Mi enemiga y yo
Capítulo 22.
REBECA.
Eché un rápido vistazo dentro de mi armario y seleccioné unos vaqueros ajustados, una camiseta y las New Balance anaranjadas que me había regalado Clara por mi último cumpleaños. Después me vestí sin pérdida de tiempo, imaginando que Alexia estaría a punto de llegar. Me pregunté, una vez más, a dónde diablos me querría llevar a esas horas, aunque ¿y si al final no aparecía? No había tenido noticias suyas desde la noche anterior, cuando le cerré la puerta del coche en las narices. Se lo merecía; aún estaba escocida por su actitud durante la cena. ¡Idiota! No sabía ni cómo había acabado besándome con ella dentro del vehículo. Probablemente porque, por algún extraño motivo que no acababa de comprender, llevaba toda la noche fantaseando con hacerlo. ¡Dios!, ¿qué me estaba ocurriendo? ¿Por qué una simple mirada suya conseguía que mi cabeza se convirtiera en un amasijo de ideas calenturientas? Estaba desconcertada. Nunca me había considerado una persona excesivamente sexual, pero últimamente no hacía más que pensar en cosas que me hacían sonrojar solo de imaginarlas.
Inspiré y espiré con profundidad unas cuantas veces tratando de deshacerme de mis turbadoras ideas y me peiné atándome el cabello en una coleta alta que me recordó a mi época estudiantil. Miré el reloj: las diez en punto. Imaginé que aquella maniática de la puntualidad estaría a punto de llegar y no me equivoqué. Salí a la calle y enseguida divisé el impoluto Volvo blanco aparcado justo enfrente.
—Buenos días… —saludé en tono neutro abriendo la puerta del copiloto y reprimiendo el impulso de acompañar mis palabras con un beso.
—¡Buenos días! —contestó ella, dedicándome una sonrisa conquistadora que me contrajo el estómago—. ¿Has dormido bien? —añadió a continuación con cierta sorna, como si de alguna manera supiera que no había podido dormir hasta las tantas pensando en ella.
—Como un bebé —mentí con aire despreocupado abrochándome el cinturón de seguridad—. ¿A dónde vamos? —pregunté a continuación con curiosidad. Tenía la esperanza de que se tratara de una escapada relámpago a algún sitio bonito y especial, pero algo en su forma de ir vestida, con unas mallas de deporte rarísimas, me hizo desconfiar.
—A la zona sur de la sierra de Guadarrama. Es un sitio al que suelo ir todos los fines de semana a escalar… —explicó arrancando el coche y acelerando con rapidez.
—¿A escalar? —repetí alarmada—. ¿No pretenderás que lo haga contigo, verdad…?
Ahora ya sabía a dónde iba todos los sábados por la mañana. El problema estaba en que lo único que había escalado de más de dos metros de altura era la tapia del colegio y la última vez que lo hice me estrellé contra el suelo y me torcí el tobillo.
—¡Pues claro que sí! Ya verás, te va a encantar.
—¿Encantar?, pero… ¿no es peligroso?
—Haremos una subida de las fáciles, tranquila —replicó con una sonrisa burlona—. Cualquier persona con un fondo físico aceptable y un buen monitor podría hacerlo.
—¿Y tú vas a ser mi monitor? —pregunté sin tratar de ocultar la desconfianza que aquello me generaba. Si hubiese sabido que ese era el plan no me habría levantado de la cama, desde luego.
—¡Por supuesto! Vas a tener a la mejor profesora de escalada de toda la ciudad —afirmó desviando por un momento la vista de la calzada para guiñarme un ojo de manera traviesa.
—No sé si fiarme. Lo mismo quieres despeñarme por la montaña o algo así… —refunfuñé por lo bajo, provocando que ella riera divertida ante mi comentario.
—Tranquila, tengo otros planes para a ti…
Estuve a punto de preguntarle sobre esos planes que tenía en mente para mí, pero no lo hice. Quizá porque no me convenía pensar en nada que fuera más allá de una aventura pasajera que, tarde o temprano, tocaría a su fin.
Tardamos casi una hora en llegar a nuestro destino. Aparcamos en un sitio llamado «Canto de los cochinos», que ya solo por el nombre me dio mal rollo, y cambié mis vaqueros por unas mallas de escalada similares a las que llevaba Alexia. El resto del trayecto lo hicimos caminando unos cuarenta minutos hasta llegar al pie de una serie de gigantescos peñascos de piedra.
