Mi enemiga y yo

VICTORIA LACACI · Capítulo 24 de 31

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Mi enemiga y yo

Capítulo 24.

ALEXIA.

—¿De verdad te tienes que ir tan pronto?

El paraíso debía ser algo muy parecido a aquello: Rebeca y yo tumbadas en el sofá de mi casa mientras ella me acariciaba suavemente el cuero cabelludo y terminábamos de ver un reportaje sobre los tesoros descubiertos en la tumba del faraón Tutankamón. Yo me identificaba por completo con la sensación de euforia que revelaba el rostro de Howard Carter, el famoso arqueólogo, cada vez que miraba sonriente a la cámara.

—De verdad —musitó Rebeca recolocando el cuerpo hasta terminar por posar la cabeza sobre el hueco de mi hombro, en un gesto que solía hacer con frecuencia—. Mi madre lleva todo el día enviándome mensajes y recordándome que llegue pronto a casa para emperifollarme…

—¿Pero qué fiesta es esa a la que tienes que ir…?

Recordaba que me había mencionado algo al respecto, pero sin ser demasiado pródiga en detalles, pues a pesar de que llevábamos tres semanas viéndonos prácticamente todos los días, mi escurridiza acompañante seguía siendo reservada conmigo en todo aquello que tuviera que ver con su madre, familiares y amigos.

—Una que organizan unos íntimos amigos de mi madre. Le he prometido que le acompañaría, y si no voy, revienta… —Hubo algo en su tono de voz que de pronto me inquietó, aunque no sabría decir por qué, la verdad; quizá fuese la velocidad con la que habló, como si quisiera explicarse para cambiar de tema enseguida—. ¿Y tú?, ¿dónde vas a ir esta noche con Patri?, ¡cuéntame! —inquirió a su vez besándome en el cuello y consiguiendo disipar mi extraña sensación.

—Ya te conté… Vamos a una especie de fiesta organizada por uno de los principales accionistas de ScarCompany. Un tipo simpático, aunque, si te digo la verdad, me da una pereza ir que no veas…

—¡Pues estamos en las mismas! —exclamó resignada antes de incorporarse y subir los brazos para estirar la espalda.

—¿Qué haces mañana…? —pregunté con cautela. Nuestra relación evolucionaba con la fluidez de un río en pleno deshielo, pero yo aún no conseguía sacarme de encima ese pequeño recelo que me advertía de su

posible eventualidad. Empezaba a comprender que Rebeca Vega era sumamente adictiva, al menos para mí.

—No lo sé. Si me dejas dormir un poco, hacemos lo que quieras… —

respondió dedicándome una sonrisa que consiguió erizarme los vellos de la nuca—. Todo menos que me lleves de nuevo a la montaña esa del infierno, no creo que mañana estemos para muchos trotes…

—La próxima vez empezarás a cogerle el gustillo, ya verás —vaticiné considerando que Rebeca no parecía ya tan reacia a hablar de planes de futuro conmigo, aunque fueran tan sencillos como aquel.

—Umm… No lo tengo claro —murmuró acercándose hasta atrapar mi boca con la suya, en un beso que alargamos durante unos segundos antes de separarnos—. Ahora sí que me tengo que ir… —anunció tras echar un rápido vistazo a su reloj de pulsera.

La acompañé a la puerta empezando a echarla ya de menos. Ella me besó de nuevo antes de marcharse, dejándome pensativa y con pocas ganas de hacer nada. Fue entonces cuando mi móvil sonó en algún rincón de la casa y me lancé a buscarlo con una sonrisa pensando que podría ser ella, pero no, era Patri. Descolgué el aparato sintiéndome un poco idiota.

—Patri, dime.

—Lexi…

—¿Te estás arreglando ya? —Sabía que mi amiga tenía un protocolo para peinarse, vestirse y maquillarse mucho más complejo y extenso que el mío.

—¡Qué va!, me encuentro fatal… Creo que tengo gastroenteritis o algo así —musitó en tono quejicoso—. ¿Ves?, me pasa por ir a comer a un sitio de esos modernitos de los que te gustan…

—¿Y la fiesta…? —pregunté temiéndome lo peor y obviando su comentario sobre mis gustos culinarios.

