Mi enemiga y yo

VICTORIA LACACI · Capítulo 8 de 31

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Mi enemiga y yo

Capítulo 8.

REBECA.

La fiesta se desarrollaba sin incidentes. El tiempo, cálido a principios del mes de mayo a pesar de haber anochecido, nos había posibilitado celebrar el aniversario en los jardines adyacentes al edificio principal, lo que permitía que los invitados se movieran con libertad por todo el recinto. La tenue iluminación proveniente de unas antorchas que simulaban fuego auténtico y la suave música en vivo tocada por la orquesta contratada para la ocasión, contribuían a generar un ambiente tan íntimo como distendido.

Era un milagro que todo estuviera saliendo bien teniendo en cuenta que llevaba dos semanas sin apenas pisar el club. Había tenido que organizar prácticamente todo a golpe de teléfono, pues mi nuevo trabajo como esclava oficial de aquella víbora rencorosa apenas me dejaba tiempo para nada más. Llevaba lo que me parecía una eternidad limpiando, ordenando, paseando al monstruo aquel de cuatro patas y realizando todo tipo de recados a lo largo y ancho de la ciudad. Estaba agotada y me dolía la espalda, aunque más me dolía el orgullo, por supuesto. Menos mal que los domingos me dejaba descansar; al día siguiente no pensaba levantarme en todo el día del sofá.

Durante un rato continué fingiendo interés en la conversación mantenida con un grupo de socios, con los que jugaba al tenis de manera habitual, mientras miraba disimuladamente a mi alrededor. Conocía a la mayoría de la gente, por supuesto, no en vano me pasaba allí media vida. De nuevo, mi mirada se encontró con la de aquel morenazo que no me quitaba el ojo de encima en lo que llevábamos de noche y con el que me traía una especie de coqueteo desde que había empezado a coincidir con él en la piscina del club. Se llamaba Diego y debía rondar los treinta y tantos. Lo evalué con ojo crítico, desde la blanca sonrisa al cuerpo atlético y musculado, y consideré que, quizá, había llegado el momento de que las cosas cambiaran entre nosotros. Desde que lo había dejado con Jaime, el que había sido mi novio durante el último año y medio, no había tenido ganas de enredarme con nadie más, aunque últimamente notaba que el cuerpo me pedía guerra, y no precisamente de la que requería armas de fuego. A veces lo echaba de menos. Aún no comprendía del todo por qué había roto con él. Era guapo, atento, simpático…, pero un día desperté en su cama y supe que lo quería

dejar. No fue por un motivo especifico, ni siquiera habíamos discutido, simplemente comprendí que no quería seguir con él, así que me levanté, desayuné y le dije que me iba para no volver. ¡Ardió Troya! Durante meses me hizo sentir fatal. Hasta mi madre me lo recriminó, pero ahora, tiempo después, el hecho de acordarme tan poco de él avalaba por completo mi decisión. En el fondo pensaba que debía de haber alguien por ahí fuera capaz de encender mi sangre, de hacerme pasar las noches en vela y, sobre todo, de conseguir que oteara el futuro sin esa capa de hastío y apatía que me envolvía cada vez que iniciaba una relación mínimamente formal.

Alguien me preguntó algo, lo que me obligó a participar en la conversación que se gestaba a mi alrededor tras haber estado un rato ausente, sumida en mis propias reflexiones. Puede que fuese mejor moverme de allí. Busqué con la mirada a Elena y a Clara hasta que las localicé. Clara se encontraba pidiendo una copa en la barra mientras Elena, algo más alejada, parecía aburrida escuchando a un hombre con pronunciado entrecejo que no hacía más que invadir su espacio personal.

Decidí acudir en su rescate, pues la forma en la que mi amiga se toqueteaba nerviosa el flequillo me indicaba que necesitaba cambiar de compañía con urgencia. Me disculpé antes de abandonar el grupo e ir en su busca.

—¡Elena!, necesito que me ayudes a una cosa —dije acercándome a ella y agarrándola del brazo con gesto desenvuelto.

—¡Claro! —contestó dedicándome una sonrisa de agradecimiento—.

Nos vemos más tarde… —añadió dirigiéndose al decepcionado pretendiente, que se quedaba mirándonos con cara de pocos amigos.

