Mi enemiga y yo

VICTORIA LACACI · Capítulo 4 de 31

Páginas del PDF

Mi enemiga y yo

Capítulo 4.

13 AÑOS DESPUÉS .

REBECA.

—¡Bien jugado, Rebeca! Otro día te doy la revancha… —me propuso, educada, Marta, una de las socias del Club con las que solía jugar al tenis todas las semanas, tras ofrecerme la diestra para despedirse de mí con un deportivo apretón de manos.

—Claro, ya te llamaré —contesté estrechando su mano con gesto desganado.

Había jugado demasiado mal, fallando con mis servicios y restando como si, en vez de llevar una raqueta en la mano, sostuviera un matamoscas. Nada raro teniendo en cuenta que llevaba días con la cabeza en otro sitio, por supuesto.

Atravesé las pistas de tenis iniciando el largo camino hasta la cafetería del club mientras rezongaba por lo bajo. ¿Quién demonios estaba detrás de la misteriosa empresa que había adquirido el 60% de las participaciones del club mediante tentadoras ofertas?, ¿cómo era posible que todos los socios capitalistas hubieran aceptado vender su parte sin consultármelo siquiera? y, sobre todo, ¿qué pretensiones tenían los nuevos propietarios respecto a mi club? Llevaba un par de semanas tratando de llegar al fondo del asunto, pero todo lo que había conseguido averiguar se limitaba a ciertos rumores sobre una empresa fantasma dirigida, probablemente, por un testaferro. Me preocupaba la opacidad con la que se había realizado el traspaso, pues, entre otras cosas, yo había dejado de ser la socia mayoritaria de forma automática y, por tanto, mi futuro en la gerencia del club dependía de la voluntad de gente que ni siquiera conocía.

Algo en todo aquello me daba muy mala espina. Demasiada.

Una vez más maldije a mi padre por haberse quitado la vida dos años atrás después de una noche de juego, alcohol y compañías femeninas poco recomendables, dejándonos a mi madre y a mí prácticamente en la ruina.

Desde aquel fatídico día, la diosa Fortuna parecía haberme dado de lado, negándome todas sus bondades.

Sabía que mi padre era ludópata, pero desconocía que se hubiese gastado la fortuna heredada de mi abuelo en todo tipo de salas de apuestas y

casinos. Desde su muerte, yo luchaba por mantener lo último que nos quedaba, que no era más que la casa familiar a la que había vuelto a vivir después de vender mi estupendo apartamento en paseo de la Habana y mi amado club, fundado por mi abuelo tiempo atrás y último bastión empresarial de lo que antes era una auténtica fortuna. Bueno, para ser precisos, más bien se trataba del 40% del mismo, pues el resto había sido liquidado en secreto por mi padre en un vano intento de afrontar sus deudas antes de morir.

Fue doloroso tener que vender casi todas nuestras propiedades para evitar el acoso de los acreedores e, incluso así, debía afrontar cada mes el pago de una serie de hipotecas y préstamos bancarios que me mantenían económicamente asfixiada. Hasta me había tenido que desprender de mi querido Porsche 911, regalo de mi padre por mi mayoría de edad. Suerte que el club, bajo mi dirección, funcionaba de manera extraordinaria, cosa que me permitiría liquidar en un tiempo prudencial los débitos heredados de mi padre, aunque no podía olvidar mi situación de vulnerabilidad, por supuesto. Jugaba con una especie de castillo de naipes que podría caer ante cualquier infortunio. ¡Dios!, esperaba que no ocurriera algo parecido, pero, por si acaso, caminé rápido hasta el árbol más cercano para tocar madera.

Me hubiese gustado compartir mis responsabilidades con algún hermano, pero era hija única y mi madre era un auténtico cero a la izquierda para aquellos asuntos. Por un momento, eché la vista atrás y recordé aquellos tiempos en los que solo aspiraba a llevar una vida fácil, sin exigencias, en la que mis únicos problemas consistían en decidir con qué chico saldría, dónde iría de vacaciones o qué modelito compraría para mi próxima fiesta.

