Mi enemiga y yo
Capítulo 13.
REBECA.
Me estiré con pereza en la tumbona mientras comprobaba la hora en mi reloj de pulsera. Las cuatro de la tarde y aún no tenía noticias de Alexia.
Seguramente estaría aún reunida con no sé quién hasta que le diera por aparecer y amargarme la vida. Lo bueno era que había pasado una mañana de auténtico relax, comiendo en el fabuloso restaurante del hotel y abandonándome a la placentera sensación de tumbarme en la casi desértica playa mientras escuchaba el sonido reconfortante del mar. Me pregunté si se habría enterado ya de la historia del cava. Esperaba que no; empezaba a arrepentirme de aquello, aunque ahora ya no tenía remedio.
Bostecé considerando la posibilidad de darme un chapuzón en el mar. El calor invitaba a ello, pero el agua, a principios del mes de junio, todavía estaba fría para mi gusto. Un movimiento a mi derecha llamó de inmediato mi atención. Se trataba de Alexia, que se acercaba paseando sobre la arena vestida con un bikini y unos shorts. Llevaba una toalla del hotel en la mano.
Aproveché que las gafas de sol ocultaban la dirección de mi mirada y la observé con detenimiento. Sus movimientos revelaban la confianza de quien se enorgullece de su propio cuerpo. Tenía hombros bien marcados y cadera estrecha, con unos abdominales definidos que acentuaban su sex-appeal. ¡Un momento!, ¿desde cuándo me parecía que Alexia era sexy?
Disgustada conmigo misma, me obligué a apartar la vista de ella para fijarla en el mar hasta que tomó asiento en la hamaca contigua a la mía.
—¿Qué tal…? —saludó en un tono de voz algo más amable que el del día anterior. Parecía relajada y satisfecha con la vida; era obvio que sus negociaciones debían haber sido prolíficas.
—Bien, ¿y tú? ¿Has terminado por hoy?
—Sí, he terminado todo lo que vine a hacer… —aclaró estirando los brazos hacia atrás e inspirando con profundidad. Su presencia, de pronto, me hacía sentir incómoda e insegura.
Permanecimos un rato sin intercambiar palabra, observando distraídamente las torpes maniobras que hacía en el mar una pareja en el pequeño catamarán que el hotel ponía a disposición de sus huéspedes.
—¿Quieres dar una vuelta…? —propuso una vez que la esforzada pareja consiguió llegar a la orilla y dejar la embarcación en manos del socorrista
del hotel.
—¿Sabes manejarlo? —pregunté con desconfianza. No me apetecía proporcionar el mismo espectáculo que había dado la parejita, la verdad.
—Claro que sí, ¡vamos! —dijo levantándose de un salto para dirigirse con decisión hacia el socorrista. Nunca me habían gustado demasiado las embarcaciones, sobre todo porque me mareaba a las primeras de cambio, pero como no parecía tener opción a negarme, la seguí de mala gana.
Nos costó un buen rato salir y encaminarnos mar adentro, pues manejar aquel trasto no era tarea fácil a pesar de que Alexia parecía saber lo que se hacía. Cuando conseguimos alcanzar cierta velocidad, el viento nos azotó el rostro, salpicándonos de gotas saladas. Yo me sujetaba con fuerza a las agarraderas situadas a ambos extremos del catamarán mientras Alexia manejaba la aparatosa vela cambiando de rumbo en función de la dirección del viento. Comencé a relajarme y a disfrutar del paseo. Pudiera ser que, al fin y al cabo, no estuviera mal del todo. En un momento dado me solté del asidero, confiada, con la intención de cambiar de postura, pero un abrupto cambio de rumbo me hizo salir volando por encima de la embarcación hasta caer al mar con violencia. La frialdad del agua me dejó casi sin respiración.
Pateé con fuerza para salir a la superficie, tranquilizándome al comprobar que el catamarán disminuía la velocidad.
