Mi enemiga y yo

VICTORIA LACACI · Capítulo 12 de 31

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Mi enemiga y yo

Capítulo 12.

REBECA.

Revolví en mi armario hasta encontrar la bolsa de los bikinis. El tiempo en Barcelona se preveía veraniego durante los próximos días y podía ser que Alexia estuviese lo suficientemente ocupada, con lo que diablos fuese a hacer allí, como para dejarme en paz y así poder bajar un rato a la playa.

Aún estaba furiosa con ella por obligarme a ir sin pedirme siquiera opinión; se había limitado a dejarme una nota en la encimera de la cocina para darme instrucciones al respecto. ¡Sería idiota!

Paciencia. Más me valía estar en modo zen. Al fin y al cabo, quedaban menos de dos meses para que finalizara aquel endemoniado acuerdo y ¿qué eran unas cuantas semanas en la vida de una persona? Una insignificancia.

Terminé de hacer la maleta cuando la puerta de mi dormitorio se abrió con brusquedad. Solté un pequeño grito del susto, pero me tranquilicé al comprobar que se trataba de Gloria, la señora filipina que ejercía de fiel acólita de mi madre desde tiempos inmemoriales. Tenía la manía de entrar así, de sopetón y sin llamar. En una de aquellas me daba un infarto. Menos mal que, desde que había vuelto a vivir en la casa familiar, no había tenido demasiados ligues a los que llevar, pues la intimidad con aquella mujer por allí suelta era una quimera.

—¡Gloria!, ¿no puedes llamar antes de entrar…?

—Dice tu madre que vayas a verla antes de irte.

—Voy con el tiempo justo. Dile, por favor, que la llamo en cuanto llegue.

—Dice tu madre que vayas a verla antes de irte —repitió de forma mecánica, como si no hubiese escuchado mis palabras. Era inútil; cuando se ponía así era preferible hacerle caso o, de lo contrario, me perseguiría por toda la casa hasta conseguir su objetivo.

—Está bien, ahora voy… —claudiqué bajando la maleta al suelo.

Me dirigí a la salita del té del piso de abajo, donde sabía que estaría desayunando mi madre. Bajé las escaleras maldiciendo, una vez más, su cabezonería por negarse a vender aquella gigantesca casa que a duras penas podíamos mantener y cuya hipoteca constituía una pesada losa que había que afrontar cada mes.

—Rebeca, buenos días —me saludó ejecutando un ceremonioso gesto con la mano para que tomara asiento frente a ella.

Aún me sorprendía la excesiva parafernalia con la que se desenvolvía en prácticamente todos los aspectos de su vida, como si aún continuara siendo la aristócrata rica y despreocupada de antaño y no la viuda con serios problemas económicos en la que se había convertido por los desmanes de mi difunto padre.

—Mamá, me tengo que ir ya… —dije ignorando su silenciosa petición y permaneciendo de pie. No era buena idea acudir con el tiempo justo al aeropuerto, sobre todo porque el tráfico a aquellas horas podía ser bastante traicionero.

—Hija mía, ¡siempre vas con prisas! Cuéntame al menos a qué vas a Barcelona, que todavía no me he enterado…

—Ya te lo he dicho, mamá. Voy a ver a unas amigas de la universidad que ahora viven allí.

—¿Y dónde te vas a alojar? —continuó preguntando mientras untaba su tostada de aceite de oliva virgen.

—En casa de una de ellas —contesté con paciencia, mirando la hora de reojo.

—Últimamente no te veo casi nada, y cada vez que voy al club, no estás.

No nos conviene que lo tengas desatendido, sobre todo ahora que ya no somos las socias mayoritarias…

—Te dije que no te preocuparas por eso. Ya te dije que conozco a la nueva propietaria; coincidimos un par de años en el colegio y no tiene intención de inmiscuirse en el negocio.

Ni se me había ocurrido ponerla al día de todo el asunto de Alexia. ¿Para qué? Solo conseguiría alarmarla.

—¿Y quiénes eran sus padres?, porque yo conocía a casi todos, pero su apellido no me suena…

—Mamá, ¡y yo qué sé! ¿Qué importa eso ahora?

—Está bien, pero me gustaría saber por qué llevas unas semanas tan desaparecida —insistió con gesto intrigado—. ¿Te has echado novio?

¡Uf!, ni tenía tiempo para eso, ni comprendía las ganas de mi madre por casarme. ¿Cómo era posible que tuviese una mentalidad tan medieval cuando no había cumplido aún los sesenta y cinco?