¿De verdad existió esa época? ¿Fue real?

Últimamente tenía la extraña sensación de haber vivido una especie de fantasía, un sueño edulcorado del que me habían despertado con brusquedad.

Entré en la cafetería buscando con la mirada a Elena y a Clara.

Enseguida las localicé, sentadas en la mesa de siempre, analizando minuciosamente una carta que debían saberse ya de memoria. Todos los jueves solían venir a comer conmigo al club, momento que aprovechábamos para intercambiar noticias y chismorreos, aunque en los últimos tiempos el ambiente distendido de aquellas reuniones se había transformado en caras largas y gestos de preocupación. A Elena la habían

despedido de un día para otro del bufete de abogados en el que trabajaba, interrumpiendo de esa manera su meteórica carrera como abogada penalista, y Clara se había visto obligada a anular su boda dos días antes del enlace tras recibir en su teléfono móvil, junto con alguno de los invitados, fotos comprometedoras de su novio con otra mujer en la cama. Un escándalo en toda regla que todavía era objeto de un sinfín de truculentos comentarios entre la alta sociedad.

Parecía que nos había mirado un tuerto, la verdad

—Chicas, ¿qué tal? —saludé antes de tomar asiento frente a ellas. Traté de parecer alegre, aunque no lo conseguí del todo.

—Bien, por decir algo… —contestó Elena en tono fúnebre tras emitir un hondo suspiro. Era obvio que la inactividad laboral no le sentaba demasiado bien.

—Yo estoy decidiendo entre una hamburguesa bien grasienta y un filete empanado con patatas fritas —intervino Clara tras cerrar la carta de un rápido movimiento—. Es lo bueno de no tener que embutirte en un vestido de boda que casi te corta la respiración. Ahora ya puedo comer lo que me venga en gana… —agregó con un sarcasmo ajeno a su verdadera naturaleza. Desde que recibió las famosas fotos, estaba imposible.

—¿No has pensado que lo mismo ese idiota te ha hecho un favor? —

preguntó Elena refiriéndose a Marco, el novio de Clara hasta hacía un par de semanas escasas.

—Por esa regla de tres, lo mismo te han hecho un favor a ti también con despedirte… Puede que encuentres un trabajo mejor, ¿no crees? —replicó Clara con amargura mientras apretaba la servilleta como si estuviese retorciendo con saña el cuello de alguien.

—No es lo mismo, Clara, ¡no seas bruta! Además, estoy con Elena: si Marco ha sido capaz de irse a la cama con otra en vísperas de la boda, mejor que te hayas enterado antes de seguir adelante con él, ¿no…? Y en todo caso, si decides perdonarle, al menos lo harás con conocimiento de causa.

—¿Perdonar a ese cerdo? —rugió lanzándome la servilleta con rabia—.

Antes me meto a monja, ¡lo juro!

¡Madre mía!, aquella historia empezaba a adquirir tintes de tragedia griega.

—No sé yo si te veo de monja, la verdad… —declaré tratando de quitar hierro al asunto. La herida era reciente y a mi amiga le iba a costar lo suyo

superar que su queridísimo Marco la hubiese traicionado de una manera tan rastrera.

—Menos bromas, Beca, ¡que si os pasara a vosotras algo así…!

—Te recuerdo que nos pasan otras cosas, Clara.

—Perdonad, chicas, es cierto. Sé que estoy insoportable… Y lo peor de todo es que no puedo evitar seguir queriéndole.

—¿Te sigue llamando? —pregunté mientras hacía una seña al camarero para nos trajese las bebidas de siempre.

—Todos los días, pero como no se lo cojo me deja recados en el contestador.

—¿Y qué te dice, el muy imbécil? —indagó Elena con gesto de curiosidad.