—¿Qué ha pasado? —grité escupiendo agua y todavía aturdida por el golpe.
—¿No has escuchado al socorrista decir que había que agarrarse todo el rato? —gritó a su vez Alexia, dando vueltas en semicírculo a mi alrededor, aunque guardando cierta distancia.
—¡Acércate para que me suba!
La situación me empezaba a agobiar. Era buena nadadora, pero la orilla estaba lejos y me espantaba nadar con un abismo a mis pies en el que proliferaban todo tipo de criaturas viscosas. Además, el agua estaba helada.
—¡Mejor te espero en la orilla, así haces ejercicio!
¡Sería hija de…!
Se alejó sin añadir palabra, dejando claro que no se trataba de una broma. Permanecí unos segundos soltando todo tipo de exabruptos, oteando hacia la orilla para calcular la distancia que tendría que atravesar a nado, hasta que comencé a bracear resignada. De vez en cuando buscaba al catamarán con la mirada. No se alejaba demasiado. Probablemente aquella
estúpida me vigilaba por si necesitaba auxilio, pero no le iba a dar el gustazo de pedírselo.
Aquello me lo iba a pagar, desde luego. Me daba igual con lo que aquella especie de delincuente rencorosa me pudiera amenazar porque le iba a romper la cara. Tal cual.
Tardé media hora en nadar hasta la playa, estremeciéndome de frío y de asco cada vez que las repelentes algas, porque prefería pensar que eran algas, rozaban mis piernas. Llegué a la orilla con la respiración acelerada, los ojos escocidos y un cabreo de campeonato. Alexia ya había terminado de inmovilizar el catamarán en la arena con la ayuda del sorprendido socorrista, que nos miraba extrañado de que hubiésemos llegado por separado. Después fue a recoger su toalla sin esperarme. Yo me acerqué a mi tumbona tratando de aparentar calma, aunque por dentro echara humo y el fuego de la venganza fluyera por mis venas. No tuve oportunidad de cruzar palabra con ella, puesto que se dirigió hacia el hotel tras dirigirme un gesto burlón de despedida. Recogí mis cosas y la seguí de lejos.
ALEXIA.
Entré en la suite riéndome por lo bajo. La cara de furia de Rebeca, saliendo del mar y buscándome con pinta de querer asesinarme, era digna de enmarcar. No tenía previsto tirarla al agua, pero cuando vi que se soltaba de las agarraderas no me pude resistir a la tentación de mover el timón hasta conseguir que saliera volando por encima de la cubierta. Ni siquiera se trató de una decisión consciente, más bien fue un impulso imposible de controlar.
Además, poco me parecía para el estratosférico cargo que el hotel me había hecho en cuenta por un encargo de cava ordenado por mi asistente personal. Era sorprendente que todavía le quedasen ganas de intentar chulearme. ¡Insensata!
Me puse con rapidez una camiseta mientras contaba mentalmente los segundos que tardaría Rebeca en aparecer por allí: ciento veintidós, ciento veintitrés, ciento veinticuatro… ¿Y si no venía? Conté ciento veintiséis cuando escuché que alguien aporreaba la puerta sin demasiada delicadeza.
Abrí apartándome con prudencia hacia un lado. Hice bien, pues entró como un toro en busca de un capote rojo.
—Pero bueno, ¿tú de qué vas…? —bramó tras propinarme un empujón a la altura de los hombros.
El rictus de su cara evidenciaba que la adrenalina corría incontrolada por su cuerpo y sus ojos, rojos por el agua salada, destilaban puro veneno. Por un instante consideré que, quizá, me había pasado un poco.
—Está bien, ¡tranquila!, tampoco ha sido para tanto… —repliqué dando un par de pasos hacia atrás para dejar que el aire corriera entre nosotras. Por si acaso.
—¿Qué no ha sido para tanto?