—Mamá, no seas plasta, que me tengo que ir ya; voy con el tiempo justo. Te llamo esta noche —dije dando por finalizada la conversación y

dejándola poco más o menos que con la palabra en la boca. Era preferible así, de lo contrario la conversación podría alargarse hasta el infinito.

Tomé el primer taxi que encontré libre y llegué al aeropuerto de Barajas en un tiempo récord teniendo en cuenta el tráfico de esas horas. Enseguida me encaminé al stand de la compañía aérea Iberia y allí me encontré con Alexia, que me esperaba en la zona destinada a viajeros de primera clase con los billetes en mano. Vestía un traje de chaqueta bastante estiloso y llevaba una pequeña maleta con el logotipo de una conocida firma francesa.

No la veía desde el día que jugamos al tenis y, por un momento, me pregunté si no me habría estado evitando desde entonces, pues todos nuestros contactos se habían limitado a la interminable lista de tareas que me dejaba cada mañana sobre la encimera de su cocina.

—Llegas tarde —dijo de forma seca, obviando cualquier tipo de saludo.

No me esperaba un recibimiento por todo lo alto, pero tampoco semejante coz en los morros.

—¿Seis minutos es llegar tarde para ti…? —protesté tras comprobar la hora en mi teléfono móvil.

—Déjame tu documento de identidad —ordenó sin molestarse en contestar mi pregunta.

Entregó a la azafata los billetes junto con los DNI de ambas. ¿Por qué estaría tan borde conmigo? Tuve la sensación de que se arrepentía del momento de tregua que habíamos compartido el día del club, aunque su recibimiento me indicaba que ahora, de tregua, nada de nada, más bien guerra con todas las letras. De pronto empecé a temerme lo peor de aquel viaje. ¿Para qué querría que la acompañase…?

Nos dirigimos a la puerta de embarque sin intercambiar palabra y tomamos asiento a la espera de que anunciaran nuestro vuelo.

—Ve a buscarme un café, por favor —me pidió sacando su móvil del bolso—. Me gusta cortado y con sacarina —añadió comenzando a repasar distraídamente sus wasaps, como si yo no mereciera que me dedicara una sola palabra más.

—¿Y se puede saber de dónde voy a sacar ahora un café? —pregunté mirando a mi alrededor, en busca de algún sitio donde pudieran servir cafés en aquella zona. Estábamos lejos de los comercios y cafeterías.

—Ni idea, pero date prisa —ordenó sin levantar la vista de la pantalla de su móvil.

Creo que, en aquel momento, hubiese podido asesinarla sin el menor remordimiento.

Para cuando conseguí regresar con el puñetero café, la azafata estaba llamando a los de primera clase para embarcar. Alexia se limitó a sonreírme de manera malévola mientras señalaba la papelera para que tirara el vaso.

—¿Tarde otra vez…?

¡Estúpida!

Por fortuna, el vuelo salió con puntualidad y los asientos eran grandes y confortables. Conecté mis cascos para escuchar música y me desentendí de la fría actitud de Alexia, que parecía ignorarme por completo. Era odiosa; nadie me había hecho sentir tan incómoda, pero ella, al contrario que yo, parecía tan tranquila, inmersa en su libro electrónico y sin apenas levantar la mirada de este más que para responder a la bella azafata que se acercaba de vez en cuando ofreciendo bebidas. Me pasé parte del vuelo intentando averiguar qué estaba leyendo hasta que conseguí ver el título. Se trataba de Río sagrado, de Wilbur Smith, uno de mis autores favoritos, ya fallecido.

Estuve a punto de comentárselo, pero mi orgullo me impidió quebrar el silencio impuesto por ella y continuamos sin intercambiar palabra.

El aterrizaje en el aeropuerto del Prat de Barcelona se realizó sin incidencias, y el equipaje de cabina que llevábamos nos permitió desembarcar y dirigimos al exterior del edificio sin pérdida de tiempo.

—Coge el taxi de detrás y ve al hotel Vela. Hay dos reservas a nuestros respectivos nombres. Deja mi maleta en mi suite —ordenó Alexia mientras nos encaminábamos hacia la larga fila de taxis que esperaban, ansiosos, la llegada de viajeros. ¡Dios!, ni que fuera su puñetera criada. Bueno, un poco sí lo era, la verdad.

—¿Algo más…? —pregunté con sorna tras hacerme cargo de su maleta.

Me hubiese encantado estampársela en toda la cara, la verdad.

—Sí, coloca la ropa en el armario. Y de paso la planchas, que se habrá arrugado… —dijo sin poder ocultar una chispita de diversión en los ojos.

