Mi enemiga y yo
Capítulo 16.
REBECA.
—¿Por qué no cenas?, ¿no tienes hambre? —La voz de mi madre llegó a mis oídos tras abrirse paso entre el largo silencio en el que permanecíamos desde hacía ya un buen rato.
—No mucho, la verdad —respondí removiendo mi sopa con la cuchara, igual que lo hacía de niña cuando no me gustaba la comida.
—¿Te pasa algo? Últimamente estás de un raro… —se quejó ella frunciendo el ceño en ademán inquisitivo.
—El club me tiene muy ocupada —mentí sin querer entrar en más explicaciones. Si mi madre supiera del chantaje económico al que me tenía sometida Alexia, lo mismo le daba algo. Claro que peor sería que se enterase de lo otro…
Lo otro. Curiosa manera de denominar al hecho de sentirme atraída, precisamente, por quien llevaba a cabo tan extraño chantaje.
—Pues las dos últimas veces que he ido a jugar al golf no estabas por allí… —replicó en tono desconfiado. Por un momento sentí que volvía a mi adolescencia, a cuando mis padres me interrogaban tratando de sonsacarme la verdad sobre aquello que no les cuadraba.
—Eso es porque estaría en el banco renegociando las deudas que aún nos quedan. El club va muy bien, pero si te empeñas en seguir manteniendo esta casa, seguiremos en la cuerda floja —contraataqué con cierta inquina, aprovechando de paso para sacar de nuevo a la palestra el tema que tan enfrentadas nos tenía en los últimos tiempos.
—He vivido en esta casa media vida y no pienso venderla, Rebeca —
dijo elevando el tono de voz con aire teatral—. ¡De aquí me sacan con los pies por delante! —No había manera de que entrara en razón; era preferible dejarlo, al menos por el momento.
—¡Está bien!, cambiemos de tema —claudiqué antes de tomar un par de cucharadas de sopa con desgana—. Cuéntame qué ha pasado en la serie esa que estás viendo… —Lo mejor era hacerla hablar de otra cosa y así poder desconectar para continuar pensando en lo otro.
Una oleada de justa indignación me invadió al recordar la indiferencia con la que me había tratado Alexia, o, mejor dicho, ignorado, durante los últimos días. Esperaba algún tipo de reacción por su parte tras la salida del
viernes de la semana anterior, pero, para mi sorpresa, la muy idiota había desaparecido por completo del mapa. Cada día aguardaba su llegada hasta pasadas las ocho y pico de la tarde, hora en la acababa por darme por vencida y abandonaba su maldito piso con la sensación de que me estaba evitando.
¡Maldita mujer! ¿Qué pretendía exactamente? Me invitaba a cenar para después llevarme a aquel sitio cargado de erotismo y luego no daba señales de vida. Era la primera vez que alguien osaba chulearme con semejante descaro, lo que me empezaba a afectar más de la cuenta. Quizá debería ser yo, en esta ocasión, quien forzara un encuentro para aclarar el asunto, aunque, ¿cómo hacerlo sin ponerme en evidencia?
Terminé de cenar y me dirigí a mi habitación con aire taciturno.
Encendería la televisión hasta que me entrara el sueño. Sabía que me costaría, pues últimamente dormía fatal. Y todo por culpa de aquella estúpida. Me lavé los dientes con esmero, como siempre, pero al acabar me dejé caer, pensativa, sobre mi cama. Una idea empezaba a tomar cuerpo en el fondo de mi cerebro hasta que, finalmente, tomé una decisión. Me cepillé el pelo y me puse un jersey y un par de zapatillas. Salí a la calle como una exhalación, temerosa quizá de echarme para atrás si me lo pensaba demasiado.
Me dirigí a casa de Alexia tratando de controlar los nervios mientras escuchaba viejas canciones de los noventa en una de mis emisoras favoritas. Mis pensamientos volaban a la misma velocidad con la que se movían, incansables, los limpiaparabrisas del coche, pues una intensa llovizna comenzaba a caer sobre la ciudad. Necesitaba respuestas y las quería aquella misma noche, no podía esperar más.
Al llegar a la calle objeto de mi destino enseguida localicé un sitio libre, perfecto para aparcar mi pequeño utilitario. ¿Sería una señal? Quise pensar que sí.
Caminé hasta llegar al portal, que tan bien conocía ya, y presioné el pulsador del telefonillo electrónico correspondiente al ático izquierda. Tenía llaves, pero prefería anunciar mi llegada teniendo en cuenta que eran las once de la noche pasadas. Conté hasta veinte antes de escuchar la voz de Alexia. Parecía irritada.