Me miró con gesto incrédulo, como si de pronto no supiera qué hacer o decir. Cuando habló de nuevo, lo hizo utilizando un tono de voz sensiblemente más bajo, pero mordaz.
—¿Sabes? Estoy empezando a cansarme de este juego, Cara rota.
—¿Qué me has llamado…?
— Cara rota — repitió, haciendo especial énfasis en la segunda palabra, mirándome en actitud desafiante.
Sentí que retrocedíamos al pasado, a aquel día en el gimnasio del colegio en el que me tembló la mano y acabé besando el suelo tras perder el sentido. Solo faltaban las demás chicas, cuchicheando a nuestro alrededor a la espera de que empezara el drama.
Nunca supe quién fue la primera que levantó las manos hacia arriba y separó las piernas en posición de guardia, aunque, al principio, ninguna de las dos se decidió a ejecutar movimiento alguno, tan solo nos miramos con gesto sombrío. Ella estaba increíblemente guapa, vestida tan solo con el bikini y con el pelo mojado cayendo despeinado a ambos lados de la cara.
Me esforcé en no bajar la mirada hasta sus pechos, pues no era el mejor momento para distraerme, la verdad.
Presentí el golpe antes siquiera de que lo lanzara. Lo esquivé sin problemas, amagando con devolverlo y consiguiendo que perdiera un poco el equilibrio. Aproveché para agarrarla y tirarla al suelo de un único movimiento que apenas duró un segundo. Después me senté sobre su estómago e inmovilicé sus brazos hacía atrás mientras ella forcejeaba para librarse de mi peso. Mi corazón estaba desbocado y el roce de su cuerpo semidesnudo contra el mío exacerbaba mis sentidos. Nuestras caras quedaron a escasa distancia y pude ver con claridad cómo sus pupilas se dilataban mientras su pecho subía y bajaba al mismo ritmo que su respiración entrecortada. De pronto fui consciente de la surrealista escena que estábamos protagonizando y un atisbo de cordura me obligó a exclamar:
—¡Basta!
Se detuvo de inmediato, no sé si por la autoridad con la que me expresé o porque tomó consciencia de la indecorosa postura en la que nos encontrábamos. Olía increíblemente bien, con un aroma mezcla de mar, sal y olor corporal que me impulsó a acortar de manera inconsciente un par de centímetros la distancia que nos separaba. Creo que nunca había deseado besar tanto a alguien como en aquel preciso instante, pero el miedo al rechazo y, por qué no decirlo, al ridículo más espantoso, me detuvo. Eché mano de la sensatez que aún conservaba en algún rincón de mi cerebro para alejarme con lentitud hacia atrás y soltar mis manos de sus muñecas, aunque no me pude resistir a rozarle brevemente la barbilla, en un gesto que podría ser considerado como casual, pero también como una caricia en toda regla.
¡Santo cielo! No podía permitir que se me fuera tanto la cabeza. Tenía que recuperar mi buen juicio y cuanto antes, mejor. Me levanté bajo la atenta mirada de Rebeca, que tenía una expresión en el rostro de total desconcierto, como si no supiera cómo calificar el confuso momento que acabábamos de vivir.
Le ofrecí la mano y tiré de ella con fuerza hasta alzarla en posición vertical. Pensé en decir algo original para romper el espantoso hielo que flotaba en el ambiente, pero, por una vez, no se me ocurría nada. Ella se agachó para recoger su bolso y se dirigió a la puerta sin abrir la boca, aunque pareció pensarlo mejor y acabó por decir algo que me descolocó por completo:
—Perdona…
—¿Por qué exactamente?
—Por aquel puñetazo de hace tantos años —musitó tras considerarlo durante unos segundos—. Sé que tú te contuviste.
¡Vaya!, eso no me lo esperaba, la verdad, sobre todo porque sus palabras me parecieron sinceras. No dije nada. Me limité a contemplarla mientras abandonaba la suite.