¡Eso me pasaba por preguntar!—. Pide lo quieras a mi cuenta en el servicio de habitaciones. Y ten el móvil a mano, que llamaré para darte instrucciones —agregó antes de tomar el primer taxi de la fila y desaparecer en su interior.

¿Instrucciones?, pero ¿quién se creía que era? Pretendía humillarme, por supuesto. Estuve tentada de dar media vuelta y coger el primer vuelo a

Madrid, pero en vez de ello me metí en el siguiente taxi e indiqué al conductor mi destino. Paciencia, Señor, necesitaba paciencia. Y mucha, tan solo serían un par de días. Después la perdería de vista, aunque siguiera siendo su puñetera esclava.

El taxista condujo hablando por los codos a pesar de que no obtuvo de mí más que unos pocos monosílabos. No estaba de humor para hablar con nadie, la verdad, y eso que Barcelona me encantaba. Hacía unos cuantos años que no iba, pero aún recordaba algunas de las calles que atravesamos hasta llegar al final del trayecto, en la zona sur del puerto de la ciudad.

El hotel tenía una fachada de vidrio que reflejaba tanto el azul del cielo como el del mar Mediterráneo, en cuyo litoral estaba construido. Era impresionantemente bonito, la verdad. Entré en el vestíbulo y me dirigí a recepción a realizar la inscripción. Los empleados eran tan eficaces como educados y enseguida apareció un botones para subir la maleta de Alexia a su suite, pues la mía preferí llevarla yo.

Mi habitación era estándar, acorde con el estilo fastuoso y confortable de la edificación, aunque hubiese preferido tener vistas al mar. Deshice mi equipaje con calma antes de acudir a la suite de Alexia. ¡Dios!, había estado en muchos hoteles lujosos, pero aquella gigantesca suite parecía jugar en otra liga. La alargada cristalera, situada en la pared que daba al este, concedía unas espectaculares vistas al mar, y el exquisito mobiliario, colocado con estrategia en las distintas zonas de la suite, inducía a tocarlo pasando la mano por encima. Salí a la terraza inspirando profundamente el aire del Mediterráneo y permanecí un buen rato disfrutando de la experiencia. El día era soleado y el sonido de las olas rompiendo contra la playa llegaba a mis oídos con una cadencia relajante. Puede que aquel momento justificase el condenado viaje.

Decidí deshacer la maleta de Alexia y bajar un rato a la playa. Con un poco de suerte, su reunión se alargaría lo suficiente como para dejarme en paz parte del día, aunque, ¿qué querría de mí? Coloqué su ropa en el armario asegurándome de estirar las camisas sobre las perchas para evitar tener que plancharlas. Después, llamé al servicio de habitaciones. Se me había ocurrido una idea algo malvada.

— Servicio de habitaciones, dígame.

— Buenas tardes. Soy la asistente personal de Alexia Lima, de la suite 207. La señorita Lima desea enviar una botella de cava a todos los huéspedes de la planta 20.

Me había dicho que pidiera a su cargo lo que quisiera, ¿verdad?

—¿Cómo ha dicho? — la voz del empleado del hotel era de absoluta sorpresa.

— Que la señorita Lima desea enviar una botella de cava a todas las habitaciones de la planta 20. Es una costumbre que tiene cada vez que viaja para hacer negocios. Puede hacer el cargo a su suite.

— De acuerdo, ¿alguna marca en particular?

— Elija usted, pero que sea buena…

Colgué aguantándome la risa. Después salí del hotel comprobando la batería de mi móvil.

¿Me llamaría?

ALEXIA.

—Bueno, Alexia, ¿hemos llegado, por fin, a un trato? —inquirió Héctor Puig ofreciéndome su manaza con gesto pícaro. Llevábamos casi cinco horas negociando los últimos detalles de nuestro acuerdo en un permanente tira y afloja que me tenía agotada.

—Por supuesto —acepté su mano aliviada por terminar con aquel suplicio. Había conseguido que aceptara la mayoría de mis condiciones a pesar de que se trataba de un tipo duro de pelar.

—Entonces solo queda que nuestros abogados terminen de redactar el contrato y firmarlo… —agregó reteniendo mi mano durante un tiempo que se me hizo eterno, sin dejar de mirarme fijamente a los ojos. Si me gustasen los hombres, puede que hubiera respondido al coqueteo que se traía conmigo desde que me había puesto la vista encima. Tenía un punto canalla que me divertía a pesar de que me sacaba años por un tubo y de no ser precisamente un adonis.

