Mi enemiga y yo
Capítulo 2.
ALEXIA.
—Patri, no insistas, no voy a ir —repetí por enésima vez en la última media hora, mientras terminábamos el postre en el comedor del colegio. A diferencia de la mayoría de las alumnas, para las que la comida de allí era un asco, a mí me parecía extraordinariamente buena. Nada que ver con los insípidos menús con olor a coles hervidas que servían en el centro de menores.
—Pero, ¿por qué? ¡Es la fiesta de fin de curso…! ¿Cómo no vamos a ir?
—insistió mi amiga rebañando su cuenco de arroz con leche como si no hubiese un mañana—. Además, me he enterado de que vendrán un montón de chicos —añadió con una sonrisa pícara, como si con semejante argumento pudiese terminar por vencer mi resistencia a acudir a aquella estúpida celebración en la que ninguna de las dos seríamos, precisamente, bien recibidas. Claro que quizá convendría que, un día de aquellos, aclarara a mi amiga que estaba bastante más cerca de que me pudiera gustar Kristen Stewart que Robert Pattison.
—No me parece buena idea, en serio. Además, tengo que estudiar. El examen de acceso a la universidad está a la vuelta de la esquina.
El curso llegaba a su fin y yo no me podía permitir un patinazo de última hora. Aspiraba a una media de sobresaliente, tanto para acceder a la carrera de ingeniería que deseaba estudiar como para conseguir el tipo de beca que necesitaba y cuya concesión dependería, en gran medida, del conjunto de mis notas.
—¡Venga ya, si te lo sabes todo fenomenal! Después tendrás tres semanas enteras para preparar el examen.
Cuando a Patri se le metía algo en la cabeza era muy difícil resistirse a ella.
—No me preguntes por qué, pero me da mala espina que vayamos…
—¿Sabes qué? Si no vas, yo tampoco voy a ir. No sabría muy bien con quién hablar…
Aquel era el único argumento que podría convencerme, por supuesto.
Solté lentamente el aire de mis pulmones con gesto de derrota y miré al techo poniendo los ojos en blanco.
—Aunque decidiera ir, no tengo nada que ponerme… y la fiesta es pasado mañana —argumenté. Nada de lo que había en mi guardarropa era mínimamente apropiado para acudir a un evento de aquel tipo, al que sabía que todas las demás irían de punta en blanco.
—Podemos salir de compras esta tarde. ¡Yo invito!
No me gustaba demasiado aceptar regalos de Patri, la verdad, por mucho que ella insistiera en que se podía gastar la paga que le asignaban mensualmente sus padres como le diera en gana. Ella era la causante de que pudiera llevar a Gimnasia unas zapatillas decentes y, sobre todo, de que tuviera el objeto más preciado que jamás me había pertenecido y que no era otra cosa más que su antiguo ordenador portátil, un modelo algo anticuado pero que, para mí, constituía un auténtico tesoro. Llevaba varios meses analizando cada componente de aquel increíble aparato hasta conseguir desmontarlo y montarlo con una facilidad pasmosa.
—Está bien —respondí—. Pero lo hago por ti, que conste. No me hace ninguna ilusión ir con toda esa panda de descerebradas, y menos aún sabiendo que el trío diabólico es quien lo está organizando prácticamente todo —dije refiriéndome a Rebeca y a sus dos secuaces.
—¡Olvídalas! Entre tanta gente, tendrán cosas mejores que hacer que venir a buscar guerra.
Lo dudaba mucho, la verdad. Aquellas tres estúpidas tenían la sangre mezclada con inquina y no dejarían pasar la oportunidad de fastidiarnos.
Habría que ir con cuidado.
Aquel día, cuando volvimos a clase, comprobé que alguien había estado hurgando en mi cajonera. Me había desaparecido el compás y el resto de material para las clases de Dibujo Técnico. Por si fuera poco, las láminas que tenía que entregar estaban emborronadas y hechas un desastre. Toda una tarde de esfuerzo tirada a la basura, por no hablar de que ahora ya no podría entregar los trabajos a tiempo. Además, se trataba del tercer compás que me desaparecía en lo que llevaba de curso, cortesía de nuestra ilustre delegada y sus dos fieles esbirras, seguramente.