—Imposible que vaya así, me pasaría media noche en el cuarto de baño, pero podrías ir tú por las dos…

—¿Yo sola?, ¿estás loca…?

—Oh, vamos, ¡no seas sosa! Es la fiesta más in de toda la ciudad, todo el mundo que es alguien va a estar allí.

—No tengo interés en ser alguien en el sentido en el que lo dices —

repliqué empezando a pensar que, en el fondo, aquella gastroenteritis podría ser un golpe de suerte para mí; el empeño de mi amiga constituía el único motivo por el que, en su momento, había aceptado la invitación.

—Oh, vamos, ¡Alexia…! Te recuerdo que nos ha invitado personalmente el propio anfitrión, uno de nuestros principales accionistas —comentó con voz persuasiva—. Pásate un rato, echas un vistazo y mañana me cuentas todo con pelos y señales…

—No sé, Patri, me da cosa ir sola. ¿Y si llego y nadie me habla? No conozco a casi nadie…

—No te preocupes, apuesto a que habrá muchas personas que querrán hablar contigo; lo único malo es que serán todo tíos —declaró antes de soltar una risita divertida—. Además, estará lleno de peces gordos y empresarios, no está de más que los conozcas, ¿no crees? —agregó en un tono más serio y apelando a lo único que, en verdad, me podría convencer.

Nos convenía cultivar relaciones con ese tipo de gente.

—De acuerdo, me pasaré un rato —claudiqué con resignación—.

Aunque me podías prestar a uno de tus novios para que me acompañe, ¿no?

—No puedo. Jorge tiene una cena de empresa y Charlie está aquí conmigo, cuidándome.

—Me sigue sorprendiendo cómo diablos consigues mantener la paz entre esos dos…

—Pues más me sorprende a mí que sigas liada con esa mala pécora de Rebeca.

—Bueno, ¡tengamos la fiesta en paz!

—¡Tengámosla en paz, sí!, y hazme una videollamada antes de salir, que quiero ver cómo te queda el vestido ese que encargamos el otro día…

Me quedé un buen rato tumbada en el sofá en actitud meditabunda, con César dormitando bajo mis pies, hasta que me levanté con desgana para comenzar a arreglarme.

¡Qué pereza, por Dios!

REBECA.

La fiesta era, si cabe, más fastuosa que la de años anteriores. El espectacular palacete donde se celebraba acogía a los casi trescientos invitados, primorosamente escogidos entre el mundo de la política, el arte y la economía, que se diseminaban por el amplio jardín como fichas de un extraño dominó, pues todos, siguiendo una estricta etiqueta de protocolo, vestían exclusivamente de blanco y negro. El matrimonio organizador del evento, amigos de mis padres desde tiempo inmemoriales y poseedores de

una inmensa fortuna, paseaban por separado repartiendo besos y apretones de mano en su papel de excelentes anfitriones, sabedores de que, al día siguiente, lo que ocurriera allí sería fuente de todo tipo de comentarios, cotilleos, críticas y halagos.

—Ven, vamos a pedir una copa —propuse a Diego agarrándolo con suavidad del brazo.

No había sido difícil que me acompañara; al contrario, me había bastado un simple wasap para que el chico aceptara mi propuesta encantado. Lo miré de reojo mientras nos dirigíamos a una de las barras atendida por ceremoniosos camareros vestidos de esmoquin. Debía reconocer que estaba especialmente atractivo, con su traje recién estrenado, su cabello moreno peinado a un lado y su resplandeciente sonrisa. A mi madre le iba a dar un ataque de alegría en cuanto me viera con él, eso seguro, y más aún si se enteraba de que mi amable acompañante era arquitecto; siempre me ha sorprendido que las madres miren con tan buenos ojos a médicos, ingenieros y arquitectos. Recé para que la mía estuviera suficientemente entretenida con sus amistades y no le diera por venir a indagar sobre el que, sin duda alguna, consideraría como mi novio. De pronto me sentí como una farsante. ¿De verdad tenía la necesidad de ir acompañada por un hombre?

