Mi enemiga y yo
Capítulo 21.
REBECA.
—Gloria, por favor, ¿me puedes dar una puntada a este tirante, que se me ha roto? —rogué en tono implorante mientras entraba a la cocina mirando agobiada el reloj. Alexia estaría a punto de llegar y yo aún no estaba del todo preparada, aunque, ¿por qué me arreglaba tanto? Era una simple cena, nada más.
—Ahora no puedo, que tengo muchas cosas que hacer… Tráemelo el lunes, mejor —respondió la aludida con su habitual desparpajo. Le acababa de soltar tres mil euros y todavía tenía la cara dura de no echarme una mano.
Me fui maldiciendo por lo bajo. Nunca se me ha dado precisamente bien la costura, por lo que acabé eligiendo otro outfit: pantalón acampanado verde oscuro y una camisa blanca de mangas abullonadas. Me cambié con rapidez, completando el atuendo con unos zapatos de tacón y un colgante de plata. Terminé de arreglarme justo a tiempo para escuchar la llamada perdida que hizo Alexia a mi móvil anunciando su llegada. Más me valía darme prisa.
—¡Hola! —saludé entrando por la puerta del copiloto del inmaculado Volvo blanco.
—¿Qué tal…? —saludó a su vez ella, con su habitual sonrisa burlona, antes de arrancar el coche.
Observé que también se había arreglado con esmero: llevaba un elegante mono oscuro de pantalón largo y tirantes e iba maquillada y cuidadosamente peinada. Estaba sensacional, la verdad. Me obligué a fijar la vista hacia delante; no quería que percibiera mi escrutinio.
—¿Dónde vamos?
—¿Conoces el 323?
—No he ido, pero he oído hablar de él. —Se refería a uno de los restaurantes más de moda de toda la ciudad. Se rumoreaba que era imposible evitar la lista de espera si no se contaba con la amistad de los dueños—. ¿Has reservado…?
—¿Tú qué crees?
—Pues espero que sí —repliqué en tono desconfiado—. ¿Cómo has conseguido mesa? —Sabía que Clara y su oftalmólogo habían intentado
reservar un par de veces hasta darse por vencidos.
—Llamando y reservando. Vamos, lo normal… —contestó en tono socarrón. A veces era odiosa, sobre todo cuando pretendía burlarse de mí.
Decidí no preguntar más al respecto.
El tráfico, a pesar de ser un viernes por la noche, era relativamente fluido y en poco más de quince minutos llegamos a nuestro destino. Dejamos el Volvo al aparcacoches y en cuanto Alexia se identificó a la extravagante recepcionista del local, esta nos acompañó a nuestra mesa mientras nos daba conversación haciendo gala de un acento extranjero que no identifiqué.
El sitio parecía un tanto extraño. La iluminación era tenue para ser un restaurante y la música estaba un poco alta, aunque por fortuna era buena.
Me alegré de haberme esmerado tanto con mi atuendo, pues la gente iba de lo más arreglada.
Estudiamos la carta con detenimiento antes de pedir, pues los platos eran de los que había que leer dos veces para enterarse de los ingredientes que llevaban. Nunca me ha gustado demasiado ese tipo de menús, pero debía reconocer que el sitio era subyugante y la comida, una vez servida por un elegante camarero de ademanes ceremoniosos, estaba deliciosa.
Hablamos de todo un poco y la cena transcurrió de manera apacible hasta que nos trajeron los postres. Fue en ese momento cuando empezó a torcerse la cosa.
—¿Entonces, habías venido alguna vez aquí…? —curioseé mientras desmenuzaba con el tenedor mi exótico souflée antes de llevarme un trocito a la boca.
—Alguna que otra vez —contestó Alexia dando vueltas distraídamente a su copa de agua. Me empezaba a fastidiar que fuera tan opaca conmigo, la verdad—. ¿Te ha gustado el sitio? —preguntó a continuación con gesto intrigado.
—Sí, aunque es un poco… estrafalario.
—Puede, pero la comida es excelente.
—¿Sueles venir aquí con tus ligues? —La pregunta salió de mi boca de forma espontánea. De inmediato me arrepentí de haberla formulado; no quería parecer una cotilla integral.
—¿Mis ligues…? —repitió con una mueca divertida.
—Sí, bueno… Nunca me has contado nada sobre tu vida amorosa —
aclaré, apurada, tratando de justificar mi curiosidad.
—Tú tampoco me has contado demasiado sobre la tuya, la verdad —
replicó enarcando las cejas en un significativo gesto—. Aunque, respondiendo a tu pregunta, las veces que he venido, ha sido con Patri.
¿Algo más que quieras saber…?