—¡De nada! —susurré en cuanto nos alejamos un poco.

—¡Gracias!, ¡es que no me daba pie a irme…! Ya podía haber sido ese de ahí —dijo señalando a un guaperas de pelo rizado—. ¿Lo conoces? —

preguntó entrecerrando los ojos de manera significativa. El club siempre había sido nuestro principal caladero en lo relativo a objetivos de tipo amoroso.

—Sí, ¿quieres que te lo presente?

—¡Olvídalo! —exclamó ella adoptando una expresión de repentina seriedad—. Mira quién ha venido…. —agregó señalando con la cabeza a un par de figuras femeninas que se acercaban a la barra con gesto risueño.

A Alexia la identifiqué de inmediato, pero a Patricia tardé unos segundos en reconocerla. Venían escoltadas por César, que, pegado a los talones de su dueña, contribuía a que el curioso trío fuese el centro de atención.

—Así que siguen siendo amigas… —murmuré mientras mi cabeza funcionaba a toda velocidad. No la había vuelto a ver desde que me había reibido en su casa, el día que comenzó mi particular calvario, pues cuando yo llegaba ella ya se había marchado y nunca estaba cuando yo me iba—.

¿Por qué vienen con el perro? ¿No saben que está prohibido entrar con animales aquí?

—Me da que hay nuevas normas en el club —comentó Elena tirando de ironía y repasando con la mirada a las recién llegadas—. No nos habías dicho que Cara rota está tan… ¿impresionante?

Muy a mi pesar, debía reconocer que esa era la palabra que mejor la definía. El vestido de cóctel verde que llevaba dejaba parte de su espalda al descubierto, resaltando con elegancia su figura, y su rostro, de expresión burlona e indolente, atraía invariablemente las miradas ajenas, sobre todo las masculinas. Había algo en todo aquello que me molestaba más de la cuenta. Recordé por un instante aquella espantosa fiesta de fin de curso, años atrás, en la que tuve tan lamentable actuación. ¡Señor!, ¿cómo se me ocurrió hacer aquello? Lo ocurrido con Alexia en las últimas semanas no significaba que no me avergonzara de mi pasado, y la presencia de Patricia me empujaba a recordarlo con más fuerza. Durante unos breves instantes, pocos en realidad, consideré que el estado de semiesclavitud al que me veía sometida era más que merecido.

—Patricia también ha cambiado mucho —comenté mientras observaba por el rabillo del ojo que Clara se acercaba a toda velocidad haciendo aspavientos con las manos.

—¡Chicas!, ¿las habéis visto? —preguntó, un tanto retórica, en cuanto se incorporó a nuestra pequeña reunión—. ¿Las has invitado tú…? —continuó dirigiéndose a mí con ademán inquisitivo.

—Por supuesto que no… Pero es obvio que no necesitan invitación; el club es prácticamente de Cara rota. —admití sin poder ocultar un deje de furia en mi tono de voz. Jamás llegaría a asimilar semejante idea, la verdad

—. Hasta se ha traído al perro, como si esto fuera una barbacoa dominical… —agregué retorciendo de forma involuntaria un mechón de mi pelo, gesto al que solía recurrir cuando algo me molestaba más de la cuenta.

—¿Y ahora… qué hacemos? —planteó Elena encogiendo los hombros con desconcierto.

—¿Cómo que qué hacemos?

—¡Vamos, chicas!, lo hemos hablado muchas veces… Les debemos una disculpa, ¡y una bien gorda! —explicó Elena fijando alternativamente la mirada en Clara y en mí antes de llevarse su copa a los labios con nerviosismo.

—A Patricia sí —admitió Clara con gesto sombrío—, pero… ¿a Cara rota? ¿Te recuerdo la que nos ha liado? Y no me vengas con lo de que me ha hecho un favor al boicotear mi boda, por favor —añadió enfática negando con la cabeza—. Además, ya has confirmado que tu antiguo despacho tiene como cliente a ScarCompany… ¿Y dónde estás trabajando tú ahora?, ¿en un despacho de tres al cuarto que te explota a cambio de una décima parte de lo que ganabas antes?

—Lo sé, ¡lo sé!, pero, aun así, creo que les debemos una disculpa a las dos… ¿Tú qué dices, Beca?