Sabía que era lo que, en cierto sentido, la gente que me conocía y con la que me tropezaría aquella noche esperaba de mí, aunque no era estrictamente necesario, la verdad. Podría haber ido acompañada de Elena, por ejemplo, o incluso de… ¿Alexia? ¡No!, imposible. Intuía que lo nuestro se vería como algo evidente a los ojos de los demás. Me quité una pequeña arruga del impecable vestido negro que me había dejado Clara para la ocasión mientras reflexionaba sobre ello hasta que decidí apartar a Alexia de mis pensamientos, al menos por esa noche.

—Un whisky con hielo, por favor… —pidió Diego dirigiéndose al barman—. ¿Tú qué quieres? —preguntó a continuación girándose hacia mí.

—Un vino blanco, por favor —contesté obligándome a salir de mi ensimismamiento y dedicándole una amplia sonrisa.

Deseaba hacerle la velada agradable, ya que había tenido la amabilidad de acompañarme, así que lo integré en un pequeño círculo de viejos conocidos míos mientras comentábamos por lo bajo cada vez que nos cruzábamos con un político, un artista de éxito o un personaje del papel couché. Tuve la suerte de que mi madre se contentó con acercarse a saludar, y poco más, antes de volver con su grupo de amigos. Eso sí, no me pasó

inadvertida la mirada de aprobación que me dirigió cuando le presenté a Diego. Ya debía de estar imaginándose nuestra boda o algo por el estilo. De nuevo me sentí como una impostora. El chico era un encanto, para qué negarlo, y en otro momento no me hubiese importado responder al evidente coqueteo que se traía conmigo, pero la presencia de Alexia en mi vida era demasiado poderosa como para fijarme en otra persona. ¡Dios!, ¿cuánto tiempo me duraría aquel enganche tan raro que sentía hacia ella? Antes pensaba que sería cosa de dejarme llevar unas cuantas veces, pero tras unas semanas inmersas en aquella especie de yo qué sé qué, ya no tenía las ideas tan claras. ¿Por qué tenía que ser todo tan complicado? Aún no entendía cómo diablos me había metido en aquel embrollo.

—¿Quieres bailar? —preguntó Diego en un momento dado de la noche, tras acercarse a mí con una sonrisa conquistadora.

La orquesta tocaba, a golpe de violín, melodías de Beyoncé y Adele, y numerosas parejas danzaban en la pista de baile ubicada en mitad del jardín bajo la suave luz de una luna en estado creciente.

—¡Claro! —respondí disimulando mi escaso entusiasmo por su propuesta.

Detestaba bailar en pareja, la verdad, pero me pareció de malísima educación darle una negativa por respuesta. Por fortuna, el chico parecía saber lo que se hacía, pues desde el momento en el que nos mezclamos con el resto de bailarines, marcó el compás con absoluta eficiencia. Sus manos me agarraban por la cintura y su aliento, con un ligero olor a whisky del caro, me acariciaba con suavidad la mejilla. Apenas llevábamos un par de minutos bailando cuando depositó un beso, nada fraternal, por cierto, en el nacimiento de mi oreja derecha. Sentí el impulso de alejarme de inmediato, pero por algún extraño motivo no lo hice. Esperé a que terminara la pieza antes de separarme y proponer ir a tomar algo. Debía andarme con ojo el resto de la noche y establecer ciertas distancias. Él aceptó con un gesto de decepción en el rostro, pero enseguida me tomó de la mano con decisión y tiró de mí hacía la zona en la que servían el catering.

Fue entonces cuando mi imaginación, o quizá el vino blanco que me había bebido, me jugó una mala pasada, pues me pareció que la chica que me observaba con gesto sombrío, a apenas unos metros de distancia, era igualita que Alexia. Parpadeé nerviosa tratando de controlar a un corazón al borde de la taquicardia. No podía ser ella, por supuesto, pero… ¡Dios, lo era! Vestía un impresionante vestido blanco de alta costura y estaba

agarrada del brazo del mismísimo Álvaro de la Rey, el anfitrión de la fiesta, que charlaba con ella aparentemente encantado con su compañía. ¿Qué hacía Alexia allí?, ¿acaso su fiesta era mi fiesta? ¿Desde cuándo el Diablo se entretenía en prepararme semejantes encerronas?

