Mi enemiga y yo
Capítulo 1.
ALEXIA.
La mecánica alocución resonó con fuerza por todo el vagón para informar de la siguiente parada, lo que me obligó a levantar la vista de mala gana del toqueteado libro que tenía entre manos. Siempre me había gustado leer y sumergirme en historias repletas de aventuras, valerosos héroes y venganzas truculentas, pues los libros eran de las pocas cosas con las que conseguía evadirme de la realidad que me rodeaba y, mientras mis compañeras de clase, o de residencia, hablaban sin parar de los actores y cantantes de moda, yo prefería pensar en los personajes creados por escritores clásicos como Emilio Salgari, Julio Verne o Alejandro Dumas.
Hasta en eso me sentía diferente de las demás chicas de mi edad. ¡Idiotas!
Dudaba mucho que alguna de ellas supiera siquiera quién era el Conde de Montecristo, mi personaje favorito y cuya historia me estaba leyendo por segunda vez en lo que iba de año. ¡Dios, qué maravilla de libro! Quizás me gustase tanto porque, en parte, me sentía identificada con Edmundo Dantés; yo también tenía esa continua sensación de que la injusticia formaba parte de mi entorno y de que la vida me debía muchas cosas. Demasiadas, quizá.
Para empezar, una familia, aunque eso, a mi edad, lo daba ya por perdido.
Nunca supe quién fue mi padre y de mi madre, muerta por una sobredosis cuando yo apenas tenía diez años, no guardo demasiados buenos recuerdos, la verdad. A veces pensaba que fue una bendición que el Altísimo la llamase a su seno tan pronto, pues con su muerte, y al no tener parientes cercanos que quisieran hacerse cargo de mí, pasé a estar bajo la tutela del Estado, lo que me dio la oportunidad de empezar a ir al colegio de manera regular y de vivir sin el miedo a su siniestra presencia.
Por lo general, a la edad de diez años un niño es demasiado mayor para que lo adopten, y en las casas de acogida en las que estuve no llegué a encajar del todo, así que crecí en un orfanato hasta que a los dieciséis me trasladaron a vivir a un centro de menores para adolescentes en mismas, o parecidas, circunstancias. Sabía que en cuanto cumpliera los dieciocho tendría que irme de allí y buscarme la vida, pero para ese momento
esperaba haber ingresado en la universidad con una de las becas reservadas a jóvenes que, como yo, mantenían una media de sobresaliente en Bachillerato.
Con el tiempo comprendí que la mayoría de las personas tardan demasiado en madurar e incluso muchas de ellas jamás llegan a averiguar lo que de verdad esperan de la vida. No era mi caso. Yo tenía bien claro a lo que aspiraba y era a algo diametralmente opuesto a la existencia que, hasta el momento, había llevado. Tan solo precisaba un poco de suerte, y quizá de paciencia, para conseguirlo, pues de ambición iba más que sobrada.
De nuevo, la metálica voz que anunciaba la siguiente estación me hizo volver a la realidad, sacándome de mi ensimismamiento. Se trataba de mi parada, por lo que me levanté guardando celosamente mi libro en el fondo de la mochila para situarme enfrente de las puertas correderas a la espera de su apertura. El reflejo de mi imagen en el cristal me empujó a evaluar mi físico, como tantas veces en los últimos tiempos, de forma crítica. Los rasgos de mi cara, algo angulosos, en general eran bastante armónicos, con una nariz recta, frente despejada y un mentón firme. Mis ojos, grandes y de un color grisáceo oscuro, hacían juego con mi cabello, abundante, moreno y por lo general recogido en una lustrosa coleta. Reconozco que el conjunto era bastante satisfactorio, aunque la cicatriz que me atravesaba la cara, desde mitad de la frente hasta la mejilla izquierda y que pasaba por el puente de la nariz, me otorgaba un aire algo siniestro. La odiaba, pues la sentía como una línea acusadora que atraía constantemente la mirada curiosa de los demás. Nunca supe cómo me la hice, pues la tenía desde que poseía uso de razón y mi madre jamás me quiso dar una explicación al respecto, lo que me inducía a considerar que algo tuvo que ver en ello.
Algún día me desharía de ella.
Salí del vagón con rapidez tras echar un breve vistazo a mi reloj de pulsera. Era más tarde de lo que imaginaba. A primera hora tenía clase de matemáticas y era bien sabido que la señorita Rivas, mi tutora y profesora de dicha asignatura, no permitía acceder al aula a las alumnas que se retrasaban.