La verdad es que el asunto era un poco raro. Marco podría tener sus defectos, pero en los cuatro años que llevaba saliendo con Clara jamás había dado un patinazo de aquel calibre. Claro que para casi todo suele haber una primera vez, por supuesto, aunque, ¿días antes de la boda? ¡Qué poca puntería!

—Lo de siempre: me pide perdón y me insiste en que la chica lo persiguió por todo el gimnasio hasta que, tonto de él, picó. Que alguien le ha tendido una trampa…

—Bueno, eso es obvio: alguien ha querido aguarte la fiesta, pero ¿quién?

De nuevo aquella pregunta para la que no teníamos respuesta por muchas vueltas que diéramos al asunto.

—En cualquier caso, la responsabilidad es suya, siempre podría haber dicho que no… —comentó Elena encogiendo los hombros.

—Lo peor es que todo el mundo se ha enterado de que soy una cornuda.

—Tranquila, eso es lo de menos —mentí como una auténtica bellaca tratando de dar ánimos a mi amiga. Siempre he considerado que los cuernos son más humillantes si son públicos.

—Cambiando de tema… —terció Clara tras emitir un suspiro de resignación. Se dirigió a Elena, que no dejaba de juguetear nerviosa con el tenedor—. ¿Cómo va tu búsqueda de trabajo?

—¿La verdad? Mal. Cambiar de bufete mientras estás trabajando es fácil, pero hacerlo cuando te han puesto de patitas en la calle se convierte en misión imposible, sobre todo cuando los motivos del despido son desconocidos hasta para mí.

—¡Pero si antes te llovían las ofertas!

—Eso era antes. Ahora me persigue la sombra de la duda y eso, en los despachos importantes, genera desconfianza. En breve tendré que empezar a buscar casi cualquier cosa si quiero seguir pagando la hipoteca sin recurrir a mis padres.

Nunca he sido supersticiosa, pero últimamente la mala suerte parecía perseguirnos como una manada de lobos a un rebaño de ovejas.

—Tranquila, estoy segura de que te acabarán ofreciendo algo bueno —

afirmé apretando de manera afectuosa el brazo de mi amiga en un intento de reconfortarla. Para ella su trabajo era sagrado y la forma en la que la habían despedido, algo degradante, había afectado a la seguridad en sí misma.

—¡Ojalá tengas razón! —exclamó cruzando los dedos y agachándose para tocar el suelo de madera, en un gesto similar al que había efectuado yo misma minutos atrás con un árbol del camino—. Y tú, Beca, ¿has conseguido hablar ya con los nuevos inversores del club?

—No, me siguen dando largas —admití en tono de derrota—. He intentado fijar una reunión con ellos en reiteradas ocasiones, pero lo único que consigo es hablar con una secretaria medio imbécil que siempre promete devolverme la llamada para concretar una cita, pero que jamás cumple su palabra.

—Deberíamos salir este viernes a cogernos una buena cogorza. Creo que lo necesitamos, en serio. Podríamos buscarnos tres tíos guapos y acabar la noche en buena compañía. Seguro que nos sentiríamos mejor, sobre todo yo… —propuso Clara sin demasiada convicción. La conocía lo suficiente como para saber que no era de las que se iba a la cama con cualquiera, aunque, tal y como estaba el patio en los últimos tiempos, nunca se sabía.

—Puede que no sea mala idea… —me forcé a decir, aunque lo consideré un pésimo plan. Ni me gustaba demasiado beber, ni tenía ánimo para acostarme con nadie.

—¿Y si nos vemos una peli y luego pasamos la noche juntas en mi casa?

Como cuando éramos pequeñas… —sugirió Elena con voz esperanzada.

Era obvio que, al igual que yo, ella tampoco estaba por la labor de una noche de desmadre. Al menos por el momento. Lo haríamos más adelante, cuando la vida nos sonriera de nuevo.

Comimos en relativo silencio, cada una sumida en sus propias reflexiones.

OceanofPDF.com