Mi enemiga y yo
Capítulo 3.
REBECA.
—Jopé, ¿cuándo sabremos si Cara rota se ha chivado o no a la directora? —preguntó Clara, con voz angustiada, por enésima vez en lo que llevábamos de lunes.
—Quizá no sepa que fuimos nosotras… —comentó Elena en tono esperanzado mientras atravesamos el patio camino a los vestuarios.
Ninguna de las tres contaba con ánimo para la clase de gimnasia de primera hora de la tarde, pero tampoco se nos ocurría una excusa medianamente creíble para librarnos de ella.
—Por supuesto que sabe que fuimos nosotras —intervine sin poder ocultar del todo la preocupación en mi tono de voz—. Cara rota puede ser muchas cosas, pero no es estúpida.
La mañana había transcurrido con aparente normalidad, como si nada extraño hubiese ocurrido en la fiesta del sábado. Sabía que la broma se nos había ido un poco de las manos, por supuesto, y que si el tema llegaba a oídos de la directora nos podría acarrear una sanción disciplinaria poco oportuna, pues los exámenes de acceso a la universidad estaban a la vuelta de la esquina. Podrían, incluso, impedirnos presentarnos hasta septiembre por mucha influencia que pudieran llegar a tener nuestros padres. ¡Señor!,
¿cómo se me había ocurrido cometer aquella idiotez dentro del colegio? Si hubiese sucedido en otro sitio, no habría problema, pero hacerlo dentro del recinto escolar era una temeridad. ¡Maldito ron con cola! Me juré no volver a beber esa porquería en los días de mi vida.
En el fondo estábamos un poco arrepentidas, aunque ninguna de las tres lo dijera a las claras. No sabía bien si era debido a la gamberrada en sí o a las consecuencias que podría ocasionarnos. Probablemente un poco a ambas cosas, aunque el recuerdo de Cara rota besándose con Leo (más tarde averigüé que el estupendo rubio se llamaba así) me concedió licencia para intentar deshacerme de cualquier remordimiento. Aún no entendía por qué me había molestado tanto aquello, pues el chico tampoco es que me quitara el sueño, la verdad, aunque eso constituía el menor de mis problemas.
Por el rabillo del ojo me percaté de la presencia de Cara rota, que se dirigía también a los vestuarios con su inseparable Moby Dick. Alguien le había cortado el pelo tratando de cuadrarle la melena a la altura de la
barbilla, aunque el resultado parecía el trabajo de un peluquero completamente loco. Imaginaba que la pintura que habíamos encontrado abandonada en el almacén del colegio era difícil de eliminar, y más aún del cabello. Menos mal que la mezclamos con agua porque quedaba poca y estaba muy espesa, de lo contrario quizá Cara rota se hubiese tenido que rapar el pelo a lo teniente OŃeill. Tenía que reconocer que la chica poseía temple, pues ni siquiera se había dignado a dedicarnos una sola palabra de reproche por lo sucedido. Probablemente prefería torturarnos así, dejándonos con la duda de si acudiría o no con el cuento a la dirección del colegio. Hubiese preferido mil veces que viniese a por nosotras de una vez y que dejase de fingir tanta indiferencia. Tenía claro que disimulaba, pero, aun así, aquella chica era más dura que el hielo. En el fondo admiraba su sangre fría.
En cuanto entramos en los vestuarios noté que el ambiente estaba tenso.
Nos colocamos en un extremo, alejándonos aposta de Cara rota y su fiel escudera , mientras escuchábamos al resto de chicas susurrar por lo bajo.
Todas se habían enterado de lo ocurrido en la fiesta, por supuesto, y aunque en general el asunto había sido objeto de mofa, unas pocas se habían atrevido a recriminar tibiamente nuestra acción, cosa que me molestó.
Tampoco había sido para tanto, la verdad.
Salimos al gimnasio sin demasiada prisa, pues todavía faltaba un buen rato para que llegara la profesora de Educación Física, la señorita Martínez.