—Mira, ese es el que vamos a subir —indicó Alexia señalando la ladera de un risco que me pareció elevadísimo—. Es el «Risco de los principiantes» .
—¿Ese…? —repetí con la voz estrangulada. Definitivamente, aquello me empezaba a parecer una malísima idea.
—¡No seas cobardica!, apenas son cuarenta metros. Hasta una abuela sería capaz de subir por ahí… —dijo tratando de apelar a mi orgullo.
—¿Y si me caigo?
—Te quedarías colgando de una cuerda y te rasparías un poco el cuerpo, pero tranquila, que no voy a dejar que eso ocurra, ¿de acuerdo? —Su tono de convicción me tranquilizó lo suficiente como para seguir adelante.
—Está bien —claudiqué—. Pero esfuérzate en que salga de aquí sana y salva…
—¡Alexia! —gritó de pronto un chico barbudo que se encontraba a cierta distancia acompañado de una pareja de ambos sexos—. ¿Te vienes con nosotros?
—¡No puedo! —respondió Alexia colocando las manos alrededor de su boca para conseguir el efecto de un altavoz—. Hoy voy a subir el «Risco de los principiantes» .
—¿Y eso?, ¿estás de niñera? —intervino la chica, una pelirroja de larga melena y de cuerpo atlético, señalándome con el dedo.
—¡Algo así! —gritó Alexia provocando de inmediato la risa de los otros.
—¡Otro día, entonces!
—¡Claro, otro día!
—¿Sueles ir con ellos…? —pregunté con curiosidad, algo molesta por lo de «niñera»; ¿tanto se notaba que era mi primera vez?
—A veces —contestó sin extenderse en más explicaciones—. Y ahora, presta mucha atención a todo lo que te voy a decir…
La siguiente hora transcurrió mientras yo asimilaba sus explicaciones y advertencias sobre el uso adecuado del arnés, las aseguradoras, las cuerdas, los mosquetones y las poleas. Por último, me vendó con cuidado los dedos con un esparadrapo mientras me daba las últimas recomendaciones antes de calzarme unos pies de gato incomodísimos que, según ella, debían llevarse así de apretados.
Lo que más me costó fue el inicio y el final del ascenso. El inicio porque me notaba torpe y me veía a mí misma resbalando por la pared y dejándome poco más o menos que los dientes, y el final porque, a pesar de sentirme cada vez más segura en mis movimientos, mis músculos estaban agotados.
Alexia, al contrario que yo, escalaba delante de mí con una facilidad pasmosa, marcándome el camino y dándome instrucciones. Tardamos una
hora en llegar a la cumbre y cuando me senté sobre la cima a recuperar el aliento bajo el cálido sol veraniego, recé dando las gracias a todos los santos por estar todavía de una pieza. ¿Quién me mandaba a mi meterme en semejante jardín?
—¿Qué tal…? —preguntó Alexia, sentándose a mi lado con las piernas entrecruzadas al estilo indio.
—Salvo por un par de raspones en las manos y en las rodillas, bien. Aún estoy haciéndome a la idea de que continúo con vida…
—¡Serás exagerada! —exclamó riendo—. A ver, déjame ver… —dijo sujetando mis manos para examinarlas detenidamente. Estaba agotada, con la adrenalina disparada y aterrorizada por la bajada que aún tenía por delante, pero el contacto me sobrecogió. ¡Jesús!, ¿por qué mi cuerpo reaccionaba así por un simple roce de manos? Últimamente me pasaban cosas bastante misteriosas—. Te voy a vendar de nuevo algunos dedos para que a la bajada no te hagas daño haciendo el rapel.
—Creo que me impone más la bajada que la subida… No se soltará la cuerda, ¿verdad?
—Bueno, eso nunca se sabe, ¡todo se puede romper en esta vida! —
contestó encogiéndose de hombros y dirigiéndome una sonrisa un tanto sádica—. Es broma, ¡es broma! —rectificó de inmediato tras ver mi cara de terror—. Te prometo que no se va a romper. Tú solo sigue las indicaciones que te he dado antes, ¿de acuerdo?
—¡Qué graciosa eres!, me parto de risa con tus bromas, en serio —
repliqué en tono furibundo mientras miraba con respeto el abismo que caía a nuestros pies.
Estuvimos un buen rato en la cima recuperando fuerzas y admirando el paisaje. Alexia me daba conversación tratando de relajarme, aunque reconozco que yo no me sentía demasiado comunicativa. Me preocupaba el descenso.