Quería saber muchas cosas, como, por ejemplo, con quién se relacionaba habitualmente, cuántas novias había tenido y si se había enamorado alguna vez, pero la mirada burlona que me dirigía me desanimó a plantear tales cuestiones. Alexia podía ser encantadora y, al minuto siguiente, algo cortante.
—Bueno, eeh… ¡No sé!, nada en concreto… ¿Y tú?
Permaneció unos cuantos segundos en silencio mientras trazaba con el dedo una especie de dibujo abstracto en el mantel. Parecía estar dándole vueltas a algo.
—La verdad es que sí, tengo curiosidad por algunas cosas… —anunció con una expresión en el rostro indescifrable—. Por ejemplo: ¿te gustan las corridas de toros?
—¿Cómo? —pregunté desconcertada. ¿A qué venía eso ahora?
—Que si te gustan las corridas de toros… —repitió en un tono que me recordó al del profesor que se dirige a un alumno no demasiado brillante, lo que reconozco que me molestó.
—La verdad es que no, ¿por qué lo preguntas?
—No sé, ¡es una pregunta cualquiera! Y, ya que estamos, ¿qué opinas de los negacionistas del cambio climático…?
—La comunidad científica internacional es bastante clara con ese asunto,
¿tengo pinta de negar ese tipo de cosas? —inquirí a mi vez algo amoscada por el cariz que empezaba a tomar la conversación.
—Yo no he dicho eso. Se trata de una pregunta inocente…
—¡Ya!, dudo mucho que, precisamente tú, peques de formular preguntas inocentes.
—¿Y qué piensas del feminismo? —planteó a continuación, haciendo caso omiso de mi comentario.
—¿En relación con qué, exactamente…?
—En relación a su significado como movimiento social —aclaró encogiendo los hombros sin dejar de mirarme con una sonrisa algo torcida que, de pronto, me sulfuró.
—Pues creo en la igualdad de derechos, por supuesto, aunque tampoco me gustan los extremos…
—¿A qué te refieres con extremos? —Su actitud era desconfiada, como la del policía que pretende sonsacar la verdad al presunto delincuente a base de perseverancia.
—¿Se puede saber a qué viene tanto interrogatorio raro sin venir a cuento?
—No es un interrogatorio raro… Solo me gustaría saber algunas cosas más de ti —explicó efectuando un gesto con las manos que podría significar cualquier cosa—. Aunque, hablando de extremos, ¿te puedo preguntar a qué partido político sueles votar?
—Pero bueno, ¿tú de qué vas? No me gusta que me examinen, y menos aún de manera tan prejuiciosa…
—¿Prejuiciosa? ¿Me vas a hablar, precisamente tú, de prejuicios? —
inquirió con insolencia tras doblar meticulosamente su servilleta de una forma que, no sé muy bien por qué, me pareció intimidante.
—Si tienes esas ideas sobre mí, no deberías quedar conmigo, ¿no crees?
Consideró mis palabras con aire reflexivo, pero no respondió, se limitó a pedir de un gesto la cuenta a la camarera ignorando mi comentario, lo cual me pareció bastante ofensivo. De nuevo estaba presente la gélida brecha que antaño nos separaba.
—Aquí tienen… —anunció la camarera depositando salomónicamente la nota en una bandejita de plata en mitad de la mesa.
Alexia hizo amago de cogerla, pero me adelanté y, sin comprobarla siquiera, me la quedé ofreciendo a la chica mi tarjeta de crédito; no me apetecía dejarme invitar. Alexia no dijo nada, sonrió divertida mientras la camarera pasaba por segunda vez mi tarjeta por el datáfono. Yo empecé a sudar al recordar los tres mil euros que le acaba de transferir a Gloria.
Puede que mi saldo bancario estuviera en números rojos. Eché un rápido vistazo a la cuenta y casi me caigo redonda del susto; aquello era un atraco a mano armada.
—Me da error por tercera vez, lo siento —se excusó la amable camarera antes de devolverme la tarjeta.
—Pruebe con la mía… —intervino Alexia observándome de reojo con gesto de guasa. Me dieron ganas de arrojarle el contenido de mi copa en toda la cara.
Esperé a quedarnos otra vez a solas para tomar la palabra:
—¿Qué es lo que te parece tan divertido, se puede saber…?
—Tu cara de apuro. ¡Si te vieras! —respondió soltando una risita que me pareció insultante.
—Pues ale, guapa, espero que te sigas divirtiendo el resto de la noche tú sola. Yo me voy a mi casa.
Me levanté furiosa y cogí el bolso antes dirigirme a la salida con toda la dignidad de la que fui capaz.
Una vez más, sentí que la odiaba con todas mis fuerzas.
ALEXIA.