—No lo sé… Alexia ni siquiera reaccionó cuando le pedí perdón, pero quizá deberíamos ir y enseñar la bandera blanca. Podríamos matar dos pájaros de un tiro: descargar el peso de nuestras conciencias con respecto a Patricia y tratar de aplacar a la otra sádica.

Nos miramos en silencio durante unos segundos, entendiéndonos con la mirada como cuando éramos niñas y necesitábamos adoptar alguna decisión que nos afectara a las tres.

—¡Está bien! —claudicó Clara con cara de resignación—. Como queráis, pero antes vamos a tomarnos un buen copazo. Creo que, por una vez, lo necesitamos…

Sí, puede que fuera buena idea; nunca es fácil enfrentarse a los fantasmas del pasado.

ALEXIA.

—¿De verdad era necesario traernos al perro…? —preguntó Patri mientras evaluaba con curiosidad al personal que nos rodeaba.

—¿Y por qué no? A César le encantan las fiestas al aire libre.

—Ya, pero…, ¿te das cuenta de que todo el mundo nos está mirando?

—Eso es porque los tres estamos guapísimos —repliqué en tono socarrón antes de dar media vuelta para pedirle al barman un cóctel de naranja sin alcohol. No había duda de que Rebeca había tirado la casa por la ventana, pues tanto la organización de la fiesta como el catering eran excelentes.

—Hablando de guapos, no se puede negar que en este club hay unos cuantos… —comentó Patri mirando a su alrededor con una sonrisa apreciativa—. Y unas cuantas, también —añadió guiñándome un ojo.

De inmediato busqué, de forma inconsciente, a la anfitriona de la fiesta.

Se encontraba en una zona algo alejada de donde nos encontrábamos, franqueada por unas incombustibles Caniche y Zanahoria que no parecían haber cambiado demasiado de como yo las recordaba. Las tres cuchicheaban al igual que lo hacían antaño, como si estuviésemos de nuevo en la época escolar.

—¿Sabes que es la primera vez que pongo un pie en este condenado club? —admití obligándome a apartar la vista del trío, sobre todo de Rebeca, que estaba increíblemente guapa con un sofisticado mono negro de tirantes a juego con unas sandalias de tacón.

—¿En serio…? —inquirió Patri, sorprendida—. Pensaba que te habrías pasado alguna vez para ver de cerca tus nuevas posesiones.

—Pues no. Es curioso, de pequeña me moría de ganas por que alguien me invitase a pasar el día aquí, y ahora, que es prácticamente mío, ni siquiera he tenido la curiosidad de ver las instalaciones.

—¿Se puede saber entonces por qué hemos venido?

—Para poner nervioso al enemigo… Allí está reunido, enfrente a la derecha. Deben estar en pleno conciliábulo, decidiendo qué diablos hacer con nosotras.

—¡El trío maléfico! ¿Qué te apuestas a que ni se acercan?

—Pues yo apostaría a que sí —afirmé con convicción—. A estas alturas, Caniche y Zanahoria imaginarán que estoy detrás de sus últimos infortunios y temerán que tenga más maldades guardadas en el fondo de la chistera. Preferirán firmar una tregua, aunque enseguida lo sabremos, porque me parece que vienen hacía aquí…

—¡Vaya, vaya…! No sé si recibirlas con una coz en los morros o simular una sonrisa de hierro —murmuró Patri sin quitar ojo a nuestras excompañeras de colegio, que se acercaban con cara de circunstancias, excepto Rebeca, cuya expresión era bastante impenetrable.

—¡Buenas noches, chicas! —saludó Elena, en tono forzado, en cuanto estuvo lo suficientemente cerca como para que la pudiésemos escuchar.

—¿Cómo estáis…? —intervino Clara tras detenerse a apenas un metro de distancia. Hizo el amago de acercarse para saludarnos con los

consabidos dos besos, pero nuestra fría inmovilidad la hizo cambiar de idea y se limitó a continuar hablando—: Ha pasado mucho tiempo, ¿verdad?

—Mucho, sí… —admitió Patri con voz neutra mirándome de reojo, a la espera quizá de que me pronunciase de alguna manera. Yo preferí continuar callada; no había cosa más eficaz que hacer uso del silencio para inquietar a los demás.