Estuve un buen rato analizando lo ocurrido desde todos los ángulos posibles. Rebeca era una auténtica incógnita. Primero quería pegarme y después me pedía perdón. ¿Qué diablos era aquello? Quizá debería seguir el consejo de Patri y olvidarme de ella para siempre. Probablemente fuese lo más prudente, aunque, ¿desde cuándo la prudencia formaba parte de mis virtudes?
Cogí mi móvil y busqué el número de Rebeca. Le escribí un mensaje, pero lo borré de inmediato. Lo volví a escribir, pero en esta ocasión lo envié. Decía:
«Te invito a cenar».
Tardó un buen rato en leerlo, aunque para entonces ya me había arrepentido de mi absurda proposición. De pronto sentía vergüenza. Una vergüenza espantosa, por cierto... Me estaba comportando como una maldita colegiala. Leí su contestación con el corazón revolucionado.
Rebeca:
«¿Es una invitación normal o es que me quieres envenenar?»
Sonreí divertida por su respuesta y me lo pensé unos segundos antes de escribir:
«Es una invitación que forma parte de la tregua que te ofrezco para el resto del día».
Rebeca:
«En ese caso, sí».
Yo:
«¿Quedamos a las nueve en el restaurante del hotel?»
Rebeca:
«Allí nos vemos».
Bloqueé el móvil y salí a la terraza a contemplar el mar. Reflexioné largo rato hasta que tomé una decisión. Cenaría con Rebeca educadamente y al día siguiente, ya en Madrid, le comunicaría que nuestro acuerdo había llegado a su fin. Vendería mi parte del club y yo seguiría mi camino y ella el suyo.
Eso era lo más sensato, aunque la idea de no volver a verla me pareció, de pronto, deprimente, lo que me hizo poner en cuarentena mi resolución.
REBECA.
Observé mi imagen en el espejo hasta que una mueca de satisfacción iluminó inconscientemente mi rostro. El suave bronceado adquirido en la playa hacía innecesario el maquillaje y el pelo, cepillado a conciencia hasta dejarlo brillante y lustroso, caía sobre mis hombros semidesnudos y conjugaba a la perfección con el conjunto de pantalón ancho y blusa de tirantes que había elegido de entre las pocas prendas que llevaba en mi equipaje.
Me pregunté por qué me tomaba tantas molestias para estar presentable; tan solo se trataba de una simple cena. De inmediato, mi mente retornó al extraño episodio que habíamos protagonizado en su habitación. Para empezar, ¿cómo demonios me había lanzado al suelo con tanta facilidad, inmovilizándome sin apenas despeinarse? Mis años de taekwondo no me habían servido de mucho, desde luego, aunque no era eso lo que me preocupaba, sino lo que había sucedido después, con ella sentada sobre mi estómago, mirándome de aquella forma tan intensa, como si… ¿Como si qué? Ni siquiera sabría explicarlo, pero el corazón se me había puesto a mil por hora, igual que el día de la clase de tenis.
¿Podría ser que…?
No.
¡No!, ¿qué estupideces estaba pensando? Tan solo teníamos cuentas pendientes de un pasado en el que yo era una niñata cruel e insoportable y hasta que no terminase de pagar mi penitencia, no me iba a dejar en paz.
Eso era todo. Solo tenía que intentar salir indemne de todo aquello, pues la bromita del mar no había sido, precisamente, inofensiva.
Más me valía ir con tiento, y con mucho, además.
Fui la primera en llegar al restaurante y, aprovechando la calidez de la noche, solicité al metre una mesa en la terraza. Apenas me había sentado cuando apareció Alexia, buscándome con la mirada. Debía reconocer que estaba soberbia. Llevaba uno de los vestidos que compró el día anterior y su cabello, peinado en suaves y oscuras ondas, refulgía en todo su esplendor.
Cuando me localizó, me dedicó una sonrisa burlona que me hizo desconfiar.