—Mira, esa nube parece un cocodrilo, ¿lo ves?
—No… —Estaba yo como para ver cocodrilos, la verdad.
—Y esa otra es la cara de un gato, ¡se ve clarísimo! —señaló en tono burlón, divertida ante mi actitud recelosa.
—Si tú lo dices…
—Es la primera vez que traigo a alguien aquí, ¿sabías? —dijo tras permanecer unos segundos en silencio y consiguiendo que olvidara momentáneamente la espeluznante bajada que me esperaba.
—¿Y por qué me has traído a mí? —no pude dejar de preguntar intrigada, pues comprendía de sobra a quiénes se refería con ese «alguien» .
Me miró de reojo mientras parecía pensarse la respuesta. Tuve la sensación de que estaba a punto de revelarme algo importante, lo que hizo que aguantara la respiración a la espera de sus palabras. Intuía que tenía que ver conmigo, aunque ¿estaba preparada para escucharlo? Transcurrieron unos segundos antes de que se pronunciara en tono socarrón, como si hubiese cambiado de idea respecto a lo que pensaba decir:
—Solo quería comprobar si se nota tanto deporte que dices que haces…
—¡Ya!
No podría describir con exactitud lo que sentí; pudo ser alivio, aunque también cierta decepción.
ALEXIA.
Debía andarme con ojo. Algo me decía que no debía anticiparme a la hora de revelar mis sentimientos hacia ella. ¡Paciencia! Había alcanzado el éxito en todo aquello que me había propuesto, aunque temía que Rebeca constituyera mi primer gran fracaso. ¿Y si se escapaba entre mis manos como un puñado de arena que, inevitablemente, se acaba escurriendo entre los dedos? El pensamiento hizo que me levantara como un resorte del suelo, sacudiendo con fuerza la arenilla adherida a las perneras de mis mallas y oponiéndome mentalmente a semejante posibilidad. Rebeca me miró con curiosidad, consciente, quizá, del extraño momento que acabábamos de vivir. Después comencé a inspeccionar meticulosa la cuerda y el resto del equipo.
—¿Preparada para la bajada?
—¡Si no hay más remedio! —exclamó Rebeca ajustándose la hebilla del casco y mirando hacia abajo con gesto de inquietud. En realidad, había ascendido increíblemente bien; tenía alma de escaladora, aunque ella aún no lo supiera.
—Acuérdate: las piernas perpendiculares a la pared y a la altura de la cintura. Baja despacio y sin saltos, siempre mirando los pies, ¿entendido?
—Entendido.
—Venga, tú primero. Yo te iré dando instrucciones desde aquí.
La observé bajar con el corazón palpitante, cruzando los dedos para que no tuviera ningún problema. Solo me faltaba que se acabara escalabrando
por mi culpa, aunque, para mi sorpresa, lo hizo aún mejor que en la subida.
No parecía que fuese su primera vez.
Cuando tocó el suelo respiré con alivio. La escalada deportiva era bastante segura siempre que se respetaran una serie de normas, pero, aun así, el riesgo de un posible percance estaba siempre presente.
Inicié el descenso ante la atenta mirada de Rebeca, que esperaba mi llegada sacándose los molestos esparadrapos de los dedos.
—¿Cómo demonios lo puedes hacer tan rápido? —preguntó en cuanto posé los pies en tierra firme.
—Tú también lo harás así de rápido en un futuro… —contesté quitándome el arnés y dando a entender que repetiríamos el plan.
—Aún no sé si deseo volver… —replicó con gesto de duda mientras me ayudaba a recoger el equipo—. Más de una vez he pensado que me rompía la crisma, sobre todo bajando.
—Oh, vamos, te ha encantado, ¡confiesa! Ahora mismo tienes la adrenalina por las nubes y hace tiempo que no te sentías así de bien, ¿a que sí?
Su cara de sorpresa me indicó que había acertado en mis conjeturas, lo que me hizo sonreír.
—Bueno, reconozco que no ha estado mal… —admitió devolviéndome la sonrisa, aunque sin dar del todo su brazo a torcer.
El ambiente se había cargado repentinamente de electricidad, como si estuviera a punto de llegar una arrolladora tormenta a pesar de que el sol lucía en todo su esplendor. Por un momento, cruzamos las miradas hasta que ella retiró la vista, azorada.
—Bueno… eh… ¡ejem!, habrá que comer, ¿no? Me muero de hambre.