—No te preocupes, me quedo esta tarde contigo un rato y lo hacemos de nuevo —dijo Patri de inmediato al ver mi cara de agobio—. Podemos usar mi material.
—Ya, pero voy a necesitar un compás para el examen y… —No acabé la frase porque no hacía falta. Los compases no eran baratos, al menos los buenos.
La ira dominaba cada centímetro de mi cuerpo y tuve que reprimir el impulso de ir en busca de aquellas tres para ajustarles las cuentas a guantazos. Caniche y Zanahoria no me darían ni para medio asalto, pero Rebeca, con su complexión atlética y una altura similar a la mía, rondando el 1.70, tenía pinta de ser una digna rival. No, debía dominarme y actuar con cautela. En el fondo buscaban hacerme saltar de rabia y que me encarara con ellas, lo que podría significar mi expulsión inmediata.
—Le digo a mi madre que lo he vuelto a perder y que me compre uno nuevo, aunque ya te he dicho mil veces que deberías hablar con la señorita Rivas… No puedes seguir aguantando este tipo de cosas.
—¿Para qué? Dudo mucho que me hiciera demasiado caso…
—Oh, vamos, ¡Lexi!, en lo que llevamos de curso, esas tres te han acusado de hacer vandalismo en la clase de primero y de robar el portátil del aula de Biología cuando todas sabemos que han sido ellas —explicó con rabia—. Por no hablar de las veces que te ha desaparecido el chándal y los trabajos de clase… ¿Y qué me dices de la foto esa que ha rulado por todo Bachillerato en la que apareces saliendo de la ducha de los vestuarios tapada solo con la toalla?
—No seas ingenua, Patri. ¿De verdad piensas que el colegio no sabe todo eso? Simplemente hace la vista gorda. Además, ya te he dicho muchas veces que no soy una chivata.
En el mundo en el que yo vivía, tan alejado de aquellas niñatas que todo lo tenían y que casi nada apreciaban, chivarse era peor que cometer cualquier tipo de tropelía. Los chivatos eran señalados y marginados, por lo que desde bien pequeña aprendí que era preferible devolver por mí misma el agravio sufrido antes que acudir con el cuento al profesor o tutor de turno.
En su momento buscaría la manera de hacer justicia, aunque aún no sabía ni cómo ni cuándo podría hacerlo.
REBECA:
La fiesta estaba siendo todo un éxito y el ambiente, divertido y alocado, era propio de la edad de los asistentes: las alumnas de los dos grupos de segundo de Bachillerato y un montón de chicos de los colegios cercanos a los que habíamos invitado.
El colegio nos había dejado utilizar el inmenso salón de actos donde solían representarse obras de teatro y en el que se celebraba todo tipo de eventos escolares. Nosotras habíamos adecuado el recinto a conciencia al retirar casi todos los asientos, oscurecer el ambiente con luces indirectas y programar el equipo de música con una selección de canciones un tanto romanticonas. También habíamos introducido alcohol a hurtadillas.
Sabíamos que estaba rigurosamente prohibido, pero no habría ningún profesor ejerciendo de carabina, tan solo un guardia de seguridad apostado en la puerta de fuera con la única misión de echarnos a todos a las dos de la mañana y de vigilar por si alguno se desmadraba más de la cuenta.
Apuré mi ron con cola de un trago a pesar de que sabía a rayos. En realidad, el alcohol me producía un rechazo natural, pero no beber en una ocasión como aquella era un poco de pringados.
—Chicas, ¿habéis visto al rubio aquel tan guapo, el del polo azul marino? —señaló Elena tras regresar de la barra con una copa en la mano.
Observaba sin demasiado disimulo al chico atlético de mandíbula cuadrada que parecía sacar media cabeza a todos los demás.
—¿Alguien sabe quién es? —pregunté con curiosidad. Estaba segura de no haberlo visto con anterioridad. Me hubiese acordado de ser así.