Permanecí unos segundos sentada en la mesa, observando cómo Rebeca abandonaba el restaurante con paso airado mientras me preguntaba qué diablos había pasado para que la cita se hubiese ido al garete. La culpa era mía por dar tantas vueltas a todo lo que me decía Patri. Era obvio que Rebeca se había ofendido con mis preguntas, aunque el asunto de la tarjeta de crédito tampoco había ayudado demasiado, la verdad, ¿por qué me había tenido que reír? Quizá estuviera a tiempo de reconducir la situación. Me levanté y fui tras ella hasta conseguir interceptarla en plena calle.
—Rebeca, ¡espera!, te llevo a casa.
—No, gracias, prefiero coger un taxi.
—¿Te has enfadado…? —pregunté haciéndome la ingenua y dando un par de rápidas zancadas para ponerme a su altura.
—No, ¡qué va!, es que tengo sueño —replicó tirando de ironía y buscando un taxi con la mirada.
—Venga, no seas boba, que te llevo yo… —dije tratando de detenerla—.
Además, te voy a cobrar mucho menos que un taxi —añadí tratando de hacerme la chistosa, aunque por la mirada de furia que me dedicó, era obvio que mis palabras no le habían hecho demasiada gracia. Casi mejor abstenerme de determinados comentarios, al menos aquella noche.
—Que no, gracias.
—Vamos al coche —insistí, tomándole a la fuerza la mano y tirando de ella, mientras le hacía una seña al aparcacoches para que me trajera el Volvo
—. Y no te resistas, que vas a conseguir que nos mire todo el mundo…
Se soltó con gesto furibundo, aunque se mantuvo a mi lado hasta que el chico nos acercó el coche, apenas unos minutos después. Nos subimos al vehículo en silencio y esperé a incorporarme al tráfico antes de hablar de nuevo.
—No sabía que eras tan susceptible…
—Pues yo sí sabía que eras tan idiota, ¡mira tú por dónde!
—¿Idiota? —repetí con fingida indignación. No me contestó, se limitó a lanzarme una mirada de rencor de lo más significativa. En el fondo me divertía verla así de enfadada.
—Coge la siguiente a la derecha; es el camino más corto para a llegar a mi casa —me indicó al cabo de un rato.
—¿No prefieres que vayamos a la mía…?
—No.
—Como quieras —repuse con resignación. Me moría por pasar la noche con ella, pero algo me decía que era preferible no insistir más. Empezaba a comprender que mi bella acompañante, además de susceptible, era bastante testaruda.
Aparqué en la puerta de su casa y apagué el motor. Nos observamos en silencio en la semioscuridad de la noche. Su rostro, iluminado por la tenue luz de una farola, parecía algo enfurruñado. Aun así, estaba esplendorosamente guapa. Sentí el irrefrenable deseo de besarla, pero preferí contenerme.
—¿Nos vemos mañana? —acabé por preguntar esbozando una sonrisa en señal de paz.
—Ya veremos… —replicó tamborileando nerviosa con los dedos la guantera del coche.
—Te recojo a las diez de la mañana —anuncié haciendo caso omiso a sus palabras. Me estaba empezando a cansar su actitud, tampoco había sido para tanto, ¿no?
—¿Qué parte del «ya veremos» no has entendido?
—¿Te va a durar mucho tiempo la rabieta?
—Lo que estime convenient…
No dejé que terminara la frase. Me acerqué impulsivamente a ella hasta sujetarla por el cuello y posar mis labios sobre los suyos. Al principio se resistió al beso, pero después sentí que su lengua se enredaba con la mía y que su cuerpo se movía con sutileza para facilitar el contacto. Cuando nos separamos, algo después, lo hicimos dejando apenas espacio suficiente para poder hablar.
—Entonces… ¿te recojo a las diez? —susurré contra su boca, acariciándole el mentón con la mano.
—A esa hora estaré durmiendo… —respondió en el mismo tono, acercándose a continuación hasta morder mi labio inferior sin demasiada suavidad, en un gesto que delataba su atracción hacia mí y que me encantó.
—Pues te despiertas… —conseguí decir dejándome llevar por la increíble sensación de sentir la presión de sus dientes contra mi boca.
—¿Se puede saber dónde quieres ir un sábado tan pronto? —inquirió intrigada tras separarse unos centímetros.
—Es una sorpresa…
—¿Qué tipo de sorpresa?
—Las sorpresas no se cuentan.
—Todavía no he dicho que vaya a ir contigo a ninguna parte… —objetó abriendo la puerta del copiloto y utilizando un tono de voz ofendido que indicaba que seguía molesta.
—¡Hasta mañana! —logré decir antes de que me dejara con la palabra en la boca de un portazo.
Conduje hasta casa bastante fastidiada; era una verdadera lástima que no hubiese querido venir conmigo, la verdad.
La próxima vez que se me pasara por la cabeza molestarla con preguntitas mordaces, lo haría después de y no antes de.
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