—¿Quién es…?
— Soy yo, Rebeca, ¿me abres?
Imaginé su cara de perplejidad y casi me entraron ganas de reír. Subí en el ascensor recolocándome con inquietud los puños del jersey y salí al vestíbulo preparada para llamar al timbre, aunque no hizo falta; ella me esperaba con la puerta abierta. Me miró con una expresión entre sorprendida y divertida. Estaba descalza, en pijama, con el pelo algo revuelto, pero increíblemente guapa. No dijo nada, se limitó a hacer un gesto con la cabeza invitándome a entrar. La seguí al interior mientras pensaba en algo ocurrente para decir. Sentía las orejas calientes y el corazón desbocado. Ella se dio la vuelta en mitad del hall y me contempló con expresión interrogante, a la espera, quizá, de que fuera yo quien rompiese el hielo. Me obligué a abrir la boca para decir algo. Carraspeé, me toqué el pelo con nerviosismo y continué en silencio como una idiota.
Jamás en mi vida había pasado más vergüenza que en aquel preciso momento, aunque lo absurdo de la situación me obligó, por fin, a reaccionar.
—Te parecerá extraña mi presencia a estas horas… —comencé a decir sin saber muy bien cómo continuar.
—Un poco… —reconoció—. ¿A qué debo semejante honor…? —
agregó sin ocultar del todo una mueca socarrona que me pareció detestable.
—Verás, creo que me he debido dejar aquí la cartera. No la encuentro por ningún sitio —mentí agradeciendo la silenciosa presencia de César, que me permitió ganar unos segundos preciosos al agacharme para acariciarlo.
—¿Tu cartera? —repitió Alexia frunciendo el ceño con extrañeza—. ¿Y
no se te ha ocurrido llamarme para preguntar?
—No… ¡Digo, sí!, pero he quedado para cenar por aquí cerca y he aprovechado para venir un momento —respondí identificándome por completo con Pinocho, aunque yo, a diferencia del personaje de Disney, cada día mentía peor.
—Bueno, pues busca a ver dónde te la has podido dejar…
Hice un breve recorrido por la casa hasta que volví con la cartera en la mano que previamente había extraído de mi bolso.
—¡Aquí está! —exclamé con gesto triunfal—. Me la había dejado en el cuarto de la plancha.
—Me alegro. Aunque hoy no te tocaba plancha, ¿no? —la expresión desconfiada y burlona con la que me miraba era de lo más significativa. De pronto, me apetecía darle un buen bofetón en toda la cara. Aunque también me apetecía besarla, la verdad. Toda una contradicción.
—Se me ha debido caer al coger el pienso del perro —repliqué siendo consciente de lo ridícula que empezaba a ser aquella conversación.
—Será eso —contestó arqueando las cejas y ladeando ligeramente la cabeza, como si ella también fuera consciente del juego del gato y el ratón que nos traíamos entre manos—. ¿Algo más…?
—No —contesté encaminándome a la salida, incapaz de mencionar el tema que me había llevado a realizar aquella inesperada visita. ¡Señor!,
¿desde cuándo actuaba como una especie de chiflada?
De pronto, deseé encontrarme en otro sitio, en algún remoto lugar del planeta donde dejar correr el tiempo hasta que el nombre de Alexia Lima no fuera más que un mal recuerdo.
—¡Espera! —su voz, imperativa, hizo que me detuviese en seco para dar media vuelta—. ¿Qué tal si me dices a qué has venido en realidad? —
agregó dulcificando de repente el tono empleado y acercándose a mí hasta quedar a apenas medio metro de distancia. Su mirada se paseó por mi rostro como una sedosa caricia, consiguiendo erizar los vellos de mi nuca.
—¿A qué te refieres…? —pregunté tontamente mientras buscaba la manera más adecuada de exponer el delicado asunto, objeto de mi presencia, sin traicionarme en exceso.
—Sabes a lo que me refiero —repuso con gesto serio tras encogerse de hombros—. Y creo que ha llegado el momento de hablarlo, ¿no crees?
Nos miramos durante unos instantes sin decir palabra. Hubiese jurado que ella, al igual que yo, también trataba de comunicarse utilizando un lenguaje no verbal.
—De acuerdo —musité suspirando.
—Vamos al salón, mejor.