—Solo queda eso, efectivamente —me limité a decir sonriendo educada.

—Eso y que te invite a cenar… Sería muy desconsiderado por mi parte no hacerlo después del triste sándwich que te he ofrecido por toda comida.

¡Oh, oh! Entrábamos en terrenos pantanosos, pues no hay cosa peor que decirle a un hombre con el que estás haciendo negocios un «no» cuando quiere que digas «sí». Más me valía dejar las cosas meridanamente claras cuanto antes.

—Te agradezco la invitación, pero estoy muy cansada. El día ha sido intenso y me apetece retirarme al hotel y acostarme pronto.

—Pero si no son ni las seis. Podríamos cenar pronto —insistió levantando una ceja y mirándome con descaro los labios mientras sus dos consejeros, que asistían a la escena impertérritos, permanecían inmóviles en sus asientos.

—En otra ocasión, quizá, hoy no me veo con fuerzas… —me excusé en tono firme. Desde luego, no entraba en mis planes una velada romántica con aquel hombre.

—De acuerdo, pero te espero mañana para enseñarte la empresa, ¿te parece? Podríamos comer juntos… —propuso en tono esperanzado.

—Perfecto, vendré a media mañana, si te parece.

A eso era imposible negarme por mucho que, en el fondo, ya estuviese todo hablado.

—¡Estupendo! —celebró levantándose para acompañarme cortés hasta la puerta—. Y si cambias de opinión respecto a lo de esta noche… llámame

—añadió bajando significativamente la voz.

—Lo haré —repuse a sabiendas de que no lo haría.

Salí del edificio con una gratificante sensación de alivio. Lo que, en principio, me iba a llevar dos o tres días lo había solucionado en uno solo.

Podría adelantar la vuelta a Madrid o quedarme allí y disfrutar de aquello de lo que habitualmente carecía: tiempo libre.

Comencé a caminar sin rumbo fijo. Me encontraba exhausta, pero me apetecía dar una vuelta por el centro de la ciudad antes de regresar al hotel.

Llegué hasta el paseo de Gracia, una majestuosa calle repleta de turismo y de tiendas de grandes marcas. Allí marqué el número de Rebeca.

—¿Sí?

—¿Dónde estás?

—De paseo por el puerto olímpico…

—Pues coge un taxi y ven al paseo de Gracia. Estoy de compras y necesito a alguien que me lleve las bolsas.

Durante unos segundos permaneció en silencio, pero cuando finalmente habló, su voz reflejaba incredulidad.

—¿Cómo has dicho…?

—Que cojas un taxi y vengas al paseo de Gracia a llevarme los paquetes.

Silencio otra vez. Tuve que reprimir la risa. Debía estar acordándose de todos mis antepasados.

—¡Ahora voy! —bramó furiosa antes de colgar el aparato.

A continuación, entré en un par de tiendas de las varias que había diseminadas a lo largo de la emblemática calle. Siempre he odiado ir de compras, razón por la que solía ser rápida a la hora de seleccionar las prendas que me gustaban. Cuando apareció Rebeca, veinticinco minutos después, la saludé colocando en sus manos un par de bolsas repletas de todo tipo de prendas y complementos.

—Te has tomado tu tiempo en venir…

—El tráfico no depende de mí, ¿sabías? —replicó soltando un sonoro bufido.

—Crucemos a aquella tienda —ordené haciendo caso omiso de su comentario y señalando el logotipo de una conocida marca de ropa.

Me tomé mi tiempo, aposta, en probarme unos cuantos vestidos mientras Rebeca, furibunda, permanecía de pie y con las bolsas en la mano a la espera de que me decidiera de una vez.

—¿Qué tal me queda este? —le consulté mirándome en el amplio espejo situado en la parte exterior de los cambiadores.

—¡Espantoso! —exclamó en tono fúnebre, fijando la vista hacia otro lado.

—Me lo llevo entonces… —declaré dirigiéndome a la sorprendida dependienta que me estaba atendiendo y que no debía entender nada de nada—. Y ahora, ¿qué tal si me enseña alguno que sea de cóctel? —agregué provocando que Rebeca resoplara con desesperación.

—Claro, ahora mismo se lo traigo… —contestó la chica dedicándome una enorme sonrisa antes de alejarse para seleccionar unos cuantos modelos.

Al salir de la tienda, casi media de hora después, serían ya las ocho y pico de la tarde y el comercio empezaba a cerrar. Rebeca me lanzaba miradas venenosas mientras yo buscaba un taxi que nos llevara de vuelta al hotel. Me encantaba fastidiarla, la verdad, aunque más me gustaba tenerla a la expectativa.

