Mi enemiga y yo
Epílogo.
1 año después.
REBECA.
—Me parece increíble que haya pasado un año… —comentó Alexia con incredulidad tras dar un sorbo al sofisticado cóctel sin alcohol que le había traído en persona el mismísimo anfitrión de la, como siempre, espectacular fiesta de inicio del verano, Álvaro de la Rey.
—Un año entero —confirmé mientras saludaba de lejos con una leve inclinación de cabeza a una pareja de invitados, viejos conocidos de mis padres, que nos miraban con cierta curiosidad. Puede que estuviesen enterados de nuestra relación, pues imaginaba que, en semejante ambiente, una noticia así correría como la pólvora.
—Aunque no sé cómo me he dejado convencer para venir otra vez aquí; esto es aburridísimo. No hay más que viejos carcamales y unos cuantos niñatos estirados —se quejó con expresión resignada—. ¿Por qué no nos vamos ya…?
—¡No seas aguafiestas, Álex! Además, solo con ver la cara de terror de mi madre cada vez que nos mira, justifica con creces nuestra presencia aquí,
¿no crees?
—¡En eso llevas razón…! —contestó ella con una sonrisa perversa. Le encantaba hacerla rabiar. Lo curioso era que, en el fondo, no se llevaban mal, incluso juraría que se tenían cierto cariño por mucho que mi madre, desde que se había enterado de nuestra relación, vivía en una continua agonía por lo que pudieran llegar a pensar los demás.
—Hablando de la reina de Roma… Creo que viene hacia aquí.
—Vendrá a recordarnos que nos portemos bien —comentó Alexia dirigiendo una mirada divertida a la mencionada, que se acercaba caminando sobre el cuidadísimo césped del jardín con gesto de circunstancias.
—¡Niñas!, ¿qué tal lo estáis pasando?
—Mamá, ¡por Dios!, deja de llamarnos «niñas», que tenemos ya un porrón de años.
—Hija, ¡todo te molesta! —replicó en tono agrio mientras recolocaba confianzuda uno de los tirantes del impecable vestido de noche de Alexia
—. Deberíais iros ya a casa a descansar, que mañana os vais de viaje y
tenéis que madrugar —añadió sin conseguir disimular del todo sus ganas de hacernos desaparecer de allí cuanto antes. No se fiaba de nosotras, estaba claro, y probablemente con razón, porque el brillo travieso que de pronto reflejaban los ojos de Alexia era bastante sospechoso.
—¡Oh, no!, estamos en lo mejor de la fiesta. Aún nos quedaremos un rato más, ¿verdad, Beca?
—¡Claro! Además, todavía tenemos que bailar —agregué tratando de mantener la seriedad; la cara de espanto de mi madre empezaba a ser todo un poema.
—¿Bailar? ¡Jesús!, no os estaréis refiriendo a hacerlo juntas ¿verdad? —
preguntó ella con voz estrangulada tras echar un vistazo a la pista de baile, repleta de parejas que bailaban agarradas al compás de una música bastante empalagosa.
—¡Pues claro, Sofía! Pero tranquila, que estas sandalias de tacón no me van a permitir excederme demasiado… —apuntó Alexia aguantando la risa y siguiendo con la broma.
—¡Ni se os ocurra hacer tal cosa! —exclamó, alarmada—. ¡Pero bueno!,
¿qué queréis?, ¿que os mire todo el mundo y que a mí me dé un infarto?
—Oh, venga mami, ya te he dicho mil veces que tienes que dejar de ser tan carca. Te lo digo por tu bien…
—¡Es verdad, Sofía! Con lo joven que eres, no te pegan esas ideas tan antiguas, ¿no crees? —intervino Alexia en tono zalamero, sabiendo que el mejor piropo que podía dirigir a mi madre era llamarla «joven».
—Sí, ¡ya!, bastante es que no me hayáis matado a disgustos entre las dos
—se quejó juntado las manos en un gesto de desesperación—. En cualquier caso, de bailes en público, nada de nada; de lo contrario, dejáis en otro sitio al monstruo ese sarnoso mientras estáis de viaje, pero en mi casa, no —
añadió la muy chantajista. Hizo mal, porque si había algo que mi novia odiase por encima de todas las cosas era que alguien le dijera lo que tenía, o no, que hacer.
—¡Con lo que te quiere César, Sofía! Si se entera de que lo llamas así, te va a morder… —replicó Alexia burlonamente—. Además, ya sabes que le encanta estar en tu casa.
—Mamá, ¡mira quién está allí! ¿No son los Pérez de Quirón? —comenté señalando a un matrimonio, ya entrado en años, que deambulaba entre la gente con aire despistado—. Deberías ir a saludar… —añadí con la esperanza de terminar cuanto antes aquella conversación.
—¡Uy, sí!, son ellos. Me voy a acercar, que hace un montón de tiempo que no los veo… —dijo ella recolocándose un poco el pelo antes de encaminarse con paso pizpireto hacia la elegante pareja.
—¿Estás pensando lo mismo que yo? —preguntó Alexia dedicándome una sonrisa maquiavélica que tuvo la virtud de provocarme un hormigueo de deseo en la base del vientre.
—Me parece que sí… —sonreí a mi vez conteniendo a duras penas las ganas de besarla.
—¿Qué haríamos entonces con César?
—¿No se lo puede quedar Patri?
—No, está con Jorge en la playa y hasta el martes no vuelve a la ciudad.
¿Y Caniche y Zanahoria?
—¡Ya te he dicho mil veces que no las llames así! Cualquier día se te va a escapar el mote con ellas delante… —le recriminé propinándole un suave cachete en la mejilla—. Es mejor dejárselo a Gloria a primera hora de la mañana, mientras mi madre esté dormida.
—No sé si tu madre va a dormir mucho hoy… —reflexionó ella con humor—. Sabes que nos va a matar, ¿verdad?
—¡No te preocupes!, para cuando volvamos ya se le habrá pasado el enfado. Eso sí, más nos vale traerle un buen regalo.
—¡Las cosas que nos obliga a hacer…! —comentó Alexia con cara de sufrimiento, pues detestaba tanto bailar como llamar demasiado la atención
—. ¿Aún no nos conoce o qué?
—A ti desde luego que no —admití con una risita.
—¡De acuerdo, entonces! ¿Vamos? —propuso ofreciéndome la diestra en un gesto de lo más caballeroso, lo que provocó que mi madre, que nos vigilaba de lejos sin mucho disimulo, abriera tanto los ojos que parecían a punto de salirse de las órbitas.
—Sí, pero solo una canción; no les vaya a dar un soponcio a todos estos carcamales.
—Una canción y nos vamos —susurró acercándose peligrosamente a mi cuello y consiguiendo elevar al instante mi temperatura corporal—. Y el resto de la noche es solo nuestra…
Estreché su mano con fuerza, quizá con demasiada, pues me dirigió una mirada intrigada antes de apretar la mía con la misma intensidad. Después me sonrió.
Sí, el resto de la noche era solo nuestra.
FIN.
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Terminaste Mi enemiga y yo
VICTORIA LACACI
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