiesta.
Había rezado con todas sus fuerzas por que su enigmática desconocida hubiese sentido la misma irrefrenable atracción que él y se presentase en la primera oportunidad real de poder coincidir otra vez. Era una idea estúpida, lo sabía, sobre todo porque era difícil que la mujer lo hubiera reconocido como unos de los anfitriones de aquella fiesta de disfraces, cuando ella misma le había admitido que no era así. Y las posibilidades disminuían en picado, si tenía en cuenta que no se habían visto los rostros ni dicho los nombres en ningún momento de esa noche. Con todo, la locura era una enfermedad libre que le hacía creer en un posible milagro.
Sin embargo, y después de que la insistencia de su prometida lo hiciese cambiar de opinión, abandonó definitivamente la ínfima posibilidad de toparse con la mujer que lo obsesionaba en el mismo jardín donde se habían encontrado por primera vez. Decidió que era tiempo de ser realista y convencerse de una buena vez de que jamás la volvería a ver.
Así que allí estaba él, en el enorme vestíbulo de su casa, departiendo con algunos clientes, empresarios y amigos próximos a sus padres, hasta que levantó la mirada y su corazón dejó de latir por dos segundos.
La desconocida con la que llevaba meses obsesionado se encontraba tranquilamente hablando con su propio hermano mientras tomaba una copa de champán.
Era incluso más bella de lo que se había imaginado tras aquel antifaz. Nada lo había preparado para el impacto que supuso volver a verla, a pesar de haberlo imaginado un millón de veces en su mente. Lo que sentía en ese instante no era equiparable con nada de lo que había sentido antes por nadie.
Como si despertase de una ensoñación, se deshizo del agarre de su novia y dejó con la palabra en la boca a un director de cine muy importante en el país, para acercarse con lentitud y sin apartar la vista de su vampiresa.
De repente, Adriana sintió cómo el vello de todo su cuerpo se erizaba, y al girar la cabeza se encontró con la intensa mirada depredadora de su jefe caminando directo hacia ella.
Tenía una extraña expresión en el rostro que ella no supo descifrar, pero tampoco se pensaba quedar allí para averiguar de qué se trataba. En realidad su plan había funcionado a la perfección y conseguido con éxito su cometido, por lo que era un momento perfecto para desaparecer.
Se disculpó de forma precipitada con Pol y se perdió entre el gentío hasta alcanzar la entrada y desvanecerse en la oscuridad de la noche.
—¡No! ¡Espera! —gritó Marc cuando la vio salir por la puerta.
Pero, cuando él al final consiguió llegar, ella ya no estaba.