Mi enemiga y yo

VICTORIA LACACI · Capítulo 19 de 31

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Mi enemiga y yo

Capítulo 19.

ALEXIA.

Caminaba a través de la niebla, pero la visibilidad era tan limitada que apenas conseguía ver algo. Tenía miedo, aunque no sabía muy bien de qué o por qué. Me detuve unos instantes, tratando de orientarme dentro del opresivo silencio que me rodeaba, aunque fue inútil, estaba perdida. Una figura apareció a lo lejos, mirándome con gesto sombrío mientras su melena, alborotada por una ráfaga de viento, despedía reflejos dorados. Era Rebeca. Traté de correr hacia ella, gritando su nombre, pero mis piernas se rebelaron, negándose a obedecer mis órdenes. Ella se alejó hasta que, para mi desesperación, la perdí de vista. Cuando recuperé la movilidad, no fui capaz de encontrarla. Conseguí llegar a casa, pero mi piso pertenecía a una persona que no conocía, mi perro había desaparecido e intuí que mi empresa ni siquiera existía. Me entró pánico y hui en una loca carrera por la calle. Un precipicio apareció de la nada y, aunque intenté detenerme a tiempo, no lo conseguí. Caí al vacío, gritando.

—¡Alexia!

Desperté incorporándome sobre los codos en un brusco movimiento. Me sentía angustiada y sudorosa, con la respiración agitada.

—Era una pesadilla, ¡tranquila! —dijo Rebeca retirándome el pelo de la frente. La miré extrañada, tratando de comprender el significado de su presencia en mi cama, desnuda y sentada al estilo indio, con las sábanas arremolinadas en la cintura—. ¿Estás bien…?

Tardé un rato en responder, el necesario para asimilar que, efectivamente, se trataba de la pesadilla de siempre, aunque con alguna que otra variación, como la aparición de Rebeca. Era la primera vez que formaba parte de aquel endemoniado sueño.

—Sí, estoy bien… —respondí dejándome caer hacia atrás y esforzándome en sonreír de forma despreocupada. La ocasión lo merecía, sin duda, pues la fascinante realidad que tenía ante mis ojos superaba, con creces, la peor de las pesadillas.

—¿Qué soñabas? —curioseó Rebeca, tumbándose a mi lado y cubriéndose pudorosamente con la sábana.

—No lo recuerdo… —mentí dejándome embargar por un sentimiento de auténtica felicidad. Mi casa seguía siendo mi casa, mi perro roncaba en su

cama y mi empresa continuaba subiendo como la espuma, aunque nada de ello era comparable al hecho de despertarme con Rebeca Vega a mi lado después de pasar media noche haciendo el amor con ella. Sin duda, el universo me sonreía.

—Parecías atormentada… —insistió tras acercarse a mí hasta que nuestras caras quedaron a escasos centímetros de distancia.

—Puede que tuviese algo que ver con la lasaña esa que preparaste… —

dije con sorna. No estaba preparada para compartir con ella ciertas inseguridades que aún me asaltaban y que tenían su origen en una época en la que sentía que el mundo confabulaba contra mí.

—¡Muy graciosa! —La expresión de su rostro, entre adormilada y risueña, me pareció irresistible. La miré tratando de ocultar la impresión que me causaba, maldiciendo por un instante la posibilidad de que Rebeca no llegara a formar parte de mi futuro. Me asustaba aquella idea, la verdad.

—¿Desayunamos? —pregunté, resignada, tras echar una rápida ojeada al reloj de mi mesilla de noche. Eran casi las diez y a las once tenía una cita importante en mi despacho. Debía apresurarme—. Tengo una reunión y voy con el tiempo justo —añadí tras detectar cierta desilusión en su mirada. En verdad, nada en el mundo me hubiese gustado más que quedarme en la cama con ella.

Desayuné con pocas ganas y me vestí sin pensar demasiado en mi outfit.

Mi mente estaba distraída y no dejaba de rememorar lo sucedido la noche anterior. ¿De verdad había ocurrido? Si no fuese por la constante presencia de Rebeca, preparando las tostadas con una sonrisa traviesa o tirada en la cama mientras contemplaba cómo me vestía, habría tenido mis dudas. Me pregunté si ella también habría sentido la extraña conexión espiritual, además de la física, que impregnó por completo el ambiente durante la noche anterior. Probablemente no. Al fin y al cabo, para ella aquello no era más que una aventura secreta y morbosa que deseaba vivir y después olvidar. O algo así. Además, imaginaba que los fuertes convencionalismos con los que había crecido le impedían enfocar el asunto desde otra perspectiva, e intuía que me iba a costar Dios y ayuda que abriera su mente al respecto.

—Espera, te has abrochado mal la camisa —Su voz, divertida, interrumpió el hilo de mis pensamientos.