Fue entonces cuando alguien propuso jugar al baloncesto y algunas comenzamos a formar dos equipos mientras otras se tiraban cómodamente en las colchonetas a esperar la aparición de la profesora. Me sorprendió que Cara rota se acercara para entrar en la partida.
Nunca lo hacía.
ALEXIA.
—No me puedo creer que ninguna de esas tres brujas te haya pedido perdón —señaló Patri con rencor mientras nos dirigíamos a la zona de las espalderas. Nos gustaba sentarnos allí y esperar al inicio de la clase intercambiando confidencias, alejadas de las demás.
—Pues a mí no me pilla por sorpresa. Pero no importa, a todo cerdo le llega su San Martín —repliqué mencionando una frase que me hacía mucha gracia, aunque la de «ojo por ojo» todavía me gustaba más.
—Pero ¿por qué demonios no has querido hablar con la directora?
Seguro que las hubiesen expulsado unos días del colegio, ¡eso como poco!
Además, mira el desastre que te he tenido que hacer en el pelo…
—Ya te he dicho que no soy de las que se chivan.
—No fastidies, Lexi, ¡pues déjame contarlo a mí! Esto no puede quedar así… Llevan dos años buscándote las vueltas, ¿no te parece que es el momento de devolver alguna?
—¿Y qué crees que conseguiría? ¿Perderlas tres días de vista? Y a lo mejor ni eso. La madre de Caniche forma parte de la asociación de padres y la de Rebeca tiene hilo directo con la directora… Como mucho les darían un tirón de orejas, nada más.
—Pues ale, ¡que se vayan de rositas otra vez!
—Yo no he dicho eso. ¿Nunca has escuchado que la venganza es un plato que se sirve frío?
—¿Se puede saber qué es lo que tienes en mente?
—Cuando lo sepa, te lo diré. Pero no será aquí, ni ahora. Antes tenemos que estar en igualdad de condiciones.
—¿Igualdad de condiciones? ¿A qué te refieres…?
La cara de intriga de Patri era de lo más elocuente, aunque no me pareció el momento ni el lugar adecuado para sincerarme respecto a todas y cada una de mis ambiciones. Preferí propinarle un puñetazo cariñoso en el hombro antes de levantarme de un salto para dirigirme a la cancha de baloncesto. Puede que aún no hubiese llegado el tiempo de ajustar las cuentas con esas tres idiotas, pero el cuerpo me pedía darles unos cuantos empujones, aunque fuesen deportivos.
—Ya hablaremos de eso. Voy a apuntarme a la partida, ¿te vienes?
—¿Con esas? No, gracias, ¡y tú tampoco deberías!
Le respondí con una sonrisa de gratitud. No estaba acostumbrada a que alguien se preocupara tanto por mí.
Me acerqué a la cancha mientras terminaban de formar los dos grupos.
Todas eran afines a Rebeca, por lo que esperaron a que ella asintiera levemente con la cabeza antes de admitirme en uno de los equipos. Éramos cinco contra cinco, aunque bien hubiera podido ser una contra nueve, pues enseguida me percaté de que nadie me quería pasar la pelota. Me sentí como una estúpida. Ni para jugar un puñetero partido de baloncesto eran capaces de rebajar el pistón conmigo.
¡Niñatas de mierda!
Algo explotó en mi interior, al igual que un volcán que erupciona tras años de contención. No solía dejarme llevar por mis emociones, pues la vida me había enseñado a conservar la mente fría para encarar los problemas, pero aquel día la ira nubló mi buen juicio y me dediqué a marcar con dureza a las jugadoras del equipo contrario, entre las que se encontraba Rebeca, hasta que esta detuvo el juego y estalló:
—Eh, ¡tú!, Cara rota, ¿se puede saber qué estás haciendo?
Era la primera vez que alguien osaba llamarme de aquella manera. Al menos a la cara.
Me acerqué a ella en actitud amenazante, con los músculos tensos y el rictus torcido.