—Ni idea, pero podríamos averiguarlo… —intervino Clara, recolocándose el cabello rizado con coquetería.
Fue en aquel preciso momento cuando el chico, como si tuviese un sexto sentido, giró la cabeza hacia nosotras ofreciéndonos una enorme y resplandeciente sonrisa, aunque algo me decía que aquel gesto estaba dedicado exclusivamente a mí.
A partir de entonces observé que no me quitaba ojo, pero como siempre me ha gustado ir de difícil en las lides amorosas, me dediqué a no hacerle ni caso y a tontear con otros hasta el momento en el que se acercara para hablar conmigo. Los chicos eran bastante predecibles, la verdad, y yo estaba aprendiendo a manejarlos a mi antojo. Quizás con aquel incluso me llegara a besar, aunque solo fuese por la envidia que suscitaría entre todas las demás.
—¡Ey!, ¿has visto quién acaba de llegar? —proclamó Elena tras acercase a mí a toda velocidad desde el otro extremo del recinto.
Un par de chicas entraban a la inmensa sala mirando a su alrededor con curiosidad. ¡No podía ser! Eran Moby Dick y Cara rota. ¿Qué hacían allí aquellas dos? Me constaba que nadie las había invitado, aunque, siendo
honesta, debía reconocer que no necesitaban invitación. Aun así, me molestó su presencia, sobre todo la de Cara rota, que observaba a los demás con gesto indolente, como si en el fondo le importara un pito el hecho de encontrarse allí.
—¿Habéis visto a Cara rota? No parece ella… —musitó Clara, frunciendo el ceño mientras se aproximaba para unirse a nuestro pequeño conciliábulo.
Era cierto, lucía un aspecto muy distinto al que solía llevar a clase. Para empezar, se había soltado la larga coleta que por lo habitual se hacía en una melena que constituía el complemento perfecto para el vestido ajustado que llevaba y que le quedaba como un guante. Podría pasar por una de nosotras, una niña bien, aunque algo en su actitud revelaba que no se encontraba del todo cómoda con su atuendo. Muy a mi pesar, tuve que reconocer que llamaba la atención de los presentes y no para mal, precisamente, lo que contribuyó a aumentar la creciente irritación que sentía por su presencia.
Los siguientes veinte minutos me dediqué a observarla con disimulo mientras fingía seguir la conversación del pequeño grupo que se había reunido a mi alrededor formado por tres chicos del Instituto Británico, afanados, de manera inútil, en conseguir llamar mi atención. Iban listos, pues ninguno de los tres me interesaba un pimiento. Además, ya había hecho mi elección para aquella noche. Busqué con la mirada al espectacular rubio de mandíbula cuadrada, pero el corazón casi se me salió del pecho al constatar que el chico se acercaba a Cara rota y comenzaba a hablar con ella. La muy pécora no solo había tenido la cara de aparecer en mi fiesta, sino que, además, se permitía el lujo de tontear con mi novio. Bueno no era mío todavía, pero casi.
Me alejé dejando con la palabra en la boca a los tres sorprendidos chicos, que me miraron con cara de no comprender nada, y me dirigí a la barra a por otra copa maquinando cruentas venganzas contra aquella especie de delincuente roba-novios. Seguro que, encima, era de las que se dejaba meter mano a las primeras de cambio. No, aquello no iba a quedar así. Ni de coña.
Le daría a aquella estúpida una lección de humildad que no olvidaría en toda su vida. Bebí el asqueroso brebaje como si fuera un remedio contra todos los males, casi de un trago, y al rato comencé a experimentar un mareíllo divertido que me hizo sonreír a pesar de que el rubio se acercaba cada vez más a Cara rota con evidentes intenciones.
Esa se iba a enterar de quién era yo.
ALEXIA.
—No sabía que iba a haber tanta gente… —dije por lo bajo mientras nos acercábamos a la improvisada barra, montada en un extremo de la sala de actos del colegio, a por algo de bebida.