Enseguida comprendí que la mirada de Alexia estaba fija en la mano que yo tenía enlazada con Diego. Me solté con brusquedad, como si me acabase de quemar con un hierro al rojo vivo, provocando que el chico se girara hacia mí con cara de sorpresa. Todo sucedió en apenas un par de segundos, aunque a mí me pareció una eternidad.

—Rebeca, ¡querida!, ¿cómo estás? —me saludó el ilustre anfitrión plantándome un beso afectuoso en cada mejilla—. Cada día te pareces más a tu madre…

—¿Como estás tú? —saludé a mi vez, todavía aturdida por la sorpresa

—. ¡Bonita fiesta! —añadí tratando de dar cierta normalidad a la situación.

Me sentía como un delincuente al que acaban de pillar in fraganti cometiendo una fechoría.

—Hola, Rebeca —saludó Alexia en tono gélido tras dedicar una mirada inquisitiva a Diego.

—¡Hola!, no sabía que estabas invitada —contesté tontamente, soltando lo primero que me vino a la cabeza y sin poder apartar los ojos de ella.

Estaba sencillamente espectacular. Su ondulado y oscuro cabello contrastaba con el color del vestido que llevaba, y la fina cicatriz que marcaba su rostro le otorgaba un aire temerario y seductor que atraía como un imán las miradas ajenas.

—Alexia y yo tenemos negocios juntos… y creo que tendremos aún más en un futuro —aclaró Álvaro con una sonrisa de satisfacción. Ahora entendía la presencia de Alexia allí. Además, no había cosa que más le gustara a De la Rey que rodearse de mujeres bellas—. Lo que no sabía es que os conocierais —agregó el hombre, intrigado, mirándonos a ambas de forma alternativa.

—Sí, nos conocemos… —repuso Alexia sin molestarse en explicar exactamente de qué.

Me pregunté qué estaría pasando por su cabeza tras haberme visto de la mano de mi acompañante. Por la expresión de su cara, distante e inexpresiva, nada bueno, eso seguro.

—Por cierto, soy Diego. Encantado… —intervino el chico, saludando a continuación a los recién llegados con un formal apretón de manos. Debía

estar algo incómodo ante mi pasividad a la hora de presentarle.

—Bueno, si me disculpáis, voy a continuar enseñando a esta encantadora señorita mi casa —declaró el siempre galante De La Rey, sujetando a Alexia de un brazo con la intención de continuar el paseo.—. Espero que os divirtáis… —añadió con una sonrisa cortés.

Observé cómo se alejaban mientras me invadía un espantoso presentimiento.

—¿Quién es esa chica…? —curioseó Diego con ese tono de voz que utilizan los hombres cuando les gusta una mujer.

—Una antigua compañera de colegio —respondí con fastidio y sin faltar del todo a la verdad.

A continuación, me obligué a reaccionar y a salir del aturdimiento que me había provocado el desconcertante encuentro. Nos dirigimos de nuevo hacia el grupo de conocidos con los que habíamos departido con anterioridad, aunque, a partir de ahí, fingí divertirme y seguir la conversación de los demás al mismo tiempo que buscaba con la mirada a Alexia, que parecía moverse en la fiesta como pez en el agua. Hablaba y sonreía de forma desenvuelta con unos y con otros, sobre todo con hombres, que parecían acudir a su lado como leones en busca de la nueva hembra de la manada. Yo empezaba a sentir dolor en el estómago, el cóctel que estaba bebiendo me sabía cada vez más amargo y tenía ganas de asesinar a alguien. Me costó un rato entender lo que me pasaba; ¡lo que me faltaba!, ahora, encima, tenía celos.

Terminé mi copa de un trago, tratando de anestesiar el batiburrillo de sensaciones en el que me encontraba inmersa. Aún no me creía del todo que ella estuviera allí, codeándose con gente que en el fondo desdeñaba, divirtiéndose e ignorando mi presencia por completo, pues desde el breve saludo que habíamos intercambiado, no se dignó a dirigirme ni una mísera mirada.

Cuando, más adelante y ya bien entrada la noche, observé que se despedía de los anfitriones con la intención de retirarse, me disculpé con Diego antes de seguirla camino al ancho portón de acero que separaba el jardín de la vía pública.

—Alexia, ¡espera! —grité acelerando el paso todo lo que me permitían los incomodísimos zapatos de tacón que calzaba.