—¿Qué me has llamado?
— Cara rota —repitió Rebeca dedicando media sonrisa al resto de sus acólitas, que empezaban a colocarse en círculo a nuestro alrededor. Parecían expectantes, esperando que ocurriera lo que había sido postergado, quizá, durante demasiado tiempo.
—Me parece increíble que no seas consciente de lo estúpida que eres, con tus ínfulas de grandeza y tu ridícula prepotencia…
No debía estar acostumbrada a que alguien le hablara así, pues me miró con gesto de estupor, como si le costara entender el significado de mis palabras. Esperé una réplica mordaz por su parte, pero se limitó a darme un ligero empujón en los hombros mientras decía en tono despectivo:
—¡Lárgate de una vez!
Reaccioné de inmediato, devolviéndole el empujón sin pensármelo siquiera. Después nos quedamos inmóviles, mirándonos a los ojos en actitud desafiante hasta que ella levantó lentamente los puños a la altura de la cabeza y separó las piernas, una delante de otra, en posición de guardia.
La imité con rapidez, aceptando con placer el tácito desafío. Observé por el rabillo del ojo que el resto de las chicas se acercaba con premura para ver el espectáculo, incluyendo a Patri, que nos miraba con cara de susto.
Volví a centrar mi atención en Rebeca, que se movía con lentitud tratando de acercarse a mí, pero sin bajar la guardia. No era la primera vez que me peleaba, por supuesto, aunque jamás había imaginado que lo haría en aquel colegio tan fino, ni con Rebeca como contrincante. Me sorprendió lo bien que parecía desenvolverse, pues por lo general las chicas se peleaban sin táctica alguna, intentando agarrar del pelo a su contrincante.
No era mi caso. Ni el de Rebeca, por lo que veía. Por sus movimientos
deduje que debía de haber recibido clases de algún tipo de arte marcial, tan de moda últimamente entre las niñas pijas, en aquella mierda de club en el que estaba metida todo el día.
La dejé aproximarse a mí hasta que soltó el primer golpe. Lo hizo mediante un latigazo rápido y directo a mi mentón, pero yo estaba preparada para algo parecido. Lo esquivé sin problemas y aproveché para lanzar mi derecha contra su mejilla, abriendo la mano de manera deliberada tras considerar que un buen bofetón la humillaría más que un puñetazo. El guantazo fue apoteósico y me supo a gloria bendita. Sonreí con satisfacción al ver su cara de furia. Aún sí, no se dejó amilanar y trató de alcanzarme en varias ocasiones, pero yo conseguí zafarme, una y otra vez, sin problemas.
Puede que a aquella idiota le hubiesen enseñado los principios básicos del kárate, pero yo me había visto obligada a defenderme de otros niños desde bien pequeña. Me dediqué a jugar con ella, esquivando sus golpes mientras bailaba burlona a su alrededor propinándole, ya de paso, unas cuantas bofetadas, pero cuando consiguió conectarme un golpe en el cuello decidí que se habían acabado las bromas. Por un momento consideré que, si le hacía daño, podría jugarme la expulsión del colegio a un paso de los exámenes, lo que me hizo dudar, pero la tentación era demasiado fuerte como para resistirme a ella. Simulé un ataque por la izquierda y de inmediato me lancé a la carga desde el costado. Durante un par de segundos tuve su cara a mi merced, preparada para recibir mi puño, pero el simple hecho de imaginar su nariz rota y ensangrentada paralizó mi brazo y me hizo trastabillar, momento que ella aprovechó para lanzarme un derechazo, con toda su fuerza, contra la sien.
No sentí dolor, aunque vi una especie de arcoíris repleto de colores estridentes. El suelo se acercó peligrosamente a mí y, con el último resquicio de consciencia que me quedaba, levanté la mano para proteger mi cara de la caída. Me pareció escuchar a la señorita Martínez gritar mi nombre mientras Patri se inclinaba hacia mí.
Después, todo se volvió negro.
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