Tomé asiento enfrente de ella, en uno de los tres anchos sofás colocados en forma de «U» que tan bien conocía ya. César se subió de inmediato a mi lado, ajeno al extraño momento que estábamos viviendo y aprovechando para dejar pelos por todas partes, aunque apenas me importó; mi habilidad pasando la aspiradora había mejorado de forma notable durante los últimos tiempos.
—Bien, empieza tú… —dijo Alexia reclinándose hacia atrás y removiendo los hombros con cierta inquietud. Parecía un poco nerviosa, lo que era extraño en ella.
—Ehh… Bueno, yo… En verdad creo que… —¡Ay, Dios!, ¿desde cuándo era incapaz de formular una frase con sujeto, verbo y predicado?—.
¿Por qué tengo que empezar yo? —terminé por preguntar con súbita inspiración.
—Has sido tú quien ha aparecido en mi casa sin previo aviso, así que,
¡habla de una vez! —Su rostro reflejaba expectación, aunque también algo más que no supe identificar.
—¡Está bien! —exclamé dándome por vencida y mirando por un instante al techo con resignación. Nunca había tenido la necesidad de hacer algo parecido, pero era obvio que, en aquella ocasión, tendría que llevar yo la iniciativa—. No sé muy bien cómo decirlo, así que voy a intentar ser directa. —Inspiré con fuerza antes de proseguir mi exposición—: ¿Te parece muy cursi si digo que, por algún retorcido designio del destino, creo que nos gustamos…?
¡Ya estaba dicho!
La expresión neutra que evidenció la cara de Alexia tras escuchar mis palabras hizo que me arrepintiera de inmediato de haberlas pronunciado.
Comprendí entonces el significado de la frase «tierra, trágame» en mis propias carnes.
ALEXIA.
¿Cómo se supone que debe reaccionar alguien cuando, por fin, tiene al alcance de su mano aquello que tantas veces ha deseado? Me había imaginado una escena parecida en numerosas ocasiones, pero la realidad superaba con creces la más atrevida de mis fantasías. Estaba paralizada. Las palabras se negaban a salir de mi boca y mi cuerpo, aletargado, permanecía inmóvil, incapaz de efectuar el más mínimo gesto. De pronto me pareció escuchar la voz de Patri susurrándome al oído: «Ten cuidado», pero ni me molesté en valorar su advertencia.
Rebeca parecía incómoda, removiéndose en su asiento mientras jugueteaba nerviosa con los puños de su jersey. Me miraba de reojo, sin atreverse a hacerlo de frente, esperando mi contestación. Inspiré con fuerza, como si tuviera la capacidad de inhalar aquel momento y guardarlo para siempre en algún lugar recóndito de mi memoria. Traté de ordenar mis ideas sin dejar de observarla con fijeza, desde el cabello de reflejos dorados hasta los armoniosos rasgos de su rostro. El corazón me martilleaba con fuerza el pecho y el aire que entraba por mis fosas nasales parecía tener
serias dificultades para encontrar el camino hasta los pulmones. Aun así, me obligué a decir:
—¿Dices que nos gustamos…? No me parece cursi, al contrario, creo que define bastante bien lo que nos está ocurriendo —admití tratando de recomponerme—. Aunque he llegado a pensar que, más que el destino, debe ser el propio Satanás quien está detrás de todo esto.
Rebeca suspiró relajando los hombros. Pareció aliviada con mi respuesta, como si se hubiese quitado un molesto peso de encima. Me divirtió su reacción. ¡Si ella supiera la de veces que había soñado con un momento como aquel! No debía enterarse, por supuesto; sería insensato por mi parte mostrar tanta debilidad al respecto. No, prefería actuar con cautela.
—¿Satanás? —repitió esbozando una mueca divertida—. Seguro que mi madre estaría de acuerdo contigo.
—Seguramente…
De nuevo, reinó el silencio entre nosotras, aunque en esa ocasión no fue algo incómodo, al contrario, aprovechamos para reflexionar sobre la increíble revelación que acabábamos de desvelar.
—¿Y ahora qué? —inquirió al fin con gesto intrigado. Parecía estar buscando la solución a un problema matemático de especial dificultad.
—Tú dirás…
Preferí que fuese ella quien llevara la iniciativa. Yo bastante tenía con intentar calmar mi alocado corazón. Aún no me creía del todo que quizá, y solo quizá, no acabaría la noche sin que mis labios se posaran sobre aquella irresistible boca de blanquísimos dientes que me sonreía con timidez.
—Tengo una propuesta que hacerte… —anunció acariciando distraídamente a César entre las orejas, en un gesto que me pareció dirigido a calmar su nerviosismo más que a mimar al perro.