—¡Claro!, vamos hacia el coche. Te voy a llevar a un restaurante de un pueblo cercano que me encanta.
Comimos chuletones, patatas fritas, ensalada y un postre que compartimos y del que a duras penas conseguimos tomar más que un par de cucharadas. Cuando, ya de regreso, Rebeca se quedó profundamente dormida en el asiento del copiloto, respeté su sueño y conduje por la autopista sumida en mis pensamientos. No fue hasta que aparqué en el garaje de mi casa cuando me decidí a despertarla.
—Rebeca, hemos llegado.
—¿Dónde estamos? —preguntó con voz somnolienta mientras miraba a su alrededor del todo desubicada.
—En el garaje de mi casa… —Ni se me había pasado por la imaginación llevarla a la suya, por supuesto.
Esperamos unos segundos a que se espabilase un poco antes de salir del coche y dirigirnos al ascensor. De nuevo flotaba en el ambiente aquella especie de tensión sexual no del todo resuelta. Para cuando entramos en el piso, ella ya se había despejado por completo.
—Me empieza a doler todo… —se quejó frotándose los hombros mientras dejaba confianzuda su bolso en la mesita de la entrada. Yo sabía que al día siguiente iba a tener unas agujetas mortales, pero me abstuve de comentarle algo al respecto—. ¿Dónde está César?
—Se lo he dejado a Patri esta mañana… No me gusta que esté solo en casa demasiado tiempo.
—Si tuvieses un hijo, creo que serías buena madre… —apuntó con una sonrisa divertida.
—Probablemente. ¿Tú piensas tener hijos?
—Eh… yo… Pues sí —respondió algo apurada. Era obvio que le incomodaba hablar de esa cuestión conmigo. Seguro que se imaginaba teniendo hijos con cualquier repeinado de esos que andaban jugando al tenis por el club. ¡Paciencia! Decidí cambiar de tema—: Necesito una ducha urgentemente…
—Yo también.
—Me parece que tienes toallas limpias en todos los baños de invitados.
—Tranquila, si no, sé dónde están guardadas —dijo antes de adentrarse hacia el interior del piso. A veces olvidaba que debía conocerlo como la palma de su mano.
Me lavé meticulosamente los dientes antes de abrir el grifo del agua de la ducha. Fue entonces cuando me dejé llevar por el irresistible impulso de ir en su busca. La encontré en uno de los baños de invitados, con el cepillo de dientes aún en la mano y todavía vestida.
—Mi ducha es mucho mejor que esta… —afirmé extendiendo la mano a modo de invitación. Ella me la agarró y me siguió sin decir palabra. Sentí que su nerviosismo se mezclaba con el mío.
El agua de la ducha estaba ya caliente y yo dejé caer el albornoz al suelo bajo la atenta mirada de Rebeca antes de introducirme en el gigantesco rectángulo de granito negro que se separaba del resto del cuarto de baño por medio de un cristal que estaba ya empañado. Las luces del techo estaban apagadas, aunque la estancia se iluminaba con la luz natural que entraba por
las ventanas de mi dormitorio. Metí la cabeza bajo el chorro de agua mientras Rebeca comenzaba a desprenderse de su ropa con cierto pudor. Su desnudez aceleró mis pulsaciones hasta límites preocupantes. ¿Podría darme un infarto por algo así? Esperaba que no. Y si me daba, que fuera al día siguiente, por favor.
La envolví entre mis brazos, buscando su boca con la mía, al tiempo que ella recorría mi trasero con las manos en un contacto espeluznante. Aquello era química en estado puro y tuve la loca idea de que, con tanta chispa, podríamos acabar electrocutadas bajo el agua. No podía esperar más, así que introduje mis dedos dentro de ella con suavidad y enseguida comprobé que el camino estaba receptivo y algo resbaladizo. Me pareció que, por un momento, se quedaba sin respiración, lo que contribuyó a acelerar significativamente la mía. Cuanto sentí que su mano bajaba hasta mi pubis y que acompasaba el movimiento de su cuerpo con el mío sin dejar de besarme entré en un estado de puro delirio. ¡Dios! No sabía muy bien qué era aquello, no podría describirlo siquiera. Poseer su cuerpo no era suficiente para conseguir saciarme de ella; necesitaba más, mucho más.