Cuando llegué a la calle, inspiré profundamente antes de encarar con paso apresurado los veinte minutos que me separaban desde la parada de metro hasta las puertas del colegio. Mi humor se volvió taciturno al recordar que era viernes. Odiaba los viernes porque era el único día de la semana en el que las alumnas del Santa Catalina prescindíamos del
uniforme y nos vestíamos de calle, lo que evidenciaba, aún más, la brecha existente entre el resto de estudiantes, vestidas con ropa de marca, y yo, con mis vaqueros gastados y mis zapatillas de mercadillo.
El Santa Catalina era un centro de élite, exclusivamente femenino, en el que abundaban hijas de políticos, empresarios, artistas o gente bien de toda la vida y al que unas pocas alumnas, como yo, acudíamos gracias a una beca financiada por la asociación escolar de padres. Aquel era, gracias a Dios, mi segundo y último año allí, pues, aunque debía reconocer que la educación era excelente, la mayoría de las alumnas no eran más que unas ridículas esnobs con ínfulas de grandeza a las que detestaba con toda mi alma.
El claxon de un coche sonó a mis espaldas, lo que me hizo dar un respingo involuntario. Me giré con curiosidad para descubrir la cara regordeta y simpática de Patricia, mi única amiga en aquel lugar y quizá en el mundo entero, que me saludaba alegre sacando la mano por la ventanilla del copiloto del vehículo de su padre. Patri era la única persona que me había acogido con amabilidad en aquel nido de víboras en el que incluso las profesoras parecían contagiadas por el ambiente rancio y presuntuoso que se respiraba entre las paredes de aquella inmensa edificación. Sus padres, aunque no eran ricos ni demasiado importantes, tenían una posición económica lo suficientemente desahogada como para permitirse llevar a su única hija a tan exclusiva institución. Ella también era una especie de nota discordante en el colegio, aunque por razones diferentes a las mías: su carácter algo apocado, su cara aniñada con gafas de «culo de vaso» y su figura bajita y rolliza la habían convertido en el blanco de las burlas por buena parte del resto de alumnas. Quizá fuera aquel el motivo que la había empujado a acercarse a mí el año anterior. En cualquier caso, no me importaba, pues nuestra relación había derivado en una amistad tan sólida como inquebrantable.
—¡Lexi!, ¡espérame! —gritó bajando del coche tras dar un rápido beso de despedida a su padre, lo que, por un momento, me dio cierta envidia—.
Necesito que me revises los deberes de física… ¡Últimamente no entiendo nada! —añadió acercándose a mí apresurada.
—No entiendes nada porque en clase estás en la luna, en vez de atender a las explicaciones de la profe —objeté propinándole una suave colleja en el cuello. Patri era una pésima estudiante, aunque no por falta de inteligencia, sino porque básicamente era una vaga de siete suelas que
estaba sacando adelante el Bachillerato gracias a mi ayuda y, sobre todo, al elenco de profesores particulares contratados por sus desesperados padres.
—Oh, ¡por favor!, ¿cómo quieres que atienda a lo que dice esa mujer?
No soporto ni su tono de voz. Además, para ti es muy fácil decirlo, no te hace falta ni atender. Estoy segura de que sabes más que ella misma…
Siempre me sorprendía que los demás consideraran que la gente estudiosa sabíamos las cosas por ciencia infusa y no por el duro trabajo que conllevaba la preparación de cada punto de las distintas asignaturas con absoluta minuciosidad.
—¡Ojalá fuese cierto lo que dices!, me liberaría de muchos problemas…
—repliqué recordando que necesitaba una media elevada para poder elegir carrera universitaria y obtener una de las codiciadas y escasas becas públicas que condecía el Estado. Jamás me podría permitir acudir a una universidad privada, por supuesto.
—¡Venga ya! Eres la mejor de la clase, no vas a tener ningún problema en ese sentido —aseveró mi amiga con convicción. Me gustaba la fe que siempre demostraba en mí—. Bueno, y ahora cuéntame cómo va la venganza del tal Dantés… —añadió mientras recorríamos el último tramo de la calle antes de acceder a las dependencias del colegio por la puerta principal. Patri odiaba leer, pero le encantaba que la pusiera al día de las novelas que me leía, aunque ella era más partidaria de las historias románticas que de las aventuras que a mí tanto me encandilaban.
Abrí la boca para empezar a relatar la huida del Castillo de If cuando mi mirada se posó en el impresionante vehículo con el que solían traer todos los días a clase a la que se había convertido en mi acérrima enemiga.