—¡Mejor! Lo mismo conocemos a alguien interesante —replicó Patri haciendo gala de un optimismo que yo no compartía—. ¿Qué tomamos?
—Yo quiero una Coca Light —contesté recolocando el tirante de mi vestido y considerando que, viendo mis antecedentes familiares, más me valía mantenerme alejada del alcohol de por vida.
Me encontraba incómoda vestida así, tenía la sensación de ir marcando demasiado el cuerpo y de atraer en exceso las miradas ajenas, sobre todo las de los chicos. Además, el rímel que había insistido Patri en aplicarme en los ojos me escocía un poco.
—¡Mira que eres sosa! Pues yo me la pienso mezclar con un poco de whisky, que, por cierto, no sé quién lo habrá traído, pero me parece una buenísima idea.
Observé a mi amiga servirse la copa. Consideré que estaba mejor que nunca, con su vestido color ocre, su media melena castaña peinada con raya en medio y su cara despejada, libre de aquellas horribles gafas que había sustituido durante unas horas por unas lentillas. Lástima que no las pudiera usar más a menudo sin que le empezasen a lagrimear los ojos.
Nos colocamos en una esquina de la barra observando las idas y venidas de los demás e intercambiando cotilleos sobre ellos. En un momento determinado me moví un poco hacia atrás hasta sentir que chocaba con alguien. De inmediato me di la vuelta para disculparme.
—Perdona.
—Tranquila, no ha sido nada.
Se trataba del chico alto y rubio al que Patri había fichado desde hacía ya un buen rato. Me dedicó una sonrisa de blanquísima dentadura que, seguro, habría derretido a cualquier otra que no fuera yo. Aun así, me cayó bien.
—Me llamo Leo, ¿y tú?
—Alexia.
—Encantado, Alexia —susurró lanzándose a darme dos besos en ambas mejillas con soltura—. ¿Y tu amiga?
—Soy Patri, encantada —se presentó la aludida ofreciendo la mejilla para recibir también los consabidos dos besos. ¡Qué manía tenían los niñatos aquellos con tanto besuqueo de presentación! Me ponían nerviosa.
—Este es mi amigo, Adrián —dijo a continuación el tal Leo tras agarrar de la camisa a un chico que estaba a su lado, bajito y algo esmirriado, pero con pinta de simpático, que se acercó a nosotras saludando con desenvoltura.
De inmediato, iniciamos dos conversaciones paralelas: Patri con el tal Adrián y yo con Leo, como si de forma natural siguiéramos un guion previamente establecido. Por la forma desinhibida con la que se comportaban, comprendí que aquellos dos tenían bastante práctica en ese tipo de acercamientos.
Leo hablaba conmigo desplegando todos sus encantos y acercándose a mí algo más de la cuenta, aunque no me importó, pues en el fondo me sentí halagada de haber despertado el interés de un chico tan atractivo. Cuando, tiempo después, me cogió de la mano para llevarme a un discreto y poco iluminado rincón de la sala donde había varias parejas besándose sin demasiado recato, lo seguí sin oponer resistencia. Constaté que algunas de mis compañeras me miraban con cara de furia, lo que me hizo esbozar una sonrisa divertida. ¡Vaya, vaya!, ¿había un mosqueo generalizado porque me llevaba al macho alfa de la manada? ¡Si supieran que no me interesaba lo más mínimo! Fue en ese momento cuando mi mirada se cruzó con la de Rebeca. ¡Dios!, aquella chica destilaba odio puro. Aparté la vista tras dedicarle una sonrisa desafiante, pues, de pronto no tuve ninguna duda sobre lo que quería hacer a continuación.
Nunca me había besado con nadie, al menos de manera intencionada, pues más de una vez me había visto obligada a quitarme de encima a un par de asquerosos de mi barrio que pretendieron obtener a la fuerza lo que voluntariamente no les quise dar. Puede que aquella ocasión fuera un buen momento para estrenarme: Leo era un encanto y me sentía a salvo a su lado.