Ella se dio media vuelta con gesto inescrutable, a la espera de que la alcanzara. No dijo nada, simplemente me clavó una mirada helada que me

hizo estremecer a pesar de la cálida temperatura ambiental.

—¿Te vas ya…? —pregunté, tratando de ganar algo de tiempo, mientras decidía qué hacer a continuación.

—Sí, me voy —afirmó con rotundidad.

Parecía enfadada, y no había que ser muy lista para imaginarse la razón.

Quizá fuese mejor coger el toro por los cuernos y dejarme de rodeos.

—Escucha, si te ha molestado lo de Diego, simplemente me ha acompañado, nada más…

— Te ha acompañado… —repitió en tono mordaz—. Creía que eras tú quien debía acompañar a tu madre, o al menos eso dijiste.

—Bueno, sí. Quiero decir, no. Al final decidí venir con alguien más —

expliqué haciéndome un lio con las palabras y tratando de justificarme de alguna manera.

Me observó con una expresión de profunda decepción que me hizo sentir fatal.

—Si te digo la verdad, me empieza a dar cierta pereza todo esto… —

declaró, por fin, meneando ligeramente la cabeza en señal de negación

—¿El qué, exactamente? —pregunté sorprendida y, para qué negarlo, ligeramente ofendida. No estaba acostumbrada a que me tratara con semejante desdén, al menos durante los últimos tiempos.

—Todo… Creo que ni siquiera quiero saber qué hacías de la mano de ese chico o por qué te besaba mientras bailabais.

¡Ostras, qué mala suerte!, también se había percatado de lo del beso.

—Ese beso ha sido de lo más inesperado, en serio y…

—No, por favor, ¡no me expliques nada! No es necesario —me interrumpió mostrando las palmas de las manos en un significativo gesto—.

Y ahora, si no te importa, me voy a casa, que estoy cansada… —añadió girando el cuerpo y encaminándose de nuevo a la salida.

—Espera, ¡espera! —Avancé con un par de rápidas zancadas hasta bloquearle el paso—. No te vayas así, por favor.

—Así, ¿cómo?

—Así de enfadada…

—Tranquila, que no me enfado —replicó en un tono que desmentía por completo sus palabras.

—Oh, vamos, Alexia…, ¿qué esperabas? —pregunté, intentando de nuevo justificarme—. Sabes perfectamente que tú y yo no estamos saliendo y que somos libres de hacer lo que nos venga en gana. No soy tu novia…

Había llegado el momento de hablar a las claras sobre la realidad de nuestra relación. Aún así, mis palabras sonaron huecas, superficiales y carentes de sentido.

—Aclarado el asunto. ¿Algo más?

—Supongo que no… —musité sin saber muy bien qué más decir. Su frialdad me descolocaba. Deseaba que me dedicara una de sus burlonas sonrisas y que, de alguna manera, me indicara que todo seguiría igual que antes entre nosotras, pero sospechaba que no era así.

—Creo que lo mejor sería dejarlo aquí —sentenció tras permanecer unos segundos en silencio jugueteando con las llaves de su coche.

—¿A qué te refieres? —Lo sabía de sobra, pero una parte de mí se negaba a asumir lo que, obviamente, quería decir.

—A que prefiero no volver a verte.

Me sorprendió la rotundidad con la que se pronunció, como si no tuviera la más mínima duda de su decisión.

—Estás sacando las cosas de quicio, ¿no crees?

—No, no lo creo. Simplemente no me apetece continuar jugando con niñatas caprichosas con ganas de marcha que viven de cara a la galería y que hacen de la hipocresía su forma de vida.

—¿Qué?, ¿cómo has dicho…? —balbuceé con incredulidad.

¿De verdad me había llamado niñata y no sé qué más? Inspiré un par de veces, tratando de no dejarme invadir por la ira, o quizá era vergüenza, que empezaba a experimentar y amenazaba con salir de mi interior.

—Lo que has oído —replicó con no poca arrogancia—. Y ahora te dejo con tu ligue, o con lo que sea, pero conmigo no cuentes para seguir llevando esa especie de doble vida que tanto te gusta.