Rebeca Vega era la chica más popular de todo el colegio; delegada de mi clase, se trataba de una líder nata a la que las demás alumnas seguían cual corderos de un extenso rebaño del que yo no formaba parte, pues nunca me he considerado, en absoluto, un cordero. En todo caso, un lobo. Era probable que fuese mi actitud desafiante la que hacía que Rebeca me convirtiera en la diana de todas sus fechorías.
Sus padres, ricos y marqueses de no sé qué título de ringorrango, eran los dueños del club deportivo más elegante y exclusivo de toda la ciudad, al que acudían con asiduidad muchas niñas del colegio durante los fines de semana para dar clases de tenis o bañarse en alguna de sus piscinas. A mí, en el fondo, me hubiese encantado ir, pero Patri era la única que me hubiese querido invitar y no era socia.
Ralentizamos el paso mientras contemplábamos cómo aquella idiota esperaba a que el ceremonioso chófer, con su correspondiente gorra y uniforme, le abriese respetuosamente la puerta. Salió del coche mirando a su alrededor, en busca quizá de alguna cara conocida mientras se recolocaba su larga cabellera castaño-dorada que, como siempre, llevaba peinada de manera impoluta. Sus vaqueros de última moda se ajustaban a la perfección a su esbelta figura y el gesto de su cara, de absoluta complacencia consigo misma, definía a la perfección su personalidad. Todo en ella hablaba de dinero y de un clasismo exacerbado y, aunque se trataba de una estúpida integral, debía reconocer que era la chica más guapa que había conocido en los días de mi vida.
—Ahí está la idiota esa… —murmuré más para mí misma que otra cosa, sin poder apartar la vista de la hipnótica escena.
—Y mira, ahí vienen sus dos secuaces, Caniche y Zanahoria — comentó Patri refiriéndose a Clara y Elena, las dos íntimas de Rebeca.
En verdad, aquellos motes con los que las habíamos bautizado tiempo atrás eran bastante acertados, pues la primera, con su cara afilada y nariz levemente picuda, recordaba a un perro de esa raza; y la segunda, con su cuerpo menudo y el pelo pelirrojo, parecía una zanahoria. Yo sabía que también tenía mi propio mote, pero nadie había tenido, al menos por el momento, el valor de decírmelo a la cara, pues en aquel colegio las maldades de las alumnas se hacían por la espalda y el bullying al que me sometían, dirigido principalmente por Rebeca, se ejecutaba de manera sutil, muy al contrario que en los colegios públicos de los barrios periféricos a los que había acudido con anterioridad, donde los conflictos solían resolverse a puñetazos.
—¡Bonitas zapas, Alexia, ¿dónde la has comprado? —preguntó Zanahoria sonriendo de forma maligna en cuanto nuestros caminos se cruzaron para entrar al recinto escolar.
De inmediato, sentí que el rubor subía a mis mejillas. Les gustaba tratar de humillarme con comentarios de aquel tipo y aunque yo siempre trataba de hacer ver que me resbalaban, no era así.
—Preocúpate de lo tuyo, Elena, que un día te va a explotar el cerebro de las tonterías que dices —replicó rápido Patri saliendo en mi defensa.
Llevábamos ya dos cursos aguantando las estupideces de aquel trío; estaba claro que la tenían tomada con nosotras, sobre todo conmigo.
—Tú, Cuatro ojos, cállate, que nadie te ha dado vela en este entierro…
—intervino Caniche torciendo el gesto—. Además, se te está agriando el carácter con tanta dieta, que lo sepas —añadió haciendo referencia a los infructuosos esfuerzos de mi amiga por bajar de peso.
—¡Guau!, pero qué originales sois… ¿No os cansáis de meteros siempre con lo mismo? Sois un auténtico coñazo, en serio —dije con fingida indolencia mientras clavaba la mirada en Rebeca, que de momento permanecía extrañamente callada, aunque solía ser ella la que llevaba la voz cantante.
Me permití el lujo de examinar su rostro con cierto descaro. Tenía los ojos del color del caramelo fundido y sus facciones, de corte clásico, eran de una perfección insultante. Sentí que el odio hacia ella fluía por todo mi cuerpo. La detestaba por lo que era, por lo que representaba y por tenerme crucificada, aunque fundamentalmente la odiaba por ser la causante de que el corazón me latiese más deprisa de lo normal cada vez que la tenía cerca, cosa que me generaba un montón de dudas incómodas. No tenía problema en admitir que me sentía más atraída por las chicas que por los chicos, pero que Rebeca Vega tuviera algo que ver en la confirmación de mis sospechas sobre mis inclinaciones sexuales era algo que me aterrorizaba.