—¿Y esta monería es tuya? —preguntó Zanahoria, dirigiéndose a mí, antes de agacharse para acariciar a un César que observaba la escena con aire de aburrimiento. Era la primera vez que alguien se refería a mi perro de aquella manera, pero el detalle me hizo gracia, la verdad.

—Es mío, sí —asentí sin intención de explayarme más en mi respuesta.

—¿Sabes que está prohibido traer perros al club? —intervino Rebeca cruzando los brazos en ademán desafiante. Sus ojos acaramelados parecían echar chispas contra mí.

—No a partir de ahora —me limité a decir tras efectuar un gesto con la cabeza algo despectivo.

De nuevo el silencio, un silencio atronador tan solo interrumpido por los jadeos de deleite de César, que se dejaba acariciar por Zanahoria, la única de las cinco que parecía saber qué hacer con las manos. El ambiente estaba tan tenso que podría cortarse con un cuchillo.

—Está bien, chicas… —intervino de pronto Clara, dirigiéndose a Patri y a mí—. Hemos considerado la posibilidad de hacernos un harakiri en vuestra presencia, pero al final hemos optado por algo más civilizado, como ofreceros nuestras más sinceras disculpas por lo estúpidas que fuimos con vosotras en el pasado. Y hablo en nombre de las tres…

¡Vaya, eso sí que no me lo esperaba!, al menos de forma tan directa.

Desconocía si sus disculpas eran o no sinceras, pero en cualquier caso las agradecí. Al menos en mi interior, pues fue Patri la única de las dos que respondió algo al respecto:

—Más vale tarde que nunca… Por mi parte, las acepto —dijo esbozando una tímida sonrisa y consiguiendo suavizar de esa manera la estresante escena.

Yo no tenía intención de pasar página tan pronto, por lo que me limité a mirar distraídamente a mi alrededor mientras daba un sorbo a mi copa, como si aquello no fuera del todo conmigo, hasta que Rebeca tomó la palabra:

—¿Queréis que os enseñe las instalaciones del club?

Su propuesta, en un tono demasiado cortés, parecía querer contribuir a normalizar un encuentro que de normal tenía bien poco, la verdad, pues los ecos del pasado resonaban aún con fuerza entre nosotras.

—Yo soy poco de hacer deporte —admitió Patri encogiendo los hombros de manera significativa—. Casi prefiero quedarme por aquí, pero puede que a Lexi le apetezca ir —agregó dirigiéndome una mirada traviesa.

Por un instante se me ocurrió que mi amiga podría no ser del todo ignorante respecto a mis más turbios deseos, aunque enseguida me concentré en aquella mirada acaramelada que, de pronto, permanecía fija en mí.

—Claro, ¿por qué no…? —contesté fingiendo indiferencia.

—Nosotras podemos aprovechar para ponernos al día —comentó Elena amablemente dedicando una sonrisa a Patri, que respondió con un leve asentimiento de cabeza.

¡Vaya!, aquel encuentro no se desarrollaba como había imaginado, desde luego. Nunca he creído demasiado en la redención humana, pero Caniche y Zanahoria no parecían ser las mismas estúpidas que yo recordaba. Rebeca, por el contrario, continuaba siendo tan altiva como siempre.

Comenzamos la extraña visita en riguroso mutismo, con César siguiéndonos a breve distancia. De los tres, era el único que parecía relajado, olisqueando con tranquilidad el suelo y moviendo el rabo sin descanso. La luna llena iluminaba a la perfección el camino y hacía innecesario el encendido de las numerosas farolas esparcidas a lo largo de todo el recinto.

—¿Por dónde quieres que empecemos? —preguntó Rebeca, rompiendo el hielo, al cabo de unos segundos.

—Decide tú.

—Comenzamos entonces por las pistas de tenis y luego vamos al campo de golf —propuso lanzándome una mirada de refilón. Aquello empezaba a ser surrealista: yo de paseo nocturno con Rebeca Vega bajo aquel impresionante cielo estrellado—. ¿Practicas algún deporte?