—Hazla, entonces.
—Verás… —Se interrumpió un par de segundos, buscando quizá la manera más adecuada de expresarse—. Tanto tú como yo sabemos que esto… —hizo un gesto indefinido con la mano— no va a llegar a ningún lado. Nos gustamos, cierto, pero no hay, ni va a haber, algo más que esta extraña atracción, y creo que debemos tenerlo claro de antemano, porque lo que propongo es que nos dejemos llevar por un tiempo, sin oponer resistencia, pero sin esperar nada más. Después, cada una por su lado, sin rencores.
Me llevó unos segundos comprender del todo la frialdad de su planteamiento. En cristiano: quería tener una aventura conmigo y después continuar con su vida. Ni se le pasaba por la cabeza que pudiera haber algo más profundo entre nosotras. La propuesta me dolió tanto como me ofendió, cosa extraña teniendo en cuenta que, minutos antes, hubiese matado por tenerla entre mis brazos una sola noche de mi vida. Ahora, sin embargo, su oferta me parecía pobre, raquítica, demasiado alejada de lo que yo ambicionaba.
—Así que… sin rencores —repetí de manera mecánica, asimilando aún el significado de sus palabras. Fue entonces cuando tomé plena conciencia de que, muy a mi pesar, la quería. La quería y la odiaba en la misma medida, lo que no dejaba de ser un auténtico disparate. Tardé un par de segundos en decidir aceptar lo que me ofrecía a pesar de que, si alguien podía salir lastimada de semejante acuerdo, era yo.
—Siempre que seas capaz, por supuesto… —musitó bajando sensiblemente la voz, como si de pronto le diera vergüenza realizar semejante puntualización.
—Estoy aquí, sentada contigo y hablando de esto después de todas las faenas que me hiciste en el colegio. Creo que soy bastante capaz de dejar mis rencores a un lado —repliqué un tanto agria, molesta con su comentario.
—¡Está bien!, no te ofendas… Solo quiero que no haya futuros malentendidos.
—No los habrá, tranquila. ¿Alguna cosa más que quieras precisar…?
—En realidad, sí —declaró toqueteando el anillo que llevaba en el anular de la mano derecha—. Preferiría que lleváramos el asunto con discreción; nadie más debe enterarse —añadió efectuando una breve pausa antes de continuar—: y, por último, no pido, ni concedo, exclusividad.
Sentía que estaba a punto de empezar un juego con cuyas reglas no estaba del todo de acuerdo, pero que debía asumir si pretendía participar en él. Me obligué a sonreír de forma perversa, tratando de ocultar mis verdaderos sentimientos, mientras mi cerebro maquinaba a toda velocidad.
Lo que yo deseaba se encontraba a años luz de tan estúpidas limitaciones.
Era obvio que con aquella idiota necesitaría algo de lo que carecía la mayoría de la gente pero que, por fortuna, siempre he tenido en abundancia: paciencia.
—Muy romántico todo —señalé con sorna, procurando quitar hierro a una situación que podría definirse de muchas formas menos de romántica.
—¿Eso significa que estás de acuerdo o que no?
—Sí, estoy de acuerdo. Y, tranquilízate, no busco novia, así que no te hagas ilusiones… —aclaré con cierto desdén, todavía escocida por sus exigencias.
—¿Y qué pasa con nuestro otro acuerdo? —preguntó haciendo caso omiso de mi comentario, aunque hubiese jurado que torció un poco el gesto al escucharlo. ¡Engreída! Debía estar acostumbrada a tener pretendientes comportándose como borreguitos entregados a la causa. No iba a ser mi caso.
—Continúa en vigor, por supuesto —repliqué regodeándome en mis palabras—. Aún te quedan unas semanas para darlo por finiquitado.
—¿En serio pretendes que siga trabajando para ti como si fuera una especie de sierva? —preguntó de manera un tanto retórica, como si le costara entender mi postura—. ¿Serías capaz de arruinarme si me niego a continuar después de… lo que acabamos de hablar?
—Sin duda alguna. Nada ha cambiado en relación con ese tema.
Tenemos un acuerdo y lo vas a cumplir hasta el final. Sin concesiones.
Me miró con cara de espanto, decidiendo quizá cómo reaccionar, antes de musitar con resignación:
—Como quieras, aunque no sé qué es lo que más me apetece, si largarme por donde he venido o sellar nuestro nuevo acuerdo con un beso…
Poco me faltó para caerme del sofá. ¿De verdad había dicho, más o menos, que tenía ganas de besarme? Notaba mis sentidos agudizados, captando hasta el más mínimo detalle de la situación, e imaginé que la adrenalina estaría recorriendo mi cuerpo a toda velocidad. Tragué saliva antes de responder:
—La segunda opción es mejor, ¿no crees?