—¡Vámonos, Lexi! Pasando de estas tías… —terció Patri agarrándome del brazo y forzándome a continuar nuestro camino.
—Eso, desfilando, que aquí sobráis, so petardas… —dijo Rebeca abriendo por fin la boca con gesto desdeñoso y efectuando un burlesco ademán con la mano.
Tuve el impulso de dar media vuelta y encararme con ella, pero la presión que ejercía Patri sobre mi brazo me lo impidió. Lo mejor sería medirme con aquella estúpida en clase, pues a pesar de que era una excelente estudiante, no podía aspirar a superarme en ninguna asignatura salvo en Gimnasia, en la que andaríamos a la par, y en Inglés, pues mi nivel de ese idioma no estaba del todo a la altura de las demás; a mí nadie me pagaba los campamentos de verano en Gran Bretaña o Estados Unidos a los que acudían el resto de niñas, por descontado.
Nos alejamos al tiempo que yo giraba un poco la cabeza hacia ellas, lo justo para ver cómo cuchicheaban a nuestras espaldas.
¡Estúpidas! Algún día ajustaría cuentas con ellas.
Algún día.
REBECA.
—¡Vaya con Cara rota! Cada vez está más chulita… —musitó Elena mientras contemplábamos a aquellas dos alejarse con rapidez.
—¿Y qué me decís de Moby Dick? —intervino Clara frunciendo el ceño
—. Antes era una especie de ratón asustado, pero desde que va con esa desastrada no hace más que desafiarnos.
Era cierto. Aquellas dos habían formado un tándem formidable, ajeno al resto de la clase y aparentemente indiferente a todas nuestras pullas. Sobre todo, Cara rota. Aquella chica me intrigaba y repelía en la misma medida.
Era irritante la manera en la que se comportaba desde el primer día que apareció en el colegio, con su uniforme impecable, pero con unos mocasines baratos, propios de gente de barrio, paseándose por el patio con gesto indolente como si no tuviera que agradecer a nada ni a nadie el hecho de estar allí, estudiando con gente como nosotras. Hasta su nombre, que no provenía de una santa española como era propio de la gente bien, delataba su procedencia: Alexia. Basura barriobajera, como diría mi padre.
Había más alumnas becadas, por supuesto, pero, al contrario que Cara rota, todas parecían saber cuál era su sitio dentro del colegio y ninguna de ellas osaba desafiar a las alumnas de verdad. Y mucho menos a mí.
Además, el hecho de que me hubiese quitado el puesto de la mejor alumna de la clase sin apenas despeinarse me daba cien patadas, la verdad. Tan solo en Educación Física conseguía dejarla atrás de vez en cuando, pues desde que tenía uso de razón había pasado los fines de semana en el club deportivo que fundó mi abuelo, y heredó mi padre, jugando al tenis y practicando todo tipo de deportes.
La observé hasta que desapareció por la puerta de entrada a las aulas de Bachillerato tras lanzarnos una última y despectiva mirada de soslayo.
Había algo en ella que me ponía nerviosa, razón por la que estaba siempre en mi punto de mira y no precisamente para bien. Me recordaba a un amenazante felino, desplazándose siempre con esos movimientos lentos y controlados que parecían indicar el preludio de un ataque repentino y brutal.
—Bah, olvidémonos de ellas, ¡no son más que unas pringadas! —
comentó Elena en tono desdeñoso mientras nos encaminábamos también hacia nuestra aula—. Cambiando de tema, ¿qué vamos a hacer mañana por la tarde? ¿Nos apuntamos a la fiesta de Fabio?
De inmediato me entró cierta pereza. Echaba de menos los fines de semana en los que pasábamos las horas muertas en el club, jugando al tenis, patinando o bañándonos en la piscina para después dormir juntas en mi casa tras una buena sesión de películas de terror. Ahora las cosas parecían haber cambiado de forma radical, pues no existía mejor plan para mis amigas que quedar con chicos para enrollarnos con ellos. Ninguna de las tres había llegado hasta el final, aunque me constaba que ellas estaban más cerca de hacerlo que yo. No me tentaba, al menos de momento, acostarme con nadie, a pesar de que hubiese podido elegir a mi antojo a cualquiera de los chicos con los que solíamos quedar. En el fondo me aburrían un poco, pues su único objetivo parecía ser el de meternos mano, y cuanto más mejor.