Se acercó a mí con gesto de suficiencia y la recibí con un ligero beso en los labios. Los dioses debían estar recompensándome por algo bueno que

había hecho en el pasado, seguro.

—¿Nos vemos esta noche? —pregunté en tono despreocupado, soltando de una vez por todas la cuestión que me llevaba un rato quemando en la boca. ¿Y si me daba largas…?

—He quedado con Elena para ir al cine… —respondió tras un leve titubeo—. Pero mañana, si quieres, estoy libre.

Mi corazón se relajó tras sufrir un ligero acelerón. Mañana. Podía esperar al día siguiente, por supuesto.

—De acuerdo.

—Por cierto, hablando de Elena… —dijo ella mirándome con repentina seriedad. De inmediato supe lo que me iba a pedir—, ¿está en tu mano que recupere su trabajo?

—Podría ser… —repliqué un tanto ambigua. Por supuesto que estaba en mi mano, no en vano me había convertido en uno de los mejores clientes de Zúñiga-García y Asociados. Además, mi relación con el socio principal era excelente.

—¿Podría ser? —repitió acercándose a mí hasta dejar su rostro a escasos centímetros del mío—. Haz lo posible para que suceda, por favor.

Imposible no hacerlo si me lo pedía así. En realidad, no creo que hubiese sido capaz de negarle algo aquella mañana, aunque era preferible no compartir con ella semejante información.

—Lo pensaré —contesté simulando tener dudas.

Lo primero que haría, en cuanto llegara a mi despacho, sería llamar al mismo Alberto Zúñiga. El hombre debía de estar intrigadísimo con el asunto; había intentado sonsacarme en varias ocasiones sobre los motivos de mi petición de despido para Elena, pero siempre se encontraba con la misma respuesta: «Cuestiones personales que no vienen al caso» . Seguro que se alegraba de poder reincorporarla a su plantilla.

—Piensa lo que quieras, pero hazme este favor —dijo antes de sujetarme por la cintura y estamparme un beso de despedida en la boca que me dejó ligeramente mareada y con el corazón palpitante—. Por cierto, ¿no se te olvida algo…? —añadió mientras yo recogía mi bolso para dirigirme a la salida.

—¿El qué…?

—La lista esa del infierno que me dejas todos los días, ¿o la has escrito ya y no me he enterado? —Su expresión corporal, con los brazos cruzados y las piernas algo separadas, reflejaba un innegable aire de fastidio que me

hizo sonreír. Pensaba enviarle un wasap sobre ese asunto en unos minutos, pero se me había adelantado.

—Te libero de tu penitencia. A partir de hoy la considero cumplida. Lo único: dale un buen paseo a César antes de irte, por favor.

Me miró con gesto extrañado, como si no me hubiese escuchado bien del todo. Tardó unos segundos en contestar.

—¿En serio…?

—En serio.

—¿Qué te ha hecho cambiar de idea? —preguntó intrigada—. ¿Es porque hemos…? —Dejó la interrogación a medias, como si le costara pronunciar determinadas palabras, lo que me pareció bastante gracioso.

—¿Qué más da el motivo? El caso es que doy por cumplido nuestro acuerdo. —Deseaba que se comportara conmigo con absoluta libertad, sin elementos de por medio que pudieran enturbiar la peculiar relación que acabábamos de iniciar.

—¿Y qué pasa con el club…?

—Pues lo que acordamos en su momento: manéjalo a tu antojo, no me inmiscuiré. Y cuando tengas capital suficiente como para comprar mi parte, te la venderé. —Sabía que tardaría años, por supuesto, pues la operación no me había salido precisamente barata. Aun así, vistos los últimos acontecimientos, empezaba a pensar que había comprado a precio de saldo.

—¿Seguro que mantendrás tu palabra? Aunque en un futuro tú y yo no…

—De nuevo tenía dificultades para encontrar los términos apropiados y referirse a lo que, obviamente, quería decir. Me dolió que mencionase aquello, como si diera por seguro, tarde o tempano, nuestra ruptura, ¡con lo bien que había comenzado el día! Odiaba la idea de que el destino pudiera ser tan mezquino como para arrebatarme aquello que durante tanto tiempo había deseado.

—Tienes mi palabra —afirmé con una sonrisa falsa antes de alargar mi mano derecha con solemnidad. Cuando me la estrechó, tuve el impulso de apretar la suya con rabia, pero no lo hice, por supuesto. No me convenía dejarme llevar por las emociones; era preferible utilizar cierta estrategia para tratar con aquella niña pija y aspirante a marquesa de la que me había enamorado.

Cuando salí a la calle, lo hice con un sentimiento agridulce, una extraña y desconcertante mezcla entre felicidad y decepción.

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