A saber qué entendía por una tregua.
—¿Quién llega tarde ahora? —pregunté, tratando de romper el hielo, mientras tomaba asiento enfrente de mí. ¿Por qué su presencia me ponía tan nerviosa?
—¿Seis minutos son tarde para ti…? —inquirió, a su vez, levantando una ceja con aire divertido y reproduciendo las palabras que yo misma le había dedicado en el aeropuerto.
Parecía venir en son de paz, lo cual agradecí, la verdad. Había tenido suficiente con el viajecito en catamarán y la escena en su suite.
—¡Tardísimo! —exclamé con sorna tras abrir la carta que tan amablemente nos había dejado el metre sobre la mesa.
—¿Qué vas a pedir? —preguntó abriendo también su propia carta.
—Pagas tú, ¿verdad? Algo caro entonces…
—No te olvides de pedir cava, creo que te encanta…
Así que ya se había enterado. Más me valía andarme con ojo, pues tenía la sensación de que no pensaba dejar pasar la gracia por alto.
—En realidad, prefiero el vino blanco —repliqué, algo apurada, al tiempo que dirigía un gesto al camarero para que se acercara a tomar nota.
No volvió a mencionar lo del cava en toda la cena. Muy al contrario, se comportó con exquisita cortesía, como si yo fuera una vieja amiga a la que hacía tiempo que no veía y no la excompañera de colegio a quien se la tenía jurada. Hablamos de política, de deportes, de viajes… de todo menos de cuestiones demasiado personales, pues se iba por la tangente en cuanto se me ocurría preguntarle algo al respecto. Tampoco hablamos de nuestra época escolar, por supuesto. Aquello continuaba siendo un tema tabú entre nosotras.
Me asombraba su forma de razonar cuando estábamos en desacuerdo.
Era capaz de argumentar sobre casi cualquier cosa para intentar convencerme de que su punto de vista era el más lógico. Reconozco que me intrigaba y que, en cierto sentido, me fascinaba.
El tiempo transcurrió deprisa y cuando pedimos la cuenta comprendí que no me apetecía dar por terminada la velada.
—¿Te apetece tomar una copa? — La pregunta salió de mi boca sin apenas meditarla, aunque me arrepentí de haberla formulado cuando observé su cara de sorpresa.
Tardó un par de largos segundos antes de esbozar una mueca socarrona y contestar:
—Claro, ¿por qué no…?
El bar del hotel era de lo más sofisticado, con una clientela formada, en su mayoría, por hombres de mediana edad con aspecto de ejecutivos. La música suave y la tenue iluminación ambiental contribuían a crear una atmósfera acogedora que incitaba a la conversación. Nos sentamos en un extremo de la barra, en unos taburetes altos con respaldo de cuero que resultaban, a pesar de lo que podría esperarse a simple vista, bastante cómodos.
Yo preferí seguir con vino blanco. Más me valía no mezclar, pues ya me sentía algo achispada con las dos copas que me había bebido en la cena.
Alexia, por el contrario, siguió sin probar el alcohol y pidió una Coca-Cola Light. Charlamos de forma distendida, haciendo caso omiso de los dos cuarentones con pinta de extranjeros que no dejaban de mirarnos y de
cuchichear por lo bajo. Cuando el camarero se acercó para invitarnos a una ronda de parte de la pareja, Alexia me miró con gesto intrigado, a la espera quizá de mi reacción.
—Estamos bien así, pero traslade usted las gracias de nuestra parte, por favor —dije, educada, rechazando la invitación. No entraba en mis planes compartir ligues con Alexia, que pareció respirar con alivio tras escuchar mis palabras. Además, siendo sincera, aquellos tíos no me interesaban nada.