Pasados unos minutos, intuí que estaba a punto de alcanzar el clímax, por lo que me detuve hasta ponerme de rodillas frente a ella y colocar su pierna derecha doblada sobre mi hombro. Me hubiese gustado ver su cara de desconcierto, pero la postura y el agua me lo impidieron y me contenté con imaginarlo. Le besé el pubis y saqué la lengua para acariciar su zona más privada en un recorrido escalofriante. Notaba sus manos sujetándome a ambos lados de la cabeza, dirigiéndome sutilmente con pequeñas presiones.
Cuando por fin se dejó ir, lo hizo soltando un profundo suspiro y aferrándose a mí para no perder el equilibrio. Las piernas le temblaron. Me incorporé para abrazarla mientras recuperaba el aliento, permaneciendo en esa postura un par de minutos hasta que cogí un poco de gel con la mano y empecé a enjabonar determinadas partes de su anatomía. Creo que nunca había hecho algo tan sensual en toda mi vida. Ella se dejó hacer con expresión de timidez. Su cuerpo, esbelto y proporcionado, respondía con sutileza a mis caricias hasta que me quitó el bote de gel de las manos para hacer lo propio conmigo.
¡Ufff…!
REBECA.
Salí de la ducha algo mareada, no sabía si por el vapor formado en el cuarto de baño o por el intenso orgasmo que todavía vibraba con fuerza en mis entrañas. Sentía los músculos flojos y las piernas de mantequilla, aunque eso no impedía que me apeteciera continuar en el dormitorio lo que habíamos comenzado bajo el agua.
Me recreé la vista observando cómo Alexia se secaba con la toalla antes de acercarme a ella y arrastrarla hasta la cama.
—Aún no hemos acabado, ¿no crees? —dije empujándola suavemente contra el colchón.
—Espero que no —susurró dedicándome una sonrisa perversa que consiguió humedecer de nuevo mi zona Sur. Aquello debía ser cosa del mismísimo diablo, pues nunca, en mis treinta años de vida, había sentido que mi cuerpo ardiera de esa manera por otra persona.
Me incliné sobre ella, posando mis labios sobre su cuello y explorando con la mano la zona de su entrepierna. Enseguida comprobé que estaba húmeda y predispuesta a mis caricias, lo que me dio alas para actuar con mayor audacia. Besé sus pechos, deteniéndome un tiempo sobre ellos, antes de recorrer con mi lengua el camino hasta el ombligo. ¡Ay, Dios!, ¿qué estaba haciendo?, ¿de verdad quería seguir con aquello? Me había encantado lo de la ducha, pero… hacer un cunnilingus era demasiado gay para mí. Me moví hasta situarme otra vez a la altura de su cabeza, pero enseguida cambié de opinión y, de nuevo, coloqué mi cuerpo de forma que mi cara quedó justo sobre su pubis. Alexia sonreía divertida ante mis maniobras, como si mi indecisión le estuviera haciendo muchísima gracia.
—¿Te aclaras de una vez…? —terminó por preguntar elevando una ceja inquisitivamente—. ¿O necesitas alguna indicación sobre algo en concreto?
—añadió con cierta sorna.
—¡No seas idiota…! —exclamé tratando de disimular la vergüenza que sentía—. Y como sueltes alguna gracia, me detengo de inmediato —
agregué, a modo de amenaza, pues solo me faltaba que se riera de mí en un momento así.
—¡Está bien, está bien! —dijo tras soltar una risita—. Ya me callo…
Acerqué mi boca a su más íntima apertura como primera toma de contacto. Sentía su cuerpo caliente y palpitante, lo que me incitó a seguir explorando la zona con la lengua. Tenía un ligero sabor dulzón que me agradó. Enseguida noté que ella reaccionaba a mis caricias, lo que me hizo pensar que no lo debía estar haciendo mal del todo. Aún no podía creer que
me hubiese decidido a hacer aquello y que encima me estuviese gustando, aunque, para qué engañarme, últimamente vivía con la constante impresión de que mi mundo estaba cambiando para siempre. Quedaba por saber si sería para bien, por supuesto.
No sé cuánto tiempo pasó, aunque creo que apenas fueron unos cuantos minutos los que tardó Alexia en llegar al orgasmo tras sujetarme con fuerza del pelo, convulsionando contra mi cara mientras murmuraba mi nombre, lo que me pareció lo más sexy de este lado del hemisferio.
El resto de la tarde, y parte de la noche, continuamos inmersas en un intercambio frenético de besos y de lo que no son besos. Cuando me dormí, completamente rendida, estoy segura de que una sonrisa de satisfacción iluminaba mi rostro.
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