—No sé si me apetece volver a casa del granudo ese con sus amigos, la verdad. Acordaos de que la última vez se emborracharon como cosacos y, poco más o menos, tuvimos que huir de allí…
—¡Oh, venga ya, no me seas aguafiestas, Beca! ¡Si fue divertidísimo!
Además, el propio Fabio me ha insistido en que vayas, ya sabes que está colado por ti.
—Pues a mí no me interesa en absoluto…
—¡Pero si es guapísimo!, ¿cómo es posible que no te guste? —intervino Clara encogiendo los hombros como si no pudiera dar crédito a mis palabras.
El tal Fabio, con su pelo rubio, su voz melosa y una sonrisa blanca tenía locas a la mitad de las chicas del colegio, pero a mí me daba cierto repelús.
—Te lo regalo… ¡Todo para ti!
—Dios le da pan al que no tiene dientes, ¡está claro! —se quejó resignada Clara bajando considerablemente la voz, pues la señorita Rivas, nuestra profesora de Matemáticas, esperaba impaciente a que entráramos en el aula para empezar la clase.
Me gustaban las matemáticas, aunque aquel día sentía que me costaba concentrarme en las detenidas explicaciones de la señorita Rivas sobre las ecuaciones de la recta y el plano en el espacio. Traté de prestar atención a la clase; el notable sacado en mi último examen me había sabido a poco, pero al cabo de un rato comprendí que era inútil. Era viernes, el fin de semana estaba a la vuelta de la esquina y mi cerebro parecía empeñado en obviar la voz monótona de la profesora.
Me encontré examinando con detenimiento el perfil de Cara rota, sentada una fila delante de mí, a la derecha. Tenía un físico curioso, con
aquellos ojos de largas pestañas y mirada insolente, la nariz recta y proporcionada, los labios llenos y voluptuosos y un mentón algo marcado que hablaba de fuerza y carácter. Podría considerar que era guapa, aunque aquella cicatriz que le marcaba el rostro de manera diagonal le otorgaba un aire perverso que me daba escalofríos. Las malas lenguas decían que era fruto de una cruenta pelea callejera a navajazos y una vez más me pregunté cómo era posible que hubiesen admitido a aquella especie de delincuente en nuestro colegio por muy «cerebrito» que fuera.
Bajé de las nubes cuando comprendí que la señorita Rivas empezaba a dictar un par de problemas para que los resolviéramos. Le gustaba tomarnos constantemente el pulso mediante una evaluación continua. Nos concedió veinte minutos para realizar las operaciones necesarias y obtener el resultado. El primer problema era relativamente fácil y me lo ventilé en menos de cinco minutos, pero el segundo era un auténtico galimatías y no había por dónde cogerlo. ¡Demonios!, ¿de dónde lo habría sacado? El tiempo se agotaba y miré a mi alrededor con desesperación, comprendiendo al instante que el resto de compañeras estaban igual de perdidas, o más, que yo. Bueno, todas menos una. Cara rota esperaba tranquila a que el tiempo finalizara mientras me miraba con una sonrisa burlona y jugueteaba con su boli.
A duras penas conseguí reprimir el sentimiento de furia que se apoderó de mí. Me obligué a concentrarme de nuevo en aquella especie de sinsentido que tenía entre manos hasta que conseguí la inspiración suficiente como para comprenderlo. Comencé a realizar operaciones con rapidez, pero la Señorita Rivas anunció la finalización de la prueba. No me había dado tiempo a terminar.
—¿Alguien ha resuelto el segundo problema? —preguntó la profesora mirándonos alternativamente a Cara rota y a mí, las dos únicas de la clase con posibilidades de hacerlo en tan escaso tiempo.
—A mí me queda terminarlo… —dije tras emitir un hondo suspiro de resignación.
—Y tú, Alexia, ¿lo tienes? —inquirió la profesora de manera un tanto retórica, pues era obvio que sí.
—Lo tengo —afirmó la aludida en tono condescendiente, como si las demás fuéramos idiotas perdidas.
—Pues sal a la pizarra y expón el resultado.
Si las miradas matasen, aquella imbécil hubiese quedado fulminada en su sitio, pero como por desgracia no tenía semejante poder, salió tranquilamente a la pizarra para dar una minuciosa explicación que casi nadie se molestó en seguir, puesto que eran ya los últimos minutos de la clase y estábamos deseando terminar.
Era odiosa. Pero me las iba a pagar.
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