Sus modales refinados, su ropa de marca y su olor a champú caro me resultaban atrayentes. Además, sería una manera de darles en los morros a toda aquella panda de arpías que en ese mismo instante me espiaban deseándome, seguramente, las siete plagas de Egipto.
—¿Sabes que eres la chica más interesante que hay aquí? Y la más guapa también… — murmuró el rubio acercando su boca a mi oreja en un gesto que me pareció perturbador.
—¿En serio? —respondí buscando de forma inconsciente con la mirada a Rebeca, que apartó la vista de inmediato. Nunca me había considerado demasiado guapa, quizá porque siempre había sido un poco desastrada y no me preocupaba demasiado por mi aspecto, aunque últimamente el espejo me decía otra cosa.
—Completamente en serio. Y esta marca… ¿cómo te la hiciste? —
preguntó acariciando mi cicatriz con el dedo índice desde el principio hasta el final, en un lento recorrido de lo más erótico. Era la primera vez que alguien me la tocaba de manera deliberada. Si me hubiesen gustado los chicos, probablemente me encontraría al borde del orgasmo.
—Fue en un safari por África con mis padres. Un accidente. Casi prefiero no recordarlo…
¿Qué iba a decir?, ¿que mi madre yonqui y alcohólica permitió que me ocurriera cualquier barbaridad? Mejor que no.
—¡Guau! —exclamó, impresionado—. Pues te queda genial, ¿lo sabías?
—agregó fijando de manera descarada la vista en mis labios.
¿Genial? Me entraron ganas de reír, pero no lo hice porque tuve la certeza de que el chico hablaba con absoluta sinceridad. Además, su boca comenzaba a acercarse con peligro a la mía y tenía otras cosas en las que pensar. Tuve el impulso de apartarme, pues de pronto me parecía un tanto obsceno que mi primer beso fuera contemplado por toda aquella panda de idiotas que no parecía quitarme el ojo de encima. En los siguientes tres segundos cambié de opinión cinco veces al respecto. Es increíble cómo el cerebro es capaz de funcionar a velocidades tan vertiginosas en ciertos momentos. Nuestros labios terminaron por unirse mientras Leo me agarraba por las caderas. Sus movimientos hablaban de precisión y seguridad; era obvio que, al contrario que yo, no era novato en semejantes lides. Me esforcé por estar a la altura de las circunstancias y mi lengua se enredó con la suya en una cadencia suave al principio, más intensa después. Agradecí que no llevara ningún aparato dental y que su aliento fuera fresco, aunque tenía un ligero sabor a cola con whisky.
Fue un beso agradable, es todo lo que puedo decir, puesto que ni vi estrellas, ni el mundo tembló a mis pies, ni nada por el estilo. Estuvimos un buen rato besándonos mientras yo me preguntaba si sentiría lo mismo con una chica. Bueno, no con cualquier chica, tendría que ser una especial, claro. La inoportuna imagen de Rebeca apareció en mis pensamientos como
una invitada no deseada, lo que me hizo interrumpir el contacto y separarme de mi acompañante con cierta brusquedad. Necesitaba un respiro.
—Tengo que ir al baño, ¿me esperas?
—Claro que sí, de aquí no me muevo hasta que vuelvas… —susurró cogiéndome la mano para llevársela a los labios en un gesto caballeresco.
¡Madre de Dios!, aquel chico sería capaz de conquistar a casi cualquier mujer de aquel lado del hemisferio. Lástima que a mí no.
Saludé a Patri, que continuaba hablando animada con su acompañante, antes de salir de la sala de actos camino al cuarto de baño. Me alegraba por mi amiga, pues necesitaba con urgencia que alguien, que no fuera yo, le subiera el ego. No debía de ser fácil cargar con el San Benito de ser la gordita de la clase, aunque yo tenía fe en que volase alto en cuanto cambiara de aires y saliera del ambiente viciado de aquel colegio.