Por primera vez en lo que llevábamos de noche, compartimos un silencio un tanto incómodo, como si la inoportuna llegada del camarero hubiese interrumpido la comunicación fluida mantenida hasta el momento. Di un par de sorbos a mi bebida mientras me devanaba los sesos buscando algo ingenioso que decir, pero Alexia se me adelantó formulando una pregunta que me dejó descolocada:
—¿Sales con alguien?
—No… —negué, un tanto azorada—. Aunque, bueno, tengo algún tonteo por ahí, pero nada serio, en realidad —añadí sin faltar un ápice a la verdad; llevaba unas semanas intercambiando wasaps con Diego, el estupendo moreno con el que seguía coincidiendo los domingos en la piscina del club.
—Así que tonteas con alguien… —repitió en un tono extraño, como si mi respuesta le hubiese molestado un poco, aunque puede que fuesen imaginaciones mías—. ¿Es indiscreto si te pregunto con quién?
¡Vaya, vaya!, eso no me lo esperaba, Alexia Lima interesada en mis asuntos amorosos. Puede que solo quisiera completar el puzle de mi vida para prepararme más faenas, pues era obvio que, en lo relativo a mis finanzas, estaba perfectamente al día.
—No es indiscreto. Es un cliente del club —aclaré sin entrar en detalles
—. Aunque de momento, no hay nada… —Por algún motivo, no me apetecía continuar dando explicaciones sobre mi vida amorosa. Lo mejor era devolver la pelota cuanto antes—. ¿Y tú?, ¿estás con alguien?
—No —negó mientras comenzaba a doblar con cuidado una pequeña servilleta de papel.
No me sorprendió su respuesta. Nunca había detectado rastro alguno de un novio en su casa. Aun así, deseaba saber algo sobre su vida íntima, pues más de una vez había realizado cábalas al respecto. De pronto me acordé de su beso con aquel chico rubio del baile de fin de curso.
—¿Cómo es tu hombre perfecto…?
¿Por qué diablos le había preguntado eso? Pero, sobre todo, ¿por qué me seguía molestando el recuerdo de ese beso después de tanto tiempo?
—¿Mi hombre perfecto? —repitió, divertida.
—Sí, ya sabes, ¿qué tipo de tíos te suelen gustar?
Quizá me estaba pasando de cotilla, aunque la culpa era de aquel condenado vino blanco que me soltaba la lengua.
—Bueno… —Pareció dudar durante unos segundos, como si no supiera muy bien qué contestar—. En realidad, ninguno —terminó por decir encogiendo los hombros.
¿Cómo que ninguno?
—¿Ninguno? —repetí sin comprender del todo. Había leído que cada vez más gente se declaraba asexual, pero la idea de que ella lo fuera me pareció, por algún motivo, decepcionante.
—Ninguno —confirmó de nuevo con misterio, sin hacer amago de querer ampliar su respuesta.
—Pero, vamos a ver, ¿quieres decir que no te van los tíos…? —insistí intrigada, pues me sentía incapaz de abandonar el tema y quedarme con aquella duda.
—Es una forma de decirlo, sí —admitió con una sonrisa que, por una vez, me pareció algo tímida.
—Entonces… —comencé a decir en tono titubeante, pues una luz se había encendido, por fin, en mi aletargado cerebro. ¡Maldito vino!—, ¿te gustan las mujeres?
—¡Chica lista! —respondió irónicamente, dejando sobre la barra la servilleta de papel que había estado doblando convertida en una perfecta pajarita—. Pero no te hagas ilusiones, no me gustan todas… —añadió, dedicándome una mueca burlona.
—¡Qué graciosa!
Sentía que el rubor ascendía por mi cara en auténticas llamaradas. No sabía qué decir. Ella debía ser consciente de mi turbación, pues me miraba divertida, a la espera de que fuese yo quien continuara la conversación.
Agradecí infinito que el camarero nos interrumpiera de nuevo.
—Disculpen, señoritas, pero los caballeros de antes insisten en invitarlas a una copa.