—¿Doble vida?, pero ¿qué dices…? —pregunté un tanto estúpidamente, pues ella ya no me escuchaba; se había dado media vuelta y se alejaba con paso apresurado.

Estuve a punto de ir tras ella, pero algo me lo impidió, probablemente mi sentido común, pues ¿qué podría hacer?, ¿rogarle para que siguiera siendo mi amante?, ¿era eso lo que quería? ¡Dios!, ¿desde cuándo me encontraba inmersa en esa especie de colapso emocional que me impedía pensar con lucidez?

La seguí con la mirada hasta que desapareció escoltada por uno de los vigilantes que custodiaban la entrada y que, probablemente, la acompañó hasta su coche. Después regresé junto a Diego y el resto del grupo. Tenía la

garganta seca y sentía, curiosamente, las pulsaciones más lentas de lo normal, como si a mi corazón le costase funcionar a su ritmo habitual.

Quise beber tratando de olvidar lo acontecido durante la noche, pero en cuanto di un par de sorbos de mi copa comprendí que ni siquiera el alcohol conseguiría mitigar aquella extraña sensación de pérdida que experimentaba.

ALEXIA.

Arranqué el coche apretando con fuerza el acelerador y salí del aparcamiento de un violento tirón que dejó al amable vigilante que me había acompañado algo sorprendido. De inmediato me controlé y reduje la velocidad. Nunca me había dejado llevar por arrebatos pasionales y no iba a empezar a hacerlo entonces. Ni siquiera por ella. Traté de tranquilizarme mientras serpenteaba por las intrincadas calles de aquella compleja urbanización en busca de la salida. Me sentía otra vez dominada por esa extraña furia contra el mundo que en el pasado había motivado gran parte de mis actos. ¿De verdad había sido tan ingenua como para pensar que Rebeca era algo parecido a una novia…? La imagen en la que ella agarraba de la mano al tal Diego mientras tonteaba descaradamente con él me seguía golpeando con tanta fuerza que me costaba respirar con normalidad, aunque peor todavía era recordar aquel significativo e íntimo beso sobre la pista de baile. Por un momento me pregunté si también se estarían acostando, llegando a la inmediata conclusión de que probablemente sí. Un puñal clavado en el pecho me hubiese causado menos dolor, la verdad.

Empecé a ver borroso y conecté los limpiaparabrisas. Me llevó unos segundos entender que no era la lluvia lo que nublaba mi vista, sino unas lágrimas que brotaban tímidamente de mis ojos. Me avergoncé de mi propia debilidad y apreté con rabia el volante hasta que los nudillos se quedaron prácticamente blancos. Me sentía como una auténtica idiota, pues no era Rebeca quien había tratado de cambiar las reglas de un juego perfectamente delimitado desde un primer momento, sino yo.

Retiré el coche a un lado de la calzada con los cuatro intermitentes encendidos a la espera de poder recomponerme un poco. Solo me faltaba tener un accidente por culpa de aquella imbécil. Cerré los ojos y me obligué a inspirar y espirar con profundidad durante unos minutos, relajando los hombros y tratando de dejar la mente en blanco tal y como nos enseñaba la

profesora de yoga en aquellas aburridísimas clases a las que Patri conseguía arrastrarme de tanto en cuando.

Me reincorporé de nuevo al tráfico sintiéndome igual de mal que antes, pero al menos había dejado de ser un peligro público al volante. Conduje la última parte del trayecto hasta llegar a casa con el cerebro funcionando a una velocidad de vértigo, analizando el asunto desde todos los puntos de vista y calculando las probabilidades de todo lo que podía, o no, ocurrir a partir de entonces con Rebeca. Reconozco que mi primer impulso fue destruirla, arruinarla y quitarle todo aquello que le importara, pero enseguida me avergoncé de tan vengativa idea. La quería demasiado como para causarle daño, aunque la martirizante imagen de aquel chico, besándola y agarrando su mano de forma amorosa, me hiciera fibrilar. Era obvio que jamás me daría lo que yo quería, por lo que más me valía olvidarme hasta de su nombre y seguir mi camino.

Entré en el garaje con el estómago encogido y la moral por los suelos.

Comprendí entonces lo que debió sentir Ícaro al desplomarse en caída libre antes de chocar contra el mar de un apoteósico bofetón.

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