Llegamos a nuestro destino en riguroso silencio y pagué al taxista sin molestarme en ayudar a mi bella asistente, que luchaba por sacar del vehículo las cinco aparatosas bolsas que contenían todas mis compras.

—¿En serio me has traído para esto…? —preguntó en cuando cruzamos la puerta giratoria que daba acceso al vestíbulo del hotel.

—Para esto y para lo que se me ocurra —aclaré dedicándole una sonrisa que podría ser interpretada como amistosa, pero que quien me conociera un

poco sabría que era amenazante—. Y se me pueden ocurrir cosas mucho peores, así que no te quejes… —añadí encaminándome a la zona de ascensores.

No añadió palabra hasta que depositó las bolsas, unos minutos después, en la entrada de mi suite.

—¿Algo más desea la señora…?

Su voz denotaba enfado y su ceño, por completo fruncido, potenciaba de manera inexplicable la belleza de su rostro. Tuve el absurdo impulso de invitarla a pasar para hablar con ella tranquilamente y tratar de olvidar de una vez nuestro pasado en común. ¡Dios!, ¿por qué tenían que ser así las cosas?, ¿por qué Rebeca no era una chica cualquiera y no la víbora responsable de infinidad de faenas hacia mi persona y que, para más inri, tenía de homosexual lo que yo de heterosexual?

El mundo, a veces, era muy injusto, aunque eso era algo que sabía desde que tenía conciencia.

—Nada más por hoy, gracias —contesté secamente antes de cerrarle la puerta en las narices.

De pronto me arrepentí de haberla llevado a aquel viaje, aunque siempre podía enviarla de vuelta a casa a primera hora de la mañana y, a ser posible, en alguna incómoda compañía low cost de las que solían salir con retraso.

Permanecí en silencio durante unos segundos, mirando fijamente al suelo, hasta que tomé una decisión y saqué uno de los vestidos que acababa de comprar. Me apetecía quemar la noche, olvidarme por unas horas de todo lo que me rodeaba e incluso, quizá, tomarme un par de copas.

Hora y pico después, el chófer del hotel me dejaba en la puerta de un local ubicado en el casco antiguo de la ciudad. Lo había elegido tras diez minutos de búsqueda por Internet y, en cuanto puse un pie en él, supe que no me había equivocado: buena música, entorno agradable y un montón de chicas, algunas bastante guapas. Yo no era de las que iban a los sitios sola, la verdad, pero siempre he pensado que somos más proclives a cometer excepciones cuando estamos fuera de nuestro ambiente.

No pasó mucho tiempo antes de que se me acercara una pareja de chicas.

Me disculpé con ellas, pues la que en verdad me interesaba hacía como que no me miraba mientras jugaba al billar con unas amigas. Era atractiva, una rubia con aires de conquistadora y un pequeño tatuaje en el brazo que le daba un aspecto algo macarra. No me costó demasiado ligar con ella, pero cuando me agarró de la cintura para besarme, comprendí que no me

apetecía continuar. Aguanté el beso, invasivo e interminable, mientras maldecía el momento en el que se me había ocurrido salir. ¿Se podía saber qué demonios me pasaba? La chica era simpática y sabía besar, pero algo fallaba de manera estrepitosa. La imagen de unos ojos color caramelo que me miraban desafiantes me hizo entender el problema. Me separé como buenamente pude, pensando a toda velocidad una excusa para salir indemne de allí.

—Disculpa… —musité aguantando la mirada extrañada de la chica, que parecía no comprender la brusca interrupción del beso—. Verás, temo que voy a tener que irme —agregué tras decidir que ninguna excusa era lo suficientemente buena para un momento así.

—¿Ahora…? —preguntó la rubia torciendo el gesto con acritud—. ¿Me tomas el pelo?

—Acabo de recordar que tengo un compromiso ineludible… Ya volveré otro día y te buscaré —mentí con descaro alejándome de ella.

Salí a la calle enfadada conmigo misma, pues dar pasos en falso no era algo que encajara con mi forma de ser. Opté por volver al hotel a través de un largo paseo. Me apetecía caminar a pesar de las horas, casi las dos de la mañana. Cuando llegué a la suite, me acosté con la idea de dormir hasta tarde. Quizá lo que necesitaba para calmar mi espíritu fuese simplemente eso: dormir. Y no pensar en nada más, y mucho menos en Rebeca, por mucho que mi mente se obstinara en lo contrario.

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