—Lástima que nos tengamos que ir ya —contestó Alexia sin molestarse siquiera en dirigir una mirada a nuestros dos pretendientes, que nos sonreían con descaro—. Cóbrese de aquí, haga el favor —añadió
depositando un billete de cincuenta sobre la barra y levantándose sin esperar el cambio.
Nos dirigimos a los ascensores algo coartadas, mirándonos de reojo.
—¿A qué hora sale nuestro avión mañana? —pregunté más por decir algo que otra cosa, pues sabía a la perfección que debíamos estar en el aeropuerto a las diez, como tarde, para coger el vuelo de las once.
—A las once. Aunque vuelves tú sola, yo me quedo un día más para hacer turismo por la ciudad.
—¡Ah!, de acuerdo… —musité sorprendida. Casi mejor, así haría el viaje de regreso más tranquila, aunque ¿por qué me sentía entonces tan decepcionada?
Detuvimos el ascensor en mi planta, que estaba más abajo que la suya, y nos despedimos con un simple y correcto «buenas noches». Ya en mi habitación, me senté en la cama con aire pensativo sin dejar de dar vueltas con las manos a la pajarita de papel que había abandonado Alexia sobre la barra. La había cogido con disimulo para guardármela en el bolsillo, no sabía muy bien por qué. ¡El vino otra vez! El alcohol me empujaba a hacer y decir tonterías.
Agarré mi móvil y repasé los mensajes recibidos. No contesté ninguno, ni siquiera los de Diego, que me había enviado unos cuantos wasaps en tonillo gracioso, continuando con el flirteo que teníamos entre manos. No estaba de humor para eso. Claro que tampoco me apetecía irme a la cama, ni ver la tele. En realidad, no tenía ganas de hacer nada, pues había algo que me incomodaba, pero no sabía exactamente el qué.
¿O sí?
Salí de nuevo de la habitación camino de los ascensores. Subí cinco pisos más hasta plantarme enfrente de la suite 207 y llamé con decisión a la puerta. Alexia tardó un buen rato en abrir.
—¿Pasa algo…?
Estaba descalza y en pijama, con el cepillo de dientes en la mano. La imagen desprendía una increíble sensualidad y me provocó, extrañamente, cierto pudor.
—¡No, nada! —me apresuré a decir—. Era solo que… Bueno, estaba pensando que lo mismo prefieres que me quede contigo mañana.
Empezaba a sentirme rematadamente idiota. ¡Señor!, ¿cómo se me había ocurrido semejante sandez? Si hubiese querido que me quedara con ella, me lo hubiese dicho.
—En plan asistente personal, ya sabes… —añadí intentando hacerme la graciosa y quitar importancia a mi ofrecimiento. ¡Con lo guapa que estaba calladita!
—Así que… ¿quieres quedarte también un día más? —Su tono de voz era serio, pero en sus ojos había una chispita de burla.
—No. ¡Digo, sí!, si te parece bien… —contesté de forma atropellada, haciéndome un lío con las palabras.
—Sabes montar en bici?
—Pues claro…
Respiré aliviada por el pequeño giro que había dado la conversación.
—Genial, porque pensaba alquilar una bici para recorrer la ciudad —
aclaró cruzando los brazos tras acariciarse con suavidad la fina cicatriz del rostro con el dedo índice, en un gesto reflexivo que solía repetir de tanto en cuando.
—Parece un buen plan… —dije de manera ambigua, dejando que fuera ella quien desarrollara la idea.
—¿Quedamos a las nueve y media para desayunar?
—De acuerdo. Entiendo que extendemos la tregua un día más, ¿verdad?
—La extendemos, sí —contestó dedicándome una sonrisa enigmática que me provocó un escalofrío, como si la electricidad que parecía fluir por el aire entrara en mi cuerpo de manera antinatural.
Minutos más tarde y una vez regresé a mi habitación, me acosté dando vueltas por la cama sin ápice de sueño.
Me costó dormirme.
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