Decidí acudir a los servicios de Primaria. Estaban algo alejados, pero era probable que estuvieran vacíos. Me notaba acalorada, por lo que me mojé la nuca en el lavabo antes de encerrarme en uno de los pequeños habitáculos para hacer pis. De inmediato, escuché que alguien más entraba en la estancia. Eran varias chicas que cuchicheaban y reían. Mis alarmas se dispararon en cuanto identifiqué la aguda voz de Caniche. Nada bueno tramarían, eso seguro. Terminé y esperé de pie con la esperanza de que se fueran, aunque también consideré la posibilidad de salir de una vez y huir a toda velocidad. De pronto, se quedaron en silencio y escuché un ruido sobre mi cabeza. Los cuartos de baño del colegio estaban abiertos por arriba, por lo que tuve el tiempo justo de ver cómo me caía encima un cubo entero de un líquido que me empapó el pecho y me salpicó el pelo. Enseguida escuché unas risotadas antes de que las autoras de la fechoría abandonaran la estancia con paso apresurado.
Permanecí de pie e inmóvil, sin saber muy bien qué hacer. El líquido era una mezcla de agua y pintura roja. Suponía que lo habrían sacado de alguna de las aulas. Mi vestido estaba arruinado, pero lo que me preocupaba era el pelo; quizás tuviera que cortarlo.
Hacía mucho tiempo que no lloraba. Demasiado, quizá. Traté de reprimir las lágrimas que, inexorables, fluyeron a raudales de mis ojos hasta que escuché a Patri entrar en el baño y llamarme a gritos.
—Lexi, ¿estás aquí?
Decidí salir por toda contestación. La cara de mi amiga era todo un poema.
—¡Hijas de p…! Ya decía yo que estabas tardando demasiado. ¿Quién ha sido?
—Imagina… —logré decir, obligándome a reaccionar. Debía irme de allí cuanto antes, sin que nadie más me viera. De lo contrario, sería todavía más humillante para mí.
—¡Esas tres cabronas otra vez…! El lunes mismo hablamos con la directora, esto no va a quedar así —masculló mi amiga escupiendo cada palabra. Nunca la había visto tan furiosa.
—Necesito que me saques de aquí. Apuesto a que ya tengo un comité de recepción esperando para sacarme unas cuantas fotos con esta pinta…
—¡Ni lo dudes! Deben estar a la espera de que decidas salir por la entrada principal —dijo con gesto de preocupación—. Pero podemos intentar escapar por la puerta de Infantil. Seguro que se puede abrir desde dentro y si no, salimos al patio y saltamos por la verja a la calle como podamos.
Tuve un intenso sentimiento de gratitud hacia mi amiga. La habría abrazado si no llegase a ser porque la hubiese puesto perdida.
Abandonamos los servicios y recorrimos a oscuras parte del colegio.
Conseguí una especie de túnica que se utilizaba para las obras de teatro y la intercambié por mi vestido destrozado. Las puertas al exterior estaban cerradas con llave, por lo que nos vimos obligadas a salir al patio y escalar la verja para llegar a la calle. Enseguida cogimos un taxi a casa de Patri, pues ya habíamos acordado previamente que aquel día dormiría en su casa.
Casi mejor, iba a necesitar su ayuda con lo del pelo. Dentro del vehículo mi amiga me cogió la mano en un gesto de consuelo mientras yo miraba hacia fuera tratando, esta vez con más éxito, de controlar las lágrimas. Por un momento me pregunté qué pasaría con Leo. ¿Le habrían contado lo ocurrido? Esperaba que no, la verdad. Prefería que me tachara de maleducada por desaparecer sin despedirme de él, antes de que se enterara de la verdad.
Me había sentido humillada muchas veces en mi vida, demasiadas quizá, pero nunca tanto como aquel día. Tuve conciencia del profundo odio y rencor que se ocultaba, muy hondo y callado, en mi interior. Odio y rencor contra la vida que me había tocado en suerte, contra el mundo entero, contra el sistema y, sobre todo, contra aquellas tres estúpidas que me hacían la vida imposible y que empezaban a acumular conmigo una larga lista de afrentas que algún día les devolvería.
Especialmente a Rebeca Vega.
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