—Soy más bien de ir al gimnasio… —contesté vagamente—. Aunque quizá aproveche para tomar unas cuantas clases de tenis aquí, ahora que me van a salir a buen precio —agregué en tono socarrón al tiempo que tomaba conciencia de las gigantescas dimensiones del club. Lo había analizado meticulosamente por Google Maps , pero al recorrerlo a pie daba la sensación de ser aún más grande. Sabía que los terrenos eran una concesión

administrativa otorgada por el Ayuntamiento de la ciudad, renovada hacía poco por otros treinta y cinco años más.

—Cuando quieras me dices y te concierto unas clases con alguno de los profesores.

—Las prefiero contigo —repliqué dejándome llevar por un impulso—.

Debes jugar bien, puesto que te pasas aquí media vida, ¿no? —Me divertía el hecho de que, durante un tiempo, estuviera obligada a cumplir mis deseos. Aunque no todos, por supuesto.

—Sí, claro, juego bien —admitió algo desconcertada—. Podemos programar un par de clases cuando quieras, menos los domingos, que es el único día que tengo libre dentro de la semi esclavitud a la que me has condenado… —añadió en tono rencoroso.

—¿Condenado…?

—¿De verdad te divierte todo esto?

—¿A qué te refieres exactamente? —pregunté a mi vez evitando contestar; la verdad era que me divertía y mucho.

—¡Oh, vamos!, lo sabes perfectamente. Me refiero al circo de tres pistas que has montado. A mí me amenazas con llevarme a la ruina y a Elena has conseguido que la echen del trabajo. ¿Tú sabes lo que le había costado llegar hasta ahí? —señaló tras propinar una pequeña patada rabiosa al aire

—. Y a Clara la has dejado sin novio, aunque, en ese caso, reconozco que no hay mal que por bien no venga…

—Te recomiendo que repases la tercera ley de Newton, que básicamente dice que para cada acción hay una reacción igual y en el sentido opuesto —

repliqué sin molestarme en negar ninguna de sus acusaciones.

—¡Está bien! —exclamó levantando las manos con las palmas hacia arriba, en un gesto que evidenciaba cierta rendición—. Solo espero que, si cumplo mi parte del trato, cumplas tú la tuya y nos dejes en paz a las tres…

—En lo que se refiere a ti, lo tienes firmado y por escrito.

—Lo sé, pero quiero que me des tu palabra. Y que incluyas en el trato a mis amigas.

Esperé unos segundos antes de contestar.

—De acuerdo, tienes mi palabra —declaré llevándome la mano al pecho de forma teatral—. ¿Contenta?

—¿Contenta, dices? No mucho, últimamente, pero en fin… —musitó deteniéndose para girarse hacia mí extendiendo el brazo derecho hacia adelante con la intención de estrecharme la mano. Trataba, quizá, de

afianzar de esa manera nuestro acuerdo, pues era obvio que desconfiaba de mí. Hacía bien: no entraba en mis planes respetar trato alguno con ella, la verdad.

Le apreté la diestra esbozando una sonrisa burlona, aunque no estaba preparada para el increíble chispazo eléctrico que me atravesó el brazo hasta llegar a la base de mi espalda. Era la primera vez que nos tocábamos de forma deliberada, fuera de los habituales empujones de antaño en clase de gimnasia. El contacto se extendió apenas unos instantes, tiempo suficiente para congelar la expresión de mi rostro. ¡Dios!, ¿qué me estaba pasando? ¿Como era posible que un simple roce de manos con aquella idiota me pareciese uno de los momentos más eróticos de toda mi vida?

Me obligué a recomponerme antes de continuar la visita. Rebeca se dedicó a informarme sobre el funcionamiento del club, contestando cortésmente a mis preguntas, aunque sin ocultar cierto tono de resentimiento.

Cuando, tiempo después, nos reunimos con las demás, ella se despidió con el pretexto de atender al resto de invitados. A partir de entonces, la sorprendí más de una vez observándome de lejos con gesto intrigado.

Retiraba de inmediato la vista en cuanto nuestras miradas se cruzaban, aunque no hizo amago de acercarse de nuevo para incorporarse a la conversación del extraño grupo que habíamos formado sus dos íntimas, Patri y yo. Todo fue muy raro aquella noche, la verdad.

Odiaba reconocerlo, pero me había quedado con ganas de pasar un poco más de tiempo con ella.

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