—Puede ser…
Habíamos pasado, en apenas cinco segundos, de un diálogo algo tenso a un flirteo descarado. La media sonrisa que me dedicaba era irresistible.
Deseaba besarla. Me moría por hacerlo, en verdad, pero lo que en un pasado me había resultado tan fácil con otras, de pronto me generaba un respeto infinito. Parecía una quinceañera ante mi primer beso. Me llevó unos instantes recuperar la compostura suficiente como para tomar la iniciativa; me levanté, me acerqué a ella y le ofrecí mi mano hasta que la
agarró con timidez. La alcé con suavidad y ella se quedó a apenas unos centímetros de distancia, mirándome en silencio con gesto solemne. Aspiré su aroma. Olía a colonia fresca y a champú. Ninguna parecía querer tomar la decisión de acortar la escasa distancia que separaba nuestros labios.
Resolví hacerlo yo, pero cuando inicié un movimiento de aproximación, me encontré con que ella había tenido la misma idea, por lo que acabamos chocando nuestras mejillas con cierta torpeza. Nos separamos al instante, como si el contacto nos hubiese infringido una quemadura.
—Ah… ¡perdona! —me disculpé de inmediato.
—Espera… —dijo soltando una risita nerviosa, sujetándome por ambos lados de la cara hasta acercarla a la suya—. Mejor así —añadió antes de posar sus labios sobre los míos en un acto decidido y delicado.
No sabría muy bien cómo describir aquel beso, puesto que la sensación que experimenté era nueva para mí. Es más, ni siquiera sabía que existiera.
Sus labios, cálidos y húmedos, y sus manos, posadas sobre mis caderas, encendieron la mecha de lo que parecía un fuego abrasador que me atravesaba el cuerpo. No tardé mucho en lamer tímidamente la apertura de su boca, pidiendo permiso para entrar. Ella me lo concedió y ambas comenzamos una mutua e intensa exploración mientras yo le acariciaba la espalda por encima de la camisa.
Besaba increíblemente bien, aunque creo que podría haberlo hecho fatal y a mí me hubiese gustado igual. Nuestros cuerpos se aproximaron aún más hasta terminar por acoplarse a la perfección, como si fuéramos dos piezas de un rompecabezas que, por fin, consiguen encajar. Nunca sabré cuántos minutos estuvimos así, pues el tiempo me pareció, de pronto, un concepto abstracto y volátil. Tan solo la inoportuna intervención de César, que acabó por acercarse a pedir mimos, interrumpió nuestro beso rompiendo, en parte, la magia del momento.
—¡César! — bramé cuando Rebeca se separó de mí dando un paso atrás con timidez.
—No le regañes… ¡El pobre estará desconcertado con la escena! —dijo esbozando una sonrisa divertida y colocándose el pelo con gesto nervioso.
—No me extraña, cualquiera que nos conozca, lo estaría —opiné tratando de quitar algo de solemnidad al intenso momento.
—Cierto… —musitó con gesto pensativo—. Bueno, creo que es hora de que me vaya, es tarde y mañana madrugamos —añadió en tono pesaroso, como si le hubiese costado tomar esa decisión.
De inmediato entré en pánico. ¿Y si no le había gustado el beso?, ¿se habría arrepentido? Una angustiosa inseguridad me atenazó el estómago hasta hacerlo encoger.
—Te vas… —Intenté parecer indiferente a sus palabras, como si la sombra de la duda no me estuviera martirizando.
—Te recuerdo que tengo que estar aquí a las ocho de la mañana —
replicó en tono burlón, acercándose hasta sujetarme por el cuello para darme un rápido beso en la boca que me tranquilizó en el acto. Respiré de nuevo con normalidad; todo un alivio.
La acompañé hacia la puerta, agarrada de su mano, mientras me preguntaba si debía invitarla a quedarse a dormir. Decidí no hacerlo; un sexto sentido me advertía que Rebeca no estaba aún preparada para dar semejante paso. No quería precipitarme. Además, intuía que era su primera vez con una mujer.
Nos despedimos con otro beso que me dejó entre taquicárdica y catatónica. Cerré la puerta sabiendo que estaba perdida y que mi corazón, para bien y para mal, le pertenecía.
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